Carlos Olalla*. LQSomos. Diciembre 2017

“En Carcaboso, su pueblo y no el mío,
se me ha nacido como del rayo Alberto Cañedo,
con quien tanto comparto…”

En Carcaboso, un lugar de Extremadura de cuyo nombre no puedo olvidarme, ha pasado la historia que os quiero contar. Aconteció todo esto hace no muchos años, más de diez pero menos de veinte. Imaginad un hombre joven y soñador que regresa a su pueblo tras muchos años de haber vivido alejado de él. En su mente un montón de ideas, su corazón lleno de sueños. Siempre ha mantenido contacto con su gente pues allí ha pasado los veranos. Pero ahora quiere volver, quiere quedarse a vivir en ese pequeño pueblo que grita su nombre con tanta fuerza. Y lo hace. Su espíritu inquieto y solidario le ha llevado siempre a trabajar con los más desfavorecidos, con los que lo tienen más difícil, con los que le necesitan. Ha pasado mucho tiempo trabajando con personas con diversidad funcional. Y es entonces, cuando a nadie se le ha ocurrido todavía, cuando él se propone hacer terapia con animales para ayudarles. Pero claro, en Carcaboso no hay costa, ni mar, ni delfines, así que él lo va a hacer con lo que tiene a su alcance: burros. Se gasta lo poco que tiene en comprar tres burros. Las expectativas que aquella iniciativa ofrece son ilimitadas: no solo va a poder ayudar a las personas con discapacidad intelectual, sino que va a contribuir a traer turismo rural a su pueblo, un pueblo como tantos, aquejado entonces de una grave enfermedad que años después mostraría sus más crueles síntomas: la especulación inmobiliaria. Pero él es ecologista, está en contra de la especulación y del crecimiento por el crecimiento. Él está en favor de las personas, las personas que creen en el abrazo, en el achuchón compartido. Su integración en el pueblo es cada día mayor. Allí le conocen ya como “el de los burros”. Pero, como todo buen visionario que se precie, este joven se adelanta a su tiempo y eso le va a traer problemas. Lo de los burros no tira y no le da para comer. Cuando está a punto de arrojar la toalla y renunciar a su sueño, el destino le hace un guiño y aparecen unas oposiciones para trabajar de comportero. Para quienes no lo sepan, comportero es aquel que vigila las compuertas de una presa y que debe abrir únicamente una vez al año. El trabajo ideal, vamos, que te da tiempo para todo y tienes un sueldo cada mes que te permite seguir dándole vida a tus sueños.

Como no podía ser de otra manera, el joven gana la oposición y se hace comportero. El nuevo escenario le permite mantener lo de los burros y todo parece empezar a irle viento en popa. Sintiéndose cada vez más integrado en Carcaboso y viendo la de cosas que podrían hacerse con y por los vecinos, no duda en acercarse a la política cuando nace una iniciativa ciudadana, o del pueblo como prefiere decir él, ajena a los partidos políticos que han manejado el cotarro, tanto monta monta tanto, desde los tiempos en los que alguien decidió, o no, que no es lo mismo pero es igual, que nuestro joven viniese al mundo. Así de aburrida, mediocre, taciturna y poco edificante es la democracia que ha mamado buena parte de la juventud de este país, sobre todo la que ha vivido y vive alejada de las grandes ciudades donde algo más, no mucho, se cuece.

Aquel grupo de vecinos se paga la campaña de su bolsillo (una de las mayores ventajas para estas lides de vivir en un pequeño pueblo es que todo el mundo te conoce y no hay que gastar mucho en carteles, mítines y demás saraos). Como quiera que nuestro joven llevaba tiempo en el pueblo ayudando siempre a los chavales y a quien le necesitara, hete aquí que la gente le votó, ganó las elecciones y, de la noche a la mañana, se vio convertido en alcalde. Siempre había sido un activista, una persona comprometida con lo que considera justo, que sabe que, en el mundo de hoy, todo, absolutamente todo, es política. Pero jamás se le había pasado por la cabeza llegar a ser alcalde. Consciente de la limitación que suponía desconocer el funcionamiento de un ayuntamiento, que por pequeño que sea tiene sus costumbres, trucos y demás cosas, desde el primer día se apoyó en los funcionarios que trabajaban allí y que conocían al dedillo todos los intríngulis de la cosa. Este país ha sido, y es, tierra de caciques, caciquillos y correveidiles. Y Carcaboso no podía ser una excepción. Por tener caciques, que no se diga, no tiene uno, sino dos. Y hermanos son para más sangrar. Lo de las convicciones políticas de estos caciques siempre es muy relativo. Como todo buen cacique que se precie, estos se arriman al fuego que más clienta. Por eso no es de extrañar que, aunque ahora se presenten por el PSOE, se hubieran presentado en sus primeras elecciones por el Partido Popular. Lo que sí es común a un partido y a otro en esa España rural tantas veces ignorada y silenciada, es la mala leche que se gastan unos y otros cuando pierden. Y a nuestro joven se la juraron desde el primer día. Por activa y por pasiva intentaron ponerle todas las pegas para que pudiera hacer algo en beneficio del pueblo. Pero él, idealista donde los haya, supo sortear todas las dificultades y consiguió dotar a Carcaboso de una oferta social y cultural que para sí pueblos mucho mayores querrían. Y lo hizo como hay que hacer estas cosas: acercándose a la gente del pueblo y preguntándoles qué es lo que necesitan. Lo hizo con los viejos y con los niños. Les cedió el salón de juntas del ayuntamiento para que hablasen de sus sueños y, sin un duro pero con mucho corazón y voluntad, les ayudó a que los convirtieran en realidad.

