En aplicación de un ERE en la Casa Real…

¿No os recuerda esta imagen un 14 de abril de 1931?

Sería preceptivo saber qué se llevan estos miserables: ¿la foto de su padrino y mentor, D. Francisco? ¿Se llevarán, por ventura, el retrato que les hizo Antonio López, la cubertería de Palacio, alguna mantelería, algún viejo incunable del Monasterio de S. Millán de la Cogolla?

Por si acaso, me los registran al salir. Y no olviden retirarles el pasaporte. Ya saquearon el país en connivencia con la clase gobernante, la católica Iglesia, el Ejército, la banca y los "eminentes" empresarios que a diario se "desviven" por la Patria.

Aún se quejarán y concederán entrevistas a The New York Times por lo “poco agradecidos” que somos los españoles con quienes tanto "velaron" por ellos, "salvándoles" de tentativas de golpes de Estado y “paseando por el mundo y poniendo bien alto el sagrado nombre de España”.

Vayan en buena hora; que la generosidad de estos pueblos no quiso tomarse venganza por la ruina económica en que nos dejan sumidos. Es posible que todavía exista algún "paraíso" donde aún no sean muy escrupulosos y les admitan de freganchines a los tres. Pero eso sí: que no se lleven ni una piedra, ni una mota de polvo, ni una sola flor, ni un vaso de agua para el camino. Llévense sus sombras, las pobres ropas que aquí trajeron cuando otros les expulsaron de su propio país. Salvaron la cabeza, ¿qué más pueden pedir?

Aquí dejan un país "al borde del abismo", que dijo uno de sus exegetas máximos y del que, para no ensuciar este folio, no voy a mencionar aquí el nombre.

Ojalá y que os vaya bonito, que dice la canción. Os lleváis los mejores deseos de todos los plebeyos que jamás alcanzamos a entender la "sagrada misión" que impulsó vuestra barca hasta estas nuestras amadas costas: los cinco millones de parados; aquellos a los que un banco sin escrúpulos les arrebató la única vivienda que poseían,  los millares de jóvenes sin futuro que os arrojan desde las plazas, en manifestaciones y acampadas, todo el desprecio y toda la frustración que acumulan y que heredaron de sus mayores; los arrojados al infierno de la mendicidad y al exilio de los centros de acogida. Ojalá y a vuestro paso se sequen las cosechas, las fuentes, los mismos charcos y que se agosten los campos, se cierren a cal y canto los templos, para que ni a la sombra de sus piedras halléis paz o sosiego. Ojalá a vuestro paso huyan los árboles, para que ni la sombra de estos os sea propicia. Ojalá os acompañen eternamente las maldiciones de todos los osos vilmente asesinados en horas de vino y buena armonía con sanguinarios reyezuelos, mientras la nave del país se precipitaba en las simas del fracaso y de la frustración y la muerte viajaba en pateras.

Que en esta travesía no os acompañe ni siquiera uno solo de esos fieles intelectuales que venden a diario su pluma por una miserable soldada. Que el fétido olor de las sepulturas donde hoy se secan las nobles calaveras de los que ayer eran asesinados por vuestros altos beneficiarios -con vuestro silencio cómplice, mientras vosotros jugabais al pádel, mientras conducíais vuestras motos de gran cilindrada, mientras leíais quizás los sublimes textos de Teresa de Ávila o retozabais en el cálido lecho de la ramera de turno-, impregne vuestras “muy ilustres majestades”, para que nadie ose acercarse a vosotros, ni siquiera para pediros la hora. Ojalá se os sequen los ojos, las venas mismas: para que no volváis a gozar de la compañía de un libro, para que no volváis a gozar de la visión de la obra de Cellini; que los mármoles de Miguel Ángel, los lienzos de Leonardo, se vistan con el musgo del luto, para que vuestros ojos no vuelvan a disfrutar jamás del espectáculo de las hebras de lluvia descendiendo sobre los rojos tejados, para que no os multipliquéis. Quiero vuestras cuencas vacías, secas vuestras bocas; que queden en blanco todas las páginas de los libros, allí donde se mencionan vuestros malditos nombres y las fuentes de vuestras fortunas. Ojalá y que la cera ciegue definitivamente los pozos de vuestros oídos: para que no volváis a oír nunca jamás el rumor de las olas al chocar contra la playa, ni el trino de las aves, ni el ritmo laborioso de la turbina o las sirenas de los barcos que se hunden en el horizonte; la risa del niño, el silbido de la locomotora desvaneciéndose en los oscuros cañones de la noche. Que a vuestro paso enmudezcan las guitarras y que solo el lamento de alguna campana os acompañe en vuestro destierro, para que ésta anuncie la peste de vuestra presencia, por valles, pueblos y riscos. Que os persigan las maldiciones de ese paciente pueblo que, abandonado a su suerte por vuestra traición, desde hace treintaiseis años padece los rigores del exilio en la Hamada sahariana, mientras vosotros cuidabais vuestros macizos cuerpos en los suntuosos palacios que os procuró una sangrienta dictadura.

Que enloquezca sin remedio aquel que os tienda un pedazo de pan, una sola pieza de fruta y que quede reducido a columna de sal el cuerpo de aquel que os indique hacia dónde se pone el sol al final del día y hacia donde amanece; hacia dónde está el mar. Que ni los cálidos y hospitalarios ladridos del perro vagabundo os saluden a vuestro paso cuando piséis la calzada de la entrada de las ciudades. Ojalá ni la misma muerte os sirva de alivio, sino que os veáis forzados a vagar eternamente; que ninguna puerta se abra a vuestro paso, que jamás se ponga el sol en vuestro camino; vosotros, aquellos cuya religión os impide trabajar el Día del Señor, así como el resto de los días de la semana, para que sepáis lo que es ganarse el pan con el sudor de la frente. Que os acompañe para el viaje una oración fúnebre escrita para todos los Borbones por el inmortal D. Ramón Mª del Valle Inclán. Que un viento terco y un polvo obstinado se batan, desde ahora y para siempre, sobre vuestras testas, para que de ellos comáis y bebáis. Que ése sea vuestro único alimento, por los siglos de los siglos.                          

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