El ninguneo

El ninguneo

Era lógico que la mentalidad burguesa ideara una forma específica de desprecio para desvirtuar todo lo que no le place. Y se convirtió en una escuela pésima, en un mal ejemplo contagioso. Era lógico que la ideología del despotismo dominante produjera muecas y tufos para hacer sentir a “los otros” que son “nulos”, “nada”, “nadie”… al lado de los dueños, de la “propiedad privada” y de sus mercancías. Octavio Paz, que fue un gran “ninguneador”, especialmente en su etapa de neoliberal fundamentalista, anduvo diciendo, en “El laberinto de la soledad” (1950) que se trata de un “hermetismo” antesala del desprecio con el que devaluamos o hacemos transparentes, invisibles y fantasmales a esos que no consideramos merecedores de incluirse en nuestros círculos, nuestros valores o nuestros negocios. El “ninguneo” es una forma graduada de la indiferencia que convierte en nada aquello que, por capricho y aceptando que “existe”, les da la gana reducir a nada.

El “ninguneo” es una operación ideológica, consciente o no, que consiste en hacer de alguien, de algo (o de todo) un “ninguno” barnizado con desprecio. Es instalar el ser del “otro”, y de “lo otro”, en la nada para conjurar todo poderío crítico, transformador o revolucionario. Es un arma de la ideología de la clase dominante para hacer sentir al “otro”… a “lo otro”, que ha sido borrado, incluso, de sí mismo. Ningunear es mucho más que “menospreciar”, ningunear es quitarle ser a las personas, o a las cosas, al calor de berrinches burgueses que se creen demiurgos dotados con el “don” de darnos ser o negárnoslo a su antojo.

Ningunear, además de ser un término “coloquial”, es una forma de jerarquizar lo nulo para anular la otredad. Implica pensar, mirar, sentir y hacer sentir que se actúa como si se estuviera, en forma o en contenido, ante nadie; como si el espacio objetivo o subjetivo pudiera reducirse a “ninguno”. No es igual a “indiferencia” y generalmente es planeado e inyectado con menosprecio o desprecio para restar valor, dejar “mal parado” o hacer quedar mal a una persona, a una idea, a un proyecto. Es una forma de agresión y de violencia que, por lo general, implica medios y modos, además de verbales y psicológicos, que hacen todo lo posible para mermar o aniquilar. Produce y afecta el ánimo, la autoestima y prestigio social.

Algunos lo consideran el peor de los castigos y es siempre un episodio cruel. El que “ningunea” reafirma el propio ego y lo despliega para regodearse de sí ante lo “otro”,  por miedo a la fuerza del otro y a su crítica, a su hacer y a sus virtudes. El “ninguneador” lo es porque está derrotado ante lo que ningunea. En tanto que es matriz ideológica, ocurre en todos los ámbitos que han asimilado las peores aberraciones burguesas. El “ninguneador” es una máquina de desprecio serial convertido en fanatismo donde ahoga a sus “enemigos”.

Desde su desesperación despótica el que ningunea es un creador de “don nadies”, de montones de nada, en pensamientos, palabras y obras. Así llena todo y lo asienta como regla de oro que reina en las cabezas de terratenientes, empresarios, banqueros, clérigos y burócratas… impregna los reinos de la mercancía y sus estercoleros axiológicos. El ninguneo es una fábrica de “inexistentes”, un sistema de extinción, de nulificación… y para “ningunear” profesionalmente, se producen, incluso, libros, cuadros, películas… programaciones televisivas. Por ejemplo.

Desde el “ninguneo” de los poderosos se ningunea en público o en privado para que lo “otro” no se vea, no se entienda, no se perciba, no valga…  para convertir las ideas y los hechos en una ausencia, en un secreto, en un invisible. Es la patología de la omisión que borra lo incómodo o lo que se odia y si, principalmente los proletarios, somos algo es ese “ninguno” dictado “desde arriba”. El arma ideológica del “ninguneo” cierra su círculo obturante y deja a su oponente en esa forma de la negación burguesa que esconde toda su degradación bajo la alfombra y lo cubre todo.

Decía Paz (y cómo se desnudó con eso ante el mundo): “Es nuestro territorio, más fuerte que las pirámides y los sacrificios, que las iglesias, los motines y los campos populares, vuelve a imperar el silencio, anterior a la historia”. Mientras, ninguneaba al pueblo. Y lo pagó caro.

* Universidad de la Filosofía / El Telégrafo

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