De vacas y tolones

Carlos Olalla*. LQS. Junio 2020

Nosotros, en un loco momento de lucidez, tal vez podríamos intentar quitarnos las gafas con las manos. Las vacas no. Pero la tragedia, nuestra tragedia, es que, con manos o pezuñas, hacemos el mismo tolón tolón

Leo con estupor que en una granja rusa colocan gafas de realidad virtual a las vacas para que crean que están en un prado maravilloso en el que es verano todo el año y den así más leche. Se trata de un experimento realizado por el Ministerio de Agricultura y Alimentación ruso que lo ensalza con estas palabras: “La granja rusa RusMoloko ha comenzado a instalar gafas de realidad virtual a sus vacas. Todo ello para que piensen que están en el campo y puedan producir una leche de mejor calidad. Así lo ha dado a conocer el Ministerio de Agricultura y Alimentación ruso a través de un comunicado, donde ha asegurado que existe un vínculo entre la experiencia emocional de una vaca y su producción de leche. Según recoge el comunicado del ministerio ruso, una atmósfera tranquila ayuda a que la calidad de la leche mejore de forma notable. Por esa misma razón, un grupo de desarrolladores ha programado las gafas de realidad virtual para que muestren unos pastos simulados. De esta manera, las vacas piensan que están al aire libre y no encerradas en la granja, como realmente están”

La realidad, no la virtual sino la de verdad, es que a las vacas las engañan, las aíslan y las explotan para que sean más productivas. Y, claro, no puedo dejar de pensar que eso es exactamente lo que están haciendo con nosotros, los seres humanos: engañarnos, aislarnos y explotarnos. Las vacas han sido vacas desde hace milenios y llevan haciendo tolón tolón desde que un día alguien les puso un cencerro; los humanos, en cambio, nos ponemos el cencerro solos. Que la realidad que nos venden no sea el idílico prado de las vacas sino una jungla agresiva y violenta donde solo el más fuerte sobrevive o que en lugar de engañarnos dándonos calma, sosiego y tranquilidad nos inoculen terror y miedo a lo desconocido, a lo diferente o a perder el trabajo, no son más que adaptaciones de la misma teoría. Como lo es también que la vaca, en su aislamiento, no puede compartir con las demás vacas lo que le está pasando, ni nosotros darnos cuenta de lo que nos hacen y compartirlo con los demás, y también es una simple adaptación que la realidad inventada en la que nos hacen vivir no nos la proporcionen con unas gafas sino a través de todo un complejo sistema social, económico, educativo y de comunicación. Nosotros, en un loco momento de lucidez, tal vez podríamos intentar quitarnos las gafas con las manos. Las vacas no. Sus pezuñas no se lo permiten. Pero la tragedia, nuestra tragedia, es que, con manos o pezuñas, hacemos el mismo tolón tolón.

Viendo la cara de esas pobres vacas a las que unas simples gafas les hacen vivir una realidad totalmente inventada, una mentira que las saca de su confinamiento para hacerlas creer que están pastando libremente en el prado ¡y durante todo el año! no puedo dejar de ver el grado de estupidez y estulticia que refleja la cara de muchos de mis congéneres. La vaca cree que está en libertad, ellos creen que son libres; la vaca no se rebela contra su amo, ellos ni siquiera se dan cuenta de que tienen amo; la vaca enriquece a su amo dándole más leche de la que tiene, ellos aceptan condiciones de trabajo cada vez más precarias y degradantes que hacen cada día más rico a su amo y a ellos más pobres. La conclusión es la misma: quienes realmente producen las cosas, la vaca y nosotros, los tolones de este mundo, nos dejamos explotar por quienes tienen la propiedad de lo que producimos. El viejo Marx ya nos dijo algo de este conflicto entre trabajo y capital, pero no le hicimos caso.

Es terrorífico lo que puede llegar a cambiar las cosas la realidad virtual a la que nos condenan: De siempre hemos dicho de las personas que actúan con locura o en libertad que están como cencerros. Hoy, visto lo visto, estar como un cencerro es ser un tolón más, un tolón que sigue a los demás tolones, que produce como los demás tolones, que calla como los demás tolones, que enriquece a su amo como los demás tolones, y que es tan gilipollas como los demás tolones. Huxley y Orwell también nos lo advirtieron, pero como a Marx, tampoco les hicimos caso. Quizá no todo esté perdido. Quizá aún nos queda una última oportunidad: ¡Tolones del mundo uníos!

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