Diálogos con… Rafael Narbona

“Te has cagado y te has meado encima. La muerte tiene esas cosas. Los esfínteres se relajan y tu cuerpo se vacía. Tu cerebro ha salpicado el techo y gotea como cera fundida. Tu cabeza está abierta y humea… ”

Desde la inmersión en el suicidio, como el texto anterior, al encuentro de la luz, Rafael Narbona nos narra en su libro “Miedo de ser dos” su trayectoria vital, su supervivencia y vivencia al lado de la bipolaridad.

Rafael Narbona (Madrid, 1963) escritor, crítico literario en El Cultural, ex profesor de filosofía y activista de la disidencia desde su blog. Sus artículos de opinión y ensayos se publican en la mayoría de medios alternativos, como en LQSomos, donde tenemos la suerte de publicar sus escritos desde 2012.

En este mes de mayo volvimos a compartir con él, en la “Libre de Barrio” de Leganés, un agradable rato de conversación, cruce de opiniones y disidencias. Rafael Narbona es un gran conversador que envuelve con su torrente de palabras cuajadas de memoria y compromiso militante.

LQSomos hemos dialogado con él en torno a su libro, que no se limita a abordar exclusivamente la bipolaridad. Su relato abarca varias décadas cargadas de historias, encuentros, desencuentros y tomas de posición.

LQSomos.- Reconoces ser bipolar, en un país que estigmatiza los trastornos mentales y defiende la perfección, lo trasladas a un libro, “sales del armario”… ¿escribir sobre ello ha sido un refugio? ¿una huida hacia delante? ¿una liberación?

La necesidad de escribir sobre el trastorno bipolar y manifestar que yo sufría sus estragos brotó de forma espontánea. “Escribir es mi salud”, anotó Sylvia Plath en su Diario. Yo podría decir lo mismo. Aunque había escrito algunas cosas en mi juventud, el impulso de escribir no arraigó hasta que sufrí la primera depresión. En 1996, la tristeza, la angustia, el insomnio y la obsesión por la muerte empezaron a devastar mi cerebro. Apenas dormía, perdí veinte kilos, intenté suicidarme. Logré frenar esa espiral destructiva mediante la escritura. Al principio, solo escribía pequeños ensayos sobre arte, literatura o historia. Surgió entonces la oportunidad de escribir en El Cultural como crítico literario y no la desperdicié. Desde 2000, trabajo en sus páginas como crítico especializado en novela extranjera contemporánea. Después se abrieron las puertas de otras publicaciones, como Quimera y Revista de Libros. En 2010, abrí un blog y abordé los aspectos más dramáticos de la enfermedad. La interacción con los lectores me ayudó a mejorar mi estado de ánimo. Gracias a las nuevas tecnologías, la literatura se ha convertido en una autopista de dos direcciones. Es cierto que el enfermo mental sufre un grave estigma social, pero también existe solidaridad, afecto, complicidad.

Nunca me he avergonzado de mi enfermedad, pero es indudable que existe mucha incomprensión. Es una patología que afecta al 2% de la población. Curiosamente, la incidencia disminuye en las zonas rurales y se incrementa en los entornos urbanos, lo cual refleja que concurren factores genéticos y ambientales. También es fácil deducir que el estilo de vida de las ciudades propicia la manifestación de la enfermedad. Los grandes espacios urbanos no se han construido a la medida del hombre, sino de acuerdo con la lógica de la economía capitalista, que necesitaba concentrar la fuerza de trabajo en una zona próxima a las grandes fábricas. La situación ha cambiado, pero la aglomeración de seres humanos no ha disminuido. En las modernas ciudades, el contacto humano es cada vez más complicado. No hay convivencia, sino coexistencia. Es decir, no hay intercambio emocional, sino mera coincidencia en los espacios comunes de un edificio o un barrio. El fenómeno del Robinson urbano actúa como detonante de muchos trastornos, pues el ser humano necesita al otro para desplegar su potencial y realizarse como individuo.

Al leer el libro queda claro que no es un manual de autoayuda, tocas muchos “palos”. Hablas del descubrimiento de que nos gobiernan los canallas. No ser del rebaño es ser rebelde, ¿hace falta algo más?

