El lenguaje inclusivo: un reto de nuestro tiempo

Cristina Ridruejo*. LQS. Diciembre 2020

Las mujeres hemos sido deliberadamente silenciadas durante siglos, eludidas en los libros de historia, de arte, de ciencia, apartadas del conocimiento, ninguneadas en la sociedad…

¿Hace falta o no hace falta adoptar un lenguaje inclusivo? ¿Es una necesidad o es una tontuna de las feministas, que se ponen ultrapuntillosas? Muchas personas, incluso defensoras de la igualdad, tienen dudas al respecto.

Empiezo diciendo que las lenguas deben servir para expresar lo que sus hablantes quieren expresar, no lo que querían expresar sus hablantes de otras épocas, ni tampoco lo que “mande” una autoridad, ya sea académica o lingüística, o peor aún, política.

Las lenguas vivas están en constante evolución y, simplificando, esos cambios pueden producirse por diversos motivos que van desde razones puramente lingüísticas (como los cambios fonéticos, por ejemplo del latín dementia al castellano demencia), pasando por el contacto con otras lenguas (arabismos en español, hispanismos en portugués, etc.), hasta razones sociales o relacionadas con el pensamiento: la población que habla una lengua tiene la necesidad de expresar nuevos conceptos, o bien ha cambiado su percepción sobre algún tema y necesita expresarlo de manera diferente.

Por ejemplo, la Constitución del 78 se refiere a la integración de los “disminuidos físicos”, expresión que hemos abandonado hace mucho porque socialmente se entiende ahora que no se trata en ningún modo de personas “disminuidas”; casos como éste hay muchos, es de lo más corriente en las lenguas, la adopción de nuevas formas de nombrar lo que nos rodea y el abandono de las anteriores.

Pero vamos a otro ejemplo que se asemeja más a la cuestión del lenguaje inclusivo porque no trata de términos, sino de gramática: en España —no así en América Latina— casi se ha dejado de usar el tratamiento de usted. Esta evolución merecería un análisis más al detalle, pero es posible que el matiz negativo de uno de sus usos (expresión de una relación jerárquica) se haya impuesto a los demás usos (como el mero respeto) hasta el punto de que las propias personas a quienes trataríamos de usted son las que, mayoritariamente, piden que se les tutee.

La forma de nombrar a las personas con discapacidad y el tuteo son dos buenos ejemplos en relación con el lenguaje inclusivo: ni el cambio de términos ni el cambio gramatical hacia el tuteo se han producido por motivos lingüísticos ni por influencia de otra lengua. Se han producido por el tercer factor que señalaba: cambios de mentalidad, cambios en la psicología social. La población desea expresar las cosas de otra manera, y lo hace.

En cuanto al género, es indiscutible que en los últimos años se ha producido un cambio de mentalidad en la sociedad. Son multitud los hombres y mujeres que apuestan por la igualdad en todos los aspectos de la vida. Las mujeres hemos sido deliberadamente silenciadas durante siglos, eludidas en los libros de historia, de arte, de ciencia, apartadas del conocimiento, ninguneadas en la sociedad. Hoy en día las mujeres y hombres feministas estamos intentando acabar poco a poco con esa invisibilización para alcanzar el ideal del feminismo, que es simplemente la igualdad de todas las personas. Para ello se están rescatando historias nunca contadas de mujeres de distintas épocas, dando voz en el presente a las que nunca hasta ahora tuvieron la oportunidad de hablar, organizando por todo el mundo iniciativas encabezadas por mujeres.

Y en el mundo hispanohablante, una parte de esa invisibilización se percibe en la lengua, por el uso de plurales generales en masculino, por el uso de profesiones en masculino, por el uso de genéricos en masculino.

Ya sé. Antes se decía igual y no pasaba nada, todo el mundo entendía por ejemplo que esos plurales se referían a hombres y mujeres. Por supuesto. También antes las mujeres no podían ser titulares de una cuenta bancaria y no pasaba nada. Las cosas cambian y lo que antes valía, ahora no vale.

Vayamos por partes

Los nombres de profesiones, por ejemplo. Cuando se introduce un concepto que no existía antes, se introduce también una palabra para designarlo; es lo más habitual en las lenguas. Desde que en un hospital nos hacen un «holter», usamos esa palabra (que ya está en el diccionario); desde que nos hacemos fotos con el móvil, usamos «selfi». Desde que hay mujeres al frente de un juzgado, ¿usamos? «jueza». No debería haber ninguna diferencia, sin embargo esto último levanta ampollas. Este debate ya es viejo en el caso de las juezas, presidentas y algunas más, pero sigue en vigor con otras profesiones, por ejemplo cuando una mujer es física, música, médica. Es curioso comprobar que la polémica se abre siempre con profesiones de cierto prestigio, mientras que nadie se ha quejado de que se use en femenino «barrendera», profesión que tampoco había ejercido la mujer hasta hace relativamente poco. Así que parece que a algunas personas solo les chirría usar el femenino cuando se trata de cargos de responsabilidad o profesiones con prestigio social, y eso es muy revelador.

