Defensa del terraplanismo

Por Nònimo Lustre. LQSomos.

El Yeti, el monstruo del lago Ness… delirios que sobreviven al descrédito de la Tierra Plana

Las siguientes notas fueron provocadas por el disgusto que sufrí cuando los propagandistas de Big Pharma –y sus palanganeros mediáticos-, incluyeron a los terraplanistas como uno de los principales colectivos ‘negacionistas’ de la pandemia del covid. No voy a entrar en el análisis de la resistencia caricaturizada con el infamante término ‘negacionista’, porque la censura impuesta por la Brigada Mediática nos impide saber si son pocos o muchos o si está nutrido sólo por zotes enloquecidos e insolidarios. Me da igual, porque es más importante saber que son ciudadanos a los que se les ataca desde los medios con un odio apenas disimulado con paternalismo. Pero, asimismo, le consta al común de los mortales que los terraplanistas son cuatro gatos cuya entidad colectiva representan menos de una gota en el mar de sus supuestos colegas resistentes. Poner en el mismo nivel a unos pocos desquiciados cuya doctrina (¿) es mucho más presente en las redes sociales que en la vida real, es otra indecente jugarreta en la guerra sucia orquestada por la propaganda farmacéutica.

Por todo ello, redactamos los párrafos siguientes. Pero, si quieren ahorrarse su lectura, se la resumiré: es ridículo que unos occidentales que presumen de intrínseca religiosidad tilden de irracionales a nadie, terraplanistas incluidos. Si esos alienados creen que una paloma de beneficia a una niña virgen y de la coyunda nace un bebé humano, deberían percatarse de que creer en la Tierra Plana es una imbecilidad infinitamente menos irracional.

Antecedentes de lo inexistente

En puridad, el terraplanismo (creer que la Tierra es plana) no existe pero, aun así, veamos su historia: los mesopotámicos, los egipcios y hasta los vikingos, representaron popularmente a la Tierra como un plano rodeado de aguas –un error perdonable teniendo en cuenta que eran gentes marineras o aspirantes a expandirse por el mar. Por su parte, según las interpretaciones occidentales, los siempre sorprendentes chinos imaginaban que la Tierra era un cuadrado plano rodeado por unos cielos ovoidales –vamos, que cuadraban el círculo. En cuanto a las miles de culturas, indígenas o cosmopolitas, que han existido o existen no tenemos suficientes datos etnográficos como para decidir cuál fue y es su imagen de este planeta. Sin embargo, hace más de 2.600 años, la comunidad científica griega ya sostenía que el planeta es esférico, primero con Pitágoras y después por Parménides y por Aristóteles -en 200 ane, Tolomeo la cartografió hasta con latitudes y longitudes. Ya en la ‘era cristiana’, Plinio consiguió que su amigo el emperador Vespasiano presionara a la plebe para que admitiera la redondez de la Tierra.

“El Universo es el único mundo material” Ozú, cuánta perspicacia…

¿Por qué el terraplanismo prosperó sólo residualmente en la Antigüedad occidental? A mi juicio, porque estaba agazapado detrás de un dislate mayor: el Geocentrismo; es decir, la Tierra como centro del Universo. Independientemente de que aquellos antepasados fueran o no conscientes de que el universo está en continua expansión, el Geocentrismo tenía una pedagogía tan sencilla como efectiva: por ejemplo, si salpicamos un globo con gotas de tinta, al inflarlo veremos que esas gotas se alejan unas de otras. Los antiguos bien podían ver al Planeta en cualquiera de esas manchitas y así podían comprobar que, en efecto, su ahora contaminada ‘nave espacial’ era el centro a partir del que se alejaban las estrellas… hasta que llegó Copérnico e impuso el Heliocentrismo a través de su libro póstumo De Revolutionibus Orbium Coelestium (1.543)

En ámbitos vaticanos, se chismorrea que el terraplanismo surgió en el siglo XVII como insidia contra la Contrarreforma de Trento. Pero, rumores aparte, es más probable que surgiera bastante después, en el siglo XIX y como parte del ataque frontal de todas las sectas cristianas contra las leyes de la Evolución –su minúscula audiencia alcanzó su cúspide entre 1870 y 1920, justo cuando Darwin era el sabio más mentado. Asimismo, es a finales del ese siglo XIX donde algunos textos esotéricos sitúan el nacimiento del terraplanismo contemporáneo, precisamente de la mano de S.B. Rowbotham (1816-1884), un zelote que entendía la Biblia al pie de la letra –eliminar la metáfora leyéndola literalmente es uno de los más perniciosos métodos de los esotéricos pero, simultáneamente, es la raíz metodológica de su proselitismo. El caso es que Rowbotham publicó Astronomía Zetética un libro donde ‘demostraba’ que la Tierra es un disco plano centrado en el polo Norte y cerrado en su límite Sur por un paredón de hielo, con el resto del universo a sólo unos cuantos kilómetros sobre nosotros (si tiene tiempo de sobra y un estómago a prueba de indigestiones, lea este abarrote de pendejadas en https://www.theflatearthsociety.org/library/books/Earth%20Not%20a%20Globe%20(Samuel%20Rowbothan).pdf)

