España se acostó republicana

España se acostó republicana
Alegoría republicana, de Mar G. Orozco

Arturo del Villar*. LQS. Abril 2019

Y la República quedó implantada en el país, y en el corazón de los ciudadanos

Contaron los periodistas que en la mañana del lunes 13 de abril de 1931 llegó a palacio el jefe del Gobierno, el almirante Juan Bautista Aznar, para comentar con el rey Alfonso XIII el resultado de las elecciones municipales celebradas el día anterior. Le preguntaron si iba a presentar la crisis del Gobierno, a lo que respondió el almirante: “¿Qué más crisis desean ustedes que la de un país que se acuesta monárquico y se despierta republicano?” Estaba equivocado, porque España hacía tiempo que era republicana.
Así lo admitió uno de los mayores enemigos de la República, el general Emilio Mola, que en 1930 fue nombrado director general de Seguridad por el Gobierno dictatorial del general Berenguer. Al ser cesado tras la proclamación de la República se dedicó a escribir las que tituló Memorias de mi paso por la Dirección General de Seguridad, en tres volúmenes, impresos en 1933. En el primero, Lo que yo supe…, describe el ambiente contrario a la familia irreal en todos los espectáculos a los que asistía alguno de sus miembros, única manera aprovechada por los vasallos para demostrar su oposición a la monarquía, puesto que no se somete a elecciones o plebiscitos. En su opinión la mayoría de los españoles quería la República.
Una demostración incuestionable de que era así se observó en el mitin republicano celebrado en la plaza de toros de Madrid el domingo 28 de setiembre de 1930. Estuvo abarrotada de público, llegado para escuchar al autoproclamado Gobierno provisional de la República, entre el delirio de los asistentes. El Gobierno provisional salió de la reunión mantenida en San Sebastián el 17 de agosto de 1930, con participación de los principales líderes republicanos y la presencia a título personal del socialista Indalecio Prieto, ya que el Partido Socialista Obrero Español prefirió no comprometerse.

Manifiesto de la esperanza

El Gobierno provisional lanzó un manifiesto al país, profusamente distribuido, que empezaba así:

¡Españoles!
Surge de las entrañas sociales un profundo clamor popular que demanda justicia, y un impulso que nos mueve a procurarla.
Puestas sus esperanzas en la República, el pueblo está ya en medio de la calle.

Demasiado extenso para copiarlo entero, lo reproduce uno de sus firmantes, Miguel Maura, en su libro de memorias Así cayó Alfonso XIII… (Barcelona, Ariel, 1966, páginas 97 y siguiente). Contenía la afirmación de que la Republica se hallaba preparada para triunfar enseguida.
El clima social estaba encrespado. En Madrid se organizó una huelga general el 15 de noviembre, y en Barcelona fue más larga, del 18 al 21. El Gobierno provisional decidió pasar a la acción, y preparó una insurrección militar para el 15 de diciembre, contando con la aprobación de varios jefes militares. Además, coincidiría con una huelga general promovida por el sindicato socialista Unión General de Trabajadores. Sin embargo, todo se desconcertó, la huelga se suspendió, y los únicos militares pronunciados fueron los de Jaca, el viernes 12, bajo la dirección de los capitanes Fermín Galán y Ángel García Hernández. Detenidos y sometidos a juicio sumarísimo, fueron fusilados el domingo 14, con lo que su nombre pasó a significar el heroísmo, y fueron cantados en coplas y romances.
El mismo día 14 se detuvo en Madrid y encerró en la cárcel Modelo a los miembros del Gobierno provisional que fueron hallados en sus casas, porque algunos se exiliaron o escondieron. Al día siguiente unos aviadores pronunciados bombardearon Madrid con proclamas republicanas, antes de refugiarse en Portugal. El Gobierno decretó el estado de sitio en España, que se mantuvo hasta el 4 de febrero. Era imposible no enterarse de la existencia de un movimiento republicano activo.

