Culturas

refle49Patxi Ibarrondo*. LQSomos. Octubre 2015

Está archidemostrado (lo dicen la evidencia y los estudios de mercado) que la España del pasodoble y el porompompero a lo sumo lee la prensa. Pero nunca lee libros. No sabe qué leer con ellos. Le resultan objetos extraños y les hace sentir incómodos. Les agobia que el libro les delate sus gustos literarios y no estar a la altura intelectual de la que presume. Esta paranoica superstición anula el sentido de la curiosidad que es la base para conseguir leer. Por ello, por esa carencia de criterio personal y colectivo que solo dan los libros, el individuo y la sociedad son fácil pasto de embaucadores de toda laya. Y siguen a cantamañanas de verbo fácil y bien vestidos, a profesionales del trile, les vacilan una y otra vez estafadores políticos… Es la consagración de la dificultad para cribar lo real de lo imaginario… y calibrar lo auténtico para deducir la mentira.

Cierto es que leer crea adicción. Como cualquier otra droga, al principio produce desarreglos, alguna cefalea leve no distinta del vino o del flato después de correr sin estar en forma. Pero una vez superados los desajustes iniciáticos, llegan la fluidez, el placer o el desasosiego bien fundamentado y, por lo tanto, asequible y digerible.

Lo que también está claro es que al poder no le interesa que gente lea. En consonancia con esta distorsión neuronal, el gobierno de Rajoy (ese compulsivo lector de Marca) ha dado la puntilla a esta actividad intimista y, por tanto, potencialmente peligrosa. Le ha cargando un abusivo IVA del 21% a la cultura, tal vez para subvencionar esa otra tan cañí que son las corridas de toros.

En consecuencia, las librerías de siempre están cerrando y no se abren otras nuevas. En estas condiciones, ser librero es un negocio ruinoso ya de antemano y sin necesidad de interpretar los posos del té.

Sin embargo, llama la atención que ser este un país de no lectores no excluya la osada pedantería de soltar fetichismos con autores ya consagrados y preferiblemente muertos. Pasada la moda de Saramago, siempre queda Joyce, Pessoa, Tolstoi o… Kafka. Ahora estamos en un momento kafkiano. Nadie lo lee pero todo el mundo lo cita como si fuera un amigo íntimo de toda la vida o un vecino de escalera algo raro aunque discreto.

Puede que, después de todo, la moda sea esclava del impacto sonoro de los nombres en el subconsciente colectivo, como en el caso de la fregona Vileda o si Mario Vargas Llosa firmase Miguel Gutiérrez. Kafka llena toda la boca y parte del esófago al pronunciarlo y automáticamente se hace un solemne silencio en la reunión intelectual. Con toda probabilidad, si Picasso hubiera sido solo Pablo Ruíz, quizá no habría llegado a ser quien es y lo que significa para la pintura y su público. Como un Che Guevara de las letras, Kafka luce intencionado en el diseño de camisetas de lujo. Precisamente, como la que lucía el otro día la reina Letizia en un acto informal de este Estado. Dudo que haya sido, por falta de tiempo evidentemente, mucho más allá la «Metamorfosis» de Samsa. Para terminar siendo pasto de hipsters distraídos, quizá el amigo Max Brod debería haber hecho caso atravesado autor y quemado tosa su obra. Un decir.

Pero estábamos que casi la mitad de los españoles no lee un libro jamás. La otra mitad, si hacemos caso a las cifras del «Share» de las televisiones, está enganchada al «Gran Hermano». ¿Pavor? no, felicidad. Somos orgullosos estandartes de la ignorancia y del atrevimiento. Somos los más posmodernos de la Unión Europa. En acertada expresión del escritor barcelonés Félix de Azúa, en este país y con este panorama, en realidad «somos felices y analfabetos como los habitantes de una aldea del Orinoco». Así es.

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