A mi leal saber y entender, el Geocentrismo constituye la ultima thule del terraplanismo: creer que la Tierra es el centro del universo abre la puerta para defender su originalidad. Poco importa que la Luna se vea redonda y los demás astros, también. Seguramente porque fue diseñada por Dios, la Tierra es única y su condición de planicie la distingue de los demás cuerpos celestes. Dos o tres milenios creyéndolo así, ha dejado un turbio poso en la psique occidental –propensa a una egolatría reforzada por el solipsismo. Y, además, es un sarro deletéreo porque se empieza creyendo en excepcionalidades de origen divino y se acaba creyendo en esas excepcionalidades de origen humano que nos arrastran directamente al eurocentrismo, al etnocentrismo (my tribe right or wrong), al racismo y demás lacras.

El Heliocentrismo del giro copernicano todavía no ha logrado acabar con los arcaizantes rasgos geocéntricos. Es joven y no llega al pentacentenario pero crece a trancas y barrancas puesto que debe cuidarse de los malos humores de los geocéntricos –y de sus parientes, los terraplanistas-, porque la Historia nos enseña que esa gavilla padece un prurito homicida que, si asoma la menor oportunidad, no duda en materializar.

¿Científicos? venerando al Gigante. Foto tomada para que nos se note el robusto pene que lucía el de Cardiff –en el museo del circo, sus vergüenzas han sido cubiertas con la socorrida hoja de parra

Alfred Russel Wallace (1823-1913)

Durante el siglo XIX –especialmente, hacia su final-, Europa se debatió entre los avances científicos y una inflación del irracionalismo. Al mismo tiempo que se estudiaban la selección natural y las leyes darwinianas de la evolución, proliferaba el ‘espiritualismo’ -término general con la Teosofía como producto estrella. Abundaban unas groseras estafas que la Ciencia no podía refutar ni siquiera limitar. Dos ejemplos:

En 1817, el escocés Gregor MacGregor, hizo creer a miles de londinenses que había sido elegido Presidente de Poyais, un inédito país centroamericano -hasta publicó un libro que describía minuciosamente el país. Convenció a los hipotéticos colonos para que cambiaran sus libras a dólares poyaieses e incluso fletó dos barcos para llevarlos a un Paraíso que nunca existió. Pese a que la estafa fue conocida, MacGregor nunca fue procesado sino que murió en 1845 limpio de polvo y paja. Fue un ejemplo de la impunidad que propicia la ignorancia o de la mala lectura de una ciencia básica: la Geografía.

Asimismo, en 1869, El gigante de Cardiff (3,10 mts. altura, 1.300 kgs de peso) fue milagrosamente ‘descubierto’. La fama le duró muy poco porque el fraude fue demasiado rudimentario pero el famoso empresario circense P.T. Barnum hizo una réplica del colosal yeso y ‘demostró’ que el original era falso pero no la réplica de su propiedad. No me pregunten por la cadena silogística de esa pretensión. Simplemente, quedémonos en que la Ciencia paleontológica de entonces no era de fiar. En este lodazal, los terraplanistas hozaban a sus anchas.

Ilustración del viaje de Wallace por el Amazonas

Por azares del destino, he seguido in situ y por dos continentes las peripecias de AR Wallace, uno de los sabios naturalistas que tuvieron la mala suerte de tener que enfrentarse a algunos de los más presumidos propagandistas del terraplanismo decimonónico. Aunque con considerable retraso temporal, recogí in situ la memoria que dejó entra los indígenas y no encontré objeción a su buena imagen. Luego, le leí que ‘la desnudez del indígena presenta al Humano como un “noble & majestic being” mientras que las vestimentas de Occidente le presentan como un “ridiculous animal”-y no hay término medio entre ambas’. Resumiendo: Wallace comprende a los ‘nativos’, ergo es riguroso en su ciencia. Permítanme robustecer mi alicaída Egoteca con unos párrafos escritos en Amazonas y en Indonesia mientras seguía las huellas de ese sabio que fue más que naturalista:

