Arturo del Villar*. LQS. Marzo 2019

No por azar, sino con el propósito de destruirlo, para culpar a los republicanos de no salvaguardar el principal tesoro cultural español, el Museo del Prado fue bombardeado el 16 y el 19 de noviembre de 1936

Su majestad el rey católico nuestro señor ha entregado este 19 de marzo los Premios Nazionales de Cultura en el Museo Nacional del Prado. Entre los galardonados destacaba por su borbonidad Ágatha Ruiz de la Prada, distinguida en la categoría de diseño de moda, por ir vestida con la bandera rojigualda borbónica, poniendo así una nota pintoresca al acto, y demostrando su sumisión monárquica. También destacó por su ausencia el torero Enrique Ponce, convaleciente de una cogida, porque para los borbones el toreo es un instrumento de tortura, no, perdón, quiero decir de cultura.

Nuestro señor leyó un discurso con los tópicos habituales para la ocasión, en el que merece destacar esta opinión del escriba de turno:

Nos encontramos en un lugar muy apropiado para celebrar o reconocer la creatividad. El Prado es España y no podemos dejar de reconocer en este acto de Estado a todas las personas que han hecho posible con su compromiso y esfuerzo inteligente que nuestro país encabece y lidere las listas de las mejores pinacotecas del mundo.

Una opinión muy nazionalista, pero discutible. El Museo más importante y más visitado del mundo está en París, y es del de Louvre, creado en 1793, después del triunfo de la Revolución Francesa que guillotinó a sus borbones. Su colección de pintura francesa e italiana es fabulosa, en la que destaca la Gioconda, siempre rodeada por una turba de admiradores japoneses; también cuenta con unas salas de pintura española. Y la primera pinacoteca, dedicada exclusivamente a la pintura, es la National Gallery de Londres, inaugurada en 1824, por su extraordinaria colección de pintura europea desde el siglo XIII al XIX.

El Museo Real de Pinturas

El Museo del Prado fue inaugurado privadamente el 19 de noviembre de 1819, como Museo Real de Pinturas, propiedad del rey. Allí se habían reunido las llamadas colecciones reales, compradas efectivamente por los reyes para su exclusivo disfrute, gracias a los impuestos recaudados a sus hambrientos vasallos, sobre todo desde Felipe II, a quien le entusiasmaban las artes de temática religiosa, con las que se refocilaba su fanatismo, por lo que no pudo comprender al Greco.
Reinaba entonces el felón Fernando VII, apodado Narizotas por sus vasallos, en pleno absolutismo. A él no le interesaban nada las artes, así que regalaba alegremente las pinturas de los mejores maestros, según está probado históricamente, y merece la pena recordarlo para subrayar la catadura del más infame de los borbones, con serlo todos. El rey José Bonaparte, al saber que debía regresar a Francia porque los españoles preferían a la fatídica dinastía borbónica, ordenó cargar unos carros con joyas y objetos de arte, para llevarse un recuerdo inolvidable de España. Pero el 21 de junio de 1813 fueron derrotadas las tropas francesas en Vitoria por una coalición militar de españoles, portugueses y británicos, al mando de sir Arthur Wellesley, lord vizconde de Wellington y duque de Ciudad Rodrigo.
El vizconde—duque escribió a Narizotas, explicándole que sus tropas se habían apoderado de una valiosa colección de pinturas incautada por el rey prófugo, y pedía instrucciones para depositarla en donde correspondiera. Su asombro fue tan grande como la nariz del rey repuesto, al leer en su respuesta que le regalaba los cuadros. Volvió a escribirle advirtiéndole que se trataba de piezas importantísimas, por lo que debían reintegrarse a sus lugares de origen. La segunda respuesta del rey fue copia de la primera, típicamente borbónica, puesto que no ha habido ni un solo Borbón aficionado al arte y decidido a proteger a los artistas. Cuando alguno se ha interesado por una colección de piezas artísticas, lo ha hecho para venderlas, no para colgarlas en las paredes de sus palacios. Los borbones prefieren exhibir trofeos de caza mayor, incluso si se trata de osos emborrachados.

