Carlos Olalla*. LQS. Junio 2018

El humor es la más revolucionaria de las acciones. Escuchándola entendí por qué los bufones y los clowns son los seres más libres de la creación. Aquella tarde nació el personaje de la niña que ella encarna en la obra

A veces la vida te recuerda la razón por la que has ido tomando decisiones a lo largo de los años, decisiones que te han llevado a ser quien eres y a estar donde estás. Vivir la experiencia de un proyecto como “Vía muerta” me ha enseñado que no me equivoqué cuando decidí entregar mi vida a esto del teatro. Día a día vas empapándote de lo que te rodea, de todo lo bueno y malo que sucede a tu alrededor, y noche a noche tus sueños van pergeñando eso que, sin saber cómo o porqué, te va habitando. Pocas experiencias tan intensas como la de vivir ese proceso de creación que hace que algo aparentemente sin sentido cobre significado cuando lo relacionas con otra cosa que, desde ese no lugar donde vive la imaginación, grita tu nombre con fuerza. Es entonces cuando se produce ese milagro en el que sientes que tu cuerpo es habitado por sueños, ideas, personajes o espacios que te llaman. No tienes una visión global de lo que quieres hacer, ni siquiera lo intuyes, pero sí sabes que debes dejarte llevar por esos impulsos que te sacuden el alma. Y es entonces cuando todo empieza a tener sentido, a seguir un orden que siempre ha estado ahí, desde mucho antes de que tú nacieras. Esa es la etapa del camino en la que empiezas a compartir tu sueño con las personas más próximas a ti, con esos soñadores sin remedio que, como tú, entienden que vivir es atreverse a buscar cosas aparentemente tan insignificantes como belleza en el dolor o poesía en el silencio.

Fueron unas fotos, las que MAI SAKI hizo de las personas refugiadas en Lesbos y en la frontera con Macedonia, las que me sacudieron y pusieron en marcha todo el proceso de creación de “VÍA MUERTA” La desolación de la vida en blanco y negro de aquellas personas me llegó a lo más hondo y el brutal sinsentido de la imagen de una vía de tren atravesada por una valla me golpeó sin remedio. Fue en aquel preciso instante cuando ese ser que habita en nuestro interior empezó a elaborar la ancestral receta de la creación. El hecho de que los refugiados hubiesen desaparecido de nuestros telediarios, de que ya no nos permitieran conocer el nombre de ninguno más, de que los hubieran convertido en seres invisibles o meros cuerpos sin vida, fue el fuego que abanó todo eso que empezaba a arder en mi interior. Necesitaba expresar lo que estaba sintiendo. No podía quedarme con aquello dentro. Y supe que tenía que llamar a Eva Egido Leiva, amorosa doula de sueños y quimeras con quien he compartido todas y cada una de mis vidas anteriores.

Como buenas gentes del teatro nos reunimos en un bar. Algún día alguien hará justicia a los bares de este país y contará los mil y un sueños locos que han nacido allí. Le hablé de las fotos de Mai, de los refugiados, de la implacable persecución a quienes dedican su vida a salvar vidas, del silencio con el que esas personas son enterradas en vida, de la determinación que tienen los que llegan aquí camino de su futuro, de la necesidad que tenía de gritar contra todo aquello. Ella me escuchó, cogió mis manos con una ternura que pocos son capaces siquiera de intuir y, mirándome desde el azul de sus ojos sin tiempo, me dijo: “escribe algo y vamos juntos” En el mismo bar, pocos días después, le entregué la primera versión de “VÍA MUERTA”, que nació de tres tardes de escritura febril.

Me dijo que le gustaba la propuesta, que aquello tenía potencial y que merecía la pena intentar sacarlo adelante. Eran las palabras que más necesitaba escuchar. Aquel texto era la primera obra dramática que yo escribía. En la versión original dos de los cuatro personajes que este fin de semana han pisado el escenario eran muy diferentes, eran dos voluntarios de ONGs que acudían al campamento donde estaban el refugiado y el policía. La propuesta inicial tenía un halo poético muy marcado pero adolecía, como pronto me hicieron ver las diferentes personas que iban incorporándose al proyecto, de oler demasiado a moralina. Si Eva es la doula de los partos imposibles, Rubén Vejabalbán, el ancestral druida con quien comparte su vida, es el hombre tranquilo, el “quiet man” de cuantos proyectos merecen ser creados. Juntos forman “Acciones imaginarias”, una compañía teatral con la que, hace ya un lustro, tuve el privilegio de trabajar. Desde que, hace ya más de tres años, decidí bajarme públicamente de los escenarios para protestar por el IVA cultural sabía que el día que volviera lo haría con ellos. Pocos nombres como “Acciones imaginarias” definen tan bien lo que son esta pareja: la perfecta fusión entre la acción y la imaginación, entre lo que somos y lo que podemos ser, entre nuestros sueños y nuestras realidades. Un mundo como el nuestro necesita de mineros de la belleza como ellos.

