El 20 de diciembre o el día que nada cambiará

El 20 de diciembre o el día que nada cambiará

diana65Jon Juanma*. LQSomos. Diciembre 2015

Posicionamiento personal ante las elecciones generales

Partamos de una cuestión clave: las elecciones democráticas dentro del marco antidemocrático del capitalismo, es decir, de una sociedad dividida en clases donde una (la capitalista) se lucra y decide dictatorialmente del producto fruto del esfuerzo de otra (la asalariada) no pueden ser democráticas ni decidir nada sustancial de la vida pública. Si así fueran no se celebrarían. Así de simple. Del mismo modo, sería absurdo pensar que en la “democracia” ateniense los amos de los esclavos permitieran votar a los mismos y de ese modo pudieran acabar pacíficamente con la esclavitud. En la actualidad, los obreros a diferencia de los esclavos votan, pero su voto debe ser inofensivo para que nada importante cambie con él. Las leyes electorales dictadas por la élite distorsionan el voto popular mediante circunscripciones provinciales, leyes que sobredimensionan a los dos principales partidos, voto amplificado en las poblaciones rurales, imposibilidad de sufragio para muchos inmigrantes o jóvenes trabajadores menores de 18 años, etc. Tenemos un día de medio-democracia y el resto del año de dictadura económica. Así las elecciones, en nuestro sistema se transforman en un modo de lograr el consenso. Hacen creen a las mayorías que viven en una verdadera democracia cuando nada dista más de la realidad. Mucho en ellas es falso, salvo los porcentajes de votos emitidos que luego serán deformados por la ingeniera electoral diseñada para la ocasión.

La leyenda afirma, por ejemplo, que la campaña comienza quince días antes del día del sufragio, cuando en realidad dura los 365 días del año. Así es porque cada día nos bombardean desde sus medios de comunicación de modo imperativo sobre a quiénes tenemos que votar y a quiénes no. Quiénes nos deben caer mal y quiénes simpáticos. Quién reirá con Bertín Osborne y quién con Pablo Motos. Un flujo audiovisual e ideológico que bañará a las masas y donde las voces más disonantes con el proyecto de los poderosos, como la de Izquierda Unida representada por Alberto Garzón, son infrarrepresentadas en las pantallas y barridas del debate mediático. Donde dos partidos sin representación en las pasadas elecciones generales (Podemos y Ciudadanos), es decir, sin que el pueblo haya expresado democráticamente que desee que sean parte del escenario político, llevan meses en las principales cadenas de televisión gracias a las decisiones entre bambalinas de los magnates que forman la oligarquía mediática de la clase capitalista. ¿Quién convirtió si no de la noche a la mañana a unos completamente desconocidos Pablo Iglesias o Albert Rivera en personajes tan populares en el imaginario colectivo español?

Ante el hundimiento del PSOE y el aumento de la intención de voto de Izquierda Unida en el período 2011/2014, la oligarquía mediática tuvo que mover ficha. Por ello decidieron inflar una opción competidora (Podemos) para dividir el voto de izquierdas, lo que con nuestro sistema electoral significa disminuir la representación institucional de la izquierda. Cuando Podemos creció demasiado movieron nueva ficha con Ciudadanos. Así consiguieron dividir a la izquierda y neutralizarla a la par que construían una muletilla para un bipartidismo en horas bajas. IU, pese a ser una organización política con una praxis claramente socialdemócrata casi siempre dispuesta a pactar con el PSOE (pese a su retórica intermitente anticapitalista), siempre ha sido una opción electoral poco querida para la élite (no en vano, dentro de ella la hegemonía actual la tiene el siempre molesto Partido Comunista). Pese a sus idas y venidas y sus muchos defectos y excesos, IU tenía y todavía tiene la militancia más numerosa consciente y contrahegemónica de este país. Las políticas socialdemócratas que defiende (véase el anterior gobierno andaluz), son demasiado a la izquierda para los límites y la correlación de fuerzas del actual sistema-mundo capitalista. Un sistema donde el capital es privilegiado ciudadano universal y los trabajadores estamos divididos como el ganado engordando para el día de la matanza en diversos establos perfectamente vallados llamados Estados-nación. Un sistema que asegura retóricamente que cada Estado-nación es soberano cuando desde el Tratado de París de 1763 no existe nada parecido a la soberanía nacional, menos desde que el libre flujo de capitales es una realidad soberana y todos los productos y servicios que consumimos son parte del mercado mundial.

Después de más de cinco siglos de desarrollo capitalista y pese a los incuestionables avances del movimiento obrero entre el siglo XIX y principios del XX o las mejoras científico-tecnológicas que continúan hasta la fecha, todavía no hemos conquistado la democracia. Sólo tenemos elecciones distorsionadas para las comarcas del mundo (es decir, los países) cuando todo lo sustancial (política económica, medioambiental, derechos humanos, guerras, narcotráfico, tráfico de armas, paraísos fiscales, etc.) se decide en la arena internacional. El camino es luchar por la democratización de los organismos supranacionales y como objetivo final, construir una Asamblea de Naciones Unidas con poderes legislativos y ejecutivos elegida por sufragio universal por todos y cada uno de los habitantes del mundo en circunscripción única. Mientras o después de esto (según las posibilidades), habrá que cambiar el modo de producción capitalista por uno socialista. Es decir, pasar de un sistema-mundo interestatal capitalista a un sistema-mundo socialista que pueda enfrentar los graves retos que tiene delante de sí el género humano y que con el capitalismo sólo irán a peor por sus propias contradicciones: desempleo estructural, cambio climático, hambre, guerras, migraciones, terrorismo, etc. La solución no es volver a marcos pretéritos como la soberanía monetaria (como la peseta) ni buscar la independencia política de ciertas regiones (como Cataluña), la solución es globalizar las luchas y construir una nueva internacional socialista incluyente que adopte lo mejor de las internacionales pretéritas y aprenda lo mejor de organizaciones internacionalistas más inclusivas como el Foro Social Mundial.