Tras Amazonas, el archipiélago malayo -hoy, Indonesia

Amazonas. Diario de campo, mayo 1978: Los indígenas “Recuerdan perfectamente, como si fuera ayer, lo que Wallace cuenta sobre la construcción de barcos en San Carlos; barcos más bien chapuceros que bajaban el río pero no volvían a subirlo. Los cargaban con casabe y mañoco y los vendían en Brasil donde les llamaban “barcos españoles” y duraban 7 u 8 años. Aquí, solamente Félix Yapuare y Eugenio recuerdan el arte de la carpintería de ribera, un arte que, según Wallace, les fue enseñado por ingenieros navales españoles y portugueses que los indios recuerdan desde entonces (¿) aunque quizá no por mucho tiempo. Incluso saben que la madera de la que se hacían, el mure (quizá murebe =saquisaqui, una higroscópica Bombácea), ya no abunda o, directamente, no hay.

Indonesia, entre las Molucas y la gran isla papúa. Abril 1985. Passo, el pueblito donde residió Wallace hce 128 años. Es un lugar con fama histórica de ser abundoso en coloradilla, chispita o chivacoa., que con todos esos nombres se conoce a los small acari like harvest-bugs que atormentaron a Wallace mientras residió en Paso:

“Padecí una erupción inflamatoria causada principalmente por las picaduras de ácaros diminutos, que son el azote de los bosques de esta isla y de la de Ceram. El cuerpo se me cubrió de ampollas, sobre todo los párpados, mejillas, sobacos, espalda, rodillas y tobillos. No podía sentarme ni andar, y me era muy penoso acostarme. Las ampollas se secaban rápidamente, pero eran sustituidas por otras” (Wallace, cap. IX, pp. 97-98)

Veo algunos árboles del pan (breadfruit) y Wallace se explaya sobre su magnificencia:

“En Paso saboreé por primera vez un manjar delicioso, que no había podido encontrar en otra parte tan a punto: el fruto del verdadero árbol del pan” (ibid, 98)… Ahora que el transporte de plantas se ha facilitado por los barcos y los cajones de Ward, sería deseable que se dotara a nuestras Antillas de ese fruto sin rival, mucho más estimable porque puede ser conservado largo tiempo después de recogido” (ibid)

¡Vaya!, no me ha gustado esta asesoría para criar biopiratas pero debo continuar siguiendo la huella de Wallace en un pequeño archipiélago cercano.

El prao, citado en Salgari o Verne como arma de los malísimos piratas malayos. Foto AP

“En las islas Kai vuelvo a encontrar el rastro de Wallace. Anota que es la primera vez que ve a papúas ‘in their own country’ -en aquellos años, las Kai serían país melanesio pero salta a la vista que, siglo y cuarto después, es país malayo-. Y añade que ahora tiene la oportunidad de comparar “two of the most distinct and strongly marked races that the earth contains. Had I been blind, I could have been certain that these islanders were not Malays”.

Pero no he traído a Wallace para engordar mi ego sino porque uno de sus lances ejemplifica la precarización de la Ciencia y la soberbia de los terraplanistas de entonces –hasta se atrevían a desafiar a la comunidad científica. Wallace tuvo que dedicar más tiempo del deseable a polemizar con algunos. Veamos la (triste) anécdota:

Adanismo terraplanista. ¿seguro que, por primera vez, están descubriendo el mundo?

En 1870, un tal John Hampden, lanzó en Scientific Opinion el siguiente desafío: “The undersigned is willing to deposit from £50. to £500., on reciprocal terms, and defies all the philosophers, divines, and scientific professors in the United Kingdom to prove the rotundity and revolution of the world”. Por motivos económicos, Wallace recogió el guante pues 500 libras eran el salario anual de un trabajador y el siempre empobrecido proletario científico necesitaba esa ‘fortuna’. En un santiamén demostró la rotundity and revolution de la Tierra y cobró sus esterlinas pero ahí comenzó su calvario doméstico pues Hampden, un ferviente lector de Earth Not a Globe, la biblia del gurú Rowbotham (cf. supra), dedicó el resto de su vida a insultar a Wallace. Por lo que hoy llamaríamos ‘delitos de odio contra los científicos’, fue condenado varias veces, incluso por la carta que envió a la esposa de Wallace: «Sra. Wallace: si el demoníaco ladrón que tiene por marido es portado a su casa en unas parihuelas con todos los huesos de su cráneo reducidos a una pulpa, sabrá por qué. Dígale de mi parte que es un mentiroso e infernal ladrón, y que no morirá en su cama; eso es tan seguro como que se llama Wallace… Usted es una miserable desdichada que ha sido obligada a vivir con un felón confeso”.