Ser rebelde significa ser honesto, valiente y consecuente. No se trata de salir a la calle con un coctel Molotov, sino de mantener un espíritu autocrítico. Eso implica que no puedes ser rehén de tus opiniones, especialmente cuando adviertes que te has equivocado. Yo siempre me he considerado un humanista de izquierdas. No me refiero al humanismo clásico, sino al humanismo ético que asume el imperativo categórico kantiano, según el cual el hombre es un fin en sí mismo y nunca un medio. Las políticas de austeridad están liquidando los derechos sociales y laborales. También intentan liquidar las libertades mediante nuevas leyes represivas. Mi indignación ante el espectáculo de la pobreza infantil, el paro masivo y los desahucios me radicalizó, pero poco a poco comprendí que debía reelaborar mi discurso. Para el capitalismo, no es un problema torturar, invadir países o exterminar a sus adversarios. Sin embargo, la izquierda debe conservar sus valores, respondiendo a las agresiones del capitalismo con la desobediencia, el activismo de calle y la solidaridad. Además, el problema es básicamente moral. Antes de la crisis, casi nadie se preocupaba por los excluidos y marginados. Casi todos habíamos sucumbido a la espiral del consumo y el afán de lucro. Para construir una sociedad más humana, hace falta una “revolución moral”, de acuerdo con las palabras de Martin Luther King. Me horroriza esa izquierda que elogia a Stalin, Corea del Norte y flirtea con el antisemitismo. Creo que de ahí no saldrá nada bueno ni humano. Yo considero que la verdadera rebeldía consiste buscar el diálogo, denunciando los abusos e injusticias. “Hay revertir el curso de la historia”, de acuerdo con las palabras de Ignacio Ellacuría, pero eso no se conseguirá con intransigencia y dogmatismo.

Una constante en tu libro es la mención al cine, no ocultas tu pasión por él. ¿Para ti el cine es sólo un placer o la puerta a un mundo fantástico?

Para mí, el cine es una forma en comprender la realidad. Soy escéptico en materia religiosa, pero creo que nuestra percepción de la realidad está demasiado condicionada por la mentalidad científica. El cine nos permite explorar aspectos de lo real que pasan desapercibidos. Al igual que la literatura, dilata la realidad. Desgraciadamente, el cine actual se ha convertido en puro entretenimiento. Existe un cine independiente, de indudable valor y originalidad, pero los grandes estudios ya no se preocupan de producir historias convincentes, armadas con buenos guiones e interpretadas por actores solventes. Siento una gran admiración por el cine clásico de Hollywood. A pesar de sus ideas reaccionarias, John Ford es uno de los grandes, tal vez el mejor director de todos los tiempos. Es cierto que en Río Grande, La Legión invencible o Centauros del Desierto ofrecen una visión inaceptable de los pueblos nativos norteamericanos, pero la Ilíada tampoco es un modelo de corrección política y conserva intacto su mérito literario. John Ford es un gran narrador, con un profundo sentido poético. Además, su posición conservadora no le impidió filmar Las uvas de la ira, una enérgica denuncia del capitalismo especulativo que provocó la crisis del 29. Su adaptación de la novela de John Steinbeck es un ejemplo de cine político valiente y comprometido. ¡Qué verde era mi valle! también refleja el dolor de las cuencas mineras, sin renunciar a una visión lírica e introspectiva. Podría continuar, pero no quiero limitarme a Ford. En aquellos años, hubo grandes directores como Hitchcock, Billy Wilder, Hawks, Walsh o Fritz Lang. No concibo mi existencia sin el cine. No soy demasiado mayor, pero reconozco que me gusta ver una y otra vez las películas de mi juventud. Me he vuelto algo perezoso para lo nuevo. Imagino que es un síntoma de vejez.

Conversar con Audrey Hepburn ¿estimula, excita, confunde?

