Entre dos aguas: arte y poesía puertorriqueños

loqueviajamos8Francisco Cabanillas. LQSomos. Noviembre 2014

Lo conocí
viajando
por dentro de los pájaros
que llevan
el espacio colgando de sus picos…
Klemente Soto Vélez

I. El Transboricua (1991) de Pepón Osorio abre la puerta de su jaula en Nueva York y se va. Diciendo en alto “ñam-ñam,” entra en el mundo al revés del escritor uruguayo Eduardo Galeano. De Nueva York a Montevideo: lo público es devorado por lo privado. Mientras la financiarización se hincha, la militarización y la criminalización se acoplan. Lo que antes era considerado cultura, ahora se come como mercado. La vida se abarata. El Transboricua se sacude; la bandera de Cuba que lleva en la espalda aletea buscando la de Puerto Rico que lleva de frente, en la cabeza, pintada en la pava de jíbaro con guantes de boxear dominicanos.

Desde San Juan, el Adán (1991) de Nick Quijano, primer hombre hecho de suelas de zapatos, se junta al Transboricua. Entre los dos, atraviesan la literatura puertorriqueña de las muchas orillas. ¿Manuel Ramos Otero? ¿Victor Hernández Cruz? Cuando llegan a La pasión de Antígona Pérez (1970) de Luis Rafael Sánchez, cambian de piel. Adán se viste de Nueva York y el Transboricua se queda desnudo (en suela de zapatos). Cuando Adán, influido por la tragedia griega y por la versión boricua de Antígona Pérez, grita Zeus, el Transboricua responde Suez (Zeus al revés).

Especularidad. Cámara de eco. Cortocircuito: el siglo XX tiembla desde las bases militares de Guantánamo, Panamá y Puerto Rico. En estos dos, el año 1999 arde respectivamente en abril (muerte) y en diciembre (despedida). Durante el siglo XIX, dice el Transboricua, el norte de Puerto Rico era el sur: Ponce. Adán se mira al espejo y descubre que su nombre, ADAN, contiene la NADA.

Los personajes se miran y nos miran: nosotros nos miramos.

El Transboricua se fuma otro poema, esta vez de Francisco Matos Paoli; Adán escupe tinta sobre este soneto de Yván Silén:

¡Ay, qué cansado estoy de los poetas, de
los zoilos y de los editores! ¡Qué cansado
estoy de los fantasmas! ¡Qué cansado estoy
de la lluvia, de los ataúdes y de

niños ahogados en los barquitos de papel.
¡Qué cansado estoy de los vivos muertos y
de los muertos vivos, ¡qué abrumado estoy!
¡Ay, qué cansado estoy de los poetas!

Porque el poeta es una noche de invierno. Es
un proceso azul (anaranjado, verde) suspendido
de muerte. Es un maniquí con quinientos falos de espinas.

¡Ay, qué cansado estoy de los poetas!
¡Qué cansado estoy de los carniceros!
¡El poeta es un dios con un falo de navaja! (2014)

lqs culturarte 1Las serpientes se picotean del hambre. Desde la pintura de Arnaldo Roche Rabell, se asoma, hipertélico, un rostro viejo, lleno de gallinas en la cabeza: Medusa (1994). Las mígalas silenistas coletean en la página de otro poema: “¿Cómo cruzar el espanto a candelabros?” Entre poemas salpicados de eros, las mígalas se enfrentan a este soneto de la muerte de Gabriela Mistral: “Este largo cansancio se hará mayor un día, / y el alma dirá al cuerpo que no quiere seguir / arrastrando su masa por la pesada vía…”

Los poetas que sienten el coletazo de la poesía viperina devienen en su propia tinta, como las metáforas que se cuecen en su literaturidad. ¡Salmorejo de aporías! La poesía se hace prosa en la carnalidad de su caldo: ¿quién suda tinta rubendariana o juliadeburgos? Las páginas se pegan en la mala leche de las serpientes que lo envenenan todo desde el pico de las gallinas.

El poeta grita en pelotas: “¿Qué hora es esta para / visitar el espanto? / Abrir el poema y sentir / que el esdrújulo / llora con la mano.” (Silén).

II. Adán le pega varios golpes al “cuerpo del ángel” que aparece en el prólogo de la antología Los poetas latinos de Nueva York (1983), de Iván Silén. Poeta que, en La poesía como libertá (1992), se mira en el espejo de las cosas al revés: Nelis. Con el correr de los libros, llega el poemario Cassandra & Yocasta (o el libro de tití) (2001), primero en el que Silén se altera la ortografía: Yván. Ante una pregunta de Adán sobre el cambio y la tradición, el movimiento y la identidad, Silén responde con un soneto inédito, titulado “Deambulo” (2014):

No he regresado a la religión. No he
regresado a ningún sitio. Sólo deambulo,
sólo sonámbulo, sólo zombi. Nunca
sé en dónde me hallo. Nunca sé si he salido

o si he regresado. A veces me veo
en los cafés y no me importa. A veces
me veo en el haber, en el ser, en el zen,
y no me alejo. Nadie me ha prestado

un poco de mi nombre. Nadie me ha
devuelto mis condones limpios y mis condones
sucios. Nadie me ha devuelto la muerte

y nadie me ha devuelto el cadáver.
Nunca sé dónde me hallo y nunca sé dónde me río.
Nadie me ha prestado un poco de mi nombre.