Croquis del instrumental utilizado por los terraplanistas: nada de teodolitos, tablas de desecho con marcas pintadas de cualquier manera.

No obstante mi predilección por Wallace, no debo olvidar que ¡también él! coqueteó con el Espiritualismo y hasta con esa seudo-ciencia Frenología que citamos en un texto reciente. Lo cual nos indica el enorme poderío del irracionalismo en la época de Darwin… y de su amigo, colega y co-descubridor Wallace. De hecho, Wallace fue militante espiritualista. Incluso escribió panfletos irracionalistas como éste: The Scientific Aspects of the Supernatural: Indicating the Desirableness of an Experimental Enquiry by Men of Science into the Alleged Powers of Clairvoyants and Mediums (1866, 57 pp)

Jubilados anglos y ‘crop circles’

Como no puede ser de otra manera” (sintagma de moda que suele significar que, contrariando su literalidad, en efeto, las cosas pueden y deben hacerse de otra manera. Una de las expresiones más perniciosas del castellano actual), finalizo con una anécdota contemporánea que nos ilustra sobre la acrítica confianza no sólo en toda la Ciencia sino incluso en la sofisticación de sus herramientas físicas.

Aunque apenas se vea en la derecha de la foto, repárese en el visor ultramoderno que porta Doug Bower: un alambre retorcido que cuelga de la visera de su gorra

Un día de 1976 o 1978, sentados en una taberna cerca de Cheesefoot Head -ya tienen los esotéricos otro ‘lugar de poder’ equiparable al Tibet-, «wondering what we could do for a bit of a laugh», los pensionistas británicos David Chorley (n. 1929) y Douglas Bower (n. 1924) decidieron dibujar los «misteriosos signos» que desde entonces comenzaron a aparecer en los trigales de Inglaterra y en todos los medios de comunicación. Buena la liaron: hasta Nature y The Economist se lo creyeron. Incluso se creó una nueva disciplina, la «Cereología», cuyas sesudas teorías oscilaban entre los platillos volantes y la meteorología mágica pasando por el indudable origen extra-humano de los signos y, como demostración de ello, la evidente ausencia en la Tierra de la altísima tecnología necesaria para dibujarlos -de hecho, una cuerda, un tablero y un alambre retorcido que hacía de visor-.

Pero poco dura la alegría en la casa del pobre. En 1991, el Gobierno de HM the Queen decidió subvencionar las investigaciones cereológicas: nuestros héroes, quién sabe si temerosos de un recorte en sus pensiones, se entregaron a la ciencia oficial quien les pagó con el ninguneamiento. Chorley y Bower merecen un puesto de honor en el humor y en la denuncia del irracionalismo pero no lo tienen ¿porque son malos ejemplos para la juventud? –están borrados de los anales hasta el punto de que no he encontrado sus fechas de defunción.

Tecnología tabloide fungiendo de tecnología punta

¿Cuántos proyectos científicos han sido bendecidos con excusas tan peregrinas como la Cereología? Seguramente varios pues la ópera burlesca de nuestros héroes continúa hasta hoy: en 2009, el fiscal general de Tasmania denunció que, tras haberse acostumbrado a su consumo, los marsupiales wallabies habían creado crop circles en los sembradíos legales de opio medicinal. Caray, preciosa muestra de que, cuando la Ciencia se distrae, la ‘justicia’ ocupa su lugar.

Los wallabies tasmanos, geómetras natos, nos demuestran que la Naturaleza es inteligente sin necesidad de herramientas humanas. Y también nos enseñan que los más absurdos de los mitos nacen gracias al favor del Poder –en este caso, judicial. En 1962, Buñuel lo expuso en la penúltima secuencia de El ángel exterminador, cuando la Policía mexicana permite que unas ovejas entren en la casa encantada de la burguesía pero impide que los escépticos se acerquen a ella.

Capturado de twitter

Comencé sosteniendo que el terraplanismo es un dislate menor que el de la ‘inmaculada’ concepción de Miriam, la virgen niña. Ahora termino añadiendo que, en términos económicos, el terraplanismo da de comer a unos pocos marginales mientras que el mito de la Virgen esquilma a millones de cristianos quienes, además, en nombre de la Fe romana bombardean a esos otros millones de infieles so pretexto de que no siguen las cotizaciones del mercado de futuros, activo principal de la Cristianísima Bolsa –los poco avisados indignos de salvarse siguen los vaivenes de la ataraxia y/o de las huríes. Y tiene su (maldita) gracia que el Vaticano presuma de haber resuelto el problema de la muerte promocionando un sistema supra-galáctico de Cielos e Infiernos al lado del cual, la Tierra Plana es una bagatela.

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