viaj7Juan Gabalaui*. LQSomos. Agosto 2016

Probablemente el turismo sea una de las grandes plagas que amenaza la cultura, las tradiciones y la forma de vida de un país. Los turistas viajan con el interés de conocer otra cultura u otro país lo cual es, sin duda, una oportunidad, si se tiene la posibilidad económica de hacerlo, pero a su vez forman parte de un engranaje que ayuda a convertir los países en postales y sus costumbres en una escenografía sin valor práctico, más allá de los ingentes beneficios de los que se aprovechan del circuito turístico. Me encanta viajar y lo hago siempre que puedo. Formo parte en muchas ocasiones de ese engranaje. La contradicción también forma parte de mí porque me resulta difícil conjugar mi interés por otras culturas y mi opinión sobre los efectos que el exceso de turistas provoca en las ciudades y países que visito y en la propia ciudad en la que resido. Puedes tomar algunas precauciones pero no se dejará de formar parte de un proceso transformador de esas sociedades que no considero beneficioso.

Un ejemplo es el Barrio de las Letras de Madrid (antaño Huertas o Barrio de San Juan). El nombre es una marca, creada entre el ayuntamiento y la, en su momento, incipiente asociación de comerciantes, para atraer a los turistas a un barrio en el que han vivido insignes escritores como Lópe de Vega y Miguel de Cervantes. Los antiguos nombres que se le han dado a esta zona no debían tener suficiente fuerza publicitaria como para recuperarlos o mantenerlos. No se consultó a los vecinos. Se mandó una carta informando del nuevo nombre y del perímetro que ocupa. Algunos hoteles que no se encuentran dentro de este perímetro se publicitan como pertenecientes a esta ilustre zona. Las actividades que se organizan no tienen en cuenta al vecino ya que es la Asociación de Comerciantes del Barrio de las Letras quién propone y ejecuta. Esto implica que las actividades están relacionadas con las tiendas que forman parte de esta asociación. No existe una organización vecinal que pueda hacer de contrapeso a la acción comercial. Se organizan actos publicitarios en la plaza Santa Ana para vender automóviles. Se favorece la presencia de negocios que puedan absorber la cada vez mayor presencia de turistas: bares, restaurantes y hoteles. La superficie ocupada por las terrazas de los bares ha aumentado considerablemente a costa del espacio público. Hoy es posible ir de terraza en terraza sin tocar el suelo de Santa Ana. Hace años en la plaza del Ángel había una sola terraza, la del Central, ahora hay siete. Evidentemente no es una demanda vecinal, que ven cómo su barrio se está convirtiendo en un escaparate y que cada vez hay menos espacio para pasear. Si se compra un edificio ya no es para hacer viviendas sino hoteles y a esto se une la cada vez mayor proliferación de apartamentos turísticos. Los vecinos ven que en sus edificios hay nuevos pobladores cada dos por tres, con lo que esto afecta a la vida comunitaria. Los negocios se adaptan a la presencia del turismo a lo que habría que añadir la gentrificación que, al alimón, amenazan con cambiar la fisionomía del barrio y desnaturalizar la misma esencia que lo convirtió en atractivo. Desaparecen los negocios locales y se abren tiendas de muebles vintage y ropa de segunda mano. No se crean instalaciones pensadas para los vecinos: centros culturales y deportivos o biblioteca municipal. Las plazas ocupadas por las terrazas y no por niños jugando a la pelota. Faltan árboles, fuentes para refrescarse y bancos para sentarse. Los precios en estas condiciones aumentan, tanto los de la vivienda como la compra de alimentos y otros productos básicos. Falta que los vecinos sean el punto de referencia principal de cualquier política comunitaria. Falta organización y autogestión. Al final los turistas pasearán por espacios sin alma.

La destrucción de la industria, la agricultura y los trabajos tradicionales ha condenado a muchos países a vivir del turismo. Los turistas son el tesoro del tío Gilito y esperan zambullirse dentro de cientos de monedas de oro. Cuando formas parte del circuito turístico no conoces un país. Lo malconoces. Los paisanos no se relacionan contigo sino con el turista y esta relación está mediatizada por el dinero. Se crean trayectos específicos con los que transforman la naturaleza de un espacio determinado. Este forma parte del turismo masivo y su presencia modifica el lugar, que se adapta a las expectativas del visitante. Los precios aumentan y la calidad del producto disminuye. Paseas por un lugar histórico que es la sombra de lo que fue y tus propios pasos difuminan aún más su pasado. En algunos países el exotismo es el remedo sin alma de lo que en otro tiempo tuvo sentido y los turistas hacen posible lo que su imaginación muchas veces ha recreado. Sin importar las consecuencias que eso pueda tener. Se puede contratar una actividad para montar en un elefante desconociendo que existen organizaciones locales que han denunciado el maltrato de estos animales. El sueño es montarlo. La realidad es el maltrato que reciben. El circuito turístico oculta estas realidades y se aprovecha del no querer saber de los emocionados visitantes. Es como cuando sacas una foto a un edificio histórico maravilloso y al ampliar el foco observas que está rodeado de basura. Interesa la imagen que atraiga a más y más turistas pero no para limpiar esa basura. Se vende la idea de que se trae riqueza al país pero el monstruo del sueño de la razón del turismo es que los pobres seguirán pobres y los que obtienen los beneficios serán cada vez más ricos. Al final, como nos descuidemos, seremos simples actores de reparto en nuestros propios países y nuestra realidad habrá cambiado a peor. Miraremos a nuestro alrededor y no reconoceremos el lugar. Como mucho creeremos disfrutar de las migajas.

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