En memoria de José Martínez, fundador de Ruedo Ibérico

Desde el año de la penetración de los grandes centros comerciales en España, estamos asistiendo al triste espectáculo de la desaparición de las librerías de fondo, especializadas, populares o como se las quiera llamar, algunas de ellas abiertas allá por los años sesenta-setenta, que, desafiando la lógica del mercado, acercaban los libros a aquellos páramos de los barrios más modestos y apartados de las grandes ciudades.

Yo fui uno de aquellos que gozaron de la aventura de abrir una modestísima tienda con libros en un barrio, netamente obrero, en Madrid.

Lógicamente, y tratándose de una apuesta algo arriesgada, dado los bajos índices de lectura en aquellos barrios, tuve que apoyar mis ventas en artículos de papelería, muñecas, Mazinguers, cromos y artículos de lo más variopinto. Así resistí, no encuentro otra palabra más adecuada, desde 1973 hasta el verano de 2000 (no deja de ser paradójico que una librería, de significado signo antifascista, abierta durante la Dictadura, tuviera que rendirse a la evidencia de los tiempos veintisiete años después, con una democracia afirmada).

Pasados 33 años de aquel día en que inicié los años más apasionantes de mi vida, con el rótulo Librería Miguel Hernández en memoria del poeta amado en la fachada, que más parecía una bandera reivindicativa; todavía me emociona el recuerdo de aquellos días en los que, disponiendo de un gran entusiasmo como único capital, colocaba aquellos volúmenes “semisagrados” de F. G. Lorca, Machado, Whitman, entre los libros de Janés, Planeta, Espasa y Anagrama, sobre el escaparate y las estanterías. Verdaderamente, en esos días, despachar la Antología Rota, de L. Felipe, Tercera Residencia, de P. Neruda, el último libro publicado por Ruedo Ibérico, que llegaba a España burlando las disposiciones oficiales, o El Estado y la Revolución, de Lenin, (todavía prohibido en España) llegado de las lejanas tierras americanas, se convertía en un acto casi religioso, pues, en compañía de los libros de Sade y de los textos eróticos también prohibidos, todo este material permanecía oculto en una furgoneta aparcada en las inmediaciones de la librería por razones de seguridad.

Atrás quedaron también los secuestros policiales de los libros de Castelao, con “amables policías” que “solo cumplían con su deber”.

Ahora, cuando veo en la biblioteca del casino de Valleseco los volúmenes de la España del siglo XIX de Tuñón de Lara, con una etiqueta identificativa en el lomo que me recuerda las que exhiben los cadáveres en su dedo gordo en los fríos mármoles de los depósitos, me pregunto si habrá alguien que se detenga ante esta obra o Guerra y Vicisitudes de los Españoles, de aquel Julián Zugazagoitia que fusiló Franco en 1940, tras serle entregado por la Gestapo, si alguien se detendrá a reflexionar aquí, entre estos volúmenes aparentemente olvidados, la cantidad de sufrimientos que supuso acercar hasta las librerías españolas tanto nombre prohibido hasta no hace tanto.

Para los que fuimos testigos directos y activos de aquellos años, de aquellas carreras policiales por calles y plazas de nuestras ciudades, todo un cúmulo de recuerdos y vivencias acude a nuestra memoria, donde los nombres de Américo Castro y Mao Zedong se mezclan con los de Arturo Ruiz y Carlos González, (jóvenes asesinados en las calles de Madrid entre 1976 y 1977 por la policía en la calle) con los vibrantes recitales de Luis Pastor, con letras de Benedetti y alusiones a un Alfonso Sastre en la cárcel de Carabanchel, con fervorosos homenajes a Antonio Machado en el jardín de la hospedería de Segovia donde se alojó, con motivo del centenario de su nacimiento y con presencia del poeta comunista Celso E. Ferreiro recitando sus poemas . Banderas republicanas y anarquistas en las calles pese a que no fuesen bien vistas por S. Carrillo, homenajes a Miguel Hernández en su Orihuela natal con rabiosos guardias civiles persiguiéndonos con las armas dispuestas, muertos en Montejurra, en Granada, en Vitoria, carteles de el Che Guevara presidiendo acaloradas discusiones políticas e inauguraciones de librerías en el barrio de Moratalaz y en Segovia. en medio del humo de algún que otro canuto , carreras entre botes de humo y gritos de ¡amnistía y libertad! en Sol y en la glorieta de Atocha, tardes de devota escucha con los ojos encendidos del recital de Paco Ibáñez en el Olimpia de Paris que nos llegaba en dos LP, Adolfo Celdrán cantando a Brecht, por fin Morir en Madrid en los cines de España…Javier Verdejo muerto al pie de su pintada..PAN, TRABAJO Y L…, películas de B. M. Patino, de Saura, de Buñuel… Sierra de Teruel, de Malrraux y Max Aub, llegada al Ateneo de R.J. Sender, Lorca en la Comedia Ibsen en el Infanta Beatriz….pegada de carteles exigiendo SI, SI, DOLORES EN MADRID, por fin la preciada cartulina del carné de miembro del Partido Comunista de España en el bolsillo, matanza de los abogados laboralistas de Atocha, legalización del Partido.

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