De la poesía (de Hugo Margenat, Yván Silén y Edgardo Nieves Mieles) a la pintura (de Nick Quijano)

Por Francisco Cabanillas. LQSomos.

Poemas [de Hugo Margenat] llenos de fuerza en muchos de los
cuales se funden patria y mujer para construir
un motivo poético y estético de primera
importancia en la producción del poeta.
Alma I. Acosta Cartagena

Y no hay poder como la carne
política de Dios.
Yván Silén

[…] y recuerdo el espeso y lento almíbar
del dulce de papaya que confeccionaba mi madre.
Edgardo Nieves Mieles

En Río Piedras admiré la piña de Nick Quijano […]
Julio Ramos

I
Paciente, más que paciente. Como la mayoría de los libros. Treinta años sin moverse de la biblioteca. Esperando su momento entre las publicaciones del Instituto de Cultura Puertorriqueña compradas en oferta en el Viejo San Juan de los 90 —como los dos tomos, en edición de 1974, del Diccionario de la literatura puertorriqueña (1955) de Josefina Rivera de Álvarez—. Espera; larga abstinencia de tres décadas.

Hasta que, en el verano de 2021, le llega su turno a principios de mayo. Ese día, impertérrito, agarro el libro y lo miro al salir de la oficina. Cubierta roja, diseño con puño en alto y una bandera de Puerto Rico en forma de brazo, tipo manga larga. Arriba, en letras blancas y en mayúsculas, se lee: OBRAS COMPLETAS. HUGO MARGENAT. Edición de 1974. La original es de 1955.

II
Poesía. Espera de treinta años, mediada y en esa medida salvada por la literatura de Yván Silén. El “Pájaro Loco” de las calles de Nueva York de principios de los setenta; el “Conde de las Greñas”; el poeta esquizo del ensayo en La poesía piensa (2010). Bisagra; poeta-puente entre la poesía del joven Margenat (1933-57) y mi desconocimiento (imperdonable) de la misma. Lo que sabía de Margenat lo sabía por las referencias que había leído en la literatura de Silén. En particular, el poema “Dios es ateo como yo” (2000), encuadrado en un epígrafe de Margenat: “Dios es como yo, ateo.”

III
Ese verano de 2021, a principios de mayo, no solo agarré y miré el libro, OBRAS COMPLETAS, sino que lo abrí y leí el índice. Un poema de Mundo abierto (1956), obra máxima de Margenat, “Dios es bueno,” se disparó como un cohete hacia el poema de Silén, “Dios es ateo como yo.”

Dice Margenat:

“Dios es un gato que nos mira.
De acuarela es su reino.
Es plomo a momentos,
de madera casi siempre
cuando boga sin sentido
por un río de azufre escarlata
[…]
Dios, señor de los espantos,
de los cadáveres y ricas elegías,
[…]
es quien ahoga el alma mía
en el aljibe de su boca
siniestramente inmensa
como un bostezo de planetas […]”

¿Bostezo-beso sideral? Tensión y diálogo. Reflexión. El poema de Silén, “Dios es ateo como yo,” reescribe el de Margenat, “Dios es bueno,” desde la sintaxis: “Dios es como yo, ateo.”

Pero sobre todo, el poema de Silén, que empieza con tres imperativos negativos (uno en forma de neologismo),

“No te mates.
No te yanquices.
No te adulteres,”

según va ganando versos,

“El [Dios] ha sembrado políticamente
su corazón en medio de tu olvido.
El es inalcanzable como un beso,”

eleva la calidad de bueno que Margenat le adscribe a Dios:

“Dios es como yo, ateo
[es bueno porque es] duro, navegador insondable,
vagabundo de risas cortas
y miradas largamente estrepitosas.
Corta sábanas, trae carbón,
Destruye paredes, levanta barricadas,
conmueve a las masa de pétalos,
llama a la revolución mundial
y entierra espinas de hambre cósmica.”

