Arturo del Villar*. LQS. Abril 2018

El 19 de abril de 1931 Ignacio Bolívar, director del Museo de Ciencias Naturales y numerario de la Academia Española, encabezó una lista de firmas, en la que se pedía que el real sitio de la Casa de Campo madrileña, coto de caza y disfrute de los reyes desde los tiempos de Felipe II, pasara a ser propiedad del pueblo. La petición fue inmediatamente acogida por el ministro de Hacienda, Indalecio Prieto, que el día 20 sometió el decreto correspondiente a la firma del presidente del Gobierno provisional de la República, Niceto Alcalá Zamora, favorable a su contenido.

La Casa de Campo tiene 1722,6 hectáreas, que le convierten en uno de los mayores del mundo, seis veces y media más extensa que el famoso Hyde Park londinense. El lugar linda con el monte del Pardo, por lo que Felipe II decidió comprarlo en 1562. Pensó que le sería útil como medianería entre el alcázar destinado a su residencia, y el monte, y así disfrutar con más comodidad de uno de sus deportes favoritos, el de la caza que le gustaba casi tanto como quemar a herejes en la hoguera pública.

Tanto los monarcas de la Casa de Austria como los borbones ordenaron obras de conservación y adorno del lugar, reservado para su complacencia. En tiempos de Fernando VI y de Carlos III se levantó un muro de ladrillo y mampostería de 16 kilómetros de largo, para cercarlo y así preservarlo sin intrusos. Dada la abundancia de fauna, eran muchos los cazadores furtivos que se acercaban por allí para cobrar piezas, no por deporte como hacían los reyes y sus cortesanos, sino para distraer el hambre endémica en la población española durante la monarquía de cualquier clase.

Además, se creó un cuerpo de guardas armados, con orden de disparar contra los furtivos. Sería útil conocer el número de españoles abatidos por los guardas reales, al servicio de los reyes contra el pueblo hambriento. Los monarcas, que según sus aliados los obispos lo son por la gracia de Dios, poseen el dominio absoluto de las tierras constitutivas de su reino heredado, y de las vidas de sus habitantes, que son sus vasallos por el hecho de nacer en ellas. Para preservar ese poder cuentan con la colaboración de sus servidores, tanto guardas como policías, militares como jueces, fiscales como carceleros. Unos tienen las leyes y otros las armas, todas vueltas igualmente contra el pueblo.

Para los madrileños

Indalecio Prieto acogió bien la propuesta de Bolívar y sus amigos, y el día 20 de abril de 1931, a menos de una semana de la proclamación de la República, quedó firmado el decreto el Ministerio de Hacienda por el que la Casa de Campo dejaba de ser un real sitio privado para convertirse en público. Ya no habría más cazadores furtivos muertos por intentar dominar el hambre con uno de los conejos propiedad del rey, a los que mataba para satisfacer sus instintos, no por necesidad para alimentarse, puesto que su mesa se hallaba bien provista de los más ricos manjares. Apareció en el diario oficial, la Gaceta de Madrid, número 112, correspondiente al día 22, en la página 263. El preámbulo explica bien su carácter popular:

No dispone actualmente la villa de Madrid de bosques, parques y jardines en la proporción que exige la densidad de su población. La inmediata incautación por el Estado de los bienes que formaban el Patrimonio que fue de la Corona, facilita al Gobierno provisional de la República el medio de satisfacer aquella necesidad. Entre estos bienes figuran la “Casa de Campo” y el parque del “Campo del Moro”, cuya cesión al Ayuntamiento de Madrid, para ser destinados a solaz y recreo de los habitantes de la capital de la Nación, ha sido reiteradamente reclamada. El Gobierno se regocija de que con el advenimiento de la República española haya sobrevenido la posibilidad de con-vertir en realidad aquel legítimo deseo de todos los madrileños.

De conformidad con el decreto, el 1 de mayo el alcalde madrileño, Pedro Rico, recibió en representación del Ayuntamiento aquel real sitio reservado a la caza y el disfrute de la llamada familia real y sus cortesanos, que a partir de ese día se destinaba al “solaz y recreo” del pueblo. El Gobierno provisional se interesaba desde el primer momento por garantizar el bienestar de los ciudadanos. Tal es la mayor diferencia entre la monarquía y la República. Mientras en las monarquías el poder se transmite de padres a hijos por una razón genética, y acceden al dominio total de cuanto existe en el territorio de su herencia, incluidas las vidas y haciendas de sus vasallos, en la República nadie es mayor que otro ni posee mayores atribuciones que los demás, y cualquier ciudadano con prestigio puede ser elegido para desempeñar cualquiera de las funciones públicas. Toda persona en su sano juicio puede valorar las dos opciones políticas y decidir cuál le conviene, si ser vasallo o ser ciudadano.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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