El ruido como arma

Nònimo Lustre*. LQS. Abril 2021

Repetir como loros los versos de fray Luis de León, nos enseñó a los niños del franquismo que las diéresis servían para romper diptongos; así fue como aprendimos que no era lo mismo ruido que ruïdo. El primero es tosco; el segundo es elevado, propio de los afortunados que huyen del mundanal ruïdo. Años después, tras la invasión anglosajona, aquella diferencia dejó de percibirse siendo sustituida por la semejanza entre sound y noise -la vida pasó a ser “a tale told by an idiot, full of sound and fury, signifying nothing”, Macbeth dixit.

Los párrafos siguientes versan sobre cómo el Poder disfraza al ruido para que sea confundido con la música. Y de cómo amalgama ese antagonismo como si fuera ‘natural’ –de hecho, como leeremos en el primer parágrafo, lo aplica incluso al mundo aviar. Asimismo, observaré que esta insidiosa operación la efectúa por omisión o por acción.

La omisión de la música galante

A veces, es difícil distinguir entre acciones por omisión o por acción. Ejemplo: a los indígenas se les suprime la música de sus lenguas embarazándola con el ruido de los programas estatales de educación bilingüe. Pero, visto que este es un tema muy estudiado, lo dejaré en cartera hasta otra ocasión. Y continúo narrando las nefastas consecuencias que desencadena entre unos pajaritos australianos la invasión del ruido occidental –ahora enmascarado como ‘pérdida del hábitat natural’:

En estos días, ha aparecido en los medios de tergiversación un artículo periodístico que ofrece al vulgo un resumen de un paper científico [vid Crates R, et allii. 2021. “Loss of vocal culture and fitness costs in a critically endangered songbird”; en Proceedings of the Royal Society B 288: 20210225. https://doi.org/10.1098/rspb.2021.0225] Este ensayo analiza la desdicha que acecha al Anthochaera phrygia (Aph, regent honeyeater, mielero regente), una suerte de jilguero grande, de unos 40 grs. de peso, endémico del sureste australiano donde fue común pero que, ahora, está a punto de ser exterminado –sólo quedan pocos cientos de parejas. Por ello, desde 2011, está catalogado como “especie en peligro crítico de extinción”.

Anthochaera phrygia

Crates et allii demuestran que las crías de Aph no logran aprender las llamadas de apareamiento emitidas por los especímenes adultos. En las zonas habitadas por un gran número del Aph los machos emiten «canciones ricas y complejas», mientras que en las regiones donde la población de la especie ha disminuido los machos pían tonos simples y «de manera completamente incorrecta… Esta incapacidad para comunicarse con su propia especie no tiene precedentes en un animal salvaje. Suponemos que el número del Aph es ahora tan bajo que muchas aves jóvenes no encuentran adultos que les enseñen… que no puedan aprender a cantar de manera correcta «afecta seriamente su capacidad de comunicarse… con el consiguiente declive poblacional… puesto que una canción sexy aumenta las probabilidades de reproducción de los pájaros cantores. Las hembras evitan a los machos que cantan de manera incorrecta» -afirman Crates et allii.

Hago un inciso que no es una digresión: ¿por qué unos canarios cantan de una manera y otros de otra? Independientemente de que unos ganen concursos y otros no, de este hecho se desprende un detalle: que el canario no canta de felicidad sino por todo lo contrario, pía y pía (tuít tuít, twitter) de rabia y desesperación. Conclusión: si naces canario, es mejor nacer mudo y morir en el aire que nacer cantarín protestón para morir en una jaula condenado a cadena perpetua.

Aquí entra en juego el método y los datos que se pormenorizan en el paper pero que son obviados por los periodistas: Crates et allii se apoyan en un caudaloso corpus de datos sobre la demografía, etología, geografía y etcétera del Aph. Gracias al uso crítico de ese acumulado, disponen de multitud de grabaciones ‘antiguas’ que les permiten especular con el proyecto de enseñar a los Aph prisioneros esas tradiciones sonoras –quizás así los pichones presos aprenderían las melodías de cortejo y regresaría la reproducción de la especie.

No obstante esa bonhomía, los ornitólogos se toparon con dos problemas mayúsculos: a) el canto de los individuos Aph cautivos es diferente al de la población salvaje; por ende, de poco serviría liberarles puesto que no serían suficientemente atractivos para procrear. Y b), lo que resulta muy significativo: según la comarca donde sobrevivan, esos jilguerotes trinan, gorjean, bufan o insinúan distintas melodías. Es decir, hablan lenguas diversas entre sí. Dados mis rudimentarios saberes ornitológicos, no sé si tienen alguna suerte de idioma común –sean frases elementales, sea un discurso general-, pero, por ahora, nos interesa más certificar que tienen variedades culturales intra-específicas. Un campo que fue investigado en profundidad cuando se supo, por ejemplo, que unos chimpancés de la comarca Tal usaban herramientas de manera distinta a los chimps de la comarca Cual. Bueno, pues ahora, a la lista de los simios multiculturales, debemos añadir a los Aph.