El poema de Silén potencia la bondad oblicua del Dios de Margenat, elevándola a la categoría de ser mejor; fórmula reiterada en un momento intenso y largo del extenso poema silenista (con más neoligismos):

“Dios es mejor que los poetas esquizos.
Mejor que los filósofos y el vino
que rehuyen la metáfora. Mejor que los filósofos
que escupen el ser.
Mejor que la diferencia y el concepto
de los pensadores,
mejor que la mierda
y los niños que matan en Brasil
todas las noches.
Dios es mejor que el hipérbaton
de Garcilaso
orinando sobre el cuello
degollado de los cisnes.
Dios es Mejor que Darío enamorado de Verlaine y
mejor que Lenin
rechazando a Maiakovski.
Dios anarquistamente
se ha volado la cabeza
en una discoteca de Manhattan.
Dios es mejor que los demagogos de la demokracia
que venden hospitales, y pintas de sangre,
y fetos amarillos y
fetos azules
que no soñó Víctor Hugo
y no soñó Goytisolo
orinando sobre España.
Dios es mejor que Pinochet
guillotinando niñitos universitarios
en los bares liberales de la muerte.
Dios es mejor que los soldados yanquis
y mejor que los políticos idiotas de Rusia.
Mejor que Gandhi y mejor que Luther King.
Dios es mejor que un comic de Superman
y mejor que Nietzsche y mejor
que la muerte de Dios:
mejor que Zaratustra
y mejor que Schopenhauer
o Kant.
Dios es mejor que el platonismo;
mejor que Sartre, o Rimbaud,
mejor que Vargas Vila
elogiando al modernismo
josemartianamente.
Dios es mejor que tu taxi y tu video.
Es mejor que tu cuenta bancaria y los intereses
de tu cuenta de cheques
en la cueva de Montesinos.
Dios es mejor que tu salud sifilítica
y mejor que tu locura sidista
sobre la cabeza cortada de Clavileño.
Dios es mejor que el saber de extraños
profesores anémicos.
Mejor que las ruinas circulares
o la casa tomada
y vanamente
por un poeta
que ha de morir una mañana
junto a los taxis de Dios
en el Gehena.
Dios es mejor que la crítica tautológica.
Dios es mejor que Freud
y mejor que el inconsciente
que inventaran los poetas.”

IV
El poema de Margenat, “Dios es bueno,” termina en esta propuesta política:

“Es anticapitalista, anticlerical y antiimperialista.
Dios, izquierdista, es el conspirador perpetuo.”

El de Silén, “Dios es ateo como yo,” termina en esta propuesta poético-filosófico-política (con otro neologismo):

“Dios es mejor que las cervezas
y mejor que la marihuana.
Dios es ateo como yo.
No te idiotices delante del poder.
No te cretines, hoy, delante de los tanques.
¡Sé loco como Dios,
sé lo imposible!”

V
La imantación entre “Dios es bueno” y “Dios es ateo como yo” se intensifica. La poesía lírica se condensa. Expele semen, tinta y humo. Desde las OBRAS COMPLETAS estallan varios fragmentos poéticos en frenesí erótico-místico. En algunos versos, el verbo de Margenat se llena de emoción creacionista:

“Vida eterna y plácida,
sueño de divina dulzura;
paz que consuela el espíritu,
al ver el amor en la vida.”

En otros, se carga de piel y saliva crísticas:

“Había llegado el clamor
del desierto
y la cruz del pueblo
del Señor
como un beso
a mi boca.”

Abiertas, las costuras eróticas de “Dios es bueno” inciden en la libidinosidad divina de “Dios es ateo como yo,” cuya reacción (¡tantos años después!) no se hace esperar (con más neologismos):

“En el fragor de los besos,
Dios te besa y te lame.
Dios te da lengua en el mejor sonido
de tu orgasmo.
En el temblor de las caricias
Dios tiembla. En el orgasmo
de tu alma, Dios te orgasma” (Silén).

VI
El erotismo-místico-político de Margenat se potencia en el erotismo-político-zen de Silén, un poeta más “ateocristiano” que Margenat. En la solapa de uno de sus libros de ensayo, se dice que Silén es el “ZENADOR del ZEN” (Nietzsche o la muerte del nihilismo, 2017).

