El 15-M ante el 25-S, la confianza que nace de la libertad

La iniciativa de un sector transversal del 15-M para asediar el Congreso este 25 de septiembre hasta forzar al gobierno a que restituya el poder usurpado al pueblo para abrir un proceso constituyente, que tantas reacciones contrapuestas está despertando, tiene la íntima virtud de contribuir a reflexionar sobre las nuevas etapas que el movimiento contestatario debe emprender en su camino para abdicar el sistema. Porque lo que parece claro entre buena parte del colectivo de los indignados y las asambleas deliberativas que lo representan, es que la fase de movilizaciones, por si sola, corre peligro de adocenarse en un ritualismo placebo, sin consecuencias políticas determinantes.

Por eso, el hecho de que entre sus filas haya nacido la propuesta de revocación del tinglado institucional mediante la acción directa de la insurgencia ciudadana, debe ser tomada como una clara muestra de vitalidad del 15.M en su conjunto. Al margen de las reservas que la medida de repudio al Congreso haya suscitado, se trata de una valiosa aportación en la estrategia para desmontar el modelo de dominación vigente utilizando las armas de la critica radical, la desobediencia civil y la creatividad política que en sólo dos años de existencia han llevado a los indignados al corazón de la opinión pública y a ser considerados como el referente legítimo del cambio de sociedad.

En este contexto, es perfectamente previsible el intento de sabotaje del statu quo a través de sus medios de alienación de masas para desmochar la iniciativa y presentar esas sanas discrepancias como un signo de descomposición del 15-M, llegando a recurrir una vez más a la turbia estrategia de la tensión al dar recorrido informativo a fantochadas, teorías de la conspiración y truculentos episodios sobre la presencia de una mano negra entre sus promotores. Nada nuevo bajo el sol. Siguen dando coces en el aguijón. El desprestigio de esos ventrílocuos en nómina del poder ha llegado a tal clímax que sólo los más catetos y cerriles creen ya sus babosearías. Tantas veces fue el cántaro a la fuente de las mentiras y la insidia… Aquel exitoso esquema diseñado por el CNI y los think tanks del bipartidismo dinástico reinante, según el cual la mejor manera de blindar el sistema era manufacturar de tanto en tanto una conjura facha contra la Monarquía, ya es un juguete roto y sólo convence a los convictos del pesebre.

Por el contrario, esa discrepancia que se intenta hacer pasar como fratricida es la muestra más palmaria del profundo espíritu democrático que impregna al movimiento de los indignados. Su principal seña de identidad, su areté fundacional, la isegoría (igualdad activa de palabra) que le informa. Un talante que a medida que se ejerce en la práctica, extendiendo la participación y la deliberación por toda su cartografía vital, contribuye a cohesionarle en profundidad y de paso deslegitima aún más el vigente modelo institucional autoritario y heterónomo, basado en el castrense ordeno y mando, que hace de la representación política una franquicia del poder y de la democracia un parque temático. Sin arrogancia de ningún tipo, podría decirse que esa presunta trifulca de rigor mortis que denuncian los gañanes del statu quo es en realidad la prueba de que el 15-M trata de vivir como piensa, piensa lo que hace y prefigura en su acción diaria el mundo que desea construir.

Vivimos un momento histórico. El cambio sin marcha atrás es posible por primera vez en muchos años. Y ellos, en el poder, son los primeros en haberse dado cuenta del peligro que acecha a sus privilegios. Porque también en la actualidad se dan unas circunstancias únicas. Los pilares del sistema, partidos y sindicatos oficiales, padecen aluminosis terminal. La corrupción institucional es una metástasis sin freno (¡qué recochineo esas supuestas comisiones de investigación sobre los fétidos Eres de Andalucía y el bochornoso caso Bankia en donde los comparecientes sacan pecho ante el latrocinio perpetrado!). La deslegitimación del entramado legal ha convertido el Estado de Derecho en una hipótesis momificada. La crisis social provocada por un sistema financiero -que históricamente ha sostenido a los agentes de la transición- está llevando la desesperación popular al umbral de la revuelta. La Corona se ha revelado ante la opinión pública, liberada del estigma de la opinión publicada que difunden los media, como un campo de monipodio. Y por si faltara algo, la larga marcha política del soberanismo vasco está a punto de abrir la puerta a la secesión legal en un territorio que siempre se ha considerado el non plus ultra del sistema.

De ahí la pertinencia absoluta por parte de la inteligencia colectiva que alimenta intelectualmente al 15-M de preguntarse qué hacer, cuál es el paso siguiente, qué medidas hay que poner en marcha para ir acumulando fuerzas, dónde están las alianzas que abran nuevas perspectivas políticas constituyentes, hasta dónde se puede tensar la insumisión para crecer en el tejido social capaz de vaciar de contenido el sistema, qué riesgos podemos asumir y cuáles nos pueden destruir, etc., etc. Estas y otras muchas cuestiones han de debatirse y deben ser confrontadas tantas veces como sean necesarias para hacer del movimiento 15-M el resorte del cambio democrático real.

Y ello sabiendo que está todo por hacer, que no valen parches ni atajos despóticos, pero también que la prudencia y la resolución deben presidir la dinámica de una acción transformadora que nazca de las necesidades presentes y del compromiso de sus protagonistas. Si se me permite la cursilada citaré una frase de Carlos Marx que incide en la necesaria autodeterminación de aquellos que optan por retomar el destino de sus vidas, Dice a modo de revulsivo:”La tradición de las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”.

No sabemos si el asedio civil y pacífico al Congreso el 25-S será la llave para la ruptura democrática que dé paso a un proceso constituyente. O si la palanca de un cambio exigente precisa repensar en los códigos de hoy la fórmula del frente republicano que clausuró el régimen monárquico en las elecciones municipales de 1931 al ganar en las ciudades (una identidad, la urbana, que también asume el 15-M). O incluso si puede producirse un vaciamiento democrático como el que hizo posible el desmoronamiento del Muro de Berlín y la consiguiente caída del Bloque del Este, Aunque lo más probable es que no haya un sólo camino, sino una multitud de senderos por descubrir.

Lo importante en este preciso contexto es minimizar los daños. Que esa certeza en la libertad y la solidaridad convierta un posible revés en un elemento más del aprendizaje para construir el imaginario social anhelado. La demostrada madurez del movimiento de los indignados y su sentido de la responsabilidad hacen que un teórico traspiés el 25-S -si se hace desde una posición de reivindicación democrática y pacífica- nunca puede traducirse en un fracaso. Miremos en el espejo del pasado. La democracia griega nació precisamente de una gran crisis. Se gestó en la oración fúnebre impartida por Periclites para honrar a los ciudadanos muertos en la batalla del Peloponeso. Una derrota que iluminó la posteridad. Aprendamos de aquella experiencia cuyos ecos perduran veinticinco siglos después. Decíamos ayer:
“Tenemos un sistema que no imita las leyes de los otros (…) En cuanto a su nombre, al no ser objetivo de su administración los intereses de unos pocos sino los de la mayoría, se denomina democracia (…) Somos los únicos que a quien no participa de ninguno de los asuntos públicos lo consideramos no despreocupado sino inútil, y lo cierto es que sólo nosotros decidimos o examinamos con rectitud los asuntos, sin considerar las palabras un daño para la acción, sino más bien el no informarse mediante debate antes de emprender lo que se puede ejecutar (…) Y somos los únicos en ayudar sin reservas a cualquiera, más que por su cálculo de intereses por la confianza que nace de la libertad”.

Decimos hoy: ¡Si se puede!

 * Publicado en Rojo y Negro

Más artículos del autor

Deja un comentario