Llamada a la liberación

El 11 de febrero, aniversario de la proclamación de la I República, se dio a conocer el manifiesto de la Agrupación al Servicio de la República, firmado por tres intelectuales prestigiosos, José Ortega y Gasset, Ramón Pérez de Ayala y Gregorio Marañón, que concluía así:

Nos alienta tan magnífico agüero, pero su realización supone que las almas españolas queden liberadas de la domesticidad y el envilecimiento en que las ha mantenido la Monarquía, incapaz de altas empresas y de construir un orden que a la vez impere y dignifique.
La República será un símbolo de que los españoles se han resuelto por fin a tomar briosamente en sus manos propias su propio e intransferible destino.

Todos estos acontecimientos tenían contrariado al general Berenguer, que era un dictador con espíritu de recluta. A su arte de gobernar se le ha llamado la dictablanda, por comparación con la dictadura de su predecesor el general Primo. Ideó organizar unas elecciones generales para el mes de marzo, a ver si el resultado calmaba los ánimos. Pero algunos políticos dinásticos, encabezados por el conde de Romanones, supusieron que constituirían un peligro para la monarquía, ante el impacto decisivo de los republicanos, y se opusieron al proyecto.
El rey aprovechó la oportunidad para aconsejar a Berenguer que dimitiera, siguiendo su costumbre de borbonear a los ministros, según la definió el general Primo, otra de sus víctimas. Encargó formar Gobierno a otro político veterano José Sánchez Guerra, quien aceptó, con la condición asombrosa de integrar en el gabinete a los republicanos presos. Los visitó en la cárcel Modelo, y les oyó decir que no servirían a la monarquía. En consecuencia renunció al encargo.

La presidencia de Aznar

La situación era tan grave que Berenguer, sin duda con el beneplácito real, convocó a unos políticos en el Ministerio de la Guerra, y tras cinco largas horas de debate les obligó a integrar un Gobierno, que se le ofrecería presidir al almirante Juan Bautista Aznar, ausente entonces de Madrid. Borboneado también, tuvo que aceptar no la formación de su Gobierno, sino la jefatura del que le presentaban. Juraron sus cargos el 18 de febrero, conscientes de entrar en un polvorín a punto de estallar. El primer acuerdo adoptado consistió en convocar unas elecciones municipales para el domingo 12 de abril, provinciales para el 3 de mayo, y generales para el 7 de junio. Solamente las primeras pudieron celebrase, porque de ellas derivó la caída de la monarquía, la huida del rey y la proclamación de la República.

El 5 de marzo comenzó una huelga en la Facultad de Medicina de la Universidad Central, derivada en continuos enfrenamientos de los alumnos con las fuerzas enviadas por el general Mola, una situación continuada hasta la proclamación de la República. Se había perdido el miedo al rey y sus fuerzas del orden, por lo que nada asustaba ya a sus vasallos.
El día 13 se celebró un consejo de guerra contra los militares implicados en los sucesos de Jaca, después del fusilamiento de Galán y García Hernández. Hubo una pena de muerte, otra de reclusión perpetua, y tres penas menores, por el delito de sedición para proclamar la República. Se convocaron manifestaciones callejeras exigiendo el indulto, y el Gobierno cedió, con lo que demostraba su falta de convicciones y de poder.

