Antoni Puig Solé*. LQSomos. Febrero 2017

La competencia política-militar se basa en la competencia económica. La teoría sobre la ventaja comparativa es defectuosa; la ventaja que gobierna el comercio mundial es la ventaja de tipo absoluto, ya que es la que domina en los mercados nacionales. La diferencia clave entre el comercio nacional y mundial se desprende de la productividad del trabajo, que está determinada por el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas. Estas diferencias también conllevan diferencias en el poder adquisitivo de los trabajadores en cada país (salarios).

El mercado mundial no puede ignorar los costes de transporte, ya que en el transporte se agrega valor y se genera plusvalía. Esto conlleva diferencias entre los precios nacionales y los precios internacionales, pero estas diferencias no son suficientes para trastocar el dominio del mercado mundial a las empresas más productivas, especialmente si los gastos de transporte tienden a reducirse. Estas diferencias tienen que ver con ley del valor. Ahora bien, las diferencias también se pueden aumentar incorporando tasas, y entonces pueden impactar en los mercados nacionales. Los países con fuerzas productivas desarrolladas, consiguen producir por debajo del tiempo de trabajo socialmente necesario y con ello pueden vender sus productos en los países menos desarrollados. La competencia tiende a eliminar a los productores de estos productos en los países menos adelantados, a menos que puedan desarrollar sus fuerzas productivas para poder competir. Un apaño posible es reducir salarios. Pero entonces se empobrece aún más a la población y se acentúa la migración económica. La explotación imperialista y la explotación de la clase obrera doméstica se combinan.

Los países menos adelantados se concentran en la producción de productos básicos que tienen una ventaja natural o geográfica (aceite, tomates, cobre, estaño, oro, fruta tropical, etc.).Dado que estos productos básicos están sujetos a la especulación del capital de los países imperialistas, sus precios pueden ser inestables, haciendo que las condiciones de empleo en estas industrias sean aún más inseguras. Por otra parte, las grandes multinacionales pueden apropiarse de estos productos sacando provecho de su poder económico. Esto también se puede conseguir a través de la intervención militar.

China se ha convertido ahora en uno de los países con un desarrollo de sus fuerzas productivas, por encima de la media mundial. China aumenta día a día su productividad laboral, incentiva su mercado nacional y emplea sus excedentes para conquistar mercados internacionales, sacando provecho de sus altos niveles de productividad. Si no se tuerce el rumbo, China tendrá una participación cada vez mayor en el mercado mundial. Los países más desarrollados del centro capitalista, como EEUU y Gran Bretaña, antes de apostar por las nuevas tecnologías tuvieron que apostar por la depreciación de las inversiones ya realizadas. Frente a los incrementos de la productividad en China, es inevitable que sufran una disminución de su poder en el mercado internacional (y nacional) y esto se acentúa en momentos como los de los últimos años, donde las finanzas incentivan el desplazamiento de capital productivo a otras partes del mundo con costes laborales más bajos. Entonces, en lugar de desarrollo de fuerzas productivas, termina habiendo desindustrialización. Por lo tanto, ahora la ley del desarrollo desigual no beneficia estos países como los beneficiaba antes y las clases obreras locales lo notan.

Cuando hay situaciones críticas, se recurre a las fuerzas políticas y militares para canalizar la fuerza económica. La guerra se convierte en un medio para resolver los desequilibrios. A diferencia de Alemania y EEUU en el pasado, China no ignora la ley del desarrollo desigual. Todos los miembros del PC se han leído el imperialismo de Lenin. Sin embargo, China no está totalmente inmunizada y puede caer en el chovinismo nacionalista, sobre todo ahora, que se está integrando en el mercado capitalista mundial. Si el chovinismo se impone en ambos lados del Pacífico, será difícil evitar que la guerra económica desemboquen en un conflicto militar.

Ahora mismo parece que un número significativo de americanos considera que su principal enemigo está en casa. Esto puede ser positivo. Pero el enemigo no se llama únicamente Trump. Tiene muchas otras derivadas, que ya se pudieron visualizar con la conducta de los presidentes que lo han precedido. En todo caso, hay que estar muy atentos al desarrollo de una situación internacional que se modifica rápidamente. Las recetas estáticas nos pueden llevar a actuar a ciegas. He aquí una nueva razón para reivindicar aquello del análisis concreto de la situación concreta.

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