Erupción en La Palma: damnificados y beneficiarios

Por Nònimo Lustre*. LQSomos.

A primera hora de la tarde del día 19.IX.2021, el volcán Cumbre Vieja (La Palma, Canarias) entró en erupción. Desde hacía dos semanas, un enjambre de pequeños sismos avisaba de su inminente estallido. Los vulcanólogos se desgañitaban pero la población de mayor riesgo, los que vivían en las faldas del volcán, se resistían a abandonar sus campos, sus casas y su trabajo de toda la vida. Como parte de un horizonte más amplio de la ciencia de las catástrofes, ésta merece unos párrafos.

La destrucción de Pompeya, imaginada siglos después

Pompeya

Es la referencia obligada. Como se sabe, el monte Vesubio estalló el 24.VIII. 79 arrasando Pompeya, Herculano y Estabia. Hubo unas 4.000 víctimas mortales. Lo primero que encontramos es que la pequeña ciudad de Estabia no suele incluirse en la habitual letanía de Pompeya y Herculano. Y debería ser un raro olvido aunque sólo fuera porque el conocido historiador Plinio el Viejo murió allí asfixiado por el aire tóxico. Se había refugiado en una de las mansiones que componían aquella urbanización de lujosas segundas residencias pero ya sabemos que “los ricos también lloran”.

Entre la innumerable profusión de fotos que retratan los restos humanos y arquitectónicos de Pompeya, nos olvidamos de las demasiado conocidas y nos centramos en un fresco que nos llevará a una conclusión sobre la canallería de los patricios romanos que ha sido censurada durante siglos.

Casa de L. Caecilius Jucundus en Pompeya, ca. 50-79 (cit. en Thiessen 2016)

Olvidemos si la escena es hetero o lésbica. Olvidemos que las anchas espaldas y el tono bronceado apuntan a un macho. Olvidemos si el pene es real o es un falso pene. Lo único que nos interesa es la figura, medio desleída, de alguien que los observa porque, seguramente, es un esclavo. Lo cual nos lleva al tema de los esclavos que perecieron en Pompeya.

Tanto en las casas urbanas como en las rurales, los esclavos estaban segregados espacialmente de sus amos. Por ende, es absurdo que algunos arqueólogos pacatos y elitistas, afirmen que no se pueden identificar los restos arqueológicos de los esclavos basándose exclusivamente en los registros materiales –como si no fuera suficiente indicio que los esclavos estaban arrinconados en sus cubiles.

Pompeya contaba con una población de entre 10 y 12.000 personas -un tercio, esclavos. Y, en la campiña circundante esas cantidades eran el doble. Los restos esqueléticos de los esclavos son fácilmente identificables como tales porque muestran claros signo de malnutrición, artritis crónica y deformidad a causa del excesivo trabajo. Y, sobre todo, porque sus amos huyeron dejándoles encadenados. Es plausible suponer que, de los 4.000 muertos que calcula la historia oficial, no menos de un tercio eran esclavos (ver Kayla Thiessen. 2016. The (In)visibility of Slavery in Roman Archaeology: The Role of Material Culture; disponible en academia.edu)

Otras erupciones

El día 5.octubre.1999, nos encontrábamos en Quito cuando, a primera hora de la tarde, nos aturdió un colosal estruendo que ensordeció a los dos millones de quiteños: a 15 kms. del centro de la capital, había entrado en erupción el volcán Guagua Pichincha (4784 msnm) Inmediatamente, pudimos ver la voluminosa y negruzca columna de detritus volcánicos y de ceniza que se elevó 18 kms. hacia el cielo. Todos pensamos, ¿qué va a ocurrir cuando esa columna descienda hasta la ciudad? Los primeros que tomaron medidas fueron los comerciantes que triplicaron el precio de la cinta adhesiva para sellar puertas y ventanas. En menos de dos horas, Quito estaba cubierta por una capa de ceniza de variable espesor. Anocheció antes de tiempo y se dispararon las preces para que no lloviera puesto que el agua conllevaría la semi-solidificación de la ceniza y el consiguiente colapso de los drenajes urbanos.

