En los inicios de la sociedad cibernética ¿dónde estamos, dónde vamos?

Joan Martí*. LQS. Julio 2019

Desde la edad de la uniformidad, desde la edad de la soledad, desde la edad del Gran Hermano, desde la edad del doble pensamiento: ¡saludos! George Orwell.

(Reflexiones al hilo del último libro de Marta Peirano, «El enemigo conoce el sistema»)

El mundo de Orwell corregido, aumentado y voluntariamente aceptado

La genial novela 1984 refiere una sociedad global de control total en la que a las personas no se les permite tener pensamientos en desacuerdo con el estado corporativo. No hay libertad personal, y la tecnología avanzada sustenta una sociedad impulsada por la vigilancia de diseño panóptico, en la que todos pueden ser vistos, ya que los informantes y las cámaras están en todas partes, pero sólo el Gran Hermano decide qué se puede ver y cómo se puede ver. En ese mundo, las personas están sujetas a la Policía del Pensamiento, que trata con cualquier persona culpable de crímenes de pensamiento. El gobierno, o «Partido», se halla bajo el control de El Gran Hermano, quien aparece en los anuncios de todas partes con la frase «El Gran Hermano te está observando». El Gran Hermano se irroga una autoridad ciertamente como de hermano mayor que vela por la rectitud de nuestros pensamientos, tanto con frases, consejos y sugerencias como, si llega el caso, en términos compulsivos de uso del poder ejercido mediante la fuerza. Se trata de una sociedad distópica, plomiza, también teorizada en aquella época por otros escritores de ficción, como Aldous Huxley o Philip K. Dick.

Ese modelo social que, cuando se escribió la novela era puro relato futurista de una ficción distópica, si no llegó a darse en el año anunciado, 1984, se da ya en nuestra época usando unas técnicas que ni Orwell ni Huxley pudieron siquiera imaginar, ya que víctimas del suceso e integrados en la locura del consumo sin darle mayor importancia, hoy día ya renunciamos a cualquier conato de rebelión, con el cerebro lavado por la propaganda consumista y con nuestra participación voluntaria y compulsiva en las redes, en un rol empático de intercomunicación con nuestros semejantes que tiene su punto de partida en la década 1985/1995 cuando comienza a desarrollarse internet, en sus rudimentos de aquellos locos con sus viejos módems a 110 baudios y pitido intermitente. ¡Uf! Parece que fue ayer.

Hoy día, con el entelado total de la inmensa mayoría de la población humana en las redes, paradójicamente es la atomización individual e indefensión ante el sistema lo que resulta una realidad inapelable, ya que el sistema deviene omnipotente en la medida en que todo lo ve y todo lo sabe porque diseña, modula y manipula nuestro comportamiento a tal fin expresamente, aplicando algoritmos que nos introducen y mantienen en un mundo virtual de Matrix, fuera del cual la vida resulta casi imposible.

Cierto que, de momento, para controlarnos aún no se requieren equipos SWAT de policía física compulsiva, pues el algoritmo tiene tanto éxito en «ordenar» nuestra actividad que el control por la fuerza resulta innecesario, pero, en su caso, también eso podría producirse.

Y es que para poder interactuar en la red, motu propio, como acto voluntario hemos debido renunciar a nuestra privacidad; declaración que reiteramos cada vez que instalamos una APP con el «acepto» o con el uso de ciertos servicios, permitiendo para acceder a ellos el reconocimiento facial, la huella dactilar, el escáner de iris, y en todo caso nuestra inclusión en bases de datos masivas y aceptando la tabulación de nuestros datos en la Big Data como input para un software de predicción de comportamientos. Llegados a este punto, pululamos como moscas, cosificados en una red cibernética compleja e interconectada que detecta, rastrea y registra nuestros movimientos, predice nuestros pensamientos y controla nuestro comportamiento a efectos básicamente comerciales y eventualmente políticos, o no tan eventualmente.

Una peculiaridad que cierra definitivamente el plano de nuestro sometimiento total, es nuestra inhabilidad como usuarios para comprender siquiera cómo funciona esa vigilancia generalizada o la incidencia del acopio de nuestros datos en las tecnologías de predicción de comportamiento. Inhabilidad que se proyecta en la incapacidad para tomar medidas de autodefensa ante dicho sistema, siquiera sea mínimamente, resultando pues insertos en un complejo mundo de interacción con máquinas y servicios automatizados face to face, de vehículos sin conductor, geolocalizadores, domótica, internet de cosas, drones, cámaras de cibervigilancia, etc., cuyos rudimentos técnicos ni entendemos, ni comprendemos ni por tanto podemos alterar, hallándonos pues en situación de impotencia total en términos de colectivo, y no digamos individualmente.

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