Clamor por la República

El 20 comenzó el consejo de guerra contra los seis presos del Gobierno provisional, en la Sala de Plenos del Palacio de Justicia, elegido porque se preveía una asistencia masiva de público, como así sucedió, un público que aplaudía a los procesados y vitoreaba a la República. La sentencia condenó a cada no de ellos a seis meses y un día de reclusión, pero les aplicaba la condena condicional, por lo que quedaron en libertad inmediatamente, y convertidos en héroes populares. La Justicia reconocía que la República se hallaba implantada en el ánimo popular, y no se atrevió a condenarla.
Los apoyos a la República se multiplicaron después en un mitin celebrado el día 23 en la Casa del Pueblo de Madrid, y en una manifestación estudiantil que recorrió las calles al día siguiente. El Gobierno quiso demostrar su poder y clausuró la Facultad de Medicina, pero se hicieron fuertes los alumnos, y desde el tejado y las ventanas repelieron a la fuerza pública. Murieron un sargento y varios estudiantes y viandantes. Por ese motivo la huelga se extendió a todas las universidades españolas. Cada medida gubernamental levantaba más hostilidad.
En este clima se llegó a las elecciones municipales del domingo 12 de abril. Solamente si carecía de información sobre la realidad del reino puede aceptarse la frase del almirante Aznar, cuando dijo que los españoles se acostaron monárquicos aquella noche. No era creíble esa suposición. El rey y sus cortesanos fueron los únicos que debieron de intentar dormir, probablemente sin conseguirlo, a no ser que tomasen algún somnífero. El 13 la Hoja del Lunes, único periódico autorizado entonces para esos días, anunciaba el triunfo republicano en las elecciones. Y España se despertó tan republicana como se había acostado.

La voz de España

En la Presidencia del Gobierno se reunió el Consejo de Ministros a las 17 horas, para analizar la situación, que estaba muy clara. Al mismo tiempo el Gobierno provisional, todavía no reconocido, pero efectivo, hizo público un comunicado que concluía así:

El día 12 de abril ha quedado legalmente registrada la voz de la España viva; y, si ya es notorio lo que ansía, no es menos evidente lo que rechaza; pero si, por desventura para nuestra España, a la noble grandeza civil con que ella ha procedido no respondiesen adecuadamente quienes con violencia desempeñen o sirvan funciones de Gobierno, nosotros declinaremos ante el país y la opinión internacional, la responsabilidad de cuanto inevitablemente habrá de acontecer, ya que, en nombre de esa España mayoritaria, anhelante y juvenil que circunstancialmente representamos, declaramos públicamente que hemos de actuar con energía y presteza a fin de dar inmediata efectividad a sus afanes implantando la República.

Con esa advertencia no debieron de dormir tranquilos aquella noche el rey y su camarilla. Quizá tampoco los republicanos, ansiosos por ver el triunfo de sus ideas. Efectivamente, España era republicana, y el martes 14 se levantó tan republicana como se acostó. En Eibar, la adelantada, se proclamó la República aquella mañana, y después en otras localidades.
En palacio todo era un avispero, en tanto los establecimientos de tejidos se quedaban sin telas de los colores rojo, amarillo y morado. El rey envió a gentes de su confianza para parlamentar con el Gobierno provisional, pero solamente había un acuerdo posible: el rey debía exiliarse esa misma tarde. A las 17 horas el rey presidió su último Consejo de Ministros, en el que leyó el manifiesto que le había redactado el duque de Maura para despedirse de la nación, y después se despidió de sus ministros, para escapar rápidamente de palacio, hacia Cartagena, en donde inició el exilio del que no había de regresar en vida.
A eso de las veinte horas y treinta minutos quedó queda constituido el Gobierno provisional de la República en el Ministerio de la Gobernación, en una Puerta del Sol desbordada de gentes, y Niceto Alcalá—Zamora se convertía en presidente del Gobierno provisional. Él mismo dictó los decretos con los nombramientos de los ministros presentes: de Estado, Alejandro Lerroux; de Justicia, Fernando de los Ríos; de la Guerra, Manuel Azaña; de Marina, Santiago Casares Quiroga; de Gobernación, Miguel Maura; de Fomento, Álvaro de Albornoz, y de Trabajo, Francisco Largo Caballero, tal como los publicó la Gaceta de Madrid al día siguiente, aunque la lista quedaba incompleta, por estar ausentes algunos de los electos.
Y la República quedó implantada en el país, y en el corazón de los ciudadanos.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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