Cuando estalla la rabia

Lilith Rojo*. LQS. Octubre 2019

Ya se ha dicho por activa y por pasiva que esto va más allá de la independencia de un país, más en este momento de represión atroz, justificada por el podrido panorama de medios de adoctrinamiento de masas, escupiendo basura manipuladora las 24 horas por las ondas y los cables

En julio de 1936, tras el golpe de estado de la oligarquía, sable y cruz en mano, el pueblo antifascista se echó a la calle a defender la legalidad republicana. Los antifascistas de toda bandera se concentraron ante los gobiernos civiles y los ayuntamientos pidiendo armas para defenderse de los golpistas, sin saberlo estaban plantando cara a lo que se convertiría en cuarenta años de dictadura asesina, de principio a fin. En aquel momento la República dudó, tenía quizá más miedo de quienes estaban dispuestas a defenderla que de quienes querían acabar con ella, porque no supieron ver que aquella no era una asonada más, sino la muerte del único rayo de luz que asomó en la historia del siglo XX. Así pasamos de monarquía a monarquía en el sangriento juego del paso de la oca. Fue un doble combo del poder secular que unificó dictadura y monarquía bajo la apariencia de una democracia.

Estos días en Catalunya el Govern ha tenido el mismo miedo del pueblo que en su día tuvo la República. Miedo del pueblo clamando justicia y no hay nada peor que ese miedo para la democracia. Al Govern, tanto a un partido como a otro, les ha sorprendido que tras la sentencia naciera algo nuevo que venía a ponerlos contra el espejo de la historia, ese que dice si has estado a la altura de los ideales que predicas. Y lamentablemente se ha demostrado la bajeza de unos gobernantes que se han vuelto a amedrentar y que se han visto otra vez superados por la gente, esta vez por una generación que ha crecido con el Procés y que está harta de tanta humillación. La respuesta del Govern ha sido reprimir, golpear salvajemente, detener arbitrariamente a las hijas e hijos de quienes tantas veces han marchado pacíficamente, dócilmente, pero más comprometidamente de lo que se imaginaban, por la libertad y contra la injusticia. “El pueblo manda y el gobierno obedece” no les parece a los que gobiernan una máxima a adoptar.

Ya se ha dicho por activa y por pasiva que esto va más allá de la independencia de un país, más en este momento de represión atroz, justificada por el podrido panorama de medios de adoctrinamiento de masas, escupiendo basura manipuladora las 24 horas por las ondas y los cables. Una represión que en su ceguera sacude a quien se ponga en su camino sacando ojos, destrozando testículos y cráneos, aporreando a diestro y siniestro, torturando en dependencias policiales, metiendo en la cárcel sin fianza con pruebas inconsistentes o directamente con pruebas falsas a sabiendas, todo ello en connivencia con fiscales y jueces. Una represión indiscriminada que ha sacudido también a más de una cincuentena de periodistas. Estos días se mostraba escandalizado el abogado Benet Salellas por haber asistido a su defendido durante su declaración en sede judicial ante la presencia de dos policías encapuchados. La represión en Catalunya está abriendo un negro pozo, más profundo y resbaladizo de lo que intuíamos, por el que todos podemos caer sin tener donde agarrarnos. Aquí nos jugamos todas y todos más de lo que nos pensamos.

El miedo del poder y sus vasallos al antifascismo unido y defendiéndose se huele de punta a punta del reino. Esa es la única fuerza que puede dinamitar el Régimen del 78, esa es la lucha que no se debe abandonar, ni dejar que sea instrumentalizada, ni neutralizada por ninguna sigla

Va más allá de independencia, va de derechos y libertades, va de derechos humanos, de su vulneración, va de parar la represión policial, judicial, legislativa. Va de que el conseller d’interior, Miquel Buch, tendría que haber dimitido hace tiempo por permitir que sus antidisturbios se abracen a los matones de las mafias que desahucian, pegue a los desahuciados y a quienes los defienden, por permitir que den la mano a fascistas y les permitan salir de cacería a apalear a jóvenes antifascistas, por permitir que lancen balas de foam directamente a gente indefensa, por golpear indiscriminadamente pasándose por el arco su propio reglamento, por atropellar con sus furgonas manifestantes. Y la lista es más larga.