Pero, como en toda historia que se precie, las cosas no pueden salir siempre bien, así que los problemas empezaron a llegar. A la explosión de la burbuja inmobiliaria, que cazó de lleno a los caciquillos y de la que, no podía (o sí) ser de otra manera, se salieron por peteneras llevándose a quien fuera por delante con tal de salvarse, como decía, a la explosión de la burbuja, le siguió la crisis, y a la crisis los tiempos de injusticia y penurias.

¿Y qué podía hacer un alcalde joven y soñador en un pequeño pueblo cuando más de la mitad de sus vecinos no tenía trabajo y pasaba hambre? Pues ayudarles a que pudieran comer y salir adelante. Para ello no dudó en cederles las tierras comunales para que pudiesen tener allí pequeños huertos con los que autoalimentarse, jardines comestibles como los denomina él, o en empujarles a que se constituyeran en cooperativas y pudiesen comercializar lo que producían. Aquello fue una verdadera revolución. Empezó cuando el alcalde plantó unos tomates ecológicos en el parterre de la entrada del Ayuntamiento. Nadie creyó en él. “Te los arrancarán” “Se los comerán” le decían, pero los tomates crecieron y, revolucionarios ellos, se empeñaron en darle la razón al alcalde. Desde aquel día todos los terrenos que tenía el Ayuntamiento en los que si alguna vez se había plantado algo era césped, se cedieron a los vecinos para que cultivasen sus propias frutas y hortalizas. Consciente de lo importante que es la pedagogía, el joven alcalde invitó a que fueran los abuelos quienes plantasen los huertos y los árboles en compañía de sus nietos, mostrándoles la importancia del cuidado a nuestras raíces, a lo que hemos sido, somos y seremos. La agricultura ecológica fue creciendo a través de los huertos que había cedido el Ayuntamiento a los vecinos. Fue tal el éxito de la iniciativa que el año pasado la UNESCO otorgó el premio comunidad sostenible a Carcaboso.

Desde que el joven ganara las elecciones, uno de los caciques se había dedicado a inundar el Ayuntamiento de solicitudes de información de lo más variopinto. Poco o nada le importaban las respuestas que la Casa Consistorial pudiera dar, lo que pretendía era bloquear la gestión, que no pudieran dedicarse a otra cosa que a responder a sus insólitas solicitudes. Más de setecientas fueron las que presentó. Consciente nuestro joven de que el cacique había empleado con éxito parecido subterfugio para deshacerse del alcalde que le había precedido en el cargo, se esmeró en que aquellas solicitudes obtuviesen adecuada respuesta. Tuvo que hacer gala de gran paciencia pues las solicitudes eran a cual más rocambolesca y no tardaron en repetirse pues nuevos contenidos no le quedaban ya al cacique. Y aquí se produjo el error que a nuestro joven tanto le iba a costar más tarde: consciente de haber contestado anteriormente a alguna de aquellas solicitudes, dejó cinco, 5 de las más de 700, sin contestar. Pues bien, esas cinco le sirvieron a la jueza que dirimía el caso para condenar a nuestro joven alcalde por prevaricación administrativa. De nada le sirvió argumentar la inutilidad de las solicitudes caciquiles ni demostrar que con anterioridad ya había contestado a aquellas cinco que con tanto ahínco señalaba la jueza en su sentencia.
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Raras y extrañas son las cosas de la justicia en este país, pero lo cierto es que cuando de caciques y políticos se trata, harto usual es ver cómo se cambia un juez que cae mal o hasta que un fiscal actúe como abogado defensor. Los vericuetos de las leyes, que no de la justicia, llevaron a que judiciales instancias superiores, también en extrañas circunstancias, confirmasen la sentencia, posiblemente sin siquiera haberla leído, o a que el mismísimo Tribunal de Estrasburgo, ese al que todos nos aferramos para seguir creyendo aún en la justicia, no admitiera a trámite el recurso que nuestro joven les hizo llegar seguro de que a tantas leguas de su pueblo los tentáculos del cacique no arribarían.

