El cooperativismo en los textos de la Primera Internacional (1ª parte)

Diego Farpón. LQS. Diciembre 2020

Socialismo científico, modo de producción capitalista y alternativa cooperativista

Para quien no conoce la esencia del modo de producción capitalista la elaboración ideológica que construye y divulga el bloque dominante, y con la que pretende renovarse formalmente cada cierto tiempo para mantener su hegemonía, es, incuestionablemente, novedosa y atrayente. Es la traducción práctica del elemento hegemónico y fundamental de la lucha de clases, los cimientos que aseguran la dominación sin la necesidad de recurrir a la violencia explícita contra las clases del trabajo: “las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante (…)” (1).

Pero un modo de producción cuya prehistoria es ya muy lejana, y cuyo despliegue en su forma suprema, el imperialismo, comenzó hace ya más de un siglo, deja poco lugar a la imaginación. Esto es lamentable para quienes quieren refundar la ciencia de la lucha de clases bajo nuevos y distintos parámetros: fracasan constantemente desde el mismo siglo XIX -la historia de quienes pretenden renovar el socialismo científico es tan antigua como este mismo- porque la realidad material no puede ser modificada en el plano teórico, por muchos esfuerzos que se hagan.

Por ello, Karl Marx -tan actual o tan viejo como el modo de producción capitalista- pudo hablar ya de distintos elementos, novísimos y muy actuales para las jóvenes generaciones del mundo presente. Así ocurre, por ejemplo, con el “(…) espíritu del emprendedor (…)” (2), una de las cualidades que Marx señala que suelen tener los capataces agrícolas en el siglo XIX, algo que enfrenta toda la retórica actual, que presenta el emprendimiento como algo novedoso y que no es más que la pretensión por parte de las clases dominantes de alcanzar una construcción ideológica atractiva para insertar a la juventud en la lógica del capital.

Recurrimos a Marx y a quienes partiendo de él elaboraron el socialismo científico para analizar los problemas actuales porque, en realidad, no son actuales, aunque las clases dominantes así los quieran disfrazar. Sirva la muy actual cuestión del emprendimiento como ejemplo evidente. Frente a la pretendida desmemoria de las clases dominantes es en la historia de la lucha de clases, en la memoria de los pueblos masacrados amenazada por el olvido, en los hilos rotos de la historia de quienes no sabiendo leer ni escribir mandaban en su hambre, donde encontramos una impresionante acumulación de conocimientos históricos y teóricos que constituyen el legado de nuestra clase y que nos permiten sumergirnos en la experiencia acumulada para obtener reflexiones para encarar las luchas del futuro, manteniendo viva, de esta manera práctica, nuestra historia, la historia de quienes nunca han contado para quienes han redactado la historia oficial -en su versión burguesa o alternativa, pues también hay relatos hegemónicos construidos por bloques de poder que no son el imperialista occidental, e incluso hay una historia oficial alternativa-, aquella que las clases dominantes han establecido como verdad y que, sin embargo, no ha existido nunca más que en su imaginación. La memoria del proletariado, privado de medios para reproducirla y condenada aparentemente al olvido, o pretendidamente silenciada mediante el asesinato, no deja, sin embargo, de resonar aunque parezca perdida, como el eco que se resiste a dejar de volver una y otra vez, cada vez que una nueva generación se enfrenta a la titánica e histórica tarea que alumbró el capitalismo: la emancipación del proletariado.

La cuestión que vamos a abordar a lo largo de las próximas páginas no es especialmente novedosa, pero el problema que supone para parte del movimiento obrero exige que nos detengamos en ella, puesto que cada cierto tiempo, más o menos dilatado, en este o en aquel otro país, vuelve a plantearse como alternativa al modo de producción capitalista. Nos referimos al cooperativismo.

Denigrado por algunas/os, el movimiento cooperativista permite al proletariado tomar las riendas de las fábricas y hacerse con el control de la producción. Ensalzado por otras/os, el cooperativismo no deja de ser una forma que adquiere la explotación de la fuerza del trabajo bajo las leyes y necesidades del modo de producción capitalista.

Plantea, pues, a nuestro modo de ver, un importante elemento contradictorio el cooperativismo. Más allá de creencias y opiniones vamos a recurrir a los textos de la Asociación Internacional de Trabajadores, aquella de la que Karl Marx fue un destacado dirigente, para conocer qué pensaban acerca de esta problemática quienes levantaron el movimiento obrero y dieron consistencia mundial a las luchas del proletariado.

