Crisis Prozac: ficción basada en hechos reales

Con la que está cayendo y qué poco nos movemos… cómo no acabar dándose al Prozac, con este panorama de nada pasa, más que el tiempo que perdemos. Segundos preciosos de revolución ciudadana convertidos en resignación.

Salir de casa como todos los días, diario en mano, a la biblioteca más próxima para conectarse a Internet en busca de un trabajo basura, mal pagado, para el que te exigen hasta el cursillo de contorsionista, sí, aquel del que tanto me reí el día que me llamaron del INEM para ofrecérmelo. Al principio creí que era una broma de mal gusto, pues nunca me habían llamado de dicho servicio en todos los meses que llevaba en el paro y cuando lo hicieron, era para algo que en aquel momento me pareció surrealista, aunque más tarde entendí, que aquel cursillo era ideal para facilitar al señor Capital que te sodomizara sin tener que esforzarse. Enviar currículums por mail, por correo, con foto, sin foto. Llamar desde el locutorio más próximo para oír las gastadas palabras: ya te diremos algo. Era la rutina. Cumplidas las tareas típicas del parad@ llegaban las de ama de casa, las de esposa, madre e hija.

Nadie habla de la situación de crisis en la calle, como si ignorándola no fuera hacerte daño. Los que todavía resisten en sus lugares de explotación te miran como el gafe portador de mala suerte, cuando te preguntan ¿qué tal? no quieren oír que te va como el culo y te dicen, bueno, pero todavía cobráis el paro. En el mercado oigo hablar del culebrón y del reality de turno. En la academia de peluquería, donde me tiñen el pelo a cambio de hacer de conejilla de indias, todo sea por tapar las canas de mi cuarentena de años, oigo hablar de la Leti, el Rey y una colección de nombres que no sé ubicar y juro por la constitución del 31 que no es esnobismo sino puro desconocimiento.

Cuando llegaba a casa me encontraba con la rutina doméstica y con un compañero a quien no le habían ido las cosas mejor que a mi. Cupido fue un hijo de mala madre, nos conocimos en la empresa en la que ambos trabajábamos, en la misma que se chupó nuestros mejores años y la que nos dejó en la puta calle, después de cerrar la multinacional su división en España. Con una indemnización ridícula, que bendijeron los “compañeros” del sindicato “amén” y un tiempo de paro que corría, y corre, muy deprisa y que se corresponde a lo que habían cotizado por nosotros, o sea, por debajo de la categoría que ocupábamos. Contable con idiomas e ingeniera con hipoteca, préstamos varios, coche, electrodomésticos. Ya sé que en este punto las simpatías que podría haber suscitado se han desvanecido, pues se puede pensar que llevábamos un tren de vida pequeño burgués, y que ahora que nos den ¿no?. Pues no, vivimos en una ciudad que años atrás hubiera sido llamada dormitorio, en un piso de 70 m2, con tres habitaciones y un sólo baño, tenemos un monovolumen de gama media, unos hijos que van a un colegio público, una familia a la que ayudar y muchos compromisos y causas a las que ya no podemos aportar más que nuestro tiempo, cada día de peor calidad.

La rutina del que busca y no encuentra se convirtió un buen día en angustia, cada mes que pasaba, el dinero que entraba en casa era menor y los gastos los mismos. Yo no he notado la deflación en la cesta de la compra, pero si he podido constatar que mi vivienda ya no vale lo que pagué por ella. Toda la vida de alquiler y cuando nos decidimos a caer en el canto de sirena del boom inmobiliario, aquel hit parade: por menos de lo que pagas de alquiler puedes ser propietario (cómo resistirse a la mayor aspiración de todo ciudadano de este estado), va y estalla la burbuja inmobiliaria. Como soy de buena pasta me alegro de la bajada por los futuros compradores.

La cosa no tenía visos de mejorar así que decidimos ajustar nuestros gastos, suprimimos la conexión a internet y la línea fija, los móviles sólo para llamar a esas horas en que es gratis, comprar marcas blancas, las salidas con los niños al cine o a realizar otras actividades también. Y piensas, bueno, al menos tengo para comer y techo, si es que el Banco Central Europeo decide que el euribor siga este ritmo descendente.

Con los meses y la desesperanza, después de llevar los niños al colegio me volvía a casa con la excusa de adelantar faena, pero cuando me daba cuenta era la hora de recogerlos y no me había movido del sillón en el que me había sentado horas antes. En ese tiempo pensaba cuántos más estarían en mi misma situación y eran tan invisibles como yo, en como perdíamos nuestro tiempo sin contactar entre nosotros, sin organizarnos, sin plantar cara a la situación. Pero sólo eran eso, pensamientos. Con el tiempo estos también desaparecieron y la tele se ocupó de disminuir mi actividad neuronal hasta reducirme al estado vegetativo.