Otro de esos maravillosos regalos que te hace la vida es poner en tu camino a personas con las que, aunque no sepas cómo o porqué, tienes una conexión instantánea. Eso es lo que me une a Germán Torres, actor donde los haya y Quijote antes incluso de que Cervantes lo escribiera. A él le propuse encarnar el papel del policía, metáfora del perdido ciudadano europeo de hoy que vive lo que está pasando esperando que alguien decida por él. No hizo falta ni enviarle el texto para que se uniera al proyecto. Es algo consustancial a los cada vez más contados Quijotes que aún nos quedan. El papel del payaso fue abriéndose paso con fuerza en cuantas reuniones tenía con Eva. El era el contrapunto, la necesaria dosis de irrealidad que puede curarnos de nuestra mortal falta de imprudencia. Y para mí pensar en un payaso es pensar en Iván Prado, a quien había conocido cuando vine a vivir a Madrid en otro de esos proyectos que sólo los soñadores sin remedio son capaces de crear: Garaje Lumiere. En las blancas paredes de aquella sala donde magia, amor y poesía se amaban cada noche, conocí a ese ser irrepetible que es Iván. Rebelde por convicción y payaso por Foto Lora Grigorovaelección, ha elegido dedicar su vida a salvar las de los demás. Unos lo hacen en el mar, con barcos de salvamento. El lo hace en la firme tierra de sus convicciones políticas, derribando con la risa cuantos muros nos separan. Ese Iván rebelde y solidario fue abriéndose paso en el texto cada día con más fuerza. Ya en la segunda versión el personaje llevaba su nombre. Cuando le llamé para invitarle a unirse a nuestra locura me dijo que contara con él pero que le asustaba llevar más de veinticinco años sin haber trabajado como actor. Para quienes no lo sepan, la forma de trabajar y de ver y vivir la vida del clown y del actor, es totalmente diferente. Y yo, enamorado sin remedio de todo eso que Iván lleva dentro, puse ante él la más difícil de las tesituras: un papel en el que tendría que transformarse de clown a actor en escena frente al público, sin trampa ni cartón, desnudo frente al mundo. Y aceptó el reto. Personas como él son incapaces de resistirse a la llamada de Rocinante.

A las alturas que estábamos ya del proyecto el personaje del otro voluntario era el que quedaba más desdibujado. Fue Eva la que me propuso que invitásemos a Elena Olivieri, una actriz y clown a la que ella conocía y admiraba profundamente. Nos reunimos con ella y con Germán en un bar, cómo no. Y se produjo lo que Eva había previsto desde el primer momento: una explosión de química sin igual. Desde su profunda experiencia como actriz y su inquebrantable vena de clown, Elena me dijo que creía que había que rehacer por completo su personaje. En lugar de un ser poético e incluso etéreo, debía ser justo lo contrario: una niña que desmonta a los demás desde la inocencia de sus preguntas y la simplicidad de sus argumentos. El humor es la más revolucionaria de las acciones. Escuchándola entendí por qué los bufones y los clowns son los seres más libres de la creación. Aquella tarde nació el personaje de la niña que ella encarna en la obra.

Los avatares e imprevistos en la vida de los actores son nuestra más profunda seña de identidad. Un bolo no previsto pero con el que estaba comprometido obligó a Germán a alejarse de nuestro barco que, por aquel entonces, había salido ya a navegar. La noticia de que nuestro proyecto había sido seleccionado entre los finalistas del SURGE, el festival de teatro alternativo de Madrid, ayudó a que el viento impulsara nuestras velas en el rumbo que la diosa Talía marca cada día. Pocos montajes teatrales tan ácratas como el nuestro habrá visto la historia del teatro. Tras la marcha de Germán necesitábamos un policía. El perfil no era fácil: debía ser un actor de los mejores, con una clara vis cómica y al que su sensibilidad social llevara a aceptar un proyecto que solo garantizaba tres funciones y a convenio. Con aquellos ingredientes el primer nombre que me vino a la cabeza fue el de Willy Toledo. Sin duda era el policía que necesitábamos. Le llamé. Me dijo que estaba disponible y le envié el texto. En cuanto lo leyó me envió un mensaje: “Cuenta conmigo” La aportación de Willy a “VÍA MUERTA” ha sido espectacular. Desde el primer ensayo captó todos los matices que había en el subtexto de su personaje y lo enriqueció humanizándolo cada día. Solo un actor de su talla es capaz de hacer que el público pueda odiar y amar tanto a ese policía que vive en constante contradicción. Y así surgió este loco proyecto llamado “VÍA MUERTA”. Nuestro velero no podía tener mejor tripulación. Cada día eran más las cosas que cada uno aportaba al proyecto, todos queríamos aportar todo lo que llevábamos dentro. Y cada propuesta enriquecía aún más el proyecto. Son las cosas del teatro. Solo él es capaz de reunir a un grupo de locos para los que soñar es más, mucho más importante que comer.