Desde la media tarde, la ceniza dificultó gravemente la movilidad en las calles de Quito

En octubre del año anterior, ya se había decretado la alerta amarilla por otra erupción del Pichincha que afectó a Lloa y otros pueblos situados al Este de Quito pero escasamente a la ciudad. Un año después, los vulcanólogos avisaron de que era inminente una gran erupción pero, como de costumbre, reconocieron no saber su fecha y hora puntuales. Las alertas amarilla y naranja se alternaron durante los dos días que duró la explosión. No hubo apenas víctimas mortales, el aire se espesó, se suspendieron las clases, el aeropuerto estuvo cuatro días clausurado con severo daño para la boyante exportación de flores y nosotros tuvimos que salir por carretera a Latacunga cuyo aeropuerto permanecía abierto. En definitiva, fue una catástrofe menor que sólo interrumpió la rutina de millones de ecuatorianos (más detalles en Robert D’Ercole, Pascale Metzger y Alexis Sierra. 2009., “Alerta volcánica y erupción del volcán Pichincha en Quito (1998-1999)”, Bulletin de l’Institut français d’études andines, DOI: https://doi.org/10.4000/bifea.2290)

Pero es obvio que las erupciones volcánicas no siempre son tan ‘benignas’. Se dice que la explosión del Tamboranota (10.IV.1815) causó 100.000 fallecidos en Nusa Tenggara Indonesia. Y por decenas de miles se calcularon en otras erupciones más conocidas como la del Krakatoa de 1883 o la del Nevado del Ruiz de 1985 en Colombia. Como hace pocas décadas todavía primaba en el imaginario popular la causalidad religiosa, solían achacarse las hecatombes –volcánicas y en general- al designio divino. Para combatir esta psicopatía, estudiamos con los ejemplos de los indígenas si los dioses eran realmente tan poderosos o si ese deletéreo prejucio distaba mucho de ser universal. Encontramos que los dioses amerindios precavían contra el ‘azar’ catastrófico aconsejando no habitar lugares peligrosos (tabúes) mientras que los dioses hegemónicos occidentales no sólo no alertaban de los riesgos tectónicos sino que castigaban con ellos a los humanos. Un caso nos llamó la atención: entre los Mapuche (Chile y Argentina), una machi (sacerdotisa), predicaba que la serpiente Kaikai se encaramaba al monte/monstruo Tren-tren y, a través de sus espasmos, buscaba acabar no con los Mapuche sino con los winka (ladrón, extranjero), un mito que combinaba los desastres naturales con los deseos indígenas.

Sin embargo, no los dioses caucásicos o aborígenes, sino el propio Homo faber puede ser realmente el agente calamitoso. Evidencia empírico-sísmica: en 1948, se estableció una relación causa-efecto entre la presa de Peti (Minas Gerais, Brasil) y el pequeño sismo que sucedió a su puesta en marcha. Desde entonces, los casos estudiados son innumerables por lo que es ineludible considerar que el Hombre moderno puede causar hasta terremotos -incluso en áreas geológicamente precámbricas y, por ende, antiquísimas y estables, como las que constituyen buena parte de la Amazonia (ver Antonio Pérez. 1994. Los dioses contra el azar versus el azar de los dioses: las catástrofes naturales y los pueblos indígenas. DOI: http://dx.doi.org/10.14201/alh.2262)

Cumbre Vieja, La Palma

La Palma es una pequeña isla canaria ostentosamente volcánica. La última erupción ocurrió 50 años antes de la que hoy nos ocupa y fue en el volcán Teneguía, sito a 12 kms. del Cumbre Vieja. Este rasgo de incesante actividad volcánica, ha llevado a los estudiosos de la llamada Isla Bonita a caer en el extremo catastrofista más arbitrario, cuando no remoto. Por ejemplo, Simon Day concluyó en el año 2.000 que, cuando llegara una macro-erupción, la isla se deslizaría hasta sumergirse en el mar lo cual provocaría un colosal tsunami que anegaría la orilla americana del Atlántico. Pocos creyeron que Nueva York estaba en riesgo pero es cierto que deslizamientos así ocurrieron en La Palma –uno de los atractivos turísticos de la isla es la Caldera de Taburiente, originada por uno dellos.