La izquierda está totalmente perdida y ha cambiado su internacionalismo marxista por un nacionalismo pequeño-burgués de carácter reaccionario en lo económico y por ende, en lo político. La izquierda no puede defender “un nuevo país” como hace Izquierda Unida o Podemos cuando los países no tienen ninguna soberanía ya que el escenario de decisiones actual se desarrolla en el plano internacional (y está bien que así sea pues es parte del progreso histórico que nos saca del endogámico provincialismo propio de modos de producción anteriores mucho peores que el capitalismo). Además, el alejamiento de la izquierda del marxismo coincide con su pérdida de la brújula económica defendiendo la pequeña y mediana empresa que son claramente regresivas desde un punto de vista tecnológico y laboral (pese a lo que pueda parecer a primera vista, los índices de sobreexplotación son siempre mayores en la pequeña empresa ya que para competir en el mercado frente a las grandes con menores capitales, tecnología, etc., deben “apretar más las tuercas” a los obreros que además tienen un grado de sindicación menor). Otro resultado de esta pérdida de orientación ideológica en la izquierda se manifiesta en el aumento del oportunismo político con desesperados acercamientos e importaciones ideológicas de opciones minoritarias de carácter cada vez más dogmático, extremista y reaccionario como el feminismo discriminatorio o el laicismo integrista que se están estableciendo como dogmas intocables en parte de esta izquierda, precisamente por su alejamiento de la mayoría social y su incapacidad de razonar con empatía con los, en principio, alejados de sus filas.

Pese a todo esto y otros cuantiosos defectos (electoralismo patológico, falta de autofinanciación, abandono de la formación, relación crédula con los medios masivos, etc.) que hieren en lo más hondo de un marxista como quien les escribe, el 20 de diciembre votaré a Izquierda Unida porque es la opción respaldada por la mayoría de la clase trabajadora consciente de este país, con la militancia que más ha luchado en favor de los oprimidos durante todos estos años de recortes y porque tiene como cabeza de lista, hasta que se demuestre lo contrario, al candidato más serio y menos oportunista de todos cuantos se presentan: Alberto Garzón. Las elecciones son expresión simbólica artificialmente disminuida del grado de conciencia de los oprimidos. Por algo las organizan los opresores. Quien piense que después del 20-D va a cambiar algo sustancial en la estructura social es que vive en la inopia. Palabra de alguien que el mismo día de las elecciones actuará de apoderado por respeto a las luchas pasadas y los esfuerzos altruistas de sus compañeros por construir un mundo mejor.

Así, pase lo que pase en estas elecciones con calculado sabor navideño, los marxistas sabemos que en realidad no pasará nada. Los capitalistas seguirán gobernando en la política y la economía, la sociedad seguirá dividida en clases enfrentadas y las fronteras de los países harán todo lo posible para amargarnos la vida a los desafortunados miembros de la clase trabajadora internacional. Ocurra lo que ocurra el día de las elecciones generales los marxistas sabemos que los beneficios tecnológicos seguirán sin redundar en una reducción de la jornada laboral y que continuaremos compitiendo los unos con los otros por los cada vez menos puestos de trabajo que queden en el mercado. Sin importar qué alianzas de gobierno se alcancen en el ejecutivo español, sabemos que tendremos que seguir haciendo mucha pedagogía para que no sólo esta izquierda errante sino la mayoría de las personas (se consideren o no de izquierdas) entiendan que bajo el capitalismo y su “gestión” (que gestiona a los gestores) no habrá futuro digno posible, que la única solución para los peores males de este mundo se llama socialismo democrático y que éste, sólo podrá implementarse internacionalmente en una sociedad sin clases, donde todos seamos simultáneamente ciudadanos y trabajadores.

Algunos pensarán al leerme que lo que propongo es un programa maximalista e incluso utópico y que mientras tendremos que vivir el día a día. Y lo viviremos, por supuesto. Pero lo podemos hacer de dos formas muy diferentes. Engañándonos con esperanzas vanas que desemboquen continuamente en la derrota y la desilusión (véase Grecia) o ilusionándonos con una guía sólida y realista de construcción de un futuro superior. Cuanto antes sepamos dónde está ese camino, antes llegaremos a nuestro destino. Mientras tanto, seguiremos como hasta ahora, deambulando en el desierto de los moribundos y los mil veces derrotados.

Por eso es hora de volver a estudiar a Marx, de construir una nueva internacional de asalariados y de sembrar la buena nueva del (posible) futuro socialista global. Sin miedo al qué dirán, sin miedo a conquistar un futuro verdaderamente humano para nuestra sociedad mundializada.

* Jon Juanma es el seudónimo de Jon E. Illescas.
Doctor en Sociología y Comunicación y Licenciado en Bellas Artes.

#7DElDebateDecisivo

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