El Cid, descabalgado

Nònimo Lustre*. LQS. Octubre 2019

No hubo dos bandos religiosos; aunque algunos mentecatos modelnos crean que el Sidi era esquizofrénico y/o bipolar moro-cristiano, es imposible traducir al siglo XI la visión maniquea que impera en la actualidad –moros malos, cristianos buenos–

El Cid vuelve! Y vuelve de la mano erudita de los Menéndez (Pelayo y Pidal) y de la mano de los escribidores patrióticos. De los primeros, ya sabemos que construyeron el mito de un Cid monolíticamente cristiano para elevarle a los altares como primer Héroe Fundador de España. De los segundos, habiéndose percatado de que esa hagiografía cidiana era una mercancía podrida y caduca, estamos notando que prefieren beatificar al Cid pero no como un héroe sino como un sagaz mercenario –quizá, bondadoso. En ambos casos, es notorio el engaño histórico-político y, para demostrarlo basta con enumerar por orden cronológico algunas de las bataholas, algarabías, trifulcas, gallineros y gatuperios –llamarlas batallas sería exagerado- que marcaron la biografía del Cid:

Graus, Huesca. Año 1063. Combatientes: morisma zaragozana y castellanos contra aragoneses. La taifa (reino) de Zaragoza apoyada por una tropa al mando del príncipe Sancho –futuro Sancho II de Castilla-, contra el reino de Aragón. La chispa saltó cuando los aragoneses intentaron conquistar Graus. Rodrigo Díaz de Vivar tiene alrededor de 15 años pero dícese que lucha a las órdenes del príncipe Sancho.

LLantada, Palencia. 1068. Cristianos contra cristianos. Tras la muerte de su padre, Fernando I, su hijo Sancho II es nombrado heredero del reino de Castilla. Pero surgen diputas fraternales por las partijas de la herencia. Los hermanos cristianos rompen hostilidades y, en esta batalla o altercado, Sancho derrota a su hermano Alfonso VI, nombrado heredero para León. Rodrigo Díaz de Vivar pelea al lado de los castellanos.

Golpejera, Carrión de los Condes. 1072. Cristianos contra cristianos. Según la Crónica Najerense, en esta batalla –una simple escaramuza-, Sancho II vence a Alfonso VI. Pero, en el transcurso de la trifulca, ambos reyes son hechos prisioneros por sus respectivos enemigos; Rodrigo salta definitivamente a la fama cuando sigue las huellas del ejército leonés y rescata a Sancho II –Alfonso continuará brevemente prisionero de Sancho quien le destronará para anexionarse el reino de León.

Pero poco le dura la alegría al rey castellano; Rodrigo le ha salvado de un aprieto pero no podrá socorrerle en un trance mucho más duro. Porque, poco después, Sancho asedia a Zamora “la bien cercada” y, para romper el cerco, Bellido Dolfos alancea al sitiador. Según Agustín García Calvo, lo atraviesa con el venablo de oro del propio Sancho aprovechándose de que aquel rey se había “bajado los calzones y agachado para hacer del vientre” (ver Manifiesto de la Comuna Antinacionalista de Zamora, París, 1970) Un joven Rodrigo, que todavía no ha llegado a Cid, le persigue pero Bellido entra a resguardo de la ciudad por el Portillo de la Traición –denominación castellana-, hoy sustituido por el Portillo de la Lealtad –denominación leonesa. Sancho se ha quedado sin León… y sin vida. Tras haber sufrido dos derrotas, Alfonso, consigue coronarse como rey de León y de Castilla.