En ambos casos, ante la irrupción volcánica de 69 (2014), poemario de Edgardo Nieves Mieles que, salivando, llega, desde la poesía puertorriqueña de la generación de los ochenta, imantado por la pulsión de Eros; en ambos casos el zumo de “Dios es bueno” (“Erosavia”) y el deseo feroz de “Dios es ateo como yo” transmutan en un erotismo-lúdico-irónico que 69 explica de esta manera:

“Lector que no perdonas, esta vez coloco en tus manos una selección de mis poemas que exhiben el compás abierto de las diversas tonalidades, texturas, sabores y fragancias de mi poesía de carácter esencialmente erótico. Aquí encontrarás textos dulces tanto como ásperos. Juguetones como agrios, cuando no cínicos e incendiarios […] Son, en el certero decir de Octavio Paz, jeroglíficos de la sangre, la bilis, el semen, el sudor, las lágrimas y otras sustancias con que el ser humano va dibujando su muerte (o con las que la muerte dibuja nuestra imagen humana.”

De Nieves Mieles, ha dicho Luis Felipe Díaz tanto como esto:

“En ese sentido, lo debemos ubicar más en la trayectoria que nos lleva de Jean-Paul Sartre, Herbert Marcuse y Jürgen Habermas y los teóricos postcoloniales que se mantienen en pie de lucha contra las depredaciones capitalistas. No lo podemos concebir como un poeta postmoderno (no es, en realidad, parte del cinismo nietzscheano y del debilitamiento de Vattimo) sino un escritor de consciencia tardomoderna que conserva su militancia personal y su ideología fundamentada en la lucha social y una insistencia en el derecho a la felicidad en la nueva aldea globalizada. Considerémoslo un transvanguardista de clara militancia ideológica […]

VII
De entrada, el poemario numérico, 69, plantea, en el primer verso del primer poema, una dimensión, no la única, de un tropo del que se valdrá, en importante medida y con varios giros, el erotismo-lúdico-irónico del poemario:

“Las manzanas tienen el brillo de tu sonrisa.”

Desplazamiento; a lo largo de 69 será sobre todo, aunque no la única, la fémina, la que tendrá el sabor (¿y el saber?) de las frutas, según imagina el sujeto deseador heterosexual el objeto de su deseo. Mujer-fruta, fruta-mujer; tropo que 69 reitera, consciente, demasiado consciente, hasta que hace saltar la poesía al espacio de la pintura de Nick Quijano.

VIII
Por momentos, parecería que 69, más allá del erotismo frutal, gravitara hacia las sinuosidades teológicas —no obstante, diferentes entre sí— de “Dios es bueno” y “Dios es ateo como yo.”

En momentos como estos,

“Dios sigue jugando
con todos sus dados roídos,”

parecería que 69 se acercara al ateocristianismo de Silén; al que puede aproximarse muchísimo más:

“Padre Nuestro que estás en los burdeles de mala muerte
y en los moteles de paso donde la sífilis florece como
los nardos…” (69).

En otros momentos,

“La naturaleza humana se funde con Dios,”

69 parecería gravitar hacia la teología poética de Margenat, la cual, en sus momentos más tranquilos, 69 plantea de esta manera:

“Creo en el evangelio de tu piel
papel de Biblia […].”

Más cerca de algunas de las modalidades del ateocristianismo de Silén, el de 69,

“Cierro los ojos y Dios,
ese lunático armando con un cuchillo,
huye de mí.
Se lleva mi bicicleta roja,
mi ajedrez y mi naranja plana.
Dios, el enorme murciélago de ojos azules,
me abandona porque odia las barbas de Marx
que traigo puestas” (69),

es un erotismo,

“La todavía azul e inédita mano de Dios
ausculta mi enamorado músculo […],”

más frutal que divino, más pagano que cristiano y más literario (como el de Silén) que teológico (como el Margenat):

“Doctos como una ecuación,
Baudelaire y Verlaine me imitan.
Con ojos de canario atolondrado,
Kafka nos observa.
Vallejo y Poe juegan
una partida de dados
sobre la alfombra de musgo
que cubre mi lápida,
mientras Rimbaud,
magnífico animal en reposo,
embadurna de mantequilla
bienamadas rosas
y se las come una a una” (69).

