El reino de Maruja Mallo y de Lorca

Arturo del Villar*. LQS. Junio 2020

Una coincidencia estética entre Maruja Mallo y García Lorca, para recordar cómo la espiga de trigo pertenece al simbolismo colectivo de las diversas culturas sucedidas en la historia

La pintora gallega Maruja Mallo y el poeta andaluz Federico García Lorca compartieron muchas coincidencias, además del amor a las artes. Los dos saludaron gozosamente la proclamación de la República Española, se decantaron por un arte revolucionario y pusieron a su servicio lo mejor de su inspiración creadora, admiraron los avances sociales de la Unión Soviética, practicaron el amor libre, y sufrieron persecución por parte de las fuerzas políticas de derechas, debido a sus respectivas declaraciones izquierdistas, que llevaron a Maruja al exilio y a Lorca al fusilamiento.

Ahora nos fijaremos solamente en un tema común, el del reino de la espiga. En la simbología general a todos los pueblos, la espiga de trigo representa la abundancia. Es la imagen aceptada de la prosperidad, y también de la continuidad de la vida: la semilla se entierra y de ella nace la espiga para continuar así perpetuamente la existencia. Del trigo se elabora el pan, que es la comida primordial de muchos pueblos.

En el antiguo Egipto el dios Osiris era el protector de la agricultura. Se creía que pereció ahogado por una traición de su hermano Seth, pero su esposa Isis lo resucitó. Su escultura permanecía oculta en los templos, y una vez al año se la sacaba en una barca. De esta manera se simbolizaba la cosecha: la semilla enterrada era el cuerpo de Osiris muerto, que después resucitaba, acción repetida todos los años. Una representación tradicional de Osiris muestra su cuerpo momificado, del que crecen espigas de trigo.

La leyenda fue aprovechada por el cristianismo en su simbología. Cuenta el Evangelio según Juan, 6:48—51, que Jesucristo se definió a sí mismo diciendo: “Yo soy el pan de vida. […] el pan que yo daré es mi carne, la cual daré por la vida del mundo.” Y durante la última cena compartida con sus discípulos antes de ser prendido, relata el Evangelio según Mateo, 26—26, que “tomó Jesús el pan, lo bendijo y lo partió y dio a sus discípulos diciendo: Tomad, comed, esto es mi cuerpo”, ceremonial repetido por los cristianos en la comunión o santa cena. Los cuatro evangelistas canónicos relatan que Jesucristo murió en la cruz, fue depositado en el sepulcro y resucitó al tercer día.

Osiris y Jesucristo, pues, simbolizan el ritual de la agricultura: se entierra la semilla para que de ella surja la cosecha que permite alimentar a los seres humanos. Es el reino de la espiga, señal de eternidad, ya que muere como un grano pequeño para continuar existiendo floridamente a través de los tiempos. El trigo es un capítulo fundamental en la historia de la humanidad.

Por otra parte, la espiga de trigo alzada y dorada también figura la virilidad sobre otras plantas y flores. El sacerdote cristiano alza la hostia elaborada de pan ácimo en el acto de la consagración, realizado en memoria de Jesucristo, cumpliendo la orden que dio a sus discípulos en la última cena: es preciso alzarla en señal de potestad sobre cuanto se halla a su alrededor.

Este comentario previo al entendimiento de una coincidencia estética entre Maruja Mallo y García Lorca era conveniente explicarlo, para recordar cómo la espiga de trigo pertenece al simbolismo colectivo de las diversas culturas sucedidas en la historia. No hace falta decir que ninguno de los dos aceptaba como propios a los dioses egipcios ni al cristiano. Su única religión era la del arte.

Recuérdese además que las espigas de trigo aparecen en el símbolo más generalizado de la República, el sistema político aceptado por los dos: una matrona vestida a la usanza griega, con el peplo blanco, un manto rojo sobre los hombros y el gorro frigio en la cabeza, sostiene con la mano izquierda la bandera tricolor, y con la derecha una balanza equilibrada. Tras ella aparece un león, junto a los tres lemas republicanos, y a la derecha de la representación están incluidos varios símbolos del progreso y del trabajo humanos: un avión, un barco mercante, una locomotora, un yunque, unos libros, una paleta de pintor, y un haz de espigas de trigo con la hoz.

