El Dr. Luis Calandre Ibáñez, de la Junta para la Ampliación de Estudios al exilio interior

Nuestra compañera y colaboradora Cristina Calandre Hoenigsfeld acaba de editar este libro, en ediciones SILENTE. Un trabajo dedicado a la recuperación de la memoria histórica… un libro contra el silencio y lo que es peor: el olvido.

El olvido a tantas figuras comprometidas con el progreso y la libertad durante nuestra Segunda República como sin lugar a dudas lo fue el doctor Luís Calandre.

Reproducimos el prologo escrito por Mirta Núñez y un pequeño pasaje de la introducción, como aperitivo a un libro que te sugerimos desde ¡ya! leerlo.

No desaprovechamos esta ocasión una vez más para llamar a la participación en el Manifiesto por la derogación del Decreto ilegal franquista del 19 de Mayo de 1.938, que disuelve a la junta de ampliación de estudios (JAE), y hace ilegales a los grandes científicos que lucharon por la República Española.

Con libros como este, estamos construyendo futuro. Salud y ¡adelante!


Prólogo, por Mirta Núñez Díaz-Balart

El médico, el científico y el ciudadano político se unen en el Dr. Luis Calandre Ibáñez, que participa desde la primera línea de la medicina, en el irresistible impulso modernizador de la IIª República. Científicos como él fueron parte de esas clases medias que junto a las populares, auparon el cambio democrático al poder político. Luis Calandre, imbuido de los ideales de la Institución Libre de Enseñanza, puso sus conocimientos y su valía al servicio de las propuestas republicanas de impulsar en España, el nacimiento de una ciencia moderna.

El planteamiento partía de la Junta de Ampliación de Estudios, que había sido creada en el año 1907. La institución dio una magnífica cosecha de grandes científicos que, sumada a una excelsa representación de intelectuales en las Humanidades, harían posible la llamada Edad de Plata de la Cultura española, en los años de la República. El joven estudiante Luís Calandre fue un buen ejemplo del buen uso dado a la pensión lograda ―hoy se llamaría beca― para estudiar en el extranjero.

Una vez terminada la carrera de medicina, el joven Calandre se muestra como un eficaz gestor en la reorganización de la Sanidad pública. Como médico ―pero también como ciudadano preocupado por el retraso sanitario del país― encabezaría multitud de comités y sociedades destinadas al estudio y prevención de distintas enfermedades.

Discípulo del Dr. Madinaveitia y de Nicolás Achúcaro, fallecido prematuramente, cuenta además con maestros tan notables como los doctores Sebastián Recasens, Jorge Tello y otros que le permitirán ahondar en la modernización de la ciencia médica. Ese afán le llevaría a introducir los primeros electrocardiógrafos en la temprana fecha de 1917.

La investigación desarrollada en el laboratorio de la JAE, sito en la Residencia de Estudiantes, le permitió profundizar en su formación y luego en su investigación. El director de la Residencia, Alberto Jiménez Fraud consideraba que la Residencia debía contribuir “de un modo modesto pero bien intencionado a la labor docente de la universidad, sin interferir con ella”.

El propio Luís Calandre creará un laboratorio en la Residencia, que será el hermano menor del ya existente, complementando su labor de experimentación y formación de estudiantes. El éxito de su misión convenció a colegas como el prestigioso Dr. Pittaluga a confiarle la formación de su hijo. El Laboratorio de Anatomía Microscópica del doctor Calandre se había convertido en una estrella en el mundo de la investigación y de la formación de los más jóvenes.

La incorporación de la mujer a la ciencia y su profesionalización en el ámbito sanitario muestra a Calandre como lo que era: un hombre progresista. La creación de la Escuela de Enfermeras Hospitalarias, dentro de la Cruz Roja, abrió un nuevo ámbito de cualificación para la mujer.
La Cruz Roja fue para él un escenario trascendental para desarrollar un nuevo camino profesional para que “los tiempos de la influencia personal dejasen paso a procedimientos más democráticos”. La capacidad prospectiva de Calandre le llevó a proponer que los hospitales que la Cruz Roja poseía en Marruecos, herencia de la guerra colonial, podrían ser convertidos en “puestos para misiones de paz: dispensarios, centros de puericultura, gota de leche (atención materno-infantil), etc.”

