Arturo del Villar*. LQS. Octubre 2018

La monarquía fue abolida en la persona de los Estuardo, aunque se ofreció la Corona a Oliver Cromwell, un caudillo muy popular, distinguido en los combates por la libertad

El estreno de la ópera de Vincenzo Bellini y Carlo Pepoli I puritani en el Gran Teatre del Liceu este 5 de octubre, ha dejado una anécdota para la historia. Según relata Marta Cervera en El Periódico, edición catalana, fechado el 6, durante la proyección del argumento previa a la representación, “després d’una frase que al.ludia a la derrota dels catòlics en la guerra i a la decapitació del seu monarca, Carles I, el mateix individu que ha causat el primer enrenou ha exclamat: “Això també va passar aquí!”
El libreto de Pepoli inventa una aventura bellísimamente musicada por Bellini. Después de la decapitación de Carlos I Estuardo, rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda, su viuda, Enriqueta de Francia, está presa en un castillo de Lord Walton, para ser juzgada como cómplice de los crímenes de su marido, y probablemente condenada también a muerte. Pero Lord Arturo Talbot, prometido de Elisa, hija de Lord Walton, huye con ella para salvarle la vida, traicionando así al partido republicano con el que está combatiendo a los realistas, y a su prometida, que enloquece al saberlo.
Carlos I Estuardo es uno de los déspotas más criminales de la historia. Nacido en 1600, era enclenque y enano, incapaz de aprender a andar y hablar hasta los tres años, lo que tal vez le creó un complejo de inferioridad que le llevó a reforzar su autoritarismo hasta la crueldad y el crimen.
Vino a Madrid en 1623, para tratar su casamiento con la infanta María Ana, pero el fanático Felipe IV lo rechazó por su religión reformada, y acabó casándose con Enriqueta, hermana del rey Luis XIII de Francia. Era lógico que quisiera vengar el desprecio, así que mandó a sus tropas a combatir a las españolas, sin éxito, ya que sufrieron una derrota descomunal en Cádiz en 1625, lo que aumentó el desprestigio del rey. En 1627 también declaró la guerra a Francia.

Rey de guerras

En su reino estuvo enfrentado permanentemente con el Parlamento y con la Iglesia reformada. Se hallaba convencido de poseer una investidura de carácter divino, que le permitía reinar como un monarca absoluto. Cerraba y abría el Parlamento a su conveniencia, imponía impuestos lesivos por su sola voluntad, confiscaba bienes que le apetecían, ordenaba matar o encarcelar a sus enemigos, y actuaba siempre con un despotismo absolutista. Los historiadores denominan los Once Años de Tiranía a los últimos de su reinado, aunque los anteriores también la sufrieron.
Hasta que sus vasallos se hartaron de soportarla. Llevó su megalomanía hasta el extremo de asaltar el Parlamento al frente de una tropa armada el 4 de enero de 1642, un desafío extremo a sus vasallos, que al final le costó la corona y la vida. El supuesto carácter divino de su designación como rey hubiera podido estimarse válido durante la Edad Media, pero en el siglo XVII ya no podía ser invocado.
El 2 de enero de 1649 la Cámara de los Comunes procesó a su rey por alta traición al pueblo. Como era de suponer, él rechazó el proceso, alegando que nadie podía juzgar a un ungido de Dios, pero el argumento no convenció a nadie, y el día 30 fue decapitado ante el palacio de Whitehall. La verdad histórica demuestra que su mujer se había trasladado a Francia, su patria de nacimiento, con el fin de obtener ayuda para su marido, pero Luis XIV tenía otras miras más importantes, de modo que el argumento de I puritani se permite algunas licencias.

La monarquía fue abolida en la persona de los Estuardo, aunque se ofreció la Corona a Oliver Cromwell, un caudillo muy popular, distinguido en los combates por la libertad. La rechazó, y fue proclamada la República. Se inició entonces un período extraño en la historia de Inglaterra, Escocia e Irlanda. Nombrado Cromwell Lord Protector de la República con carácter vitalicio, de hecho actuó como un monarca absoluto hasta su muerte en 1658, y le sucedió en el cargo su hijo Richard.
Aquella república vitalicia y hereditaria se parecía demasiado a una monarquía, y al entenderlo así los ingleses mostraron su disconformidad. No quiso Richard organizar otra guerra civil, por lo que renunció al cargo. Como suele ser habitual en estos casos, un general se hizo dueño de la situación, convocó al Parlamento y propuso la restauración de la monarquía de los Estuardo en la persona de Carlos II, hijo del decapitado.

Aquí no va a pasar eso

El ciudadano catalán que anunció en el Liceu que aquí también se va a decapitar al rey ignora la idiosincrasia española. Aquí también el Parlamento juzgó y condenó a un rey, al que previamente había invitado a salir del país, para evitar que la República se manchase de sangre, según anunciaron sus líderes, nada revolucionarios.
El 27 de agosto de 1931 el Congreso de los Diputados aprobó constituir una Comisión de Responsabilidades sobre la actuación de Alfonso XIII en la guerra de Marruecos, la política social en Catalunya, el golpe de Estado palatino del 13 de setiembre de 1923, las actividades de la dictadura militar, y el proceso contra los militares patriotas sublevados en Jaca por la libertad. El 20 de noviembre quedó aprobado por aclamación el dictamen, según el cual la soberanía nacional representada en las Cortes Constituyentes “declara solemnemente fuera de la Ley a D. Alfonso de Borbón y Habsburgo–Lorena, […] degradado de todas sus dignidades, derechos y títulos, […] sin que pueda reivindicarlos jamás ni para él ni para sus sucesores”. Una solemnidad carente de base.
A nadie se le ocurrió que la República pidiera la extradición del exrey, sino al contrario, Manuel Azaña pronunció un discurso en el que justificó que el 14 de abril se hubiera facilitado la huida de España del exrey. Se marchó apresuradamente con un reducido séquito de lacayos, dejando en el Palacio de Oriente a toda su familia, encomendada a la protección de los madrileños, hasta que al día siguiente tomara un tren para Francia, protegida por las fuerzas policiales. Un juicio sin condena efectiva.
Tampoco se le ocurrió a nadie reclamar que fueran requisadas las cuentas corrientes y acciones que el exrey mantenía en bancos extranjeros, un fortunón amasado a costa de los impuestos cobrados a sus vasallos y a las operaciones fraudulentas con empresas extranjeras. Igualmente se permitió a la exreina que se llevase las joyas de la Corona que quedaban, escasas porque su antecesora Isabel II ya las había expoliado en 1868, con permiso de los revolucionarios. Entonces ni se juzgó siquiera a la exreina golfísima.
No, en España no va pasar lo mismo que en Inglaterra, porque los españoles somos así, y aunque los borbones se enriquecen a nuestra costa y nos hacen hasta pagarles a sus barraganas, todo lo toleramos como sumisos vasallos que somos. Otra cosa es lo que suceda en Catalunya, porque una colonia no puede aguantar mucho tiempo la dependencia de la metrópoli asfixiante. Fue lo que sucedió en las 20 naciones hispanoamericanas, en Portugal, Filipinas, y las posesiones españolas en Italia, los Países Bajos y África, hoy todas independientes, después de unas guerras inútiles.
Pero en España aixó no passará també.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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