Esta sociedad nos quiere encerrados

Arturo del Villar*. LQS. Marzo 2020

Se censuró a Sartre por haber estrenado durante la ocupación, considerado por algunos críticos una componenda con el enemigo, pero seguramente lo hizo porque su obra describe la situación de tres personajes muy diferentes

La obligada reclusión impuesta para evitar que siga expandiéndose el coronavirus mortífero, tiene la compensación de permitir releer obras que en circunstancias normales quedan relegadas, ante la tentación de descubrir las nuevas publicaciones. Y el estado de sitio en que nos hallamos en casi todo el mundo durante este mes de marzo que seguramente será histórico, invita a la relectura de obras de creación con argumentos semejantes a la realidad que estamos soportando con temor y temblor, por decirlo bíblicamente, encerrados en casa y sin saber por cuánto tiempo.

Una de las más notables sin duda es Huis-clos, de Jean-Paul Sartre, en castellano titulada A puerta cerrada. Es un breve drama en un acto, con tres personajes principales y otro complementario, estrenado en París el 27 de mayo de 1944, un mes antes de la liberación de las fuerzas militares alemanas ocupantes. El Reich se desmoronaba desde su derrota en Stalingrado ante el Ejército Rojo, el 2 de febrero de 1943, y al año siguiente podía esperarse con seguridad su capitulación en cualquier momento, como ocurrió: en realidad la guerra terminó en Stalingrado.

Se censuró a Sartre por haber estrenado durante la ocupación, considerado por algunos críticos una componenda con el enemigo, pero seguramente lo hizo porque su obra describe la situación de tres personajes muy diferentes, forzados a convivir a pesar de odiarse. Los parisienses, como buena parte de Europa, estuvieron obligados a convivir con los nazis invasores muy en contra de sus deseos, porque los que demostraban alguna oposición eran ejecutados.

En todo caso, el argumento de Huis-clos supera las delimitaciones espaciales y temporales, puesto que sucede en algún lugar que puede ser considerado el infierno. No el infierno general anunciado por algunas creencias religiosas, mayoritarias en Occidente, para las almas de los condenados a consecuencia de su comportamiento vital, sino más exactamente el trozo de infierno reservado para esos tres personajes: una habitación sin ventana ni espejos, con una chimenea para recordar la existencia del fuego, tenido como elemento imprescindible del infierno en esas creencias religiosas, con tres sillones, pensados para los tres inquilinos, una estatua de bronce como adorno, y un abrecartas aparentemente inútil, ya que no hay ningún libro ni carta en la estancia que justificara su inclusión en tan reducido mobiliario.

Sigo la traducción de Aurora Bernárdez en el primer volumen de Teatro de Sartre, editado en Buenos Aires por Losada en 1948.

Los personajes

El Camarero es un personaje secundario, encargado de introducir en la habitación a los tres protagonistas, de responder lacónicamente a las preguntas que le dirigen, y de cerrar la puerta con llave por fuera cada vez que los acomoda. Es un simple criado de alguien superior que desconocemos, pero sin duda con gran poderío para organizar ese escenario. El Camarero no explica nada, probablemente porque nada sabe, es un ser carente de opinión y de sentimientos, que cumple su trabajo automáticamente.

Los tres protagonistas van llegando por separado. El único hombre es Garcin, un periodista alcohólico que trataba sádicamente a su mujer y tenía una amante. Su carácter cobarde le hizo desertar en una guerra, por lo que fue fusilado, y es el motivo de encontrarse allí.

Después se le incorporan dos mujeres con unos pasados criminales. Inés era una empleada vulgar, si no fuera por su historia: lesbiana, enamorada de la mujer de su primo, sádica en su comportamiento, indujo al primo al suicidio para quedarse con su viuda. Y la otra, Estelle, casada por interés con un viejo adinerado al que engañaba, tuvo un hijo con un amante y, para librarse del niño lo mató, en contra de los deseos de su cómplice, que se suicida, sin que esta sucesión de muertes provoque en ella ningún arrepentimiento, porque sólo se preocupa por su apariencia física, con ínfulas de gran dama, se inquieta por su apariencia física, y quiere un espejo para contemplarse, lo que allí es imposible.