Esta perspectiva le llevaría al enfrentamiento con el general Burguete, presidente de la entidad humanitaria, durante la revolución de Asturias. Para Calandre, el general se había posicionado en favor del gobierno de derechas, abandonando la neutralidad fundacional. El menosprecio a uno de los pilares fundacionales de la entidad provocó la dimisión de sus cargos.

Sorprende el amplio abanico de intereses en los que participa Calandre. Le encontramos en el consejo de administración de bienes del Patrimonio Nacional. La Casa de Campo, amplísima zona de recreo, recién abierta al pueblo madrileño, se encontraba entre ellos. Publica un estudio sobre El Palacio de El Pardo será objeto de un estudio, al igual que temas de divulgación médica incorporados a la colección especializada la editorial Cenit, en particular su estudio Enfermos del corazón, reales e imaginarios. La sensibilidad social y política le incorpora al consejo rector del Orfanato Nacional de El Pardo. Los niños huérfanos y expósitos eran los perfectos destinatarios del programa regeneracionista de la I.L.E., del que tanto había bebido.

Las Hurdes, paradigma de una comarca aislada y miserable, recibiría también la sacudida de los proyectos en los que se integra el médico. La aspiración que le lleva a éste último proyecto es la de “contribuir a la normalización de esta zona, con la que el Estado tiene obligaciones primarias que cumplir y lo más rápidamente posible”

Cuando tiene noticia del golpe militar Luís Calandre lo califica abiertamente de “abominable alzamiento franquista”.. La intentona tenía, entre sus ramificaciones, la dimisión colectiva de médicos de la Cruz Roja que llevaron la insurrección al bisturí y a la consulta. Para Calandre, ésta fue una ocasión para dar un paso al frente, subrayando que el era “republicano de antes de la República”.

La trayectoria del médico se vio engrandecida por su actuación durante la guerra civil. Frente a los bombardeos y al hambre que se apoderaron de Madrid tras la insurrección militar, él se mantuvo incólume a los cantos de sirena que pretendían llevarle al feliz Levante. Cuando se le llamó para asumir la dirección del Hospital de Carabineros que se instaló en la Residencia de Estudiantes, dio un paso al frente, dirigiéndolo durante el intenso temporal bélico que asoló España. La frecuente caída de obuses en sus edificios y jardines le llevaría a exclamar en una carta a Juan Ramón Jiménez “(…) ¡Cuándo se cansarán de atacarnos los que ninguna ofensa tienen que vengar de nosotros! (…)”.

D. Luís, republicano de corazón y pensamiento, también tuvo que rechazar la imposición de convertirse en médico militar. La advertencia ante las autoridades de su renuncia en ese caso, le permitió continuar como médico civil en la dirección de un hospital militar por las circunstancias de guerra.

La labor desarrollada allí donde era requerido le llevó a aceptar la dirección de la subdelegación de la J.A.E. en Madrid. En octubre de 1938, cuando la adversidad ya tomaba cuerpo en el territorio republicano, Calandre advertía que: “Acepto este cargo (…) ya que en la actuales circunstancia no se ha de rehusar ninguna colaboración, sobre todo para una obra como la que la Junta, desde hace tantos años, viene haciendo (…)” Su entrega hace posible la publicación de libros y revistas científicas, e incluso la continuidad de investigaciones como las de Antonio de Zulueta, en plena guerra. Desde Madrid servía de nexo entre las distintas subdelegaciones de la Junta que la guerra había repartido entre los jirones en que iba quedando la España leal. El esfuerzo desplegado sólo tuvo fin con la entrada de las tropas franquistas en Madrid.

La victoria militar de los insurrectos le pasó factura de su lealtad. Una cadena de castigos le hicieron penar por ello en la cárcel, por condena de consejo de guerra y luego, con el destierro de todo ejercicio público de la profesión. También vivió en carne propia el encarcelamiento más prolongado de su hijo Luís al que, como a tantos otros jóvenes, sólo el apoyo de la familia hacía posible su supervivencia en el durísimo campo de concentración de San Marcos, León. Luego, durante el largo ostracismo que le acompañó desde entonces. D. Luís se refugió en el último espacio libre que le quedaba ―la consulta privada― para lidiar por la supervivencia.

