Economía. Cuestionario LOQUESOMOS: Albert Recio

Activista del movimiento vecinal en Nou Barris (Barcelona), Albert Recio Andreu es profesor en el Departamento de Economía aplicada de la Universidad Autónoma de Barcelona. Miembro del Consejo Científico de ATTAC España e impulsor de las Jornadas de Economía Crítica. Escribe en la revista Mientras Tanto y en Revista de Economía Crítica, entre otras múltiples publicaciones.
W. Buffet, el tercer hombre más rico del mundo, ha dicho: “Hay una lucha de clases, por supuesto, pero es mi clase, la clase de los ricos, la que dirige la lucha. Y estamos ganando”. ¿Cree usted que tiene razón?
De hecho esta es una “guerra” que empezó en los años 70, cuando se inició el ataque a las políticas de pleno empleo y de gasto público y se implantaron las políticas neoliberales. El gran economista polaco Michel Kalecki ya había sugerido, en 1943, que esta situación podía darse porque las políticas de pleno empleo minaban el poder del capital en beneficio de la democracia y la clase obrera. El neoliberalismo ha significado la vuelta atrás de la historia, aunque no ha seguido un camino lineal. Con la crisis de 2008 y ante la ausencia de un enemigo creíble (en ideas, poder y capacidad de respuesta) estas políticas se han acelerado
¿Cree que es posible la reconstrucción del pacto social roto por la oligarquía económica, cuyo mascarón de proa era el “estado del bienestar”?
No en la situación presente. Los principales grupos de poder económico siguen pensando que las privatizaciones, la demolición de los derechos laborales y sociales constituye un elemento clave para relanzar los beneficios. El núcleo dominante de los economistas que los asesoran piensan lo mismo, puesto que siguen aferrados a los dogmas de la economía neoclásica. La defensa del estado del bienestar de hecho se utiliza como un recurso retórico para justificar su desmantelamiento (o cuanto menos su laminación) y los únicos pactos que se proponen tienen como objetivo legitimar socialmente estas políticas
Se publicita ahora un nuevo gran pacto nacional, ¿puede ser esa la solución para la insostenible situación de los trabajadores? ¿sería un nuevo éxito para la clase de Buffet, o para la clase trabajadora?
La idea de un gran pacto siempre tiene la fuerza que le da el argumento que ante “un problema colectivo tenemos que hacer todos un esfuerzo”. Se aplica la imagen de la familia unida ante la adversidad. Los grandes partidos políticos se sienten atraídos al pacto por el temor de que, quedándose fuera, puedan quedar como sectarios, un síndrome que también padecen los dirigentes de los grandes sindicatos. Pero para que un pacto no fuera un mero ejercicio de legitimación debería primero explicitarse cuáles son las exigencias básicas de las clases subordinadas, cuáles los límites que no se pueden traspasar y cuáles las contrapartidas que se exigen a la otra parte para que realmente pudiera alcanzarse un cierto equilibrio en lo acordado. Nada de ello ha ocurrido hasta ahora. Parte de las élites de la izquierda, particularmente el espacio socialista, participa de las mismas ideas de fondo que sus oponentes, y al resto le suele faltar claridad de ideas, fuerza y coraje para afrontar adecuadamente el reto.
Permanentemente se dice que la meta anhelada es el crecimiento económico, en términos neutros, sin caracterizar la naturaleza de esa economía, ¿no sería más clarificador hacerlo, explicitar de qué economía hablamos?
Es cierto que hasta ahora las economías capitalistas solo crean empleo (o no lo destruyen) cuando hay crecimiento económico. En términos convencionales, mi parecer es que la economía española no ha conseguido un cambio estructural –especialmente especialización productiva y tipología empresarial– que le permitan una recuperación adecuada (y tampoco en Europa se perciben locomotoras a las que engancharse, de hecho las políticas de austeridad están provocando lo contrario). Y nadie ha planteado una mínima hoja de ruta de cómo se podría efectuar esta transformación. Desde otra óptica que incluye las limitaciones medioambientales y los costes sociales del crecimiento económico se hace evidente la necesidad de una transformación productiva e institucional en clave post-capitalista, pero estas propuestas son aún débiles y poco maduras para pesar en el corto plazo.
Según la agencia Bloomberg, en 2012, las 100 personas más ricas del mundo ganaron 241.000 millones de dólares. Nos hemos acostumbrado a oír hablar de reparto de sacrificios, ¿por qué se habla tan poco de distribución de la riqueza?