Si pudiéramos creer a las autoridades nacionales, los palmeros deberían adorar al Cumbre Vieja porque, gracias a su erupción, mañana les lloverán desde el Poder fastuosos regalos materiales y sentimentales. Pero eso será mañana. Sin embargo, La Palma es un poderoso imán para los turistas que también magnetiza al Gobierno hasta el punto de revelar sus pensamientos más profundos –increíble pero cierto. Vean lo que declaró, tan imprudente como sincera, Reyes Maroto, ministra de Industria, Comercio y Turismo: “El volcán de La Palma es un espectáculo maravilloso que atrae turismo”, dicho justo cuando cientos de palmeros veían que la lava se comía sus casas y sus campos. Luego rectificó recurriendo automáticamente al facilón comodín de «hoy estamos con los afectados y las víctimas». Por otra parte, en la cobertura televisada, fue interesante escuchar machaconamente que “la lava busca el mar”, frase anodina pero que, en los medios, se revestía de un aura mitológica, como si Hefesto/Vulcano quisiera abrazarse con Poseidón/Neptuno –o viceversa. Curiosa intrusión de los dioses en el dominio de Perogrullo -la lava busca la bajante.

Pero vayamos a los damnificados. ¿Es razonable asentarse en un terreno tan peligroso como la falda del Cumbre Vieja? En este caso, habría que distinguir entre los extranjeros que han construido allí sus casas -achacamos su imprudencia a su escaso conocimiento de la geología del lugar- y los palmeros que viven desde generaciones encaramados al peligro. Siendo poco menos que indígenas, suponemos que conocían los riesgos inherentes a la ubicación de sus campos y casas. Ergo, preguntamos, ¿qué fuerzas insuperables les condujeron al abismo? Cada cual tendrá su elección porque esas fuerzas son variopintas, desde la obligada por herencia hasta la improbable por estética. En cualquier caso, si se nos permite un arbitrio, el gobierno debería perimetrar un amplio espacio alrededor de los volcanes palmeros en el que se prohibieran las edificaciones permanentes y los cultivos duraderos –por ejemplo, de frutales y de plataneras. Sólo se permitirían cultivos estacionales que no supusieran movimientos de tierra ni mano de obra intensiva.

J.M. Keynes, supuesto padre de la economía mixta

Dejando aparte por ser irremediables los importantísimos aspectos subjetivos, nos queda el espinoso asunto de los seguros. Tanto explícitamente las aseguradoras como calladamente el gobierno, se acogen para solucionarlo al Consorcio de Compensación de Seguros, entidad pública que cubre los siniestros extraordinarios, es decir, aquellos no incluidos en ninguna póliza. Aquí anida un hecho infame: «el Consorcio solo responde si el usuario tiene previamente contratado un seguro y está al corriente de pago.” En otras palabras, el palmero tiene que pagar durante toda su vida un seguro privado para que, en caso de catástrofe, el Estado le deba resarcir de las pérdidas materiales. Para las compañías de seguros, el negocio es redondo; ellas cobran periódica y regularmente sus pólizas –suponemos que elevadas por la ubicación de la propiedad asegurada-, pero no admiten ninguna responsabilidad en caso de siniestro total. A esto le llaman economía mixta público-privada, un sistema que se caracteriza porque, en el caso palmero y en general, el Estado asegura gratis a las aseguradoras. Dicho estructuralmente: la empresa privada cobra los beneficios y el Estado, corre con las pérdidas.

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