Pero la cosa no acaba ahí. Poca afrenta sería ésta para un joven que pretende cambiar el mundo y a conseguirlo empieza. Como comentado ha quedado en líneas anteriores, la explosión de la burbuja inmobiliaria hizo que los buenos caciques traspasasen sus deudas y quebrantos a quien más cerca tenían. Si amparándose en una antigua ley habían conseguido que les permitiesen construir unas viviendas en el pueblo, tras vender solo unas pocas y no ver cumplidas sus expectativas de lucroso beneficio, dejaron inacabada la urbanización que por ley les correspondía y empezaron a no pagar deudas ni a bancos ni a hacienda. Como la ley impide que un Ayuntamiento pueda otorgar cédula de habitabilidad a una vivienda en tanto la urbanización no esté completada, las tres casas vendidas por el cacique a tres incautos vecinos, a su nombre seguían. Que un alcalde, idealista y joven para más INRI, se opusiera a que el Ayuntamiento otorgase aquella cédula en tanto no se acabasen de ejecutar las obras de urbanización pendientes, era una afrenta que todo buen cacique que se precie de serlo no podía admitir. Y nueva querella ante los tribunales puso. La vía administrativa o demandar al Ayuntamiento, acciones que hubieran sido las más lógicas para todo aquel que actuase de buena fe, no fueron las elegidas y los caciques interpusieron una querella criminal contra el joven alcalde. No podían acusarle de corrupción o malversación ya que aquel joven jamás se prestó a utilizar la política para obtener beneficios para él o su familia. Pero una nueva querella por prevaricación, urbanística esta vez, empezó a correr por los juzgados. Por esas mentadas extrañas cosas de la justicia, el tribunal que dictó sentencia condenando al joven alcalde, mostró inusitadas dotes y conocimientos en ingeniería y arquitectura pues por escrito sentenció que la mentada urbanización terminada estaba y que no había razón por la que el joven alcalde pudiera negarse a conceder la cédula de habitabilidad.

Aquellos sabios togados deben tener más sabiduría que todos los ingenieros y arquitectos de una de las mayores compañías eléctricas del país que, tras inspeccionar una y mil veces la urbanización en cuestión siguen confirmando que acabada no está y que, en consecuencia, se niegan a dar alumbrado a calles y casas en tanto no lo esté. Pero los caciques, los buenos caciques, conocen todas las artimañas capaces de hacer torcer la voluntad del más pintado. Y nuestro joven alcalde no fue una excepción. No es que le compraran o le forzaran a hacerlo, no. Utilizaron unas artes mucho más sutiles: que fueran las tres familias que incautamente habían comprado las tres casas las que le pidieran que se saltase la ley para darles las susodichas cédulas ya que, sin ellas, las casas que habían comprado y por las que habían pagado y se habían endeudado, estaban a nombre del cacique y la caja de ahorros (las cajas de ahorros siempre juegan un tenebroso papel en estos dramas) podía quedárselas perdiendo ellos todos sus derechos. Nuestro joven alcalde, sempiterno caballero andante, no podía permitir tamaña ofensa y aceptó conceder las mentadas cédulas. Y aquel fue su mayor y más grave error. No tardó el cacique en convencer a los compradores de aquellas tres casas de que no podía terminar la urbanización por culpa del alcalde y que, si querían conseguir el ansiado suministro eléctrico, lo mejor era que se sumasen a la querella que contra el alcalde había él interpuesto. Actuando de buena fe, creyendo quizá que esa era la única forma de conseguir que sus casas tuviesen electricidad, se sumaron a la querella contra el joven alcalde.

En todos los cuentos suele haber una sorpresa final, ese algo inesperado que acaba por aparecer en el momento más oportuno para salvar al héroe y hacer al fin justicia. Pero esto que os estoy contando no es un cuento. Es la pura realidad, y en la pura realidad no hay sorpresas como esas. El alcalde ha sido condenado (está pendiente de ver cómo acaban los recursos que ha presentado, está dispuesto a llegar a Estrasburgo, pero ya hemos visto que eso no es garantía de justicia) y no solo está inhabilitado para ejercer cualquier función pública, sino que, entre multas, costas y condenas, debe más de 120.000 euros. Como tener no tiene un euro (cosa rara sin duda en los que a la política suelen dedicarse), hasta su vieja moto y su vetusto coche embargados están.

Dicho queda que cuento esto no es y que, por tanto, lo de “colorín colorado…” de aplicación aquí no es. Quizá, y si entre todos no lo evitamos, el final de esta historia sea más del tenor de “y caciquín, cacicado” Pero en nuestra mano está evitar que el cacique se salga con la suya, que la ley aniquile a la justicia y que este joven alcalde que ayudó a quienes más lo necesitaban, que fue fiel a sus compromisos, que entregó las tierras que nadie cuidaba a quienes hicieron de ellas su propio sustento, que no se dejó tentar ni comprar, que no se achantó frente a la amenaza, que siempre dio la cara por su pueblo y que, en pago, ha recibido que le condenen a pagar 120.000 euros y a enfrentarse a poder ir hasta a la cárcel si no puede pagarlos. Esta es la historia real de Alberto Cañedo, un joven que pretendió cambiar esta España caciquil y rancia que pervive en muchos de nuestros pueblos. Dándola a conocer, denunciando lo que están haciendo con él, podemos ayudar a escribir un buen final, un final donde la justicia se imponga a las leyes y a todos los que a diario las prostituyen para valerse de ellas. Visita la web de Alberto, (www.apoyoalberto.com), infórmate…y atrévete a plantar con él el árbol de la justicia.

#YoApoyoAlberto

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