Cuando pensaba que no podían empeorar más las cosas me encontré de bruces con la depresión de mi compañero, es increíble, tampoco había hablado con él de lo que me estaba pasando, ni tan siquiera nos preguntábamos qué tal te ha ido hoy, sólo que él, en vez de volver a casa para sentarse a ver pasar el tiempo, por vergüenza, se quedaba en un banco de un parque de un barrio vecino sumido en sus pesares. Quién nos ha visto y quién nos ve. Arrastraba los pies hasta el hospital para ir a verlo y ahogarme más en mis penas. En el pasillo me encontré con el psiquiatra que lo trataba y me dijo: si no quieres acabar como él tendrás que tomar algún fármaco que te ayude, me hizo una nota para mi doctora en la que se leía en letras mayúsculas PROZAC. Fui por inercia al centro médico y me recetaron el medicamento milagro, me dirigí a la farmacia más cercana y el farmacéutico me dijo: vaya, otro afectado por la Crisis Prozac, seguro que las farmacéuticas no cierran.

El Prozac lo tapó todo, los problemas económicos y personales. Ya no nos importaba nada que esta crisis invisible se cargara nuestra convivencia de pareja, que tan envidiada había sido por todas nuestras “amistades”, aquellas que desaparecieron en cuanto no pudimos seguir su tren de vida. Tampoco nos preocupaba que no nos pudiéramos divorciar porque no podíamos permitírnoslo, ni que nos quedaran pocos meses de paro y ninguna perspectiva de trabajo o que nuestros hijos contemplaran el panorama. Hice nuevos amigos en el médico, algunos además del PROZAC, beben, toman sustancias sin prescripción médica o se dan a la sobredosis del fármaco milagroso comprándolo a través de Internet, sin saber si lo que ingieren es yeso de la pared, algunos han caído en la ludopatía, otros han pasado en casa de las palabras a los hechos, o sea, que andan a hostia limpia. Y ahí estaba yo, sentada, escuchando cosas que me hubieran provocado una embolia por indignación tiempo atrás, como si aquello fuera lo más normal del mundo.

Mi vida no tenía sentido pero tampoco necesitaba que lo tuviera, los acontecimientos me llevaban por el camino de la autodestrucción complaciente hasta que un día me encontré con un compañero. Aquel que en la asociación de cooperación con el tercer mundo a la que pertenecíamos y por la que yo había dejado de pasar hacía un tiempo, le llamaban el friki. Venía cabreado pero contento, no es una contradicción, cabreado con el capital, la especulación, la mentira y la pasividad pero contento porque venía de manifestarse con otros compañeros, pocos pero resistentes, megáfono en mano. Después de intercambiar unos saludos me explicó todo el trabajo que venían realizando, como se estaban organizando y que necesitaban gente para sacar la protesta a la calle y hacerla visible. Yo no pude resistirme y le obligué a ejercer de psicoanalista en un banco frente a otro banco, por supuesto ninguno era mío, como presupone algún anuncio televisivo. Tras deshogarme con aquel, hasta la fecha, simple conocido, sentí que recuperaba mi dignidad, mi autoestima, mi fuerza. Lo tuve más claro si cabe cuando le arrebaté el megáfono y allí mismo, frente a la sucursal bancaria, me acordé, de modo escatológico, de todos los antepasados de los que nos utilizan sin piedad para su enriquecimiento sin escrúpulo alguno. En ese momento épico cogí el Prozac, lo levanté y grité: juro por la República que no volveré a vivir sometida a ningún opio para el pueblo y acto seguido lo encesté en el punto Sigre de mi farmacia.

Algunos podrán pensar que pasé de la dependencia de un fármaco a la de una secta anticapitalista, me trae sin cuidado, los hay que toman ansiolíticos o cocaína y pertenecen al Opus Dei, sin que nadie les critique por ello, debe ser porque mandan. Ahora tengo una motivación, me he reconciliado conmigo misma y con mis ideas, he retomado a la luchadora que siempre había sido. Y a los que me dicen que con esto no voy a ninguna parte, que no vamos a cambiar nada, les digo que desde donde no se cambia el mundo es sentado delante de la televisión.

Esto no es un final feliz al modo de los cuentos que leíamos cuando éramos pequeños, aunque qué felicidad puede aportar el casarse con un príncipe para negar la plena democracia a sus súbditos. Sigo sin trabajo, con deudas y problemas, pero me alimento de nuestra lucha por cambiar las cosas. Mi relación de pareja va mejor desde que mi compañero ha decidido involucrarse en luchar contra la crisis. Incluso he rescatado del club Prozac de la seguridad social a algunos compañeros y eso me motiva.

Mi historia no pretende ser una fábula con moraleja, pero si a alguien le puede servir de ayuda o le mueve a la reflexión me doy por satisfecha, porque lo mío no es ir publicando mi vida, estas confidencias son un pequeño sacrificio por la causa.

La calle es nuestra y la palabra también.

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