El rey afor(r)ado

Fue un día 27 de Noviembre de 1975. Un joven príncipe Borbón, Bribón, Bourbon heredó del dictador Francisco Franco el usufructo vitalicio de un cortijo como botín de guerra. Ese cortijo llevaba el rótulo de España.

El nuevo rey lo era por la Gracia de Dios y el brazo incorrupto de Santa Teresa de Jesús, iluminados por la vigilante lucecita de El Pardo. Por aquel entonces, aún no se había desarrollado lo suficiente la moderna psiquiatría. Después de Hitler y Stalin resultaba metafísicamente imposible destacar en el campo del asesinato en masa como arma política.

La lógica, pues, consistió en concentrarse en un aguerrido minimalismo provinciano y feroz, con la inestimable ayuda de los obispos. Arrasar sin temor al Altísimo. En la dehesa franquista, los acuíferos subterráneos y los paisajes iban desbordados de sangre y del torturado dolor de los ciudadanos de una República consagrada por las urnas. Desde entonces se sabe que el fascismo no conoce otras reglas que las suyas. Elementales. Latrocinio patrio y garrote de terror sin límite. Durante 75 años esa finca España fue arada por la iniquidad y el espesante desatino de la fuerza bruta.

Ahora, después de mil bellaquerías y alguna sobresaliente estupidez, el rey Bourbon, Bribón, Borbón, se ha visto obligado a abdicar “para salvar la institución monárquica”. ¿Salvarla de verse salpicada por la corrupción? Demasiado tarde. La Casa Real ya está imputada. La sorpresa de la abdicación fue el día de gracia del 2 de Junio del año 2.014 en el calendario cristiano.

¿Cómo así, si al Borbón le gustaba tanto el boato más como a un percebe la roca?

Así pues, Alteza Borbón renuncia y nombra heredero del trono a su hijo varón Felipe. Actuó como hizo con él en su día su protector el general Franco; Juan Carlos I, ha traspasado la propiedad de la finca España con todos sus inquilinos dentro y sin preguntar. Por si acaso.

Entre los diversos motivos que se barajan los hay de mala salud y de despropósitos botarates. Uno de los más sonados fue el de introducir a la aventurera de lujo aristocrático Corinna en la alcoba real, tras un aventura africana de caza mayor con «trompas». La humillación a su consorte sobrepasó la infidelidad para entrar en la absoluta falta de respeto. La venganza estaba escrita, aunque revestido el despecho de marchamo profesional.

Otros factores de peso han sido el descalabro democrático de la casta política bipartidista que sostiene el tinglado posfranquista. La deriva catastrófica del país cuyo rumbo está a cargo de un timonel incapaz y mentiroso, el fango acumulado de una corrupción insultante, las fuerzas políticas jóvenes, ilustradas y comprometidas con la dignidad…Todo ello configuró un bolo difícil de digerir para el sistema. Esta vez no había posibilidad de inocular otra vacuna 23-F.

Alguien decidió que este era un momento culminante «lampedusiano». El sistema necesitaba un a cara nueva para emprender la continuidad. Es decir, entronizar a Felipe VI.

Sumido por completo en sus devaneos y trapisondas, Borbón como padre y esposo nunca fue gran cosa. El embrión Felipe VI eclosionó a la sombra clueca de su vigilante madre. Ella le edificó para el trono rival con paciencia. Pero las cosas se precipitaron con la llegada a las urnas de Mayo del movimiento Podemos; contrario al paradójico Movimiento inmóvil perpetuador del Antiguo Régimen.

Por cierto, nada más anunciar su abdicación, el rey se fue a presidir una corrida de toros. Genio y figura. Es sabida la identidad borbónica con la liturgia bárbara del folklórico latifundio desplantes, cuernos, perturbadoras pasiones, charcos de sangre, dehesas de bellota, mayorales a caballo, boñigas , moscas, torturada muerte de la belleza por el placer de un gesto. La tauromaquia, ese bolo atragantado en estos tiempos digitales de la modernidad inevitable.

La reina Sofía es una invitada permanente del Club Bilderberg, club de los amos del mundo. ¿En calidad de qué? Se supone que de representante de la Casa Real española. No consta que lo sea del Estado español. Bilderberg es ese vértice del poder trilateral. Significa los Rockefeller y la élite de la judería financiera mundial. Una recomendación suya no se puede rechazar.