El horror de Lorca

Cuando Federico García Lorca visitó los Estados Unidos de América en 1929 sintió un gran rechazo por aquella sociedad deshumanizada, que contemplaba con asco y desdén. Resultado del viaje fue un espléndido libro que tituló Poeta en Nueva York, y que no llegó a publicar porque lo asesinaron los enemigos de la libertad y de la cultura. Lo presentó en una lectura comentada en el Hotel Ritz de Barcelona, el 16 de diciembre de 1932, en la que resumió sus impresiones neoyorquinas de esta manera:

Los dos elementos que el viajero capta en la gran ciudad son: arquitectura extrahumana y ritmo furioso. Geometría y angustia. En una primera ojeada, el ritmo puede parecer alegría, pero cuando se observa el mecanismo de la vida social y la esclavitud dolorosa de hombre y máquina juntos, se comprende aquella trágica angustia vacía que hace perdonable por evasión hasta el crimen y el bandidaje.

Es lo mismo que transmitió Charles Chaplin en su tremendo alegato filmado en 1936 Modern Times, una crítica furiosa, pero disfrazada con humor para que resultara más eficaz, del sistema capitalista. El ser humano pierde todas sus características personales para transformarse en una máquina. Hasta entonces las revoluciones sociales habían permitido a los individuos mejorar su condición, pero la llamada revolución tecnológica en el siglo XX les obligó a convertirse en piezas de una inmensa cadena de montaje, para favorecer el desarrollo del sistema capitalista.

El descubrimiento de ese mundo espantó a Lorca, y le inspiró su libro más personal y completo, en el sentido de totalizar un panorama explicado en poemas con unidad formal y con intencionalidad común, Poeta en Nueva York, uno de los grandes poemarios del siglo XX en todos los idiomas, y por lo mismo de la literatura universal en cualquier época.

Suele destacarse en sus páginas la defensa de los negros, por realizarla un blanco. Periódicamente, cada vez que en los Estados Unidos se comete un crimen contra un ciudadano negro, a menudo por obra de un policía blanco, se recuerdan versos acusadores de este libro. Ahora nos importa fijarnos en una profecía no cumplida hasta el momento, lo que hace que mantenga su actualidad, en espera de que llegue ese día anunciado para conmocionar a la sociedad estadounidense.

La oda a Whitman

Destaca en este excelente poemario la excepcional “Oda a Walt Whitman”, objeto de muchos comentarios, críticas y glosas. Describe líricamente una ciudad espantosa, en la que parece imposible que exista una vida humanizada. Es una “Nueva York de cieno, / Nueva York de alambre y de muerte”, entre otras invocaciones negativas, en donde no se puede confiar en hallar ni siquiera un solo elemento humano. Apodada “la ciudad que nunca duerme”, todo en ella es tan falso como los espectáculos de Broadway. En su centro radica Manhattan, sentina en donde confluyen todas las corrupciones del mundo. Y para escarnio perpetuo en el puerto se levanta sobre un gran pedestal la estatua de la Libertad, lo único que no se encuentra entre la multitud de elementos hacinados alrededor de sus rascacielos.
Espantado en esta Babilonia moderna con todos los defectos de la antigua multiplicados y perfeccionados, Lorca escribió la “Oda a Walt Whitman” pensando en las ideas del viejo poeta sobre la democracia y la camaradería universal, inaplicables en su país del crimen organizado. Se preguntó en un verso sin respuesta: “¿Qué voz perfecta dirá las verdades del trigo?” En la inmensa urbe no puede crecer el trigo, solamente se encuentra en la soledad de los campos. Y allí no se escucharía la voz de quien deseara exponer a los ciudadanos la simbología del trigo, según la hemos visto antes, ahogada entre los ruidos horrísonos de un tráfico ensordecedor.

Sin embargo, el poeta español escandalizado en Nueva York evocaba los versos del cantor de la democracia y de la fraternidad generalizada, y al terminar su oda puso un grano de esperanza sobre un futuro más agradable para todos. Tal vez llegue a consolidarse un día efectivamente la libertad, y además de ser una estatua se convierta en una realidad favorecedora de sus habitantes. Lo deseaba tanto que hizo de ello una profecía y se atrevió a difundirla. Así se lo indicó en los versos finales al inmenso poeta que no se han merecido los Estados Unidos, que debió nacer en cualquier otro país, menos en el dedicado a organizar guerras coloniales para reforzar su desenfrenado imperialismo económico:

Quiero que el aire fuerte de la noche más honda
quite flores y letras del arco donde duermes
y un niño negro anuncie a los blancos del oro
la llegada del reino de la espiga.