lqsculturarte2.jpgLa tentación se hace sentir en los márgenes de la página donde Adán escribe: “Yván al revés es un constructo que se muerde la cola: NAVY. “ Juego peligroso, se dice mientras le pasa por el lado a la montaña de pescados podridos que hay en uno de los cuentos de Silén, “El basurero,” de Los narcisos negros (1997). El eco de la novela que Pedro Juan Soto escribió contra la presencia de la marina en la isla de Vieques, Usmail (1959), se enreda en los zigzagueos de Adán, quien ahora golpea el prólogo de otro libro de cuentos de Silén, Tanni Lee o los cuentos de la nada (2012), donde el poeta habla de una presencia que quiso compartir con otro poeta maldito:

En una ocasión, en casa de [Manuel] Ramos Otero, hablé con un ángel sobre la poesía, pero este no habló conmigo. La poesía era ÉL. La visión era Él… El era extraterrestre; él era Dios; él era yo soy. Lo ‘mí-mismo’ vibraba sin que Ramos Otero pudiera mirarlo ni clara, ni mediana, ni oscuramente… El miedo no podía tocarme. El miedo frente a lo ‘maravilloso’ no podía entrar a ‘mí-mismo’. La intimidad estaba cerrada. Esto era el estro: la imaginación, la inspiración, lo fuera de sí, el arrebato.

Adán acelera el paso. Le pasa volando bajito a los libros que han quedado en las mesas, cerca de los últimos cigarrillos. Esquiva Tanni Lee, pero no puede evitarlo al final. Cuando se acerca a los poemarios de la segunda mitad del siglo XX, la presión de género hace que la prosa del prólogo de Tanni Lee se radicalice: “Te ficciono, te contagio, te orgasmo, te cuento, te fabulo, te quimero, te mito, te visiono, te utopío, te entelequio, te falso, te quimero, te apócrifo, para que puedas ser el que te falta todavía, para que puedas ser el que no eres en las páginas fallidas de un tabloide equivocado.”

Como si fuera a cruzar una calle transitada, Adán mira para ambos antes de meterse en otro soneto inédito de Silén, cuyo título, por genérico, “La Poesía” (2014), se lo quiere chupar todo:

¿Quién soy yo? Se preguntó la Poesía a
sí misma? Caos la miró con los ojos bizcos
y sintió ternura y horror por ella.
¿Soy Pelasgo o soy Prometeo? El

hurto de los dioses era necesario para la vida.
El núcleo de la Poesía como el núcleo de la tierra
ardían. Los cielos se habían alejado de
las rosas amarillas. Tronaba y

Eco repetía la pregunta: «¿Quién soy
yo? La Poesía se contempló en el Caos.
Pelasgo oyó que su corazón era de roca.

Prometeo partió el fuego y lo dio a los hombres:
«¡Este es mi semen que por vosotros es partido!»
—¿Quién soy yo…se preguntó la Poesía?

Sudado como un tropo que se ha mareado de dar vueltas —un trompo literario—, Adán circula entre fragmentos de otro poema inédito de Silén, el cual, con el mismo título que el anterior, pero un año más viejo, “La Poesía” (2013), choca de frente con la literatura: “Todos estos poemas me han atacado / de espalda, despacio. Todos estos /poemas me han pateado brevemente, / como si estuviera herido, como si estuviera / muerto.”

Entre escombros metapoéticos —“Los golpes del amor han sido / inexplicables. La poesía ha sido tierna, y / la poesía ha sido furiosa. Los días / de morir han pasado vivos; los días de vivir han pasado muertos”—, Adán le pasa por encima a la poesía como si fuera el quetzal de Francisco Matos Paoli. Flecha zen que, sin embargo, da en el blanco de la poesía de Silén: “He tenido cuidado / para no volverme loco. He tenido cuidado / para no volverme rico. He adoptado a la poesía como a un gato.”

Adán cruza las estrofas del soneto a pelo, “He cuidado a / la muerte como a un poema,” arrebatado por una intensidad que sabe dramática: “¡Estoy pobre como / si me hubiera asaltado la muerte!…” Cuando llega a este último verso, Adán se baja de la poesía —¿de las bicicletas de Elizam Escobar?— como si desmontara del caballo decimonónico de José Martí, en “Mi caballero” (1882). Se sacude el polvo de los pantalones; taconea como si fuera Severo Sarduy. Mira alrededor; entre la poesía que le quema los pies y la prosa que lo embruja en el encanto de la poesía, Adán se adelanta. ¿Escribe o escupe?

Alado, más allá de lo que se propuso Nick Quijano, Adán, ahora emplumado, se desata como un pavo real; ¿aletea como Alsino o como Altazor? La literatura se traspapela. Adán se pronuncia a calzón quitado; dice que citará otro soneto de Silén —¡el tercero!— con el mismo título, “La poesía” (2013):

Estoy fatigado de morir despierto
donde la poesía es un barco que naufraga el corazón.
Gaviotas, albatros, delfines todos naufragan:
la muerte es una casa desierta

en donde vive la Nada. La noche es azul y blanca
como los días oscuros y grises.
Los pterodáctilos opacan los cielos
y la lira siniestra de Orfeo. El

coro está descalzo y está haraposo.
Los niños sueñan las zampoñas y sueñan las chiringas.
Los amantes se revuelcan en las playas: todo

es arena, todo es caracol, todo es erizo.
Los espejos han atracado en las playas.
La poesía es un farol en donde naufraga la muerte.

Cámara de eco: ADAN se mira en el espejo de las cosas al revés… El Transboricua se sacude como si fuera este poema de Klemente Soto Vélez: “Lo conocí / corriendo / detrás de su persona / como la luz tras de su cuerpo.” Silén se mira en el espejo de las cosas al revés (NAVY): “¿Qué hora es esta / para que el espanto me visite? / Soy Artaud, / me visita el pensamiento.”

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