El 1º de mayo, la división sindical y los manifiestos sindicales

En este 1º de Mayo, los trabajadores y trabajadoras que quieran manifestarse, lo harán por separado, en dos bloques: el de los sindicatos llamados mayoritarios (UGT y CCOO, principalmente) y el de los (aún) minoritarios (CGT, cobas, etc.).

La diferencias entre unos y otros no se limitan a los contenidos de sus manifiestos, pero una ojeada a estos permite ver algunas razones de la división.

Los sindicatos mayoritarios ponen el acento en la denuncia de la pobreza y la precariedad laboral.

Existen pruebas de que la pobreza se ha incrementado mientras se debilitan los mecanismos para amortiguarla. Ahí están las consecuencias terribles de la crisis económica, de una parte, y los recortes de los derechos laborales y sociales, de otra.

Pero según algunos, el punto de partida de lo que ahora está ocurriendo, son las recientes políticas de austeridad. No ven que éste es tan sólo un instante que nos confirma que en coyunturas de crisis el sistema siempre hace lo mismo.

La pobreza y la miseria no pueden desengancharse del contexto general en el que se producen, o sea del capitalismo contemporáneo donde las grandes empresas multinacionales gozan cada vez de más poder.

Tenemos que mirar, por consiguiente, hacia más atrás; entonces descubriremos que hay una causas estructurales de la pobreza, si bien esta pobreza se ha agravado grotescamente en las últimas cuatro décadas de neoliberalismo.

Si conminamos a mirar las causas en lugar de quedarnos en los síntomas, es porque nuestro argumento de fondo es que la pobreza no responde a una simple cuestión de redistribución fiscal.

Aceptamos que la redistribución progresiva puede atenuar las situaciones extremas y por esto saludamos las medidas que van en esta dirección. Compartimos, a la vez, que la austeridad ha debilitado estos mecanismos y por eso la detestamos. Pero los mecanismos atenuadores nunca lograrán eliminar la pobreza y por tanto, son insuficientes. Esto no lleva a manifestar que el capitalismo es un sistema que tenemos que trascender.

Lo que se debe poner en cuestión, por tanto, son las estructuras económicas que actúan como una máquina de empobrecimiento de sectores cada vez más amplios de la población. En otras palabras, hemos de poner al descubierto que el capitalismo está en el corazón del problema, al tratarse de un sistema establecido para el beneficio de unos pocos y con base a la explotación y el empobrecimiento de unos muchos.

¿Por qué nos empecinamos en esto?

Si nos fijamos en el funcionamiento del sistema, vemos que dos de sus mecanismos principales son la acumulación y centralización de capital y ambos actúan como ruedas giratoria que llevan al enriquecimiento de unos pocos y al empobrecimiento del resto.

El capitalismo organiza la creación de riqueza a través de la explotación del trabajo asalariado. Esto comporta que el valor de las mercancías producidas rebasa el valor consumido durante su producción, incluyendo en este consumos el de la fuerza de trabajo. Por ello, el sistema no se limita a reproducir la riqueza ya existente: ¡la acrecienta! Lo que ocurre es que la parte acrecentada se la apropian los capitalistas, con lo cual cada vez son mas ricos, crece la capacidad productiva del capital y se agranda la brecha entre los capitalistas y el resto.

A la vez, los capitalistas, si bien son solidarios entre ellos al establecer medidas para debilitar a los trabajadores, están en constante competencia. El resultado es que al final los capitales no sólo se reproducen y acrecientan, también se concentran, acentuando de nuevo la brecha social.

Los grandes capitales acumulados y centralizados, son, precisamente, los que se encuentran detrás de los principales grupos multinacionales, sean de tipo industrial o financiero, aunque cada día que pasa resulta más difícil establecer una diferencia nítida entre ambos.

Los datos, bastante conocidos ya, nos indican que se ha llegado a un extremo no visto antes: el año 2000, el 1% ya poseía el 40% de los activos mundiales, mientras que la mitad inferior de la población del mundo se repartía únicamente el 1% de la riqueza mundial.

El régimen mundial de alimentos muestra igualmente la cruda realidad a la que nos lleva el capitalismo. Hoy, los grandes grupos alimentarios capitalista deciden lo que comemos, como se produce los que comemos y el camino que recorre lo que comemos.

La globalización capitalista, por consiguiente, contrariamente a lo que dijeron, ha sido una máquina de generación de desigualdades. No se ha tratado de un simple fallo en los mecanismos de control, como algunos ingenuos afirmaban años atrás. Lo que ha ocurrido ha sido que se han espoleado los mecanismos de expansión de la acumulación y la centralización de capital y con ellos se ha espoleando el crecimiento de la brecha social.

La acumulación y centralización de capital  han hecho, a la vez, más inconsistente el llamado sistema de democracia representativa. La desigualdad no es sólo económica, es a la vez política e impacta de lleno en los mecanismos de (des)información que también se encuentran bajo el manto de los grandes grupos capitalistas. Este conjunto de factores ponen en cuarentena el carácter democrático de un sistema que actúa, en su conjunto, como una máquina de desigualdad.

Es evidente que una salida que transcienda el capitalismo es difícil. La situación a la que hemos llegado es el resultado de siglos de explotación. Frente a la dificultades existentes, a las personas, a título individual no les queda más remedio que operar con lo que tienen a mano en cada momento.

En cuanto a la salida colectiva hay que entender que hemos entrado en una nueva etapa. En la década de 1960 la lucha ponía el acento en los aspectos distributivos, y así es como se levantó el movimiento sindical y como se legitimo la socialdemocracia. Se trataba de unas políticas sostenidas por la cooperación entre el capital y el trabajo que no cuestionaban la estructura de la economía capitalista.

Ahora no podemos pretender volver al mismo sitio donde nos encontrábamos antes; no podemos buscar las soluciones dentro de unas estructuras de la producción que primero generan un problema, y a continuación, nos proponen que miremos de resolverlo con paliativos.

¿Quiere esto decir que quienes están acertando ahora son los sindicatos llamados “minoritarios”?

Como se acaba de ver, veo pertinentes los contenidos anticapitalista que tiñen sus manifiestos. Encuentro en falta, por contra, una propuesta para generar un amplio bloque social de masas que una a la clase obrera desde su diversidad y que teja alianzas con el resto de víctimas del capitalismo.

Este es el reto, y lo es para todos.

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