Cuatro recuerdos bibliófilos americanos

Para información de cualquier profesor o estudiante que lea este libro [Fahrenheit 451], he de decir que lo que hice fue escoger una metáfora y darme rienda suelta, permitiendo que mi subconsciente saliese a flote con toda clase de ideas locas.

Ray Bradbury

República Dominicana. En algún momento de la primera mitad de 1980, el viaje de San Juan, PR, a Santo Domingo, RD, se hizo realidad. Salto del margen al centro colonial: la Española, origen postcolombino. En el recuerdo quedan imágenes del viaje como éstas: la guagua chárter que viaja del aeropuerto al casco histórico se detiene en un punto del camino para comprar pesos dominicanos en el mercado negro. Un poco después, la primera visión de la ciudad resulta impresionante; aparición de un espacio amplio y abierto, presencia del poder. Ecos de Ciudad Trujillo. Olor a represión de comunistas: Balaguer.

Viaje por tierra de Santo Domingo a Santiago de los Caballeros. En una parada a mitad de camino, la humildad del quiosco que vende comida resulta familiar. Un come y vete más del Caribe empobrecido por la modernidad. Nada nuevo. Pero dos cosas rompen la familiaridad con el espacio de la caribeñidad boricua. Por un lado, la carne que cuelga de un gancho al aire libre, rodeada de moscas; por el otro, los libros a la venta. En Puerto Rico, concluí sin más, no se vende literatura en espacios tan empobrecidos como éste.

Interpelación; transacción ineludible: compra inolvidable de El olor de la guayaba (1982), conversación fresca entre colombianos, Gabriel García Márquez y Plinio Apuleyo Mendoza. Texto que marcó una diferencia libresca entre la pobreza dominicana y la puertorriqueña. Literatura.

Storrs, Connecticut. Segunda mitad de 1980, todavía en el eco lejano de lo que fue el golpe político de Los Macheteros (Ejército Popular Boricua) en Hartford, Connecticut, a principios de la década. En la biblioteca de la Universidad de Storrs, el cuarto para fumadores estaba vacío. Tiempo de paz. En algunos cubículos se amontonaban libros y colillas. En otros, sólo había ceniceros llenos de colillas. Olor a centauro muerto. Frente a una montaña de novelas decimonónicas, se amontonaron varios textos de crítica literaria y cultural de la primera mitad del siglo XX, entre los que había un libro de Pedro Henríquez Ureña.

Al abrirlo, la cita que saltó a la vista fue contumaz. Algo así como, en el fondo, lo que el hombre quiere es no hacer nada. Vértigo. Lectura inolvidable. La biblioteca empezó a dar vueltas. Filosofía.

Buenos Aires. Trasiego. Tiempo de cocción, anterior a la hecatombe de 2001. Década de 1990. Búsqueda ociosa de libros en las calles menos librescas de la ciudad. Contracorriente. Tiroteo al azar. Desperdicio gozoso de balas. Hasta que un buen día, el tiro da en el blanco. Diana. Aparición de un ejemplar añorado, autografiado por el autor. Oferta certera. Dos por el precio de uno. Hallazgo feliz que, sin embargo, no se materializó en la venta.

En vez de comprar el libro, el deseo de posesión cedió. La novela se quedó en la librería, con esta condición: visitarla toda vez que se volviera a la ciudad libresca. Y así se hizo, hasta que al cabo de una década y muchas otras novelas, la ubicación de la librería se fue haciendo borrosa, y desaparecieron ambas, la novela y el local.

Ausencia.

Trasiego. Tiempo posterior a la hecatombe de 2001. Época de vacas flacas, desempleo y subempleo. Pobreza. Búsqueda desesperada de El vientre de los filósofos (1996). Ganas locas de leer esa crítica a la razón dietética de Michel Onfray, escrita por un filósofo de 28 años que a partir de Nietzsche y de un prematuro ataque al corazón, reclama la potencia de existir. El aristocratismo libertario y democrático del hedonista ético y estético. Libro difícil de conseguir, hasta en Buenos Aires, cuya búsqueda devino en ritual. Hábito de salir con las manos vacía de cada librería. Ausencia segura, hasta que el vacío se transformó en una presencia inesperada: una pedagogía crítica que se parecía al vientre de los filósofos.

Presencia.

México. En Coyoacán, la fila para ver la biblioteca personal de Frida se movía a paso de hormiga. En general, La Casa Azul, como se llama el museo de Frida, se sentía verde, llena de vida y de arte popular. Frente a los libros de la mestiza ardiente, como le dice Joaquín Sabina, una mirada rápida a los títulos no registró nada fuera del canon. Una segunda lectura, sin embargo, encontró un título más inesperado: El 30 de febrero (1942), novela de un escritor puertorriqueño, ¿el único que leyó Frida? 

Antes de morir en 2005 a los 99 años, Enrique Laguerre, autor de la novela encontrada en la biblioteca de Frida, dijo sobre el ser algo contrario a la cita inolvidable de Henríquez Ureña: en el fondo, lo que el hombre quiere es no hacer nada. Para Laguerre, el mayor disfrute de la vida consistía en trabajarla con gusto, como él mismo hizo con la suya, de rabo a cabo.

Alucinante, la aparición de Puerto Rico en la biblioteca de Frida, reconciliación de Moctezuma, movió las estanterías de la memoria, levantando algunos recuerdos del olvido. Se impuso así la imagen del primer viaje al D.F., México, a principios de los 90, y la aparición, en una librería que había sacado todos sus libros de izquierda a la acera, de Hacia una interpretación marxista de la historia de Puerto Rico y otros ensayos (1977). Bajo los efectos inmediatos del fin de la Guerra Fría, la librería los había puesto en rebaja. Dos por el precio de uno. Encuentro, además, en una librería más íntima del D.F., de Sitio a Eros: quince ensayos literarios (1986).

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