Era el momento. Estaba claro que Juan Carlos I no daba ya la talla ni como Jefe del Estado ni como patriarca de la familia. No ha sido capaz de solventar las inherentes zozobras. Dinero en Suiza, comisionismos, amistades peligrosas, etc.

La marrullería intrínseca del personaje impide saber a ciencia cierta los motivos de la súbita renuncia al trono de su fortuna. Se pueden adelantar hipótesis, pero en el aire queda flotando un fétido ambiente de engaño y trampantojo muy propio de la Casa. En cualquier caso, Su febril apego a dinero no lo discute nadie en el reino. Se calcula que la cifra de su tesoro personal, producto de un largo reinado de ser-vicio, asciende a unos 2.000 millones, euro arriba euro abajo.

De la precipitada dimisión, aparentemente voluntaria, da idea la chapuza jurídica que se está perpetrando ahora mismo a nivel institucional. El binomio de la alternancia ha sido pulverizado por la prosaica realidad. El PP es voluntario, pero el PSOE está siendo sometido a presiones que lo están desintegrando, a causa de su compromiso con la monarquía; al parecer, su esencia ideológica y razón de ser es republicana. Pero Felipe González opina distinto. Lo demás son meros estatutos del partido.

La naturaleza barroca del españolismo fascista es muy proclive a los paroxismos psiquiátricos y, cuando menos, a los imposibles. El movimiento continuo, la cuadratura del círculo, las líneas paralelas convergentes, la horizontalidad tranquila, la santísima Trinidad, la inmanente honradez del poder vertical son algunos ejemplos de esta peculiar forma de ser de estar en er mundo del pasodoble torero.

Ocurre que, la llamada Transición a la democracia liberal desde el régimen parafascista, exigió el empleo de aceites lubricantes de gran poderío y persistencia en el tiempo. Así, la Ley de leyes del estado, la sagrada Constitución de 1978, exoneraba al rey de ser juzgado por los tribunales de justicia por cualesquiera delitos que hubiera cometido. Además de serlo reiteradamente de facto, el rey era “jurídicamente irresponsable”. Es decir en el reino de España, lo relativo quedaba consagrado como un absoluto. El rey es como Dios. Esta por encima de todas las cosas.

Pero, he aquí la tradicional chapuza hispánica. En el ordenamiento jurisprudente de la manida Transición, no faltaron las prisas de sus protagonistas por situarse, ni las tácticas maniobras, ni los ofuscamientos; cuando no el venal triunfalismo propio de nuestros viñedos y regadíos cerebrales.

Es decir, al abdicar el rey quedaba a la altura jurídica de un ciudadano común y corriente. Por tanto, se le puede denunciar y, en consecuencia sentar en el banquillo de los acusados. Como es el caso su propia hija Cristina en el sonado “affaire” Nóos.

Así que ahora, una vez más, la clase política está agitada por la evidencia del favoritismo sin disimulos. Una vez más el castigado ciudadano español tendrá que comulgar con otra magna rueda de molino. Es preciso aforar al ex monarca. ¿Por que? Evidentemente, para evitar que nadie pueda indagar acerca de los orígenes de la fortuna amasada valija a valija.

Estos días, en el Congreso, los monárquicos políticos del bipartidismo milenarista andan de cabeza y también de culo. Votan con urgencia una ley orgánica de abdicación. Al mismo tiempo, tienen que aforar al rey saliente para protegerlo de la curiosidad. Como el conejo de “Alicia en el país de las maravillas”, miran obsesivamente el reloj y repiten el mantra “Hay que aforar al rey, hay que aforarlo cuanto antes”. El propio Consejo General del Poder Judicial así lo ha demandado. Y la lumbrera que preside el Congreso, un tal Jesús Posadas, escancia en las portadas de la Prensa de que, en este lapso de vacío jurídico, “alguien decida aventurarse y liarla”.

Pero todo esto es ridículo. El mismo Borbón ha repetido públicamente que todos somos iguales ante la ley. Si eso es así, no vemos la imperiosidad de aforarlo. De esta manera sí sería igual que todos. Y recibiría la misma respuesta que el ciudadano común, cuando el poder policial le atosiga con leyes y reglamentos represivos: “Si no has hecho nada malo no tienes nada que temer”.

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