El poder es el que elige los términos del debate. Lo explico muy bien Lewis Carroll hace siglo y medio. Los medios de comunicación dependen crucialmente de la publicidad y no pueden permitirse veleidades excesivas, aunque creo que ahora las voces críticas son más frecuentes que en los años de bonanza. El problema es que hay que recomponer una cultura igualitaria que se oponga a la legitimación inmoral de la desigualdad extrema.
Vemos en nuestro país las consecuencias de la “política de austeridad”, por utilizar unos términos masivamente acatados. ¿Puede esbozarnos cómo sería, en su opinión, el escenario si se aplicase una “política de estímulo” de la economía?
Los efectos son claros. 2012 representó la segunda recesión en la crisis y fue en gran parte provocada por los recortes en el gasto y el empleo público. Es evidente que lo que tendría a corto plazo más efectos sería una política que diera renta a la gente con menos renta (automáticamente aumentaría la demanda) y un aumento del gasto público en actividades donde se genera empleo y bienestar. No creo que a corto plazo inyectar dinero a los bancos sirva de mucho porque están encadenados a sus propios problemas de liquidez, a el exceso de refinanciación a empresas insolventes y a las posibilidades de operaciones especulativas en los mercados financieros. Una política seria debería por tanto establecer nuevos canales de financiación. Hay que contar que estas políticas posiblemente tendrían dos efectos problemáticos: el relanzamiento de los problemas de balanza exterior y el problema del endeudamiento público. El primero solo es soslayable con un cambio en la orientación productiva (modelo energético, de producción y consumo); el segundo debería resolverse a escala global con una quita importante de la deuda. Por tanto un relanzamiento exige aplicar un abanico de políticas diversas y prever turbulencias importantes.
Grecia, Chipre… a nadie se echa y a nadie se deja salir del euro, ¿qué mensaje se quiere transmitir?
Mi valoración es que en los grandes poderes europeos existe el miedo que una salida de un país genere un nuevo terremoto financiero que acabe por liquidar la viabilidad del Euro. No tengo claro que las élites tengan respuestas pensadas para todos y todo se deba a un plan preestablecido. Hay mucho de creeencias, de improvisación en sus respuestas (y también la tendencia a seguir el camino de menor resistencia). Mientras los débiles Gobiernos de estos países acepten sin rechistar la aplicación de políticas reaccionarias de ajuste, el “Norte” seguirá presionando. Pero quizás una alianza del Sur de Europa que exigiera un cambio de reglas de juego podría alcanzar un efecto inhibidor de las políticas de austeridad unilateral.
EE.UU. apuesta por inyectar billetes en su economía. Europa se mantiene firme en la austeridad ¿tiene esta discrepancia de estrategias alguna otra dimensión de conflicto presente o futuro?
EE.UU. siempre ha sido mas “liberal” en materia de emisión monetaria que Alemania (que es quién dirige la política europea). Ello obedece en mi opinión a diversas cuestiones. En primer lugar el diseño de la Reserva Federal se hizo en un período más “keynesiano” que el del Banco Central Europeo cuando ya estaba en auge el neoliberalismo. En segundo lugar está la historia y la posición internacional. EE.UU. lleva muchos años con una economía deficitaria en términos comerciales que se financia con crédito exterior en doláres. La capacidad de absorción de estos dólares por parte de la economía mundial descansan en buena parte en el papel imperial del país. Lo que hace EE.UU. de emitir masivamente dólares posiblemente resultaría imposible para la mayoría de países que trataran de hacerlo, nadie aceptaria sus monedas. El dólar provee a los EE.UU. de una regalia importante. Por el contrario las élites alemanas siguen obsesionadas por el temor a la inflación, y el temor a que las alegrías de sus socios del Sur y el Este de Europa pongan en peligro el Euro. Su especialización productiva además resulta mucho menos dañada que la de sus socios por un Euro revaluado. En buena medida el diseño europeo es el de una política continental diseñada según los intereses nacionales de un reducido grupo de países, que se desentienden con bastante facilidad de los costes sociales que generan al resto. La austeridad europea al final tiene efectos planetarios pero dudo que conduzca a un enfrentamiento interimperialista como los que caracterizaron el inicio del siglo pasado. Al menos mientras no se produzcan nuevos acontecimientos que cambien la situación.

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