Dolor y gloria

Carlos Olalla*. LQS. Abril 2019

No recuerdo en la historia del cine algo semejante: interpretar a un personaje público vivo, al que conoces en profundidad, y que dirige tu interpretación

Brutal, valiente, poética, arriesgada, apasionada, generosa, tremenda, mágica, nostálgica, sublime… podría escribir tres páginas enteras de calificativos de la última película de Almodóvar y me quedaría corto. Es tanto lo que hay en ella, tanto lo que hay de él, tanto de esa España castiza que nos ha parido a todos y de esa España urbana que nos ha amamantado a los más. Es, quizá, su película más personal y es, sin duda, su película más universal. Dolor y gloria es un precioso canto a la amistad, a las vicisitudes de la vida que marcan nuestro destino, a la soledad que nos acompaña siempre, al terrorífico placer que habita todo proceso creativo, al amor de nuestra madre, a esos mundos que perdimos pero que siguen habitando nuestra memoria haciéndonos quienes somos, lejanos tiempos de curas y escuela, tiempos de primeros amores que prometían ser los últimos y quizá, quién sabe, lo fueron, tiempos de descubrir la belleza del mundo, de aquel cine de nuestra infancia de sábana blanca y orín, tiempos de asomarnos por primera vez a ese viaje desconocido que es la vida, tiempos del dolor de la ausencia, siempre la ausencia, siempre el dolor…y siempre la belleza.

El universo almodovariano se centra aquí en su propia historia, en ese mundo manchego de sábanas al viento y madre omnipresente, de tardes sin horas ni merienda, de penurias, de padre ausente, mundo del cine, ese cine que le amamantó y le dio la vida, mundo en el que el blanco de las sábanas seca los sueños que el de la pantalla moja. No es casualidad que el hogar de la infancia de quien vive y nos hace vivir en la oscuridad de una sala de cine fuera una cueva, una cueva encalada por donde, como en el cine, la luz entra desde arriba, desde lo más alto y que, como en el cine, ilumina esa pared blanca por donde pasa la vida. Hay tanta sensibilidad en esta historia, tanta poesía, tanto amor…

Como siempre, el trabajo de actores de Almodóvar es maravilloso, todos los intérpretes dan lo mejor de sí mismos, se desnudan ante nosotros para mostrarnos sus más recónditas verdades, y lo hacen como deben hacerse estas cosas: desde los matices, los detalles aparentemente insignificantes, esas pequeñas cosas de las que están formadas las más grandes. Penélope y Julieta dando vida a una madre que vive en lo que da a los demás, Asier como ese actor que se halla a sí mismo en cada uno de los personajes que interpreta, Leonardo haciéndonos llegar el mundo que pudo haber sido y no fue, Nora encarnando la abnegación y la complicidad de quien ayuda al director a no sucumbir ante el sinsentido de la cotidianidad de hoy, el chavalín Asier Flores, capaz de transmitir en cada plano la luz y la pasión que vive en el alma de un niño, o César Vicente, ese prodigio de inocencia y ternura en la pantalla del joven albañil que les arregla la casa a cambio de que el chavalín le enseñe a leer y a escribir. Mención aparte merece el trabajo de Antonio Almodóvar/Banderas. ¡Qué sutileza, que generosidad sin límite! Verle habitar la pantalla es ver a ese Almodóvar que hemos visto una y mil veces en entregas y entrevistas, y es verle desde la calidez de la mirada, la sutilidad de cada uno de sus movimientos, la poesía profunda que vive en sus silencios. Banderas se acerca a ese Almodóvar que tan bien conoce desde los detalles más pequeños y aparentemente nimios. Enfrentarse a un reto como este debe haber sido algo apasionante y terrorífico, apasionante por cuanto supone para un actor dejarse habitar como él hace por su personaje, y terrorífico por el legendario nivel de exigencia que Almodóvar pide a sus actores. No recuerdo en la historia del cine algo semejante: interpretar a un personaje público vivo, al que conoces en profundidad, y que dirige tu interpretación. Hay que ser valiente, muy valiente, para aceptar un reto de este calibre y tener una confianza absoluta y más allá de toda duda en la persona que te va a dirigir.

Solo de la química personal que los años y las vivencias compartidas han forjado entre ellos podía salir una interpretación tan asombrosa y fascinante como la de Banderas. Imaginar lo que debe ser interpretar a un amigo, que cuenta su historia más personal, que además te dirige y del que todo el mundo tiene una imagen preconcebida, me produce auténtico vértigo, un vértigo que a buen seguro debió sentir Banderas cuando leyó por primera vez el guion y que venció aceptando ponerse totalmente en las manos de Almodóvar desde el primer instante, ya que, como ha dicho en más de una ocasión, cuando llegó al rodaje lo hizo despojado de todos sus trucos y muletas, de todo su saber, de todas sus medallas, como un simple soldado raso dispuesto a acatar todas y cada una de las órdenes que el general Almodóvar le diera. Es fascinante ver que, en un mundo como el nuestro plagado de superficialidad, egoísmo, inmediatez y mediocridad, todavía quedan personas capaces de creer en otras, de jugársela por otras, de confiar sin límite en otras. Eso es lo que han hecho Almodóvar y Banderas en esta película, algo que, en los tiempos que corren, está reservado a los genios y a los soñadores sin remedio.

El personaje que han creado Almodóvar y Banderas es de los que marcan la historia del cine. Hay tanta sutilidad y matices en su interpretación, tanta autenticidad en la creación del personaje de ese director curtido en mil batallas y herido, profundamente herido, que afronta el ocaso de su carrera y quizá de su vida desde la soledad más infinita iluminado solo por el destello de los recuerdos que siguen vivos en él y el del indomable espíritu que le lleva a renacer de nuevo… Alguien dijo que la poesía es la ceniza de lo que hemos vivido. Dolor y gloria son esas brasas aún calientes de lo que nos queda por vivir.

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