Español latino y aires de metrópoli

Cristina Ridruejo*. LQS. Octubre 2020

Somos el cuarto país del mundo por número de hablantes nativos de español… En total, en el mundo hay unos 470 millones de hablantes nativos de español latinoamericano, pero aquí seguimos pensando que los que hablan “mal” son ellos

En el mundo hay más de quinientos millones de hablantes nativos de español (1), de los cuales aproximadamente un 9% somos españolas y españoles. Es decir, representamos una clarísima minoría. Sin embargo, nos comportamos como los amos y señores de esta lengua a nivel mundial, como si fuera un patrimonio nuestro que hemos prestado a aquellos “incultos” indígenas a los que colonizamos, un patrimonio del que España se jacta y usa como carta en la manga en sus relaciones políticas y económicas internacionales.

Somos el cuarto país del mundo por número de hablantes nativos de español, por detrás de México, Estados Unidos y Colombia. En total, en el mundo hay unos 470 millones de hablantes nativos de español latinoamericano, pero aquí seguimos pensando que los que hablan “mal” son ellos.

En España, a muchas personas —no sé si decir a la mayoría—, les ocurre con frecuencia, incluso de manera inconsciente, que al escuchar español latino ya miran por encima del hombro a la persona que esté hablando. Es algo que hemos mamado y sale como una reacción inconsciente que incluso una persona concienciada tiene que esforzarse por refrenar; algo que resta credibilidad, convierte automáticamente en “inferior” a quien habla, y se aplica a todas las variantes del español latino, excepto a la argentina. No me refiero únicamente a las personas latinas que viven en España, es algo mucho más amplio que afecta a cualquier hablante de español latino a través de la televisión, la radio, el teléfono. Puede tratarse tanto de alguien que trabaje en un centro de llamadas como de una científica, un presidente de un país, una autoridad en cualquier materia. En cuanto la oímos surge incontenible ese sentimiento de superioridad.

Por eso cuando en las noticias vemos un fragmento de una intervención de una política o político latinoamericano, hay una reticencia inicial generada por la variante lingüística y por la entonación, la vehemencia y la gesticulación propias de América Latina, que para una española o español resulta algo ajeno, lejano y sin duda “inferior”. Ahora que vivimos en una era audiovisual, la única forma de que un español pudiera escuchar sin prejuicios un discurso de un político latinoamericano sería doblándolo al castellano. Habría que hacer esa prueba para comprobar cómo varía la acogida.

Lo único correcto era la variante castellana, por tanto el español andaluz, extremeño, canario o latinoamericano se consideraba “incorrecto”, era “castellano mal hablado”…

Por otra parte, me gustaría hablar de la Asociación de Academias de la Lengua Española. Según su web, el “presidente nato» de esta asociación, que agrupa a 23 academias de los países latinoamericanos hispanohablantes, además de las academias de Filipinas, Guinea Ecuatorial y Estados Unidos, es el presidente de la Real Academia Española, y su sede se encuentra en Madrid, en la misma sede de la RAE. Algo muy curioso, representado España ese escueto 9% de las hablantes de español en el mundo. Cuestión de dinero y de quién pretende seguir controlando y jactándose de ser los «padres», los dueños de esta lengua. No es que haya motivo para unificar la forma de hablar español en todo el mundo, pero desde luego, si hubiera que hacerlo, sería España quien tendría que ajustarse a la variante más hablada, el español latino, y nunca al revés. Claro, con nuestra mentalidad de metrópoli, nos resultaría inconcebible. Y no hace ninguna falta, pero simplemente metámonos en la cabeza que el habla de otros lugares merece tanto respeto como la nuestra. El español latino no es castellano mal hablado. Es, de hecho, una versión más evolucionada del castellano.

Pero ojo, que esta discriminación lingüística no afecta únicamente al español latino: se aplica a todo lo que no sea la variante castellana del español que impuso como normativa la Corte de Madrid, sobre todo desde el s. XVIII. Una labor que redobló férreamente el franquismo (2). Lo único correcto era la variante castellana, por tanto el español andaluz, extremeño, canario o latinoamericano se consideraba “incorrecto”, era “castellano mal hablado”. La imposición de este relato, este prejuicio, tiene muchas más implicaciones de las que se puede pensar a priori, pues identifica el habla de determinados lugares con incultura, y de considerar a un pueblo inculto a considerarlo inferior hay un milímetro. Hasta hace pocos años, en los canales nacionales de televisión nadie hablaba otra cosa que no fuera la variante castellana (excepto si se trataba de hacer comedia, para los chistes sí se acentuaba el andaluz). Escuchar a un médico o una científica con acento canario o andaluz restaba credibilidad a lo que estuvieran diciendo, tanto en los medios como en la vida real, por lo que muchas personas se esforzaban por eliminar de su habla los rasgos natales y ceñirse a la variante oficial.

Por suerte, estamos dejando atrás este prejuicio respecto a las variantes de España, pero no respecto a las de América Latina. Por eso creo que todas y todos tenemos deberes, una tarea que no es pequeña. Tenemos que quitarnos estos vetustos prejuicios con los que hemos crecido.

Creo yo que ya va siendo hora de quitarnos estos aires de metrópoli.

Notas:
1.- Las cifras varían según las fuentes por la complejidad de determinar el número exacto de hablantes nativos en países con varias lenguas oficiales.
2.- La feroz política lingüística franquista respecto a las demás lenguas de la península es otro tema, bastante más conocido que este, y espero abordarlo otro día.

Y teníamos más: La Real Academia y nuestra mentalidad de súbdit@s

Próximamente: El lenguaje inclusivo. El reto de las lenguas con género gramatical

* Cristina Ridruejo es miembro de Mujeres X la República. Forma parte del colctivo LoQueSomos
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