Arturo del Villar*. LQS. Octubre 2018

Barcelona fue testigo de la identificación del pueblo español con los brigadistas internacionales, que vinieron a prestarle su ayuda en la justa lucha contra los militares monárquicos rebeldes y sus colaboradores nazifascistas

Se cumplen ahora 80 años de la perpetración de una de las mayores injurias consumadas por el Comité de No Intervención contra la República Española: el 28 de octubre de 1938 desfilaron por última vez las Brigadas Internacionales, antes de abandonar España, en cumplimiento del acuerdo para que los combatientes extranjeros salieran de la península. El Gobierno republicano cumplió ese ignominioso designio, en tanto los militares rebeldes continuaban manteniendo activas las tropas y las armas enviadas por la Alemania nazi, la Italia fascista y otras naciones satélites, como Portugal, y lo hicieron con total desfachatez e impunidad, hasta invitarles a participar en el llamado Desfile de la Victoria el 19 de mayo de 1939.

Previamente el día 25 tuvo lugar en L’Espluga de Francoli un acto muy emotivo: la entrega de las banderas de las Brigadas Internacionales al Ejército leal. El jefe del Gobierno y ministro de Defensa, el doctor Juan Negrín, pronunció un emocionado discurso de despedida y agradecimiento, al que pertenecen estos párrafos:

Os halláis congregados aquí los representantes auténticos de 53 países; representantes que, para venir a luchar con vuestros hermanos de España, tuvisteis que vencer grandes dificultades hasta conseguir pisar tierra española. Cumplisteis como héroes en la lucha por la libertad del mundo en esos dos años que habéis vivido vinculados a nosotros, en horas inolvidables para la historia de nuestro pueblo. […]
Vuestra retirada es una necesidad que nos imponemos para demostrar a esa falsa No Intervención que la retirada de los voluntarios no es problema para la República y sí para los sublevados, coaligados con las fuerzas extranjeras que pretenden en España conquistar nuevas posiciones. Y España ha adoptado esta resolución considerando que podía contribuir a la pacificación del mundo, haciendo cuanto estuviera de su parte para localizar el conflicto, para lograr esta paz basada en la justicia de la que España no se separa jamás.

Terminó su discurso el doctor Negrín prometiendo a los brigadistas que al terminar la guerra el Gobierno concedería la nacionalidad española a quienes desearan adquirirla, como agradecimiento por su valentía al abandonar sus países para venir a combatir en España al nazifascismo internacional. Pero la España leal perdió la guerra, y sobre los brigadistas cayeron todos los improperios e insultos de que son capaces los fascistas.

El último desfile

Barcelona fue testigo de la identificación del pueblo español con los brigadistas internacionales, que vinieron a prestarle su ayuda en la justa lucha contra los militares monárquicos rebeldes y sus colaboradores nazifascistas. Podemos seguir el desfile en el diario barcelonés La Vanguardia, que dedicó la tercera página de su edición del día 29 a reseñarlo ampliamente. A las 16,30 horas del viernes 28 de octubre de 1938 comenzó el acto apoteósico que contempló el último desfile de las Brigadas Internacionales, por la Avenida del 14 de Abril (actualmente Avenida Diagonal), adornada con banderas tricolores, arcos de triunfo, guirnaldas y flores. En los árboles se colgaron carteles con los nombres de los batallones que habían luchado junto a los milicianos, consignas y mensajes.
La tribuna presidencial estaba colocada en la Avenida de Pedralbes, y en ella se situaron el presidente de la República, Manuel Azaña; el jefe del Gobierno, Juan Negrín; el presidente de la Generalitat, Lluís Companys, y generales, jefes y oficiales de la guarnición, así como una comisión de la Sociedad de Naciones encargada de controlar la retirada de los voluntarios extranjeros, en la España leal, naturalmente, porque en la rebelde no se quisieron enterar de que había tropas alemanas, italianas, portuguesas y de otros países.
Los jefes del Estado y del Gobierno pasaron revista a las tropas a duras penas, porque la multitud rompió los cordones de seguridad y los abrazaba además de cubrirlos literalmente de flores. También al paso de los voluntarios les tiraban flores, hasta quedar cubierta la calle, demostración del agradecimiento del pueblo catalán a quienes abandonaron sus países para venir a combatir en España al nazifascismo.

Un homenaje recíproco

Encabezaban el desfile el comisario Gallo y los tenientes coroneles Hans y Morandi. Marchaban los brigadistas agrupados por nacionalidades, cada una encabezada por una gran pancarta en la que aparecían diversos lemas. El de los polacos, por citar un solo ejemplo, decía: “España, ejemplo para todos los países amenazados por el fascismo.” De esa manera se produjo un homenaje recíproco, del pueblo español representado por el catalán a los voluntarios de la libertad, y de los brigadistas al pueblo que supo resistir con valentía a los militares traidores y a sus patrocinadores nazifascistas, sin miedo a los bombardeos, sin doblegase por el hambre y las carencias de casi todo lo que había sido habitual durante los felices años republicanos en paz, y sin dudar nunca de la victoria.
Después de los combatientes desfiló el cuerpo de enfermeras internacionales, seguido por dos camiones con heridos. Cada cuerpo contaba con su banda de música. Los aviones surcaban el espacio en vuelos bajos, y los asistentes los aplaudían, especialmente a los populares “Chatos” soviéticos, uno de los regalos de Stalin a la República Española. El entusiasmo de los espectadores era inmenso.
Pero hubo que suspender el desfile porque se hizo de noche, los aviones no podían volar, y la ciudad debía reducir la iluminación ante los peligros de bombardeos fascistas. Los altavoces anunciaron la interrupción del desfile y el consejo a los espectadores de que se disgregasen ordenadamente, como así lo hicieron. Se quedaron sin desfilar los cuerpos de Sanidad, Intendencia, Carabineros y Seguridad, así como las fuerzas blindadas, baterías de Artillería, camiones isotérmicos y otros. Sin embargo, no se produjo ninguna decepción entre los espectadores, porque lo visto les había emocionado y llenado de entusiasmo patriótico.

Y un poema

Además se llevaban un poema de Miguel Hernández, el poeta del pueblo, que un avión había lanzado en bombardeo lírico sobre la gente. Es un soneto modernista, compuesto con más emotividad que intención literaria:

AL SOLDADO INTERNACIONAL CAÍDO EN ESPAÑA

Si hay hombres que contienen un alma sin fronteras,
una esparcida frente de mundiales cabellos
cubierta de horizontes, barcos y cordilleras,
con arena y con nieve, tú eres uno de ellos.

Las patrias te llamaron con todas sus banderas,
que tu aliento llenara de movimientos bellos.
Quisiste apaciguar la sed, y las panteras,
y flameaste henchido contra sus atropellos.

Con un sabor a todos los soles y los mares,
España te recoge porque en ella realices
tu majestad de árbol que abarca un Continente.

A través de tus huesos irán los olivares
desplegando en la tierra sus más férreas raíces,
abrazando a los hombres universal, fielmente.

Es un homenaje a los voluntarios internacionales muertos en España en defensa de la libertad, y también al poeta del pueblo, que nunca obtuvo mayor difusión para sus versos. No es el mejor poema de Miguel Hernández, aunque transpira emoción y amor al soldado desconocido, como los engrandecidos en muchas ciudades con monumentos.
Aquella jornada confirmó la solidaridad entre el pueblo español y los brigadistas internacionales, el afán de los dirigentes republicanos por cumplir los acuerdos internacionales hasta cuando les perjudicaban, y la perfidia del Comité de No Intervención.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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