El proceso de depuración y represalias se dejó en manos de los que se habían mostrado afectos a los militares rebeldes. Tanto el Colegio de Médicos, como la Facultad de Medicina de la Universidad Central y, en la Cruz Roja, se prestaron a participar en el proceso de denuncias. La incriminación para imposibilitarle la práctica médica, la docencia y la investigación quedó en las manos de aquellos que suplantaron la organización republicana. La guinda a la persecución, la puso la aplicación de la Ley de Responsabilidades Políticas que le condenó al pago de 10.000 pesetas, de las de entonces. La inquina de los médicos recompensados por el nuevo régimen llegaba hasta su hijo Luís, que debe trasladarse a Barcelona para retomar sus estudios de Medicina.

Juan Ramón Jiménez decía en una carta a su amigo Luís sobre “esta mala guerra que están haciendo los falsos a los verdaderos”. Esta falsedad secó los frutos de lo sembrado por la J.A.E. que había dado una cosecha extraordinaria en los años de la República. El esfuerzo de lo labrado se ocultó bajo un manto de silencio. La fi gura de D. Luís Calandre Ibáñez, se recupera del olvido gracias a su nieta, Cristina Calandre Hoenigsfeld. Con él se recupera un modelo de médico humanista, tan necesario entonces como en nuestros días y además, contribuye a recuperar el inmenso esfuerzo desplegado por la J.A.E. en el Madrid en guerra, que los franquistas quisieron borrar de un plumazo, con un simple decreto de su Boletín Oficial.

El abuelo, de la introducción de Cristina Calandre Hoenigsfeld

… Veinte cajas grandes de cartón gris, llenas de cartas y documentos primorosamente ordenados en sobres color crema, con la letra de mi abuelo en cada uno, vinieron a parar a mis manos al desmontar la casa familiar, tras la muerte de mis padres, Luis Calandre Díaz y Ruth Hoenigsfeld. Entonces pensé que era tiempo de empezar a “contar”, en el más amplio sentido de la palabra. Y he querido comenzar por lo más cercano, mi abuelo, médico republicano represaliado y olvidado hasta el día de hoy. Así pues, esta breve biografía del Dr. Luis Calandre Ibáñez, que surgió como primera consecuencia de la muerte de mis padres, viene a colmar en mí una necesidad muy amplia, muy profunda.

Sabía que había sido un médico cardiólogo muy importante, y que habíaocupado cargos de relevancia durante la Segunda República y la Guerra Civil, no sabía muy bien cuáles, pues mi padre nos había comentado cosas, sí, pero siempre de una manera muy superficial, puesto que, al fi n y al cabo, vivíamos en una sociedad franquista.

De mi abuelo, que murió cuando yo tenía ocho años, recuerdo que todos los amigos le llamaban “Don Luis”, mostrando así tal vez el respeto que les merecía.

También recuerdo cuánto le gustaba explicarnos a los cinco nietos, Beatriz,Luis, Elena, Marisa y yo, cosas sobre los diferentes árboles y plantas de nuestra finca en Cartagena, “La Almenara”. Cuánto le gustaba también hacer fotos, cómo era de meticuloso y lento a la hora de situarse y enfocar, lo cual, dicho sea de paso, se agradece y se comprende al disfrutar ahora de sus álbumes.

Cuando iba a comer a su piso de Castellana 30, me impresionaba lo grande que era la casa y el pasillo largísimo. Los nietos teníamos una habitación para que jugáramos allí sin dar la lata. Era una biblioteca que a mí me encantaba, tan llena de libros raros, quijotes, libros antiguos y misteriosos.

Y lo que más me gustaba era leer la colección de National Geographic, bien conservada desde el primer número. Mi padre siguió luego suscrito a esta colección, y su lectura fomentó seguramente en mí un afán aventurero y viajero que después me ha acompañado.

El descubrimiento de los documentos en la casa familiar, al principio enrealidad no me despertó gran interés; tenía otras ocupaciones y aficiones.Sin embargo, poco a poco, empecé a abrir de vez en cuando algunos sobres
crema para leer su contenido, y comenzó a interesarme lo que decían. A través de Internet fui entonces buscando información de cada persona a la que pertenecían, por ejemplo, las cartas; acabé por reunir una inmensa carpeta llena de datos de esas personas. Y me tomé entonces como obligación la de ir completando dichos epistolarios, contactar con sus familias, con Fundaciones…

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