Desde la Montaña, la España abandonada se vacía

Ernesto Rodrigo*. LQS. Marzo 2020

Cuando hablamos de la ciudad no lo hacemos con animadversión hacia sus habitantes, faltaría más. Lo hacemos señalando el entorno protegido de quienes nos gobiernan, quienes desde ese castillo intentan conducir nuestras vidas

Más que la España vaciada, seguimos siendo la España abandonada a la que los políticos y políticas llegan demasiado tarde, porque la despoblación ha cogido ya tal inercia, que, junto al envejecimiento de nuestras gentes, hace mucho más complicado su reversión ahora. Pero no hay que ser pesimistas: «todo está por hacer y todo es posible». Como siempre, solo falta voluntad política, esa que a la hora de la verdad tanto escasea gobierne quién gobierne. No digo, recuerdo. Parecería que se ha hecho mucho en los pueblos del interior, en el medio rural en estas últimas décadas, pero no es cierto. Ha habido intervenciones que han mejorado las condiciones de vida, pero lo han hecho respecto a cómo se vivía y eso tiene poco mérito, porque el listón en los pueblos siempre ha estado muy bajo, bajísimo respecto al de la ciudad.

Además de la imperdonable pérdida de patrimonio, de raíces, de cultura que ha representado este abandono por todas las administraciones, las ciudades y quienes las gestionan y han gestionado, tienen pendiente deshacer un agravio comparativo respecto al medio rural del que se nutrieron para levantarse, con los efectos colaterales de la despoblación. El mayor error de la Administración del Estado ha sido no tener claro desde el principio, que el desarrollo rural pasaba necesariamente por el desarrollo de cuadros locales de todos los niveles que garantizasen la gestión de los recursos y el aprovechamiento de los mismos, capacitándolos para estar en condiciones de gestionar ayudas, cuando no era posible hacerlo por nuestros propios medios, como se ha hecho siempre en la ciudad.

La elección de la libre residencia en todo el territorio español es un derecho constitucional que no está grabado en su literatura de ninguna forma. Pero la realidad es muy distinta. Al igual que ocurre con tantos y tantos derechos que quedan preciosos en el papel, la realidad es que el medio rural sólo ha interesado básicamente como mano de obra barata, fuente de materias primas y energía. Realmente, la historia dice que el medio rural para la ciudad, sólo ha sido su Tercer Mundo, pero nada más, como mucho un área de descanso.

Pero que nadie se confunda. Cuando hablamos de la ciudad no lo hacemos con animadversión hacia sus habitantes, faltaría más. Lo hacemos señalando el entorno protegido de quienes nos gobiernan, quienes desde ese castillo intentan conducir nuestras vidas y por supuesto, quienes al amparo de él, no se cuestionan que así sea.

Es tiempo de hacer otras políticas en este estrecho filo de la navaja en el que nos encontramos; de crear nuevos puestos de trabajo en cada pueblo con la creación de pequeños grupos de desarrollo rural, que puedan monitorizar realmente y a pie de calle cuáles son realmente las carencias y necesidades para mejorar la vida de quienes irreductiblemente somos supervivientes, y para hacer posible que otras por venir apuesten por instalarse aquí. Desgravaciones fiscales para los comercios y servicios o exención de impuestos que ¡llevamos reclamando desde los 90!. Nos dirán entonces que poco a poco, que hay muchas necesidades más importantes qué cuatro abuelos y abuelas, y cuatro rebollos viejos, porque en el fondo, aunque no lo digan, es lo que piensan, y con las migajas de presupuestos que nos asignan, lo que hacen.

No nos engañemos. En esta España tan malcriada de corrupción y despilfarro, hay riqueza para dos Españas. El problema es que no nos lo creemos porque hemos perdido nuestro espíritu crítico para filtrar las comunicaciones con las que nos responden y nos quedamos de brazos cruzados o nos encogemos de hombros, cuando nos restriegan sus justificaciones. Tenemos suficientes recursos humanos y materiales para tener la calidad de vida que todas nos merecemos en cada rincón de este país, vivamos donde vivamos, pero no hay pan para tanto chorizo, no lo hay. Ese sigue siendo el problema.

Cada piedra, cada guijarro de las paredes de estos hogares, de los muros de estos huertos, de estos corrales, tienen detrás las manos e identidades que apostaron por su estabilidad y son en sí mismos un patrimonio inigualable e insustituible. Mantenerlo y devolverle la vida que tuvo, es el mejor homenaje que podemos hacer a quienes careciendo de lo más básico, apostaron por estos pedazos de país para mejorarlo y hacer valer el derecho de vivir en paz, del disfrutar de la vida, que es la única razón de nuestra existencia.

No sería justo terminar aquí sin hacer una autocrítica, la que deben hacer los habitantes de estos pequeños pueblos con el trato que han dispensado demasiadas veces a las personas que han venido de fuera para intentar instalarse, y en vez de facilidades o al menos acompañamiento, muchas veces solo han recibido un rechazo lleno de prejuicios, reproduciendo las mismas suspicacias que la ciudad ha tenido con el medio rural, cuando buscando una vida mejor, ha migrado a las ciudades. Está claro que personas las hay de todo tipo y color, pero no menos cierto es que de entre las nacidas en el terreno, las hay también holgazanas y desaliñadas. Es por eso que también hay que reflexionar sobre ello, porque tales actitudes tampoco nos han ayudado con la repoblación que tanto necesitamos y que ahora reclamamos para no perder escuelas y servicios básicos.

– Imagen de cabecera: Un mochuelo común solito bajo la lluvia, encima de una madera que transmite herencia, con un herraje que huele a manos y a brasas. Fotografía de Buendiario

* Molino del Villar, Agricultura Sin Venenos y Energías Renovables
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