Cabra, Córdoba. 1079. Morisma sevillana y Cid contra morisma granadina y castellanos. Victoria del emir de Sevilla Al-Mutámid aliado con El Cid contra el ejército del emir de Granada Ibn Beluggin aliado con García Ordóñez y otros nobles cristianos. batalla campal entre dos vasallos de Alfonso VI.
Almenar, Zaragoza-Lérida. 1082. Morisma zaragozana al mando del Cid contra morisma leridana, reino de Aragón y condados de Barcelona, Cerdaña y Berga. Rodrigo comanda las tropas de Al-Mutamán, rey de Zaragoza, contra una alianza entre Al-Mundir Imad al-Dawla, rey de Lérida; Sancho Ramírez, rey de Aragón; Berenguer Ramón II, conde de Barcelona; y Guillermo Ramón I, conde de Cerdaña, y Berga. Más que una batalla, fue una campaña que se desarrolló en las fronteras entre las taifas –reinos en árabe- moras y los reinos –taifas en castellano- dizque cristianos. Y decimos ‘dizque’ porque la religión no era todavía relevante. La causa de estos rifirrafes estuvo en la rivalidad entre los hermanos de la dinastía Banu Had. Es decir, misma causa que ya hemos visto reflejada en las batallas anteriores peleadas entre cristianos y la enésima demostración que los mandamases, llámeseles reyes, condes, emires o sultanes, son una fuente inagotable de desastres bélicos. Por cierto, dícese que esta campaña la ganaron el moro zaragozano y Rodrigo, el mozo cristiano. No podemos certificar este aserto pero es evidente que Al-Mutamán y Rodrigo se amaban –Cid estuvo cinco años al servicio del moro mañico

Morella o de Olocau. 1084. Morisma zaragozana al mando del Cid contra morisma leridana y reino de Aragón. Los aliados de ayer, vuelven a pelearse: Al-Mutamán y Rodrigo por un lado y Al-Dawla y el rey de Aragón por el otro.

Tévar, Castellón. 1090. El Cid contra la morisma leridana comandada por el conde de Barcelona. Cansina repetición de las dos batallas anteriores. Victoria del Cid contra el emir Al-Mundir de la taifa de Lérida. Las tropas mahométicas-barcelonesas están al mando de Berenguer Ramón II, conde de Barcelona quien es hecho prisionero –será liberado tras pagar rescate.

La Rioja. El Cid contra castellanos. 1092. Desde antes de que se enfrentaran en la batalla de Cabra, era público y notorio que El Cid y el conde García Ordóñez se odiaban a muerte. Trece años después de Cabra, el Campeador saqueó las fincas riojanas de aquel conde motejado como García de Grañón, el Crespo y el Boquituerto. Subráyese que, en aquel siglo XI, los condes tenían mucho más poder del que tuvieron después –por ejemplo, in illo tempore solo dos nobles castellanos habían alcanzado ese título.

Cuarte, Valencia o Balansiya, en andalusí. 1094. El Cid contra la morisma almorávide. La gran invasión de los almorávides cambia el panorama. Estos bereberes (Imazighen), al-mulathimun (por el doble velo que les uniformaba), al-morabitun o morabitos, llegaron a dominar desde los Pirineos hasta Senegal. Al caer sobre Iberia, se enfrentaron a los tibios conciliadores, fueran los seudo-mahométicos andalusíes de las taifas o los seudo-cristianos, Cid incluido.

Dícese que esta batalla fue la más importante en la carrera del Cid. Cuasi sitiado en Valencia, amenazó con ejecutar a la morisma que aún permanecía en la ciudad si los almorávides la sitiaban –ejemplo de terrorismo urbano-. Además, proclamó que sus proverbiales dotes ornitománticas le habían pronosticado una rotunda victoria –ejemplo de brujería pero así fue porque, en efecto, los pajaritos no se equivocaron. Después de triunfar en Cuarte-Balansiya y tras desembarazarse del hostil acoso del rey cristiano y de García Ordóñez, El Cid o Sidi, toma más poder en la capital –entonces, poblada por 15.000 almas- y, probablemente con vistas a una futura independencia pluri-religiosa y pluriétnica del Levante hispano, le convierte en su Protectorado. Cónsono con este propósito, “A partir de 1094, y hasta su muerte, ocurrida cinco años más tarde, Rodrigo parece haber olvidado el vértigo del campamento en beneficio de los encantos palaciegos; se le ve más atento con sus súbditos que preocupado por sus soldados; más parece, en suma, hombre de capital que habitante de frontera.” (Peña Pérez, FJ; 2005)

Pero hay más: “En el diploma de 1098 de dotación de la nueva Catedral de Santa María consagrada sobre la que había sido mezquita aljama, El Cid firma “princeps Rodericus Campidoctor” considerándose un soberano autónomo pese a no tener ascendencia real, y el preámbulo de dicho documento alude a la batalla de Cuarte como un triunfo conseguido rápidamente y sin bajas sobre un número enorme de mahometanos” (Montaner Frutos, 2005; cit. en wikipedia)

Bairén, Gandía. 1097. El Cid y aragoneses contra la morisma almorávide. Victoria de El Cid coaligado con Pedro I de Aragón contra los almorávides comandados por Muhammad ibn Tasufin.

