De repente…¡Un troglodita!

Desde que el video entrara por la puerta de mi casa a finales de los 70 siendo niño yo todavía, supe de inmediato que nunca me llevaría bien con la tecnología. Dos problemas asomaron nada más abrir la caja que lo contenía: las instrucciones venían en inglés y  sobraban demasiados botones. Desde entonces, hice mía la advertencia “lo mejor es enemigo de lo bueno”. Por supuesto, haber visto ya la que será hasta la fecha mi película favorita “Odisea 2001 del espacio” no ayudó precisamente a corregir dicha apreciación infantil. 

Lo del vídeo sólo fue el comienzo de una larga enemistad. Pronto haría su irrupción el ordenador, el microondas, la impresora, el teléfono móvil, el Cd, el DvD, Internet, el Correo Electrónico, los Mp3…A trancas y barrancas no me quedó otra que ponerme al día, si por ponerme al día entendemos acabar usando los aparatos mínimamente cuando todo el mundo ya los tiene por obsoletos. Como botón de muestra, hoy es el día que soy feliz con el Windows 2003 y maldigo al idiota que creó la versión de 2007 que no hay su tía que lo entienda.
Digamos que, aparte algún que otro contratiempo, el asunto no me ha importado demasiado. Cierto es que, cada dos por tres, me peleo con las máquinas al no funcionan como deben ante mi presencia, que tengo mis más y mis menos con los amigos y en el trabajo porque de cuando en cuando me tomo vacaciones tecnológicas sin conectarme a internet o encender el móvil estando del todo ilocalizable, e incluso, paso cierta envidia ¿Por qué no reconocerlo? de la destreza con que se maneja la juventud con todos esos trastos que parecen nacer sabiendo las instrucciones de cualquier aparato para los que yo he necesitado hacer cursillos y el pobre de mi hermano hasta estudiar informática. Pero nada de ello afectaba mi autoestima. ¡Todo lo contrario! Me sentía como un héroe de la Resistencia frente al invasor, todo un Menonita del siglo XX con tendencias Ludditas. Hasta que esta semana una súbita circunstancia me ha hecho experimentar la famosa Metamorfosis Kafkiana.
 
Llevo década leyendo en carretera. Al principio eran cosas livianas como el periódico, los apuntes de clase, pero pronto me percaté de que el tráfico daba para más atreviéndome con libros de ensayo, ciencia y hasta metafísica. Hoy es el día que necesito viajar para leer y me fastidia encontrarme con alguien conocido en el tren con ganas de cháchara. Hay veces, que desde que entro hasta que salgo del autobús no levanto la vista ni para mirar el paisaje, tanto es así, que para mi sorpresa descubro algún que otro edificio nuevo en el trayecto. Esta capacidad de abstraerme en el transporte público es uno de mis particulares motivos de orgullo. Sin embargo, el otro día sentí una profunda vergüenza de la que no me he repuesto.
 
Resulta que yendo en el autobús a dar clase, durante uno de esos breves instantes en que levanté la cabeza de entre las páginas cual Rompetechos, detecté una escena extraña; todo el mundo a mi alrededor parecía estar haciendo algo distinto de dormir o tener la mirada perdida pensando en las musarañas: una señora mayor hablaba por el móvil como una cotorra, dos hermanos gemelos jugaban con una videoconsola, varios universitarios trabajaban con el ordenador conectados al Wi-Fi, varios jóvenes pichaban con un lápiz su tableta, otros escuchaban música con su otro chisme en la mano mientras veían un video…Con el libro de papel en la mano, empecé a sentirme de repente un troglodita.
 
El sobrecogimiento me duró toda la jornada. A cada paso que daba me veía rodeado de “Vainas Gigantes” con Ipad esperando al semáforo verde, con Iphon al volante, gente que decía haber recibido un Wasap de los amigos…Cuando llegué a casa, miré mi enorme biblioteca con profunda tristeza. Toda ella cabe en un Pendrive que cualquier escolar lleva colgado del cuello, cual cencerro.
 

 

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