Finalmente, conste en acta que la extinción (‘exterminación’ es tabú) del jilguerote aussie es endilgada al comodín de la “pérdida de hábitat natural”. Corolario suficiente para la plebe pero engañosa por reduccionista –incongruentemente, dispara por elevación derivando las causas y las culpas a unas abstracciones como fueron antes la codicia o la religión y ahora es ‘el cambio climático’. Pero, cortando por lo sano, en el caso de la Anthochaera phrygia, debo afirmar que esta avecilla canora está siendo exterminada por el ruido. O, si lo prefieren, por supresión del canto ancestral.

La acción de la música militar

El Poder es bifronte y, lo mismo que mata por omisión a las aves canoras, otras veces lo hace por acción… a menudo contra los humanos. Uno de los casos más antiguos y más conocidos es el de las trompetas de Jericó. Así narra la Biblia las órdenes del tremebundo –y genocida – dios Jehová:

“Siete sacerdotes llevarán siete cornetas de cuernos de carnero delante del arca. Al séptimo día daréis siete vueltas a la ciudad, y los sacerdotes tocarán las cornetas. Y sucederá que cuando hagan sonar prolongadamente el cuerno de carnero, cuando oigáis el sonido de la corneta, todo el pueblo gritará a gran voz, y el muro de la ciudad se derrumbará… la ciudad será anatema a Jehová; ella con todas las cosas que están en ella. Sólo vivirá la prostituta Rajab”. Y, en efecto, los obedientes siervos de Jehová –o de Josué, no recuerdo bien-, “destruyeron a filo de espada todo lo que había en la ciudad: hombres y mujeres, jóvenes y viejos, hasta los bueyes, las ovejas y los asnos.” (Jos.: 6)

La Historia de Occidente está plagada de episodios donde se utilizó la música militar –sí, una chistosa contradicción- con las peores intenciones. Pero, como no es cuestión de desgranarlas, me voy sin desmayo a la contemporaneidad que retratan las siguientes cuatro situaciones:

En 1989-1990, 26.000 soldados gringos invadieron Panamá en lo que llamaron la Operation Nifty Package. So pretexto de capturar al general Manuel Antonio Noriega Moreno (MN, 1934-2017, supuesto o real narco es pormenor que no nos atañe), asesinaron a miles de civiles –pocos años después, pude apreciar las huellas de los bombardeos y del fuego en las paredes de El Chorillo y otros barrios populares. Cuando MN se refugió en la embajada del Estado Vaticano –también conocida como Nunciatura Apostólica-, es archisabido que los serial killers uniformados la rodearon y la atormentaron con música heavy metal a todo trapo. Los grupos y temas más infringidos fueron: The Clash (I Fought the Law), Guns n’ Roses (Welcome to the Jungle), AC/DC (You shook me all night long) y Jethro Tull (Too old to rock n’roll: Too young to Die) El día 03.enero.1990, MN fue entregado a los gringos por el Nuncio, el infame José Sebastián Laboa Gallego (1923 –2002) que el diablo confunda. Pero, antes de ello, observemos algunas circunstancias:

¿Por qué esta manifiesta animadversión a Mgr. Laboa? En primer lugar, declaro en tiempo y forma que MN me causa casi la misma impresión y ese casi es porque MN fue el perdedor mientras que Laboa fue colmado de bendiciones -servidor guarda cierto respeto por los presos, aunque sean generales, narcos o lo-que-sean. De todas formas, lo que hoy me interesa subrayar es el papel que desempeñó en este trance el susodicho obispo donostiarra. Y es que difícilmente encontraremos en la Historia contemporánea un mejor ejemplo de la duplicidad inherente a los diplomáticos vaticanos. Y, si me apuran, del Vaticano mismo en claro contubernio con los EEUU.

Veámoslo con alguna concreción: al principio, dijo un muy humanitario Laboa que se vió obligado a acoger en sagrado a MN porque éste le chantajeó asegurándole que, de lo contrario, se iría al monte y desataría una guerra de guerrillas. Simultáneamente, confesó que estaba «sorprendido y consternado» de que MN se refugiara en su Iglesia. El tiempo demostró que ocurrió al revés, que fue Laboa quien insistió a MN en que aceptara tan dudoso tipo de asilo y que incluso le mintió descaradamente informándole de que ningún país le acogería. Pero, lo más significativo: Monseñor subrayó con letra gorda que no tuvo tiempo para consultar al Papa –caray, qué mal funcionaban aquellos teléfonos, teletipos y telegramas. En el mismo sentido, el portavoz del Vaticano, el opusdeísta Joaquín Navarro-Valls, declaró que MN “no sería entregado”. Y que, vuelta al grosero subrayado, que Juan Pablo II no se había pronunciado sobre el tema -excepto para lamentar las muertes causadas por la «imprudencia absurda».