Según esta profecía, será uno de esos niños negros abandonados entre las basuras de las calles neoyorquinas, el que anuncie a los bolsistas blancos de Wall Street el reino de la espiga, es decir, la vuelta aquella sociedad compuesta por seres humanos en la que todos eran iguales, no se distinguían clases sociales, no existía la propiedad privada, sino que todo pertenecía a todos, y cada uno utilizaba lo necesario para su subsistencia, en una libertad comunista en la que era felices los camaradas según lo previó Whitman, su poeta y su profeta.

Lorca, uno de los firmantes en abril de 1933 del manifiesto de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética, esperaba que esa aspiración común fuera posible realizarla en el gran país recién liberado de la esclavitud zarista, y estaba dando un gran salto desde la economía medieval basada en la agricultura hasta la industrial. Sí, pero una industrialización humanizadora, implantada para el beneficio común de todos los ciudadanos en la sociedad sin clases, no para el de los socios capitalistas de las empresas, como sucedía en ese Nueva York denunciado por Lorca en versos constitutivos de un tratado de economía política expuesto líricamente.

Amores y cuadros de Maruja

El reino de la espiga fue asimismo una de las aspiraciones de la pintora Ana María Gómez González Mallo, artísticamente conocida como Maruja Mallo. Era cuatro años más joven que Lorca, y entre los dos existió una gran afinidad. No obstante, con quien Maruja tuvo mayor intimidad fue con otro poeta andaluz del grupo del 27, Rafael Alberti, de actividades paralelas con Lorca, al ser los dos poetas y dramaturgos excepcionales, y en ocasiones pintores, además de compartir la ideología comunista.

Maruja y Alberti se conocieron en 1925, y comenzaron una relación amorosa y tormentosa concluida en 1930. Por entonces a la pintora le interesaban como tema estético las fiestas populares, las verbenas con sus carruseles y personajes disfrazados. Sus cuadros le gustaron tanto a José Ortega y Gasset que le organizó una exposición en la sala de su Revista de Occidente, sin duda la más prestigiosa de la época, además de encargarle viñetas para publicarlas en sus ejemplares.

Junto con el escultor Alberto Sánchez y el pintor Manuel Díaz Caneja, ambos comunistas, y el también pintor Benjamín Palencia, entonces revolucionario, aunque después aburguesó sus ideas, se iban andando desde Atocha hasta Vallecas, con lo que dieron lugar a la mal llamada escuela de Vallecas: mal, porque no fue una escuela, por muy compenetrados que estuvieran en sus ideas políticas, más que en las estéticas, los señalados por los historiadores del arte como sus componentes.

En 1929 señaló Maruja su “iniciación en el marxismo”, cuando sustituyó la temática verbenera en sus cuadros por otra basada en las cloacas y los excrementos, lógicamente menos colorista. El 1 de julio de 1929 la influyente revista La Gaceta Literaria insertó un poema de Alberti titulado enigmáticamente “La primera ascensión de Maruja Mallo al subsuelo”, porque al subsuelo se desciende desde el suelo, es difícil ascender. Sin embargo, el poeta insistía en que debía mirar siempre hacia abajo, contemplar lo que nadie mira, y en cambio olvidarse del cielo, demasiado lejano para tomarlo como modelo.

Otro poeta, Miguel Hernández, enamoró a Maruja, que es la inspiradora de algunos sonetos de El rayo que no cesa, espléndido poemario impreso en 1936, pero también resultó imposible esta relación. El carácter de Maruja, contrario a todos los convencionalismos, dificultaba la posibilidad de un entendimiento común profundo. Tanto Alberti como Hernández se casaron y sus matrimonios fueron todo lo felices posible en aquellos momentos convulsos de la trágica historia de España, hasta que la muerte los separó de sus respectivas compañeras.

El trigo en la mano

Por su parte Maruja se unió a un gallego como ella, el sindicalista comunista Alberto Fernández Mezquita. Juntos asistieron a la manifestación sindical del 1 de mayo de 1936 en Madrid, y allí Maruja tuvo una revelación: vio una hogaza de pan enarbolada por una joven campesina, entre las banderas rojas y las tricolores que iluminaban las calles.