Los actores que estrenaron el drama

El espejo es un símbolo, porque significa que los tres personajes se van a ver analizados por los compañeros de cautiverio. Los otros son el espejo de cada uno de ellos. Las relaciones entre los tres marcan su personalidad, que no es la que cada uno de ellos quisiera para sí mismo, sino la que le configuran los otros. Y puesto que se hallan condenados no se puede decir verdaderamente que sea a convivir, sino a conmorir, la opinión de los otros resulta fundamental para que puedan sentirse cómodos. Tienen en común un comportamiento inmoral reprobable socialmente, lo único que les une, tanto por su dependencia del sexo en las relaciones humanas, como por los actos que a causa de ello son capaces de realizar contra toda apariencia de ética. Pero son unos personajes realistas, que pueden existir, según leemos con frecuencia en las secciones de sucesos de los periódicos.

Importancia del sexo

Dados sus antecedentes, era lógico que Garcin deseara mantener una relación sexual con Estelle, pero eso mismo es lo que anhela Inés. Por su parte, el objeto del deseo de los otros, estaría conforme con aceptar a Garcin como amante para quizá toda la eternidad, aunque eso significaría que ellos dos se encontraban muy a su gusto encerrados en esa habitación, lo que choca con el concepto de infierno, un lugar en el que absolutamente todo resulta negativo para sus inquilinos. Es Inés la que se encarga de recordárselo, al impedir que puedan realizar su plan, debido a que ella pretende ser la protagonista de esa relación sexual:

Hagan lo que quieran, son los más fuertes. Pero recuerden, estoy aquí y los miro, no les quitaré los ojos de encima, Garcin, tendrá que besarla bajo mi mirada. ¡Cómo los odio a los dos! ¡Ámense, ámense! Estamos en el infierno y ya me llegará el turno. (Página 109.)

El sexo adquiere carácter predominante, lo que es normal en la vida humana, aunque el hecho de hallarse los tres encerrados le da una dimensión extraña. En esa relación no es posible aceptar lo que habitualmente se llama formar un triángulo, en el que los tres lados son equiláteros y se compenetran en todo, porque Estelle no es lesbiana y Garcin la quiere para él. De modo que se produce una situación en la que los tres personajes se odian, con la obligación de continuar juntos. Es un trío formado con opuestos, sujetos a una regla de comportamiento imprescindible en todo grupo social, con la característica de que sus componentes detestan esa sociedad y les gustaría anularla.

Sartre resume en Huis-clos la naturaleza propia de la sociedad burguesa, de la que sus tres personajes son arquetipos. Representa su principio y su derivación. La sociedad burguesa se compone de personas con características diversas, obligadas a convivir sin tener nada en común. Cada una ha recibido una educación diversa, le han enseñado a respetar unos valores individualistas, y a seguir la ley de la competencia para no reconocer a sus vecinos como iguales. No es una sociedad en el justo significado del término, puesto que no se halla cohesionada, sino que es oportunista, eminentemente antisocial.

Pero los individuos se ven obligados a compartir las vidas, sin ninguna alianza social entre ellos, y así en realidad no conviven, todo lo contrario, se enfrentan agarrados a sus intenciones pequeñoburguesas. En ese estadio son inevitables las luchas por el afán de dominio de unos sobre otros, tanto si es un dominio económico como sexual, los odios se engrandecen, y de hecho la que debiera ser una sociedad se convierte en un campo de batalla disfrazado, es decir, en una aglomeración asocial.

Una sociedad infernal

Nadie quiere mantener esa situación, aunque no puede superarla por la misma fuerza de la rutina. Se ha ido construyendo así, y no es posible evitarla. No existe una salida, es preciso continuar repitiendo el mismo papel. Esa seudosociedad se ha organizado así, y así debe continuar porque es su razón de ser. Para evadirse de su organización genética no es factible utilizar más que un medio, la revolución. La única posibilidad de cambiar la sociedad burguesa dominante consiste en destruirla, para sustituirla por otra más justa, cabe decir más social en su justo término.