Durante los primeros días, los sofismas vaticanos llegaron a una cumbre léxica: MN no estaba asilado sino que «era una persona en refugio»; inquilino, por cierto, en una habitación «austera» sin aire acondicionado ni televisión y con un solo libro –sobra decir, los Evangelios.
Tras diez días de heavy metal, el finísimo psicólogo tonsurado perdió su piel de cordero y enseñó sus dientes. Amenazó dura y explícitamente a MN con revocarle el santuario si no se rendía a los EEUU. Pero, al mismo tiempo, negó la tal presión declarando en cambio que había utilizado su propia «campaña psicológica calibrada con precisión». Lo cierto es que ya estaba solicitando tanto a Panamá como al Vaticano que aceptaran extender la propiedad de la embajada para incluir otro edificio diplomático. Según declaró a la UPI más tarde un amigo (¿) de Laboa, éste quería «ir a trabajar en Noriega, tejer una especie de hechizo a su alrededor hasta que se dé por vencido». También había escrito al Ejército de los EEUU, otorgándoles su permiso para asaltar la Nunciatura si los gringos creían que su vida –obviamente la del obispo- estaba en peligro. Finalmente, Laboa concluyó que, si MN no se rendía, el personal papal se mudaría a una escuela secundaria católica y lo declararía la nueva embajada.

Finalmente, el ya mentado día 03.I.1990, MN asistió a la misa en la capilla de la Nunciatura y hasta comulgó. La homilía de Laboa discurrió directamente sobre el ladrón en la cruz que en un momento le pidió a Dios que cambiara su vida. Y el calificado como ladrón, el general ‘Cara’e piña’ se rindió. El ínclito portador del mantelete morado –aún no púrpura que es privilegio de los cardenales-, declaró muy presumido a la prensa que se sentía orgulloso de haber «burlado» a MN, porque «soy el mejor en psicología» –versión actualizada de la Invasión de las Yndias, cuando los bautizos masivos se lograban al amparo ‘psicológico’ de las armas de fuego.

Conclusión: por mucho que Laboa y Navarro-Valls se esforzaran en asegurar con tanta desfachatez como inverosimilitud que el Papa no-sabe-no-contesta, es obvio que Laboa cumplió a rajatabla las instrucciones del papa Juan Pablo II, comandante del batallón eclesiástico o planificador de la quinta columna durante la invasión de Panamá –y de tantas otras. Pero esto nunca lo sabremos oficialmente porque, como bien se sabe, “Para el Vaticano, todo lo que no es sagrado es secreto”.

En 1996-1997, aprovechándose de una cuchipanda en la residencia del embajador japonés en Lima, el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) secuestró a cientos de prebostes y magnates peruanos y extranjeros-con-papeles. Durante cuatro meses, el ejército peruano aplicó a los guerrilleros la misma táctica ya vista en el caso panameño; sólo que, en Lima, en lugar de heavy metal se utilizó música militar. Al final, el 22.IV.1997, 140 comandos peruanos asaltaron la residencia, liberaron a los rehenes –algunos murieron durante el rescate-, y asesinaron a sangre fría a los secuestradores que ya se habían rendido.

Desde 2003, durante la invasión de Irak, el ruido fue estudiada como uno más de las variables bélicas. Y no precisamente de las menos productivas: “Belliphonic sound in this scenario was regarded not as noise but rather as a valuable signal” (p. 34 passim, en Daughtry, J. Martin. 2015. Listening to war: sound, music, trauma and survival in wartime Iraq; Oxford University Press; disponible en ZLibrary)

En 2016, cual si los diplomáticos gringos fueran jilguerotes aussies, la propaganda gringa desató una histeria acústica que, a la postre, quedó en nada: Cuba fue acusada de empezar en La Habana una guerra psicológica contra la Embassy ensayando un «ataque sónico». Llegaron a propalar que 26 funcionarios gringos habían padecido “diversos problemas de salud” -dolores de cabeza, presión en los oídos, mareos y confusión. Huelga añadir que el gremio de los otorrinos colaboró con el bulo. En otras palabras, no desperdiciaron semejante ocasión de oro para colocar en el mercado seudo-bélico su ‘profesionalidad’.

En resumiendo que es gerundio: por omisión o por acción, desde Australia hasta la antigua Palestina pasando por Panamá e Irak, desde los jilguerotes hasta los cubanos -con razón o sin ella-, disfrazado a veces de música, el ruido es un arma letal. Y más aún cuando hay tanques por medio.

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