El Museo se hizo Nacional

La segunda mujer de Narizotas, Isabel de Braganza, sí estaba educada en el respeto a las artes. Ella fue la que pensó reunir, en un edificio construido para otro uso, los objetos artísticos almacenados en las llamadas colecciones reales. Por eso se le denominó inicialmente Museo Real de Pinturas, propiedad de los borbones, como todo lo existente en el reino. Aquel 19 de noviembre de 1819 a Narizotas le quedaban unas semanas de absolutismo, por el momento, ya que el 1 de enero de 1820 se alzó en Las Cabezas de San Juan el heroico Rafael de Riego, y proclamó la Constitución de 1812, que el rey se vio obligado a jurar, para perjurarla tres años después y volver al absolutismo criminal: los borbones se pasan las constituciones, los juramentos y el honor por las narices, que para eso las tienen muy largas.
La Revolución Gloriosa de 1868 expulsó de España a su golfísima hija putativa (y tanto) Isabel II, y cambió el nombre de Museo Real de Pinturas por Nacional. Según decretos de la Regencia de fechas 25 de noviembre de 1870 y 22 de marzo de 1872, amplió su nombre como Museo Nacional de Pintura y Escultura, al recoger las obras albergadas en el antiguo Museo de la Trinidad, llamado así por hallarse instalado en el que fuera convento de la Trinidad, al comienzo de la calle de Atocha.
Allí se habían ido reuniendo las obras de arte sacadas de los numerosísimos conventos e iglesias, en virtud de las leyes desamortizadoras de Mendizábal. Por ese origen tenían casi exclusivamente temática religiosa, que ha sido secularmente la preferida por los pintores españoles, coartados en su inspiración por la vigilancia de los inquisidores, contrarios a las representaciones de escenas paganas, y sobre todo de desnudos, con la única excepción del cuerpo de Jesucristo en la cruz.
Por lo tanto, el Museo Nacional dejó de ser propiedad de los reyes gracias a la Gloriosa Revolución, y puede decirse que como tal existe desde 1872, durante la Regencia del general Serrano. En 1920 se le cambió el nombre por el de Museo Nacional del Prado, debido al paseo en donde se asienta el edificio, y así se le conoce internacionalmente.

Salvado por la República

Si existe todavía es gracias a los dirigentes de la II República, que lo libraron de las bombas lanzadas por la aviación nazifascista al servicio de los militares monárquicos sublevados en 1936. La intención de los rebeldes consistía en atemorizar al pueblo madrileño, en sus inútiles propósitos de invitarlo a rendirse. Pero Madrid entero gritó “¡No pasarán!”, y nunca se rindió, tuvo que ser traicionado por los caínes que debían defenderlo, para que los rebeldes cercenaran su libertad.
Durante la guerra el Museo se hallaba oportunamente señalado día y noche, como otros edificios históricos, monumentos artísticos y hospitales, para evitar que los aviones nazifascistas lanzaran bombas al azar y los dañaran. No por azar, sino con el propósito de destruirlo, para culpar a los republicanos de no salvaguardar el principal tesoro cultural español, el Museo del Prado fue bombardeado el 16 y el 19 de noviembre de 1936. La techumbre y el exterior sufrieron daños, pero las bombas nazifascistas no penetraron en las salas. Así se salvaron, por casualidad, las pinturas de las intenciones aniquiladoras de los sitiadores. Los nazis alemanes empezaron quemando libros y acabaron robando obras de arte en su propio beneficio. Los fascistas italianos crearon su propia cultura, despreciando la histórica.
Hay una obra de Rafael Alberti que tiene como tema esos acontecimientos: Noche de guerra en el Museo del Prado. Su compañera María Teresa León recuerda en su Memoria de la melancolía que ella misma había dirigido el traslado de algunos cuadros del monasterio de El Escorial hasta el Museo del Prado, pensando que allí estarían protegidos de la barbarie nazifascista. El bombardeo demostró que no era así, y por eso el Gobierno presidido por Francisco Largo Caballero tomó la decisión de evacuar los tesoros artísticos del Museo, para librarlos de la destrucción buscada por los sitiadores de Madrid. Lo explica así María Teresa:

