Delenda est monarchia

Esta fue la expresión que utilizó en 1930 Ortega y Gasset para denunciar el intento del Rey de saldar sin rendir cuentas los ignominiosos años de la dictadura de Primo de Rivera, utilizada por la monarquía como burladero, dando paso al gobierno Berenguer como si nada hubiera ocurrido. Ochenta y tres años después los Bórbones promovidos por otro dictador, Francisco Franco, parecen repetir la apuesta.
 
Como si el “escándalo Nóos” no fuera ya claramente el “caso Familia Real”, los herederos de aquella saga de predestinados, al amparo de una Constitución que les blinda con el autocrático privilegio de la impunidad, pretenden pasar de nuevo página y endosar a beneficio de inventario el presunto latrocinio practicado con una pericia propia de las organizaciones criminales. Sin embargo, ya no valen excusas tipo “lo siento, no volverá a ocurrir”. No estamos ante una cacería de elefantes. Son personas las afectadas, millones, seres humanos, aunque súbditos por mor de una transición infligida al pueblo llano por el consenso de las cúpulas partidistas, las mismas instituciones que han permitido que la crisis desatada por los poderes financieros se impute a los trabajadores. Hoy, aquí y ahora, aunque el silencio atronador de los medios de comunicación del sistema, la indigencia intelectual de nuestra rancia “intelligentsia”, el absentismo cómplice de los púlpitos y la declinación ética de los sindicatos mayoritarios lo solapen, el sufrido pueblo español empieza a clamar desde lo más sentido “delenda est monarchía”.
 
 
Concebida bajo el axioma vitalicio de una colectiva “presunción de inocencia”, el interés de una Familia, que como su patrocinador político no responde más que ante Dios y ante la Historia, está directamente enfrentado al bien común. Otra vez confunden el interés del general con el interés general. Literal y clónicamente. Porque, gracias siempre al amparo de una Constitución pret a porter, el Jefe de la Casa Real es también el jefe de las Fuerzas Armadas, el Generalísimo. Pero ni siquiera la extrema coacción que esa medida supone para los ciudadanos puede utilizarse en una democracia para reeditar la devotio ibérica. Como metaforiza la sabia sentencia, a veces es justo y necesario que un hombre muera por todo un pueblo, pero nunca al revés, que un pueblo muera por un solo hombre. Y de eso hablamos en estos momentos. De la situación de emergencia humanitaria a que están llevando al país la bárbara explotación de los poderosos cobijados bajo esa capa de Luis Candelas que llaman Marca España, el saqueo de la riqueza nacional acumulada durante generaciones y la lacerante derogación de los derechos conquistados con sacrificios sin límites. Como afirmó el admirable Miguel Torga “la única manera de ser libre ante el poder es tener la dignidad de no servirlo”.
 
La commedia é finita.
 
Abajo el telón.
 
 

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