Nuestra singladura nos llevó a recalar en un puerto amigo, un puerto que ha sido y es faro para navegantes en esta época de tinieblas y olvido: la sala Mirador. Solo un teatro gestionado por gentes del teatro puede dar lo que necesitan a las locas gentes del teatro. Y eso es la Mirador. En esas conversaciones entre quienes crean mundos imaginarios subiendo la intensidad de un foco o poniendo un filtro es mucho lo que se puede llegar a aprender. Imposible imaginar lo que hay detrás de una función si no has estado en su montaje.

Que en teatro los números no cuadran lo sabe hasta el apuntador. Por eso desapareció su oficio. Imposible cubrir gastos en las precarias condiciones en las que el teatro sobrevive. Por eso cualquier ayuda que permita rebajar los costes es bienvenida y festejada con algarabía. Y los locales para los ensayos son una partida precisamente no pequeña en los presupuestos teatrales. Que la parroquia de San Carlos Borromeo en Entrevías y la escuela TAI nos brindaran su apoyo ofreciéndonos sus espacios nos permitió abordar el mes de ensayos con tranquilidad.

Durante todo ese período, el más creativo sin duda, fueron apareciendo una y mil cosas que fuimos incorporando al montaje. Sin embargo, una propuesta en la que transformas el escenario en un campamento de refugiados y a los espectadores en refugiados y les sientas en el escenario durante toda la obra viendo las butacas vacías de esa platea en la que podrían estar cómodamente sentados pero que, como Europa, les cierra la puerta, necesita ensayarse, aunque solo sea una única vez, con público. Por eso el día que montamos los espacios escénico y sonoro en la sala hicimos un pase con una veintena de invitados a los que les dimos una única indicación: que se sentaran en el suelo del escenario. No sabíamos lo que podía pasar. Éramos conscientes de que el texto y las acciones iban a empujarles a tomar partido, pero era imposible calcular su reacción. De hecho en aquel ensayo y en las cuatro representaciones que finalmente hemos hecho ya que las entradas para las tres previstas se agotaron de inmediato, la reacción del público nunca ha sido la misma. Si aquello hubiera sido un experimento sociológico nos habrían podido decir que cada individuo reacciona de manera distinta frente a la injusticia. Había quienes se abalanzaron contra la valla queriendo pegar al policía, quienes le gritaron y le abuchearon, quienes se quedaron paralizados sin saber qué hacer… y eso nos demostró que habíamos conseguido nuestro objetivo: poner un espejo frente a ellos, obligarles a tomar partido ante la injusticia y hacerlo sin necesidad de discursos o moralinas, sino de simples preguntas que no tienen respuesta.

“VÍA MUERTA” es un proyecto teatral que consta de dos partes, la representación en sí y un coloquio posterior con el público en el que, además de la compañía, intervienen personas directamente relacionadas con la situación de las personas refugiadas. En esta ocasión han sido dos los coloquios que hemos tenido: el primero, para hablar de la realidad que se vive más allá de las fronteras, en esas fronteras externalizadas que paga Europa, en los campamentos, en las vallas, en ese cementerio en que hemos convertido al Mediterráneo. Participaron junto a nosotros MAI SAKI, la fotógrafa que dio origen a todo esto y Mar Sabé, de PROACTIVA OPEN ARMS, que se desplazó especialmente desde Barcelona para participar en el coloquio. Escuchar sus testimonios junto a los de Willy o especialmente Iván, que llevan años trabajando solidariamente en campamentos de refugiados, fue impresionante. Nadie de los que estábamos allí salimos como habíamos entrado. El segundo coloquio ha sido esta misma noche y estaba orientado a lo que pasa dentro de las fronteras, a lo que las personas refugiadas se encuentran cuando llegan aquí. Nos han acompañado Paco Garrido, de CEAR (Comisión Española de Ayuda al Refugiado) y Ahmad, refugiado kurdo de origen sirio. El testimonio de Ahmad ha sido desgarrador y escucharle que cuando, durante la representación, su mirada se ha cruzado con la del policía ha vuelto a sentir lo que vivió cuando estuvo internado en el CETI de Melilla nos ha impactado a todos. A lo largo del coloquio, en el que había mucha gente del teatro y muchas locas gentes del teatro aún en formación, ha salido el tema del papel que debe jugar la cultura en la sociedad, si el teatro es o no es un arma de transformación social, si sirve de algo lo que hacemos… Las opiniones han sido muchas y muy variadas. Mientras las escuchaba no he podido evitar recordar un bello poema de José Emilio Pacheco que habla de lo que he sentido al vivir la aventura de “VÍA MUERTA” y que da las razones que la razón no tiene para explicar por qué las locas gentes del teatro nos dedicamos sin remedio a esto:

TITANIC (José Emilio Pacheco)

“Nuestro barco ha encallado tantas veces
que no tenemos miedo de ir hasta el fondo.
Nos deja indiferentes la palabra catástrofe.
Reímos de quien presagia males mayores.
Navegantes fantasmas, continuamos,
hacia el puerto espectral que retrocede.
El punto de partida ya se esfumó.
Sabemos hace mucho que no hay retorno posible.
Y si anclamos en medio de la nada
seremos devorados por los sargazos.
El único destino es seguir navegando.
en paz y en calma hasta el siguiente naufragio”

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