De esa visión surgió uno de los cuadros más representativos de la pintura española en el siglo XX, titulado “La sorpresa del trigo”. Fue el último pintado en España, el preferido por ella, el que se llevó al exilio y quizá debido a esa circunstancia se salvó de lo que Goya denominó los desastres de la guerra. Presenta la cara y las dos manos de una muchacha; las manos, por cierto, están reproducidas de una manera incapaz de colocarse en la realidad de la figura, por lo que resulta imposible decir cuál es la derecha y cuál la izquierda. Una de ellas, la vuelta hacia el espectador, enseña tres pequeñas espigas en la palma, y la otra, vuelta hacia el rostro de la campesina, tiene tres espigas granadas clavadas en otros tantos dedos.

Es un óleo de 66 centímetros de alto por un metro de ancho. Posee un cromatismo sobrio, con un fondo marrón suave sobre el que se esboza apenas un breve tono verdoso que alude al vestido, y que permite destacar el color de la carne de manos y cara, así como el azul de los ojos, el rojo de los labios y el castaño del pelo solamente un poco más oscuro que el fondo, expresado todo con gran economía.

Llaman la atención como protagonistas las tres espigas doradas, no sólo por el hecho de encontrarse clavadas en los dedos, sino por su tamaño. Los ojos de la campesina las observan con sorpresa, según refiere el título. El trabajo con las manos proletarias hace germinar el trigo, con el que se podrá elaborar el pan, alimento primordial de la humanidad. Por eso la pintora coloca las espigas en los dedos, puesto que son los favorecedores de la siembra en la tierra.

El trabajo de la tierra

Hay que añadir que en 1938, ya en su exilio liberador en Buenos Aires, pintó otro óleo que parece una consecuencia de éste, dentro de la serie La religión del trabajo. Titulado La tierra, muestra a una campesina de perfil, con una hoz en su mano izquierda, pero no la lleva agarrada, sino que se sostiene entre dos dedos, como en actitud oferente. El aspecto hierático de la muchacha contribuye a potenciar el tono religioso de la obra. Lo más llamativo es que una espiga de trigo se clava en su cuello, o nace de él como si estuviera en la tierra.

El cromatismo es plano, pasa del ocre al rojizo, con la llamada de atención impuesta por el negro de la hoz con un ribete azul, para convertirla en el elemento descollante del óleo. La hoz, el martillo o la red son instrumentos del trabajo asalariado, símbolos de los valores humanos en procura de su desarrollo.

Ella misma resaltó el proceso evolutivo de su obra, en una conferencia que leyó en Montevideo, titulada “Lo popular en la plástica española”. Lo hizo partir de su primera exposición, la celebrada en los salones de la Revista de Occidente en 1928, y lo prolongó hasta aquel año de 1936 en que tuvo la revelación de pintar La sorpresa del trigo, culminación de su obra plástica. Habían sido nueve años decisivos en la historia de España, y por ello en su propia vida. Lo explicó de este modo:

Así es la evolución de mi pintura, producción que arranca del arte popular del hombre (1928), cuya forma va subterráneamente por debajo de la transformación de mi obra y brota en conjunción con otras realidades. Sorpresa del trigo (mayo 1936) es como el prólogo de mi labor sobre los trabajadores del mar y tierra, compenetración de elementos materiales. El trigo, vegetal universal, símbolo de la lucha, mito terrenal. Manifestación de creencia que surge de la serenidad y la gracia de las dos Castillas, de mi fe materialista en el triunfo de los peces, en el reinado de la espiga.

Una fe compartida con Lorca, que ninguno de los dos alcanzó a ver realizarse, con el trigo como bandera. Los dos anhelaban ver instaurado el reino de la espiga, pero lo que llegó fue una sublevación militar de la que derivó una guerra atroz. Todavía sigue pendiente esa proclamación, por el momento utópica, pero que ha dado lugar a dos obras estéticas espléndidas, una literaria y otra plástica.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio
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Un comentario en “El reino de Maruja Mallo y de Lorca

  • el 6 julio, 2020 a las 11:50
    Permalink

    Muy bonito artículo, compañero Arturo.
    Un rescate cultural necesario… en estos tiempos de olvido concebido como una «estrategia de borrón y cuenta nueva» en beneficio de lo rancio y lo pardo-facha.
    Me animas a releer un libro corto y que me gustó mucho «LA CIUDAD DEL DIABLO AMARILLO» de Máximo Gorki, que da título a una selección de textos de Gorki agrupados en dos partes: En Norteamérica -que incluye el citado artículo- y una segunda parte de entrevistas al autor.

    Respuesta

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