“Desde la celda”

loquesomos-desde-laceldaIñaki Alrui*. LQSomos. Octubre 2015

Los muros de las prisiones,
aparte de evitar que los presos huyan,
sirven sobre todo para que nadie vea lo que sucede tras de ellos.
Xosé Tarrío (1968-2005)

Reflexivo trabajo el logrado en este cortometraje realizado desde el empuje voluntario y la independencia del crowdfunding. Una mirada desde el interior de la celda, desde la intimidad del recluso, desde el dolor del condenado.

Si en los aspectos penales hiciéramos (¡hagámoslo!) la odiosa comparación con la llamada “Europa”, que sirve siempre para ilustrar ejemplos ejemplarizantes desde el Estado, en esta ocasión ¡ganaríamos!, somos el país que tiene más presos, más policías y ¡ojo! menos delitos por habitante, mientras se tienen las normas penales más severas… y cada día a más.

“…Todas las personas privadas de libertad responden a un nombre que a veces se olvida por la cosificación que ejerce la institución. Sin demasiado esfuerzo se acaban convirtiendo en un número, en una cifra más, en un dato estadístico, pero lo cierto es que todos y cada uno de ellos, todas y cada una de ellas, proviene de sus propias circunstancias…”

Según datos oficiales del Ministerio del Interior, a finales de junio de 2015, el Estado español albergaba en sus cárceles a 65.472 reclus@s.

Si nos adentramos en nuestro mundo interior de preguntas es fácil llegar a la conclusión de que las cárceles sirven para condenar de por vida socialmente al “delincuente”, no por lo que haya realizado o incumplido, sino por su extracto social. Estamos hablando del estatus económico del que procede cada uno, un medio más del Estado liberal para controlar a las clases más desfavorecidas.

“…No son un número. No son una tasa de criminalidad, de reincidencia, de tipología delictiva. No son un experimento social. No son partidas presupuestarias. No son conclusiones de estudios sociológicos, jurídicos o criminológicos. Son personas con nombre y apellido, con familia, con entorno, con suerte o sin ella, pero personas…”

Dos de cada tres reclusos después de recuperar su libertad, volverán a entrar en prisión ¿reinserción? NO. Estamos ante una cadena más del capitalismo, por una parte utiliza el miedo contra todos, miedo a la diferencia, miedo a compartir, miedo a conocer, miedo… pero a cambio de quitarnos libertad, nos ofrece su “santa” bendición punitiva y castigadora, no te preocupes, a los “malos” los encerramos en prisión, los torturamos, los castigamos, la reinserción no existe. ¡TÚ solo cumple y calla!

La calle sigue siendo un espacio de control del poder, de los tiburones del capitalismo y del clasicismo social heredero de la mentalidad represora franquista ¿qué poco han cambiado tantas cosas?

La calle, símbolo de la libertad, debería ser de todos y, las calles es la contraposición a las prisiones, son muchos años de lucha por su conquista, de golpes, de insultos, de violencia física y verbal, de coacciones y amenazas, de condenas interminables, y en esa lucha debemos de preguntarnos ¿para qué están sirviendo la prisiones?
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“…Las cartas ocupan tiempo, trasladan la mente, dibujan ilusiones, diseñan esperanzas. Las cartas se leen una y otra vez hasta aprenderse de memoria; son el triunfo de la persona frente a la institución; son la no cosificación, la resistencia, la libertad.
Son sensación, emoción, vida…”

Este cortometraje que dura algo más de once minutos, toma como escenario una celda y de protagonista: un preso, unas logradas caricias de piano ponen banda sonora al silencio, y este a su vez se convierte en gritos de libertad, entre golpes de impotencia y miradas infinitas.
El cortometraje que incita a la introversión, también nos llama a cercarnos a traspasar los muros de las prisiones, al simple acto revolucionario de escribir cartas a pres@s.

Con el trabajo colectivo y social en “Desde la celda” acaban de abrir una puerta en los muros de las prisiones. Gracias

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Un comentario sobre ““Desde la celda”

  • el 18 octubre, 2015 a las 23:39
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    «El simple acto revolucionario de escribir cartas a presos»…me parece precioso y toda una tarea enriquecedora para ambos lados que habriamos de ejercitar como un músculo transgresor : nos acerca a todos los Alfon, que como él y ellas, presas y presos de conciencia;extrema necesidad o consecuencia irremediable del estado del malestar (por que frente a la pedagogia, la justicia social y los valores éticos se imponen esos faciles y monstruosos muros que delimitan los «buenos»de los «malos»como bien decis ) no pueden atarles el alma…Que bien lo expresó Miguel:

    Las cárceles se arrastran por la humedad del mundo,
    van por la tenebrosa vía de los juzgados:
    buscan a un hombre, buscan a un pueblo, lo persiguen,
    lo absorben, se lo tragan.

    No se ve, que se escucha la pena de metal,
    el sollozo del hierro que atropellan y escupen:
    el llanto de la espada puesta sobre los jueces
    de cemento fangoso.

    Allí, bajo la cárcel, la fábrica del llanto,
    el telar de la lágrima que no ha de ser estéril,
    el casco de los odios y de las esperanzas,
    fabrican, tejen, hunden.

    Cuando están las perdices más roncas y acopladas,
    y el azul amoroso de las fuerzas expansivas,
    un hombre hace memoria de la luz, de la tierra,
    húmedamente negro.

    Se da contra las piedras la libertad, el día,
    el paso galopante de un hombre, la cabeza,
    la boca con espuma, con decisión de espuma,
    la libertad, un hombre.

    Un hombre que cosecha y arroja todo el viento
    desde su corazón donde crece un plumaje:
    un hombre que es el mismo dentro de cada frío,
    de cada calabozo.

    Un hombre que ha soñado con las aguas del mar,
    y destroza sus alas como un rayo amarrado,
    y estremece las rejas, y se clava los dientes
    en los dientes del trueno.

    Aquí no se pelea por un buey desmayado,
    sino por un caballo que ve pudrir sus crines,
    y siente sus galopes debajo de los cascos
    pudrirse airadamente.

    Limpiad el salivazo que lleva en la mejilla,
    y desencadenad el corazón del mundo,
    y detened las fauces de las voraces cárceles
    donde el sol retrocede.

    La libertad se pudre desplumada en la lengua
    de quienes son sus siervos más que sus poseedores.
    Romped esas cadenas, y las otras que escucho
    detrás de esos esclavos.

    Esos que sólo buscan abandonar su cárcel,
    su rincón, su cadena, no la de los demás.
    Y en cuanto lo consiguen, descienden pluma a pluma,
    enmohecen, se arrastran.

    Son los encadenados por siempre desde siempre.
    Ser libre es una cosa que sólo un hombre sabe:
    sólo el hombre que advierto dentro de esa mazmorra
    como si yo estuviera.

    Cierra las puertas, echa la aldaba, carcelero.
    Ata duro a ese hombre: no le atarás el alma.
    Son muchas llaves, muchos cerrojos, injusticias:
    no le atarás el alma.

    Cadenas, sí: cadenas de sangre necesita.
    Hierros venenosos, cálidos, sanguíneos eslabones,
    nudos que no rechacen a los nudos siguientes
    humanamente atados.

    Un hombre aguarda dentro de un pozo sin remedio,
    tenso, conmocionado, con la oreja aplicada.
    Porque un pueblo ha gritado, ¡libertad!, vuela el cielo.
    Y las cárceles vuelan.

    EL HOMBRE ACECHA
    (1937-1939)

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