El complejo de Sansón

El complejo de Sansón

De la Biblia proviene la famosa historia de Sansón, quien es un héroe. Hay muchas interpretaciones del significado del cuento, donde Sansón, un israelita a quien Dios le otorgó fuerza, derriba el templo de los enemigos filisteos (también muy fuertes), muriendo en el proceso. Yo le doy el sentido de que un acto que parece irracional (Sansón muere en el proceso) es a la vez heroico y bastante sensato, porque resulta el modo (tal vez el único) de que el fuerte enemigo sea derrotado y su pueblo se salve.

Parece que en los días que corren tenemos muchos Sansones putativos que bloquean o buscan bloquear lo que consideran arreglos peligrosos con el enemigo. Benjamin Netanyahu, primer ministro israelí, está diciendo que un mal acuerdo es peor que no tener ninguno. Se refiere a lo que mira como un acuerdo Estados Unidos-Rusia en torno a Siria y el posible acuerdo Estados Unidos-Irán. En Colombia, el anterior presidente conservador está despotricando contra el actual mandatario conservador por estar negociando con la organización guerrillera conocida como Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), bajo los auspicios de Cuba y Brasil.

Y, por supuesto, tenemos las masivas no negociaciones que ocurren en Estados Unidos, en las que los miembros del Partido del Té en el Congreso estadunidense están utilizando su fuerza para vetar cualquier arreglo con las fuerzas enemigas que, para ellos, están encabezadas por el presidente Barack Obama y el Partido Demócrata, con la colusión de otros a quienes consideran el enemigo interno –es decir, esos republicanos que llaman a algún tipo de arreglo. No es difícil demostrar que todos estos Sansones están tirando la casa no sólo sobre el enemigo, sino sobre ellos mismos. Para ellos, sin embargo, aun cuando ello sea cierto, es un asunto de sincronía. Lo tienen que hacer ahora, mientras tienen todavía la fuerza para hacerlo. De otro modo el enemigo vencerá e institucionalizará o mantendrá los males que ellos ven que se están cometiendo.

Esta clase de lucha ideológica, como se le llama, impermeable al así llamado pragmatismo, no fue inventado en los últimos 10 o 20 años. Es tan antiguo como la socialización humana. Pero ahora asume una característica especial, precisamente porque estamos en los espasmos agónicos de la crisis estructural de nuestro sistema-mundo capitalista. En una crisis estructural podemos esperar que habrá dos fenómenos masivos –una enorme confusión intelectual y, como consecuencia, alocados vaivenes en los sentimientos, que a su vez conducen a más locos vaivenes.

Conforme hay más y más grupos listos para tirar el templo, aun cuando ellos mismos resulten aplastados, la gente más confundida e incierta acerca de lo que hay que hacer es el llamado establishment. Ya se fueron los días en que podían maniobrar cínicamente y salirse con la suya. Ya no es cierto que “plus ça change, plus c’est la même chose (mientras más se cambie, más es la misma cosa)”, es decir, que ningún cambio aparente es real, que son sólo cortinas nuevas en las ventanas, meros cambios en el personal.

Así, ¿qué es lo que podemos hacer si buscamos un cambio verdadero, un tipo diferente de sistema-mundo del que hemos vivido por lo menos los pasados 500 años? Lo primero que deberíamos hacer es no quedar atrapados en los debates y locos vaivenes entre los Sansones y los del establishment. En realidad no importa quién de ellos gane en el corto plazo.

La segunda cosa que deberíamos hacer es no gastar toda nuestra energía lamentando el hecho de que aquellos que quieren un cambio fundamental (algunas veces llamados la izquierda mundial) no parecen estar unificados o claros en sus objetivos, o comprometidos en organizarse con urgencia. El hecho es que ellos mismos están atrapados en la confusión, por lo menos en este momento.

Que el templo se desquebraja es una realidad que va más allá de nuestros esfuerzos por sostenerlo, aun si lo intentáramos. Pero no necesitamos pararnos debajo de la avalancha de rocas. Tenemos que intentar escapar de ésta. Debemos tener la seguridad de que los miembros más poderosos del establishment están intentado hacer justo eso.

Pero, ¿cómo nos escapamos y con qué fin? De nuevo, insisto en que es un sentido de la temporalidad: la diferencia entre el corto plazo (tres años o menos) y el mediano (los próximos 20 a 40 años).

En el corto plazo la gente de todas partes (99 por ciento) está sufriendo. Debemos luchar por minimizar su dolor, batalla que puede asumir múltiples formas. Puede ser presionar por legislaciones inmediatas o decisiones ejecutivas de las dependencias del Estado que ayuden de inmediato a los desposeídos o evitar los daños futuros al ambiente, o salvaguardar los derechos de los pueblos indígenas o de las llamadas minorías sociales.

Pero en el mediano plazo debemos aclarar la naturaleza de las estructuras que esperamos institucionalizar si conseguimos inclinar la bifurcación en nuestro favor. Debemos intentar entender no sólo los objetivos de mediano plazo de la derecha mundial, sino la naturaleza de sus profundas divisiones internas. La llamada izquierda mundial está también profundamente dividida. Debemos trabajar para remontar esto.

Nada es fácil en este tiempo de transición de un sistema-mundo a otro. Pero todo es posible –posible pero lejos de ser una certeza.

* Traducción para "La Jornada" de Ramón Vera Herrera

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