Acacio Puig*. LQS. Septiembre 2018

“¡Si amanece, nos vamos!”, “¡Si amanece nos vamos!”…

En febrero de 1970 el dramaturgo Antonio Buero Vallejo estrenó en el Teatro Reina Victoria de Madrid la obra El sueño de la Razón, pieza valiente por lo que denunció y discreta por lo que defendía.

El contexto: el triste paisaje socio-político-cultural del franquismo tardío.
El asunto: Goya, el gigante sordo recluido en la Quinta en compañía de Leocadia su postrer joven amante y ama de llaves, pasa por las armas del discurso al régimen absolutista del rey Fernando VII, el déspota entronizado por conservadores y liberales como repulsa política a la invasión napoleónica.

Por desgracia con Fernando “el narizotas”, se enterraba en España el librepensamiento entre griteríos y soflamas populares del siniestro ¡Vivan las cadenas! Logrado el trono, acudirán en auxilio del autoritarismo fernandino, censores, inquisidores, militares asustados por la ejecución de Riego (y las consiguientes purgas en el ejército) y activas bandas armadas bautizadas como Los Voluntarios del Rey.
Y como telón de fondo, crímenes que no cesan, el asalto a las viviendas de familias progresistas, las torturas y los asesinatos de opositores cuyos cadáveres acabarán en las cunetas.

En medio de esas tinieblas Francisco de Goya pinta y expresa el horror al que va dando forma con sus pinturas negras…Poderoso testimonio pictórico cuando, dormida la razón, se hacen visibles la barbarie, la superstición y las fanáticas servidumbres de la esclavitud aceptada. Enhiestos los martillos reaccionarios contra herejes, masones, contra ilustrados en suma, Fernando VII dará libre curso a sus ansias de poder y a su enfermiza necesidad de humillar la inteligencia (“¡No quiero gallos de pelea! ¡Quiero vasallos sumisos, que tiemblen!”).

El genio aragonés resiste en la Quinta, en el vértigo de las pesadillas del Aquelarre, de la bacanal de monstruos que aúllan su ¡viva la muerte!… y por medio de Goya, también resiste Buero.
Durante aquél crepúsculo del franquismo que pretendía una mínima ratio de “normalización cultural”, siempre acompañada por la durísima represión selectiva, Buero, Sastre, Raimon, José Ortega y tantos otros mantuvieron abiertas las trincheras de la oposición cultural a la dictadura. Después de tres décadas de cruenta represión de masas y cubierto el objetivo enunciado por el general Mola de aterrorizar al conjunto de la población, la dictadura buscaba cómo sucederse a sí misma, cambiando lo mínimo, atando el futuro y combinando apertura (El sueño de la razón) y prohibiciones (fue el caso de Marat-Sade de Peter Weiss en traducción de Alfonso Sastre y suspendida al día siguiente de su estreno en el Teatro Español de Madrid).

De modo que tras la corteza de los simulacros, los monstruos goyescos arrancan con alucinadas presencias todos los disfraces para alumbrar la diabólica y cruda verdad de los criminales por la gracia de dios, ayer Fernando VII y entonces -en el no tan lejano año 1970- “el generalísimo” Franco y su régimen como subtexto y alusión velada.

La permanente presencia de pinturas y grabados que emergen y se desvanecen en un formidable reto escénico, la reiterada alusión a Saturno devorando a sus hijos, los temores y los celos del gigante sordo, sus dudas entre el exilio y la resistencia…tejen la dimensión existencial de quien, anciano y vencido, acabará refugiándose en Burdeos, como más tarde, tantas fatigadas personalidades republicanas optarían por el exilio fuera interior, en otros países o mediante el recurso a un antifranquismo pragmático, en definitiva prudente y elusivo.

Y finalmente, El sueño de la razón nos arroja un Goya amargo y decepcionado que ante la barbarie que asola su lamentable patria, parte a Francia.
“¡Si amanece, nos vamos!”, “¡Si amanece nos vamos!”… En la España de 1970 el Amanecer seguía siendo sangriento y con ribetes falangistas.

* Acacio Puig, artista plástico y pensionista. Histórico militante de la izquierda revolucionaria, represaliado por el franquismo, activista memorialista

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