Los plurales. Lo que antes valía y ahora ya no vale es la ambigüedad: cuando nos referimos solo a mujeres, usamos el femenino; cuando nos referimos solo a hombres, usamos el masculino; pero cuando nos referimos a mujeres y hombres, usamos también el masculino, y eso es ambiguo. ¿Cómo podemos saber si nos estamos refiriendo solo a hombres o a hombres y mujeres?

«¿Y qué importa saberlo?», dicen algunas personas (sobre todo hombres). Pues resulta que nos importa. Que ahora nos importa porque plantamos cara a esa invisibilización que mencionaba antes. Si el femenino plural es específico para mujeres, ¿por qué no debería ser el masculino plural específico para hombres, y punto? Porque cuando oímos: «Se han reunido los ministros de Sanidad de la Unión Europea», nos imaginamos una gran mesa llena de hombres, no es cierto que imaginemos hombres y mujeres. Cuando oímos: «Los jornaleros reivindican tal y cual», imaginamos hombres, no imaginamos hombres y mujeres, que por cierto son multitud en el trabajo rural temporero. Lo mismo ocurre con el uso del masculino como genérico, cuando generalizamos o no sabemos si la persona es hombre o mujer: se pide cita con el «médico», se alaba la labor del «diseñador» responsable de tal campaña, se critica al «arquitecto» que construyó tal edificio. La lista sería interminable. Hombres, hombres, hombres. Lo que queremos es que se deje de transmitir esa idea de que todo lo que se hace, lo hacen hombres.

Soy consciente de que el machismo no reside en el género gramatical, sino en la sociedad y en los conceptos que se expresan a través de la lengua. El euskera no tiene género, y la sociedad vasca es tan machista y patriarcal como cualquier otra. El inglés ya era una lengua sin género gramatical en el siglo XVII, por ejemplo, y nadie puede decir que la sociedad inglesa no era machista.

Sin embargo, visibilizar a las mujeres, que hoy en día están en todos los lugares y en todas las profesiones, es un paso más hacia la igualdad. Porque la manera en que nombramos las cosas contribuye a modelar nuestra visión del mundo, igual que ésta influye en cómo hablamos: es un proceso circular. Necesitamos, desde el punto de vista de la persona que emite, ser capaces de expresar lo que deseamos expresar; y desde el punto de vista de la persona que recibe, que las palabras, al ser leídas o escuchadas, despierten imágenes mentales más ajustadas a la realidad actual, es decir, que no perpetúen el panorama anterior.

Si yo digo «Se han reunido los ministros y ministras de Sanidad de la Unión Europea», la imagen mental que despierta es otra, ellas están presentes. Si digo: «Las jornaleras y los jornaleros reivindican tal y cual», la imagen mental es otra.

La que yo quiero transmitir.

Hay mucho más que hablar sobre el lenguaje inclusivo, pero un artículo que pretende no ser tedioso, no puede abarcar todo. Para siguientes ocasiones…
Lenguaje inclusivo en la práctica: propuestas y dificultades // Identidades no binarias y lenguaje inclusivo: somos personas // Machismo en la Real Academia

Y teníamos más:
La Real Academia y nuestra mentalidad de súbdit@s
Español latino y aires de metrópoli

* Cristina Ridruejo es miembro de Mujeres X la República. Forma parte del colctivo LoQueSomos
Más artículos de la autora

Síguenos en redes sociales… Facebook: LoQueSomos Twitter@LQSomos Telegram: LoQueSomosWeb Instagram: LoQueSomos

Un comentario en “El lenguaje inclusivo: un reto de nuestro tiempo

  • el 3 diciembre, 2020 a las 02:09
    Permalink

    Buenísimas reflexiones tan necesarias como el aire que respiramos. De la misma manera que necesitamos un aire limpio, necesitamos unas relaciones de igualdad y para ello hay que visibilizar a todas las partes y evidentemente el lenguaje es un comienzo. Gracias

    Respuesta

Deja un comentario

Nos obligan a molestarte con las "galletitas informáticas". Si continuas utilizando este sitio aceptas el uso de cookies. más información

Los ajustes de cookies de esta web están configurados para "permitir cookies" y así ofrecerte la mejor experiencia de navegación posible. Si sigues utilizando esta web sin cambiar tus ajustes de cookies o haces clic en "Aceptar" estarás dando tu consentimiento a esto.

Cerrar