Del poemario anterior a 69 (2014), A quemarropa (2010), ha dicho Luis Felipe Díaz:

“Pero la riña y la cólera del poeta se dirige también a Dios. Le reprocha que el Alzheimer lo haya llevado a olvidar su balanza justiciera. También resiente que la novia que le concediera el Creador, llamada Fe, fuera ‘la puta’ que lo engañó con otra mujer con el nombre de Castidad; y por esa razón se le secó al poeta el manantial de la fe.”

IX
Desde el erotismo frutal tropológico, 69 conforma la figura de una mujer-fruta, objeto del sujeto deseador masculino,

“(Olvidar el deber me sabe a melocotones en almíbar),”

cuya atracción no puede estar predicada en otra que no fuera una fuerza dulzona:

“El deseo nos imanta con su escándalo de miel.”

69; número de la complementariedad unitaria que la poesía botaniza. Una mujer,

“Al filo del bosque de leche
[…] dormida […]
con nombre de fruta madura
y cuerpo de niebla inasible,”

cuya fragancia,

“perfume de manzana recién mordida,”

complementa el “sabor” del nombre:

“más dulce y suave que la piel de las uvas.”

Una mujer que el sujeto deseador radiografía en cada verso,

“[…] continuas siendo
maravillosa
como los girasoles y las mandarinas […],

sin ignorar el lado oscuro —la dialéctica— del dulce amor,

“(¡Cuán agria cintura [puede llegar a ser] la de la belleza!)”;

ni tampoco que,

“la jugosa y verde fruta
[…] [puede llegar a ser] manzana de la discordia,”

abocado como está el amador hacia su amada, cuya piel, tersa, demasiado tersa, es

“envidiada por los melocotones.”

Mujer-fruta de raras pupilas añiles,

“Muerdo una aceituna y tus morados pezones
ahora son un par de hermosos ojos azules”;

de boca gustosa,

“pulpa de acerola,”

cuyos besos

“saben a grosella recogida a la vera del camino”;

con muslos que “sudan” un

“extraño olor a vainilla”

en pleno ajetreo horizontal:

“Ha llegado abril,
pero es tan blanda la boca,
que, entre batidas de guineo
y refrescos de ginseng,
hemos decido regar
de semen y lágrimas
toda la amargura de nuestro lecho.”

X
En el poema “Persistencia de la memora, 4” de 69, el amante, imantado hacia el objeto de su deseo, sabe que para llegar a Roma hay solo un camino. Sabe también que su deseo recuerda bien cómo llegar. Por eso, no pierde tiempo. Va directamente al grano, donde no duda encontrar con las manos lo que busca. Guiado por el electromagnetismo hacia la amada, escarba entre las flores que cubren con hojas la entrada a su cuerpo y da con lo que busca; eso que, a lo largo del poemario, el amante ha llamado como la otra “garganta” que la amada esconde entre las piernas. Una “garganta” que, en el momento de deshojarla, revela su grandilocuencia frutal:

“En busca del epicentro de su cuerpo,
parto los pétalos de carne
y de inmediato tengo la sensación
de que abro la más jugosa guanábana” (“Persistencia de la memoria, 4”).

XI
Intensidad botánica. La poesía erótica de 69 se calienta. En breve, salta del poema memorioso de Nieves Mieles a la pintura oscura de Nick Quijano, La fruta prohibida (2003); la cual, por un lado, plantea una “jugosa” papaya abierta y por el otro, la mirada sin cuerpo de un ojo, quizás claustrofóbico, definitivamente panóptico, metido en un círculo cuya redondez contrasta, si no es que agrede, con la forma ovalada de la elipsis frutal-vaginal. Tensión política; ¿merma o intensifica la mirada de Dios, ojo que politiza la infracción divina-policial, el estro erótico de la papaya abierta? ¿Suma o resta?

De la guanábana poética a la papaya pictórica; enganche con el erotismo de Dios que tarde o temprano la poesía botaniza:

“déjame comulgar en el altar de tus azúcares” (69).

Más artículos del autor
* Francisco Cabanillas (1959, Puerto Rico) enseña lengua castellana, cultura y literatura hispanoamericana en Bowling Green State University, Ohio. Ha publicado cuatro libros de ensayo: Escrito sobre Severo (1995), Pedreira nunca hizo esto (2007), K-lores del trópico: ensayos transboricuas (2012) y Ensayos silenistas (2014). Miembro de LoQueSomos

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