El 15-M ante al avance alimenticio del nazionalsalafismo

En memoria de Agustín García Calvo, un activista del 15-M

Entre las muchas virtudes del 15-M está la de haber cortado el paso a los grupos ultras que amparándose en las desdichas ajenas pretendían capitalizar un frente xenófobo entre las clases más castigadas por la crisis. Atizando la política del rencor, los nuevos cruzados, emularían en su estrategia el modelo que colmó el nazismo de entreguerras tras el fracaso de la izquierda comunista y socialista a la hora de dar una salida solidaria y democrática a los coletazos del crac del 29 en centroeuropa.

Pero esta afirmación sobre el movimiento de los indignados, que como todo en la vida es relativa, precisa de argumentación. Y allá va. El 15-M, al monopolizar en la práctica el espacio de la protesta extraparlamentaria, en pleno descrédito de los operadores institucionales del sistema, ha soturado los flancos por donde podían colarse esos “salvapatrias” y abierto territorios políticos inéditos que, despreciando el horror al vacío de la representación por delegación, permiten movilizar a la parte más activa de la ciudadanía hacia el autogobierno.

Y además no lo ha hecho de una manera mecánica, inerte, sino prefigurando una nueva cultura alternativa al sistema, desde posiciones radicalmente democráticas, gracias a sus prácticas participativas, de autoestima personal, horizontalidad, asambleismo deliberativo, refutación del elitismo y esa suerte de inteligencia colectiva que brota en las ocasiones históricas en que el pueblo libera sus capacidades creativas.

También es cierto que a esto ha contribuido el hecho de que la España actual, contra lo que pudiera deducirse de su innegable continuismo respecto a su franquismo fundacional, no es tierra de promisión para experiencias de semejante corte ideológico. De suyo es una excepción en el concierto de la Unión Europea. Aquí y ahora, partidos con referentes directos en el fascismo, como Falange, Democracia Nacional u otros de parecido signo, son perfectamente legales y concurren a las elecciones con todas las consecuencias. Una auténtica aberración si se tiene en cuenta las homologaciones forzadas y forzosas que en esa misma UE impone en el terreno económico y social. Quiero esto decir que en nuestro país, estas formaciones de tendencia totalitaria son parte del sistema y su descolocación oportunista, aunque posible (algunas ocupan escaños en ayuntamientos), es mucho más difícil y de corto vuelo.

Se dirá, con toda razón, que en ese mismo entorno europeo existe un precedente en el supuesto del Frente Nacional en Francia que parece desmentir esta tesis. Pero sí bien se mira se verá que por el contrario es la excepción que confirma la regla. El FN es un grupo político que siempre ha tocado poder estatal y desde su ubicación en la Asamblea Nacional, en donde se ha significado como el único grupo parlamentario claramente antieuropeista (no simplemente euroescéptico), se ha ganado cierto “prestigio” entre los sectores sociales más castigados por el modelo de modernidad que impone “la Europa de los mercaderes”. Hasta tal punto que el gran salto adelante de las huestes del clan Le Pen se produjo al absorber a las bases del Partido Comunista Francés (PCF) tras su colapso político. Una especie de macabra simbiosis hace que los extremos se toquen cuando el tétano ideológico se basa en el autoritarismo, el culto a la personalidad y la despersonalización en favor de un paternalismo protector. Exactamente lo contrario que las señas de identidad del movimiento 15-M.

Por tanto, ceteris paribus, el marco de referencia válido en nuestro caso estaría en los procesos de la primavera árabe (Túnez y Egipto) y en el que protagoniza Amanecer Dorado en Grecia en la otra orilla del Mediterráneo.

Y aquí si se producen inquietantes coincidencias: una fuerte presencia institucional de la mano de un no menos preocupante apoyo social entre las capas más desfavorecidas de la sociedad. El desplome y la deslegitimación del sistema (en los tres países con gobiernos afectos a la Internacional Socialdemócrata: el de Papandreu, Ben Ali y Mubarak) está ofreciendo alternativas a fuerzas paraparlamentarias (ni los Hermanos Musulmanes ni los Salafistas ni Amanecer Dorado eran antes netamente extraparlamentarios, vivaqueaban en los arrabales del sistema).

Pero quizás lo más revelador de este alzamiento político esté en su trabajo a pie de calle, dando asistencia material y proporcionando medios y recursos a los sectores y grupos más deprimidos de la población. En suma, aparecen como un Estado dentro de un Estado, cuando éste desfallece y la copia sustituye al original. O si se quiere mejor: son el principal auxilio social (y alimenticio) de sociedades abandonadas a su suerte por el tándem socioneoliberal que se ha repartido el poder en esas zonas durante décadas.

En España, volvamos a casa, esa situación aún carece del contexto necesario para tomar cuerpo, pero no estaría de más ser previsores. Nunca se puede decir de este agua no beberé. Dependerá de cómo reaccionen las redes antisistema que ahora gobiernan omnímodamente las protestas y de las herramientas que utilicen para acumular fuerzas en pos de una ruptura democrática que posibilite una sociedad mas justa, democrática, ecológica, antipatriarcal, libertaria y anticapitalista. Pero sobre todo, tendrá mucho que ver con el hecho de que, sin perder su horizonte estratégico, mantenga, fortalezca e intensifique las luchas cotidianas para resolver los problemas reales de la gente más perjudicada por la crisis.

En este sentido la batalla contra los desahucios de la banca cleptómana no sólo se debe generalizar en todos los niveles (los desahucios hermanan a la población autóctona y a la inmigrante, lo que hace de su denuncia un antídoto frente a las arengas xenófobas), sino que debe extenderse hasta allí donde la necesidad y la emergencia hace estragos. Aquí también se juega su futuro el movimientos de los indignados (15-M, 25-S, sindicatos de oposición, etc.), porque en España el problema está en ese otro Estado de Beneficencia que representa la Iglesia Católica, a la que la deserción del Estado de Bienestar ha entregado la patente, al modo de los púlpitos del salafismo, de la gestión de la emergencia social. La caridad cristiana recluta tantos clientes entre los necesitados como rebaños el proteccionismo totalitario entre los desamparados.

Mal sería que el 15-M no tuviera respuestas ante esta situación sobrevenida.

Y por si sirve de algo, ahí está el consejo “a contratiempo” que nos dejó Agustín García Calvo, veterano agitador de la Acampada de Sol, en las primeras estrofas de su conocido poema:

Carabelas de Colón,
todavía estáis a tiempo.
Antes de que el día os coja,
virad en redondo presto,
presto.

Tirad de escotas y velas,
pegadle al timón un vuelco,
y de cara a la mañana,
desandad el derrotero
Atrás ¡a contratiempo!

* Publicado en Rojo y Negro

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