Eso es impracticable en la situación planteada por Sartre. Es tan angustiosa que Garcin pretende rebelarse, pero su rebeldía tropieza con la puerta cerrada por fuera. Esa realidad que está padeciendo del infierno es mucho más desagradable que la anunciada por algunas creencias religiosas, como la cristiana mayoritaria en Francia. Pretende cambiarla por la imagen clásica de los diablos con rabo y cuernos armados de tridentes que empujan las llamas inconsumibles hacia los condenados:

¡Abran! ¡Abran, pues! Lo acepto todo: los borceguíes, el plomo derretido, las tenazas, el garrote, todo lo que quema, todo lo que desgarra, quiero padecer de veras. Antes cien mordiscos, antes el látigo, el vitriolo, que este padecimiento mental, este fantasma de sufrimiento que roza, que acaricia y nunca hace demasiado daño. (P. 114.)

Es inútil. Los seres humanos decidieron hace siglos agruparse socialmente, y así perdieron para siempre su individualidad en las sociedades burguesas. Uno es el espejo de los demás. Por eso se originan los cotilleos, las envidias, los enfrentamientos, e incluso los asesinatos. Las dos mujeres del drama son criminales, y el hombre un ser despreciable, sádico, alcohólico, desertor y cobarde. Es lógico que se repelan, pero en la sociedad es inevitable la convivencia.

Hubo un tiempo en que los eremitas se retiraban a pasar la vida aislados en cuevas, pero ya no es posible ni eso siquiera, puesto que lo que llamamos civilización domina todos los territorios. Tenemos conciencia de nuestra interdependencia social, y por lo general la asumimos como inevitable. Es frecuente escuchar o leer críticas contra una sociedad determinada en que reside el descontento, pero de ahí no se pasa habitualmente. La solidaridad es falsa, predomina el antagonismo.

Los otros como nosotros

Esta condición social conduce de forma inexorablemente al disimulo. Los seres humanos se resguardan de las miradas con que les observan los otros, recurriendo al disimulo de la realidad. De esa manera la sociedad es falsa, porque se sostiene sobre una mentira. Conviene aparentar algo distinto de la realidad para mantener el necesario equilibrio social. Una vida en común no buscada, sino rechazable, conduce al famoso resumen de Huis-clos, la gran aportación sartriana a la sociología contemporánea: L’enfer, c’est les autres. Para los tres personajes del drama arquetipos de la sociedad actual, estar en el infierno es tener que soportar a los otros a su lado, según se lo grita Inés a Garcin ya al final de la obra:

Bueno, ¿qué esperas? Haz lo que te dicen. Garcin, el cobarde, tiene en sus brazos a Estelle, la infanticida. Se abren las apuestas. ¿Garcin el cobarde la besará? Os veo, os veo; yo sola soy una multitud, la multitud, Garcin, la multitud, ¿lo oyes? (Murmurando.) ¡Cobarde! ¡Cobarde! ¡Cobarde! ¡Cobarde! En vano me huyes, no te soltaré. ¿Qué vas a buscar en sus labios? ¿El olvido? A mí es a quien hay que convencer. A mí. ¡Ven, ven! Te espero. ¿Ves, Estelle? Afloja el abrazo, es dócil como un perro. ¡No lo tendrás! (P. 116.)

Inés se convierte, simplemente porque ella lo quiere, en la conciencia social de sus compañeros. Será fácil imaginar que los tres son iguales, sometidos a la misma ley, pero no es así de hecho, porque los individuos no desean integrarse en una sociedad que no les gusta, precisamente porque es discriminatoria. Lo harían en una sociedad social, con un orden compartido, sin depender unos de otros en donde todos fuesen iguales.

Esta crítica de la sociedad burguesa debe impulsar a los espectadores a meditar sobre sus consecuencias. Esta sociedad es mala, negativa, incluso antisocial. Si pudo tener sentido hace tiempo, ahora lo ha perdido al querer perpetuar la herencia. Esta sociedad es infernal, en el sentido tradicional del término. Su historia es común a los países desarrollados, y significa un retroceso en el devenir de la humanidad. Se impone modificarla, pero eso no es posible más que mediante una revolución social, que abra las puertas cerradas para terminar con las desigualdades de casta. En una sociedad verdaderamente social todos los ciudadanos han de ser iguales. De ese modo no se tratarán con envidias ni odios.

Huis-clos es una obra de teatro solamente, aunque desarrolla una teoría social de actualidad cuando se estrenó y todavía, porque la sociedad burguesa no es capaz de evolucionar por sí misma.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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