Tras ello, constataremos que la posición de la Primera Internacional era defendida también por Karl Marx en sus escritos, frente a quienes consideran que las posiciones de la organización eran una concesión del revolucionario para mantener la unidad en el seno de la organización, donde confluían distintas corrientes. Allí, en el siglo XIX, se construyeron las bases del análisis acerca de la realidad cooperativa. Podrán ser matizadas las ideas que expusieron los dirigentes históricos del movimiento obrero, pero cooperativismo y modo de producción capitalista perviven desde hace cientos de años. Ya en el siglo XX, Lenin, siguiendo los pasos de Marx y de la Commune de Paris, mantuvo la posición con respecto al cooperativismo.

Renunciamos, pues, a elaborar un sesudo planteamiento rompiendo con nuestra historia, aunque esto nos condene a no renovarnos, a no ser originales, a ser anticuadas/os. No importa, no somos ajenas/os al movimiento obrero, sino una de sus raíces. Somos el eco que, una vez más, retorna, la voz de quienes dieron su vida por emancipar el género humano. No podrán borrarnos de la historia, y tendrán que rebatir lo aquí planteado, porque las amplias masas de trabajadoras/es observarán que, lo que aquí se señala, se contrasta cada día con la realidad material. No escribimos, pues, sobre deseos, sino sobre realidades.

La, y el cooperativismo (3)

Ya en el Manifiesto Inaugural de la AIT, escrito por Marx en el marco de la asamblea pública celebrada el 28 de septiembre de 1864 (4) y que daría como origen la Internacional, se detiene el revolucionario en la cuestión del cooperativismo. Lo hace tras ensalzar la conquista de la Bill de diez horas, algo que “(…) ha sido no sólo un suceso práctico, sino, lo que es más, constituye la victoria de un principio. Es la primera vez que la economía política de la clase media sucumbe de lleno ante la economía de la clase obrera” (5).

Y pese a la importancia de esta victoria, pese a imponerse la economía política de la clase obrera a la de la clase media y así lograr la reducción de la jornada laboral, esto no es lo más importante: “pero había en reserva una victoria mucho mayor de la economía política del trabajo sobre la economía política de la propiedad. Queremos hablar del movimiento cooperativo y, especialmente, de las manufacturas cooperativas levantadas por los esfuerzos espontáneos de algunas manos audaces. El valor de estas grandes experiencias sociales no puede ser subestimado. No con argumentos, sino con obras, han probado que la producción a gran escala y de acuerdo con las exigencias de la moderna ciencia puede llevarse a cabo sin la existencia de la clase de dueños empleando la de obreros; que los medios de trabajo, para dar fruto, no tienen necesidad de ser monopolizados ni de ser empleados como medios de dominio y explotación contra el trabajador; y que el trabajo asalariado, como el trabajo de esclavos o el de siervos, no es más que una forma transitoria e inferior que está destinada a desaparecer ante el trabajo asociado, ejecutando su tarea con mano alerta, con espíritu dispuesto y corazón alegre. Las primeras semillas del sistema cooperativo fueron plantadas en Inglaterra por Robert Owen; las experiencias intentadas en el continente por la clase obrera eran de hecho una aplicación práctica de las teorías no ya inventadas sino sólo proclamadas solemnemente en 1848.

Pero al mismo tiempo, la experiencia del período entre 1848 y 1864 ha probado, fuera de toda duda, que a pesar de su excelencia en la práctica, el trabajo cooperativo, recaído en un estrecho círculo de esfuerzos parciales de los obreros desparramados, no es capaz de parar el progreso geométrico del monopolio, no es capaz de emancipar a las masas, ni siquiera capaz de aligerar el peso de su miseria. Es probablemente por este único motivo que hombres plausiblemente nobles, que declamadores filántropos de la clase media, que economistas siempre audaces, se hayan vuelto de golpe con nauseabundos cumplidos hacia el sistema de trabajo cooperativo, que en vano habían tratado de marchitar en gérmenes, ridiculizándolo como una utopía de soñadores, o estigmatizándolo con el nombre de blasfemia de los socialistas. El trabajo cooperativo, para salvar las masas obreras, debe desarrollarse en dimensiones nacionales, y consecuentemente debe ser sostenido por medios nacionales (…)” (6).

Dentro del movimiento cooperativo se incide en las cooperativas de producción -las manufacturas-, algo que es el fruto de “manos audaces” y que tiene un valor que “no puede ser subestimado”. Es la clase trabajadora desarrollando la praxis -no olvidemos que “toda vida social es esencialmente práctica. Todos los misterios que inducen a la teoría al misticismo encuentran su solución racional en la práctica humana y en la comprensión de esta práctica” (7)-, demostrando “no con argumentos, sino con obras” que no es necesaria la propiedad privada de los medios de producción ni el trabajo asalariado, que está destinado “a desaparecer ante el trabajo asociado”.