Arriba todo el Museo estaba en pie de guerra. Las ventanas habían sido protegidas por maderas y sacos terreros, la larga sala central era como una calle después de una batalla, la huella de los cuadros manchaba de recuerdos melancólicos las paredes desnudas; hasta la luz que bajaba de las cristaleras rotas era funeralmente triste. […]
Faltaba madera de entarimar para hacer los cajones de los embalajes y no teníamos camiones, porque cada camión del frente tenía su tarea señalada. Recurrimos al Quinto Regimiento, recurrimos a los ferroviarios. Los ferroviarios se encargaron de traernos la madera de unos almacenes que se habían quedado entre dos fuegos, en el Cerro Negro. El V Regimiento y la Motorizada dieron el transporte y la protección para el camino. […]
Pero al pasar el puente de Arganda fue necesario bajar los cuadros y hacerlos cruzar a hombros al otro extremo, pues el andamiaje era demasiado alto. [Citado por la edición de Bruguera, Barcelona, 1982, pp. 234 ss.]

Milicianos anónimos, hijos del pueblo, salvaron el mayor tesoro artístico español, evitando su destrucción por las bombas de los militares monárquicos sublevados y sus patrocinadores alemanes e italianos, que les prestaban sus aviones para que aniquilaran al pueblo con su historia. ¿Se referiría a estos milicianos nuestro señor el rey, cuando aludió “a todas las personas que han hecho posible con su compromiso y esfuerzo inteligente” la existencia del Museo? Sospecho que no, porque los bombarderos nazifascistas dieron la victoria a los militares golpistas, y así fue posible que la dinastía borbónica expulsada por el pueblo recuperase el trono gracias a la traición.
En total fueron 71 camiones los que trasladaron 1.868 grandes cajas de Madrid a Valencia. Después viajaron a Barcelona, de allí a Perelada, a Figueres, a La Bajol, y al entrar en Francia fueron trasladados a un tren que los condujo hasta Ginebra, en donde quedaron depositados al cuidado de la traidora Sociedad de Naciones, que abandonó a la República Española ante la agresión nazifascista.
Por orden de Azaña

El 18 de junio de 1939 el ya expresidente de la República Manuel Azaña comenzó a escribir una larga carta a su amigo Ángel Ossorio, ambos en el exilio de su patria para preservar su libertad. Entre otras cosas le explicaba:

Repetidamente le llamé la atención a Negrín: “El Museo del Prado –le dije en una ocasión–, es más importante para España que la República y la monarquía juntas.” “No estoy lejos de pensar así”, respondió. “Pues calcule usted qué sería si los cuadros desapareciesen o se averiasen gravemente.” “Sí: un gran bochorno.” “Tendría usted que pegarse un tiro”, le repliqué. [Obras completas, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2007, vol. VI, p. 627.]

El presidente de la II República Española era un intelectual, un escritor, un hombre culto que trató de cultivar a los españoles, mediante el desarrollo de la educación pública; no lo consiguió con los militares africanistas, ascendidos en la guerra colonial de Marruecos, organizadores de otra guerra que causó la muerte a un millón de españoles a consecuencia del conflicto y la posterior represión, echó al exilio a otro millón, y la cárcel a los restantes, porque toda España se convirtió en una inmensa prisión durante los 36 años de dictadura sanguinaria.
¿Se referiría nuestro señor el rey a la decidida actitud de Azaña para poner a salvo los tesoros del Museo del Prado, preservándolos de la barbarie destructora nazifascista al servicio de los militares monárquicos sublevados, al evocar a las personas que hicieron posible al Museo llegar a ser lo que hoy es? Sospecho que no, porque él le debe el trono al mayor traidor de la historia de España, el dictadorísimo que designó a su padre sucesor suyo a título de rey, después de haberle jurado lealtad a su persona y fidelidad a sus leyes ilegales. Debe destacarse que es el único juramento cumplido por un Borbón a lo largo de la historia.
El dictadorísimo reclamó a la Sociedad de Naciones la devolución de los cuadros que los aviones a su servicio habían tratado de aniquilar, y efectivamente se los entregaron. Una demostración más de la soledad de la República Española, defendida únicamente por la Unión Soviética y los Estados Unidos de México. Esta historia verdadera de España no la menciona nuestro señor Felipe VI, porque no se la redacta el escriba, desde luego, pero también porque no le interesa conocerla. Él vive letízicamente sosegado en la placidez de su reinado. Igual que su bisabuelo Alfonso XIII antes de las elecciones del 12 de abril de 1931.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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