Va de que tanto el Govern, como la progresía gobernante en ayuntamientos, como Barcelona, pida perdón por llamar violencia a la quema de contenedores y preocuparse más por el mobiliario público que por las personas, esas que también votan o igual a partir de ahora no. Va de que la Policía Nacional nos retrotraiga otra vez al gris de los uniformes de la dictadura destrozando, torturando y vejando a personas, lanzando pelotas de goma dedicadas y que luego a ojos vista reciban presentes aceptándolos sin pudor ninguno, recibiendo el premio del gobierno a quien luego muerde la mano. Va de un ministro del interior puesto en evidencia por Europa por permitir la tortura, de un ministro al servicio del atado y bien atado justificando la represión de estado, de un ministro que felicita en la que fue sede del terrorismo de estado en Barcelona a funcionarios públicos que ponen, según testimonios de los detenidos, un cúter en el cuello de una detenida entre insultos e himnos de España. Va de un presidente en funciones en campaña electoral, sin más horizonte que el sillón presidencial a cualquier precio, enrocado en el una, grande y atada, dispuesto a jugárselo todo a una carta para alcanzar su meta, un presidente abucheado desde todos los frentes, con miedo a coger un teléfono, al pueblo y con guardaespaldas enseñando metralletas a las trabajadoras de un hospital público, un presidente al que al 10-N no le van a salir las cuentas por mucho que se agarre a la excusa bipartidista de condene usted lo que yo quiera, que nunca será suficiente.

El viernes en las Marchas por la libertad se pudo ver a una chica con una bandera española al cuello que levantaba un cartel en el que se podía leer: “No soy independentista pero tampoco gilipollas”. Horas más tarde se vivía una nueva jornada de rabia, una rabia justificada, por parte de una mayoría de jóvenes que no quieren que les tomen por tontos, tragándose su miedo levantando barricadas al grito de Catalunya antifeixista. Una rabia que volvió a situar la represión en el objetivo y que levantó la solidaridad más allá del Ebro, un apoyo que también fue reprimido y castigado con la misma violencia y que puso en evidencia que en lo único que es democrático el estado español es repartiendo leña, da igual Madrid que Barcelona. El miedo del poder y sus vasallos al antifascismo unido y defendiéndose se huele de punta a punta del reino. Esa es la única fuerza que puede dinamitar el Régimen del 78, esa es la lucha que no se debe abandonar, ni dejar que sea instrumentalizada, ni neutralizada por ninguna sigla.

Y si Pedrito, sus cloacas y su director chaquetero de campaña piensa que Franco en helicóptero puede tapar toda la inmundicia de esta entelequia llamada Reino de España no está mirando más allá de noviembre, el mismo mes en que el genocida tuvo a bien morirse en 1975, dejándonos a todos bajo la tutela de la sombra de su dictadura.

Estos días estalló en Catalunya la rabia de las nietas y nietos que vieron a sus abuelas y abuelos apaleados el 1 de Octubre, hijos a su vez de las personas que sufrieron la represión tras el golpe de estado franquista y que fueron torturadas, encarceladas, fusiladas, asesinadas y que yacen en las cunetas. Porque las luchas se retroalimentan incluso sin que sus protagonistas sean conscientes de ello, porque otros levantaron barricadas en dictadura y transición en defensa de las libertades y de los derechos sociales, laborales, colectivos e individuales, porque la protesta y la autodefensa no se pueden criminalizar, porque nos jugamos más de lo que pensamos. Porque quien siembra miseria, recoge la rabia.

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