Es un hermoso sueño que solo acontece en el marco de la ficción. Es estimulante, pues nos enseña que la belleza también anida en este mundo. Audrey es como un árbol en mitad de un yermo. Nos invita a cobijarnos bajo su sombra y sentir su ternura. Hablar con ella es excitante, pues experimentas la sensación de participar en una fuga del tiempo, de escapar a una realidad prosaica y sin grandeza. Audrey no confunde. No es Diane Arbus. No te invita a mirar al fondo de un abismo, seduciéndote para que te arrojes a sus remotas profundidades. Audrey no es una mujer fatal, sino la encarnación de un paraíso posible. Pasear con ella es como sentir la caricia de la brisa en la mejilla, apagando el miedo y la ansiedad. No es una experiencia turbadora, sino un regalo para el alma, que invita a abrazar la vida y a desechar los impulsos autodestructivos.

En ese paseo por la vida que es tu libro, cuentas tu historia, tu Madrid, y no ocultas tus experiencias por muy antisociales que puedan ser, o muy personales, como el sexo, amante. ¿Contarlas te reafirma en ellas o te queda eso de “si volviera a nacer cambiaría…”?

Conté esas experiencias porque necesitaba esclarecer mi vida y sin ellas mi existencia quedaba incompleta e inexplicada. No me enorgullezco de mis hazañas como aprendiz de delincuente juvenil. No son hechos ejemplares, pero en esos momentos la frustración rebasaba cualquier objeción moral. De todas formas, no hice nada irreparable. Mis aventuras con El Cacerolo son relativamente inofensivas. A fin de cuentas, no hicimos daño a nadie. El Cacerolo prosiguió su viaje sin retorno y, aunque no dispongo de información contrastable, creo que acabó mal. Era previsible. Pienso que no era un mal muchacho, sino el producto de una sociedad injusta e insolidaria. A finales de los 70, muchas familias de la periferia se desintegraron por culpa de la heroína y la inadaptación de unos padres de procedencia rural, incapaces de entender los cambios asociados a un nuevo entorno urbano. Mientras ejercí la docencia, me topé con muchos chavales con conductas antisociales. Todos procedían de familias con graves problemas económicos y grandes dosis de crispación. La solución no es incrementar las medidas disciplinarias o abiertamente represivas. De hecho, los colegios funcionan en muchos aspectos como instituciones penitenciarias. Los muros de las prisiones solo reflejan un fracaso social, nunca una alternativa humana.

En cuanto a la infidelidad, no va con mi forma de ser. De hecho, la experiencia que relato en Miedo de ser dos surgió en mitad de un brote de manía. Para mí fue doloroso, traumático, nada gratificante. Una de las peores tragedias del trastorno bipolar es que se confunden los síntomas de la enfermedad con las elecciones libres y racionales. Durante un brote de manía, eres esclavo de una deformación de la realidad. Tu sistema límbico no funciona y no controlas tus emociones. Puedes romper con tu pareja, despedirte del trabajo, viajar a un país exótico en condiciones de riesgo, realizar inversiones disparatadas o adquirir grandes deudas. La euforia te impide meditar y medir los riesgos. La infidelidad me descubrió que el adulterio no es una experiencia romántica, sino una catástrofe.

Defiendes el saber y el conocimiento como algo revolucionario. El Estado español da la impresión de estar dividido entre infelices ignorantes y académicos pedantes. ¿Hay un punto intermedio?

Ese espacio intermedio debería estar ocupado por intelectuales comprometidos y ciudadanos informados. La ignorancia es una postura autodestructiva, pues menoscaba la libertad y la razón, abriendo las puertas a los abusos, particularmente a los del poder político y financiero. El saber académico es un saber vacío, inútil, una especulación que pierde su sentido cuando excede los muros de un recinto universitario o una revista especializada. No es verdadero saber, sino erudición estéril e improductiva. Yo he estudiado filosofía y pude comprobar que la mayoría de los profesores viven de espaldas al mundo real, preocupándose tan solo por cuestiones metodológicas y menudencias filológicas. En mi época, Heidegger era el filósofo de moda y se consideraba que cualquier hecho positivo era irrelevante, pues lo esencial era establecer los pilares de una ontología fundamental. Con ese planteamiento, no es sorprendente que Heidegger no pronunciara ni una sola palabra sobre Auschwitz. Al margen de sus cordiales relaciones con los nazis, Heidegger no perdía el tiempo con lo humano. El centro de su reflexión giraba alrededor del ser como misterio y totalidad. Se echa de menos a figuras como Sartre o Marcuse, pero al menos disponemos del trabajo de Chomsky. En nuestro ámbito geográfico, yo admiro a Vicenç Navarro, un economista comprometido. Aprecio su claridad y su valentía. Un escritor no debe estar pendiente de los honores académicos o los premios literarios. Su misión es tomar partido, involucrarse en los acontecimientos, adoptar una posición, hablar con claridad.

