De súbditos y predicadores

Por Jesús Gómez Gutiérrez*. LQSomos.

Uno de estos siglos, alguien mirará el occidente europeo de principios del siglo XXI y se preguntará cómo es posible que se cayera tan bajo tan deprisa y desde tanto éxito civilizador. ¿No tenían los mejores índices educativos? ¿No acumulaban más carreras que nadie, más cursos, másters, estudios en general? ¿No eran sus mentes un saco de referencias magnífica y pulcramente ordenadas?

El titular se fue cayendo a lo largo del día. Nació pegado a las cabeceras de los periódicos y, a las seis y media de la tarde, ya estaba a la altura del vientre: “El déficit público cierra 2021 en el 6,76% del PIB, 1,6 puntos por debajo de lo previsto”. Una buena noticia, dirán. ¿Seguro que buena? (o, ya puestos, ¿seguro que noticia?). Pero, dejando a un lado su hipotética bondad, maldad y la peculiar dinámica de los titulares, también fue el primer dato macroeconómico de las últimas semanas que no se relacionó con la maligna influencia de Moscú. Habría estado bien, desde luego; quitarse una medalla para ponérsela al enemigo, y con el agravante del absurdo, porque todo el mundo sabe que la guerra de Ucrania empezó después, en febrero del 2022. No, lo de achacar acontecimientos a sucesos posteriores se deja para problemas como la inflación, que ha pasado a ser culpa de las hordas euroasiáticas a pesar de que ya rozaba las nubes (7,6% en España, 5,8% en la eurozona) cuando se pusieron en marcha contra “nuestro modo de vida” (Sánchez) y nos condenaron al hambre (Borrell). Tonterías, las justas.

No tengo ninguna duda de que la aristocracia que dirige la UE podría convencer a la mayoría de que la pobreza, el desempleo, la precariedad y el resto de los milagros del capitalismo se deben a la Z del Ejército ruso o a la letra del abecedario confabulatorio que más convenga. El sistema fabrica los súbditos adecuados para cada proceso histórico -es decir, la educación (la programación) adecuada-, y es obvio que ha hecho un gran trabajo. En 1986, con los viejos ciudadanos de la guerra fría, sus representantes españoles estuvieron a punto de perder el referéndum de la OTAN; en el año 2022, con los nuevos consumidores del “fin de la historia” (Fukuyama), lo ganarían por goleada. Hasta anécdotas como la del déficit son aprovechables a efectos de manipulación de masas. Importante, irrelevante, positiva, negativa, qué importa si el cebo es Ucrania o un 6,7% del PIB. La realidad es lo que dicen los predicadores de la prensa y la televisión. Ni siquiera es necesario que los argumentos sean coherentes. Lo único estrictamente necesario es el mantenimiento de una ficción de pluralidad o, dicho de otro modo, caramelos mediáticos de supuesto patriotismo para el votante de derechas y caramelos mediáticos de supuesta sensibilidad social para el votante de la izquierda socialdemócrata (PSOE, UP). Al fin de cuentas, estar enamorado de la cabra de la legión no es lo mismo que estarlo de los gatitos de mes y medio.

Uno de estos siglos, alguien mirará el occidente europeo de principios del siglo XXI y se preguntará cómo es posible que se cayera tan bajo tan deprisa y desde tanto éxito civilizador. ¿No tenían los mejores índices educativos? ¿No acumulaban más carreras que nadie, más cursos, másters, estudios en general? ¿No eran sus mentes un saco de referencias magnífica y pulcramente ordenadas? Como he dicho alguna vez, urge replantearse el concepto de analfabetismo y, por supuesto, el papel y la estructura de los medios de comunicación, convertidos en el principal y más feroz adversario de la cultura. Si es cierto -y lo es- que la democracia es incompatible con la desigualdad (Marx), qué se puede decir de la desigualdad y la ignorancia combinadas.

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