Parece, pues, que el movimiento cooperativo es una gran herramienta para la transformación social, pero como suele ocurrir el análisis no es fácil: sin embargo, y a pesar de todo, el trabajo cooperativo “no es capaz de parar el progreso geométrico del monopolio, no es capaz de emancipar a las masas, ni siquiera capaz de aligerar el peso de su miseria”.

Por un lado, por lo tanto, el movimiento cooperativo muestra a la clase trabajadora la posibilidad de superar el modo de producción capitalista de una forma positiva. Por otro lado, sin embargo, el modo de producción capitalista predomina y se impone a cualquier ilusión de poder crear una realidad al margen del mismo. El cooperativismo, pese a todo, no mejora la vida de la clase trabajadora.

Hay, con todo, una salida: “el trabajo cooperativo debe desarrollarse en dimensiones nacionales, y consecuentemente debe ser sostenido por medios nacionales”. El trabajo cooperativo, en un marco de construcción nacional, en una realidad que no es la del puñado de trabajadores “desparramados” intentando sobrevivir a la miseria que impone el capitalismo sino en un marco de ofensiva, de clase constituida a nivel nacional como productora, “puede salvar las masas obreras”. El camino, pues, no está cerrado. El debate está abierto.

Continuará…

Notas:
1.- Engels, Friedrich; Marx, Karl; la ideología alemana. Crítica de la novísima filosofía alemana en las personas de sus representantes Feuerbach, B. Bauer y Stirner y del socialismo alemán en las de sus diferentes profetas, Grijalbo, Barcelona, 1970, p. 50.
2.- Marx, Karl, El Capital. Crítica de la economía política. Libro I. Tomo III, Akal, Madrid, 2º edición, 2000, p. 174.
3.- Hemos seleccionado, para el presente escrito, los informes del Consejo General, así como las decisiones de los Congresos. Hemos obviado las múltiples referencias a la cuestión cooperativa tanto en los discursos como los debates que tenían lugar, pues ello excedería el objetivo de este trabajo.
4.- En la recopilación de documentos de la Internacional de Freymond, Jacques, La Primera Internacional (I), Zero, Bilbao, 1973, p. 43, se señala que este Manifiesto fue “dado” el 28 de septiembre y “reeditado” por Marx “entre el 21 y el 27 de octubre”. Otras fuentes, sin embargo, señalan que fue escrito entre el 21 y el 27 de octubre y editado en noviembre, como es el caso de Engels; Marx; obras escogidas en tres tomos, tomo II, Progreso, Moscú, 1973, p. 13.
Tampoco hay acuerdo con respecto al papel jugado por Karl Marx el 28 de septiembre: “el 28 de septiembre de 1864, bajo la presidencia del profesor Beesly, celebrose un importante mitin en Martin`s Hall de Londres, en el que intervinieron Tolain, por Francia; Wolff, secretario de Mazzini, por Italia, y Marx, verdadero inspirador de la reunión, por Alemania”, como recoge Del Rosal, Amaro, los congresos obreros internacionales. Volumen I. Editorial Pueblo y educación, La Habana, 1973, p. 125. Otras fuentes señalan que fue un invitado, difiriendo, a su vez, acerca de quién le cursó la invitación: “Marx debió su invitación principalmente al hecho de que dos amigos suyos, el sastre alemán Georg Eccarius (1818-1889) y el relojero suizo Hermann Jung (1830-1901), habían conseguido para sí mismos un lugar en el movimiento obrero británico, y pudieron introducirlo desde el comienzo mismo”, en Cole, G. D. H., historia del pensamiento socialista, tomo II, marxismo y anarquismo (1850-1890), Fondo de Cultura Económica, México, 3ª edición, 1958, p. 92. También podemos encontrar que “Victor Le Lubez, un exiliado francés, le preguntó a Marx si quería representar a Alemania en una reunión internacional de los trabajadores que se iba a celebrar en Londres el 28 de septiembre”, en Gabriel, Mary, amor y capital. Karl y Jenny Marx y el nacimiento de una Revolución, El Viejo Topo, España, 2014, p. 409. Por último, Riazánov señala que encontró una nota entre los papeles de Marx que decía: “al señor Marx: Señor, el Comité de organización del mitin os ruega respetuosamente que asistáis a él. Presentando esta nota podréis entrar en la sala en que, a las siete y media, se reunirá el Comité. Vuestro servidor, Cremer”, en Riazánov, David, Marx-Engels, Alberto Corazón, Madrid, 1975, p. 174.
5.- Freymond, Jacques, op. cit., Zero, Bilbao, 1973, pp. 49-50.
6.- Ibíd., p. 50.
7.- Engels, Friedrich; Marx, Karl; la ideología alemana, p. 667.

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