“Educador” frente a “administrador de libro de texto”, placer por compartir, las delicias de la disidencia… ¿La Universidad es la culminación del aprendizaje? ¿O es una farsa social?

Yo no aprendí absolutamente nada en la universidad. Solo a aprobar asignaturas y a dar los pasos necesarios para conseguir un título oficial. La universidad es el tramo superior de un proceso de socialización basado en el principio de autoridad. No proporciona herramientas ni estrategias para adquirir conocimiento con una perspectiva crítica. Creo que la sociedad debería construir alternativas, organizando universidades populares de carácter asambleario. Se hizo en la Alemania de los 70 y se consideró una forma de resistencia contra el poder capitalista. El saber no es un currículum, sino un desafío que no presupone nada. Podemos escoger el punto de partida, pero no el de llegada, pues todo cambia durante el camino.

En la escuela, el profesor no debe ser un evaluador, un filtro selectivo y excluyente, sino un educador y un dinamizador que estimula el potencial de cada alumno, combinando imaginación y saber. No soy partidario de los exámenes, sino del trabajo en común, donde lo individual y lo colectivo convergen en la necesidad de la cooperación solidaria. Se habla de demoler los muros de las prisiones. Me gusta la idea. En el caso de la escuela, no hablaría de demolición, sino de apertura. La escuela debe ser un espacio de encuentro y no un medio competitivo, que fomenta un individualismo ferozmente egoísta.

Estar en Madrid en los años ochenta significó vivir de cerca la “Movida”. También el brote devastador de las drogas, la desmovilización social tras el referéndum sobre la OTAN. A veces parece que fue como entrar en una época tonta preparada de antemano. ¿Crees que la “Movida” fue transgresora?

La Movida fue transgresora en la medida en que rompió muchos tabúes, pero en su fondo latía una perspectiva conservadora. Aunque Almodóvar se disfrazara de Drag queen, el mensaje era bastante trivial y reaccionario. Se escarnecía a figuras como Víctor Jara, Marx o Miguel Hernández. Se exaltaba el consumo, lo frívolo, la vida social. La palabra solidaridad no aparecía por ninguna parte. Se consideraba que el compromiso político y social era vulgar, absurdo, moralizante. Todo estaba permitido, si era divertido. Se jugaba a ser Oscar Wilde, pero sin su ingenio y talento. Es cierto que había un componente fresco y liberador. Nada era intocable. Era posible reírse de todo, pero al final el cachondeo desembocó en una mueca de espanto. El SIDA se cobró muchas vidas y cuando en 1993 se produjeron tres devaluaciones consecutivas de la peseta, con un paro de un 25%, que afectaba especialmente a los jóvenes y a los mayores de 40 años, la sociedad se hallaba desarmada, impotente, trágicamente desmovilizada.

Has recorrido varios divanes, ¿podemos creer en la psiquiatría per se o todo depende de las personas que la aplican? ¿Es una cuestión de actitud? ¿Sirven de algo la psicoterapia sin medicación o la medicación sin psicoterapia?