Valencia. 1099. A los 51 años aprox., muere El Cid. Con la ayuda de la morisma valenciana y de los cristianos locales, el antiguo salteador de caminos ha consolidado su propio reino cidiano gracias a que ha conseguido una rebaja sustancial en el tributo que debe al emir moro. Se ha transformado en un hombre de Estado. Ahora es una versión premonitoria de lo que hoy llamaríamos separatista o autonomista. Dícese que “gana batallas después de muerto”, una tosca leyenda escandalosamente embustera de origen urbano.

Conclusión

No hubo dos bandos religiosos; aunque algunos mentecatos modelnos crean que el Sidi era esquizofrénico y/o bipolar moro-cristiano, es imposible traducir al siglo XI la visión maniquea que impera en la actualidad –moros malos, cristianos buenos–. Objetivamente hablando, Rodrigo era del altar que más calentara. Y es muy probable que, en su fuero interno fuera igualmente ambidextro y hasta pagano pero, ¿a quién le importan las subjetividades de los espadones patrios?

No hubo naciones en liza –mucho menos Estados–. Hablar de naciones e incluso de proto-naciones –refugio de cretinos hipernacionalistas-, no es sólo un disparate sino una interesada manipulación chauvinista. En aquel siglo XI no existían ni España ni Al Andalus. Para empezar porque el idioma castellano estaba en mantillas y el árabe cortesano no era entendido por la mayoría de la morisma puesto que eran bereberes. Y, para continuar en general, porque la Reconquista era un concepto absolutamente desconocido.

El Cid no era un mercenario. Esa es una categoría moderna que siguió a la institucionalización de los ejércitos nacionales profesionales pero, en el siglo XI, no había ejércitos nacionales –de hecho ni siquiera había naciones- y, por ende, nadie era mercenario. O lo eran todos. El Cid era uno más en el mundo de los señores de la guerra pero, como hoy tienen mala fama los warlords, pues los blanqueadores de los serial killers de hoy, prefieren tildarlo de mercenario -es peor el remedio que la enfermedad.

Destrozos en el códice

Hoy día, en España sufrimos la resaca (goma, ratón, cruda) de aquel franquismo (hoy, neofranquismo) que corrompió desde los más prestigiosos académicos hasta las turbas de presumidos logreros que movieron los hilos cinematográficos y televisivos. Hoy, seguimos venerando a M. Pidal pese a su castellanismo de opereta, su genuflexión ante el Caudillo y su imprudente estudio del primer códice del Cantar del Mio Cid –al emplear ácidos desconocidos para que le facilitaran la lectura, estuvo a punto de destrozarlo. Pero, desde el punto de vista del semiólogo popular, quizá fue más dañino el aval que concedió a Hollywood para que perpetrara las películas del ciclo El Cid. Se llevaría unos maravedíes pero todavía estamos pagando su avaricia y su deshonestidad académica; sobre todo, porque los escribidores hodiernos le imitan seguros de que, si hubo impunidad ayer, también la habrá hoy.

Hemos enumerado las escaramuzas relativamente documentadas y no hemos mencionado popularísimos hitos del folklore cidiano como la Jura de Santa Gadea, la Afrenta de Corpes o las Cortes de Toledo por una sencilla razón: porque ninguna ocurrió, porque fueron delirios de los Menéndez, en especial de M. Pidal, propalados impunemente desde 1929 –hoy no los defiende ningún estudioso pero siguen vivos en la imaginería del populacho gracias a los nefastos escribidores que se vanaglorian de ser literatos rama novela histórica.

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