La antipsiquiatría (Laing, Cooper, Thomas Szasz) desempeñó un papel esencial en la dignificación del enfermo mental y en el desmantelamiento de los manicomios tradicionales, donde prevalecía lo represivo sobe lo terapéutico. Sin embargo, no se puede sostener a estas alturas que las enfermedades mentales son comportamientos alternativos, con una visión diferente de lo real. La psicosis es profundamente destructiva. Sin los psicofármacos, no es posible controlar la esquizofrenia, la bipolaridad o la depresión mayor. Es un disparate no medicar a un enfermo, pues significa condenarle a una irreparable disgregación de su personalidad. Además, el riesgo de suicido es altísimo. En los cincuenta se produjo una increíble revolución psicofarmacológica. Se descubrieron las propiedades terapéuticas del litio, el diazepam, el haloperidol, la clozapina. Los ingresos indefinidos se reemplazaron por tratamientos ambulatorios. Nos resistimos a reconocer que somos biología compleja. Eso sí, es indiscutible que el entorno influye en lo biológico. La enfermedad casi siempre es el fruto de una combinación desgraciada: una herencia genética adversa, un entorno conflictivo, experiencias traumáticas, concurrencia simultánea de otras patologías, abuso de drogas. Para una mente vulnerable, un simple porro puede ser fatal, pues afecta a la sinapsis y puede provocar un cuadro de alucinaciones. El insomnio puede producir un efecto similar. Nadie sabe la carga que lleva a sus espaldas. Las enfermedades mentales suelen tener un componente hereditario. Es cierto que la medicación tiene efectos secundarios muy desagradables, pero actualmente no hay otra herramienta terapéutica. Debe combinarse con la psicoterapia, pero no vale cualquier escuela. Por ejemplo, el psicoanálisis produce mucho estrés y a veces desencadena estados de ansiedad totalmente contraproducentes. Hay técnicas más eficaces y menos agresivas, como la psicoeducación o la terapia cognitivo-conductual.

En el siglo XXI florecen en Occidente las depresiones y los deprimidos. ¿Es necesario aprender a fracasar? ¿Quién mide o establece lo que es un fracaso? ¿Es una sensación nuestra o un juicio social?

Nos han educado para triunfar, pero creo es más importante saber fracasar. Nuestras metas se incumplen a menudo y nuestro grado de tolerancia a la frustración cada vez es menor. De todas formas, hay cierto éxito que solo expresa una patología colectiva. Me refiero a identificar el éxito con la acumulación de bienes y propiedades. No podemos vivir sin cierto grado de bienestar material, pero una existencia racional y humana no puede estar encaminada al consumo de lujos y banalidades. A veces se buscan explicaciones complejas para aclarar los problemas históricos y sociales, pero Chomsky prefiere recurrir a la vieja máxima de Tucídides para aclarar los conflictos que enfrentan a hombres y naciones: “El fuerte abusa de su poder y el débil soporta los estragos”. Los imperios pisotean a las naciones débiles y se apropian de sus recursos. Esa forma de proceder también se aplica a la convivencia cotidiana. Por eso, la riqueza cada vez se concentra en menos manos, provocando al resto un enorme sufrimiento. Se considera que eso es triunfar, cuando en realidad es un terrible fracaso moral.

Después de esta experiencia editorial ¿tienes en mente algún otro proyecto?

En septiembre aparecerá un libro de cuentos ambientados en la guerra civil española y la Segunda Guerra Mundial. El cuento es un género menospreciado, pero yo entiendo que es un ejercicio de precisión. Si no consigues infundir vida al relato y credibilidad a los personajes, el lector lo advierte enseguida. En la novela, puedes relajarte, pero en un cuento no. Es como una carrera de cien metros. No puedes perder intensidad. Tengo otro libro de cuentos terminado, pero aún estoy negociando su publicación. En él, mezclo relatos fantásticos, policíacos e históricos. Y en octubre, espero terminar un ensayo político: Manual para insurgentes. No es un canto a la lucha armada, sino una invitación a la rebeldía. Tengo otros proyectos, pero no quiero adelantar más cosas. Eso sí, deseo enviar un mensaje de afecto y gratitud a todos los que ha comprado y leído Miedo de ser dos. Se escribe para estar más cerca de los otros y aliviar la soledad que sentimos como individuos. Gracias a mi primer libro, siento que he ensanchado mi vida y estoy menos solo. Eso no se mide en ventas, sino en los diálogos y encuentros que he mantenido con mis lectores.

Gracias por vuestras preguntas.

Gracias a ti Rafael por tus respuestas llenas de conocimiento y compromiso, necesarias para poder transformar en positivo la realidad que nos rodea.

¡Nos vemos en la disidencia!

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