Feminicidios posmodernos

Nònimo Lustre*. LQS. Febrero 2021

Hoy nos toca comentar un caso de genocidio posmoderno, es decir, aquel en el que no se exterminan los cuerpos ni, aparentemente, se daña demasiado al alma pero que, en la práctica no deja de ser un genocidio en letras grandes. Algún pacato o cómplice del villano dirán que no fue para tanto, que aquello fue sólo un delito de lesa humanidad. Y otros aún más canallas, querrán dejarlo en delito a secas. Tampoco faltarán los que lo defiendan dejándolo en mera negligencia o en desdichado error administrativo. Y, de hecho, muchísimos peruanos sostienen hoy lo mismo que sostuvieron ayer: hacía falta y qué grande fue Fujimori.

Nos referimos a la campaña de esterilización masiva que emprendió el Estado peruano bajo el mandato de Fujimori. Oficialmente, se tituló Programa Nacional de Salud Reproductiva y Planificación Familiar (PNSRPF,1996-2000) y consistió en operar innumerables ligaduras de trompas y vasectomías, todas ellas en unas condiciones quirúrgicas inenarrables. Según las cifras oficiales, se perpetró contra algunos pocos cientos de mujeres; según cifras actuales, el crimen destruyó a más de 300.000 peruanas -y a unos 16.000 o 22.000 hombres. ¿Huelga añadir que todas ellas -y esos miles de ellos- eran pobres, marginales, campesinas analfabetas y, sobre todo, indígenas?

En cine: Morbo en pantalla grande
En la prostitución callejera: Apud Jean-Leon Gerome, apud feminicidio.net

Grosso modo, este genocidio es uno más dentro del enorme campo de los delitos de lesa humanidad que se cometen contra las mujeres. En su sentido más histórico, estas aberraciones son posibles porque la mujer sobrevive en un estado de esclavitud. Y si algunos creen que el término es demasiado fuerte, no sólo lo mantendré sino que incluiré en él a las mujeres del Primer Mundo. Porque, vamos a ver, si no es en un Estado de Esclavitud Femenina, ¿es posible imaginar que haya feria de vientres de alquiler en el Madrid de 2017? Tal hecho se perpetra en toda Europa convocado por un fortísimo conglomerado de sádicos mercachifles y, de milagro, no se ha celebrado hace pocos días en un lujoso hotel de Madrid. Lo llamarán ‘gestación subrogada’ porque algún listillo creó el término y porque unos miles de plumillas degenerados lo repiten como loros pero, si eso no es un vulgar mercado de esclavas, me como crudo el Real Diccionario de la lengua castellana.

Así se le veía en sus años de dictador

Por otra parte, este mercado delictuoso no sólo no es perseguido judicialmente sino que es considerado como inmerso en el marco de un imaginario colectivo occidental que se regodea chapoteando en el morbo de la esclavitud femenina. Algunos ejemplos se pueden ver en las imágenes.

Y, cómo no, en la madre de todas las esclavitudes que son las órdenes religiosas. De todas las religiones, me da igual que sean moros o cristianos: Esclava del Sagrado Corazón de Jesús. La hipostasia del delirio sado-maso.

Pero, volviendo al Perú: la esterilización masiva entendida como política de Estado, fue ordenada por el gobierno de Fujimori (pueden añadir “y de Montesinos”) Años oscuros en los que, so pretexto del terrorismo de Sendero Luminoso y del MRTA, una mafia genocida tuvo las garras libres. Con menos ironía de la exigible, así veían al Presidente, imagen derecha.

Hoy, encarcelado y dizque enfermo, Fujimori trata de apelar al sentimentalismo de sus ex súbditos publicando fotos como ésta:

Así quiere que se le vea ahora: de prepotente a llorica

Pero nosotros no nos comemos ese caramelo envenenado. Personalmente, no siento la menor empatía-simpatía-conmiseración por su (supuesto) estado físico y psíquico. Ni olvido ni perdón. Al contrario, hoy recordamos que sus crímenes siguen impunes -unos añitos de cárcel cinco estrellas no pagan el genocidio que maquinó y llevó a cabo-.

El gobierno peruano de entonces, es decir, no sólo el individuo llamado Alberto F. sino también su equipo de criminales (su hija Keiko en primer lugar), son culpables e impunes. Dicho sea con especial referencia a los médicos que efectuaron los cientos de miles de ligaduras de trompas:

Ligadura de trompas

Los motivos para el genocidio, su rationale, su filosofía política -es un decir-, se justificaban en el miedo que tenían al crecimiento demográfico de los indios y de los pobres en general. Era tan poco imaginativos, tan poco emprendedores y tan mucho perversos como para creer que no daban abasto para explotar a esas masas por lo que, sin poderlas esclavizar por falta de cacumen, decidieron que lo mejor era “podarlas”. Ni cortos ni perezosos, aquella élite limeña

Las llevaban engañadas a los centros de salud

-es otro decir, llevo demasiados posmodernismos y eufemismos-, y sus cómplices de provincias, acarrearon a las mujeres indígenas y pobres a los centros de salud (¡) para extirparlas la poca salud que las quedaba. Para destruirlas siguiendo el protocolo AQV (anticoncepción quirúrgica voluntaria), las sacaron de la selva amazónica y también de la Sierra.

Las historias orales que se desprenden de las declaraciones de las mujeres mutiladas dan escalofríos incluso a los que estamos acostumbrados a las narrativas de la Invasión contra las Yndias y de los genocidios republicanos y contemporáneos. Reproduzcamos una de ellas que no es precisamente la más dolorosa ni mucho menos. Declara una Shipibo, la indígena amazónica Norma Mori:

Las enfermeras llegaron a mi casa y me llevaron al puerto de Pucallpa en bote y de ahí al hospital en motocar (taxi moto). No entendía para qué iba al hospital si no estaba enferma. Me llevaron a un cuarto, me pusieron una bata y de frente a la camilla. Yo pregunto qué es esto que me van a hacer si yo estoy sana. En ese cuarto me amarraron con sogas las manos. Al despertar sentí mucho dolor. Las enfermeras me dijeron que ya podía irme. “¿Por qué me han hecho esto?”, les dije “Para que no tengas más hijos”, nada más me respondieron: “Yo quería tener más hijos”.

En plan leguleyo, entre las esclavas-que-no-sabían-que-era-esclavas destaca una insistencia: “Nadie me informó, yo no quería, yo no di mi consentimiento, se aprovecharon de que soy analfabeta y de que no hablo español”. Como cabría esperar, muchas murieron durante el posoperatorio y las que sobrevivieron, lo hicieron en condiciones infames: nunca volvieron a tener buena salud, los maridos las abandonaron, la sociedad las miró de reojo, nunca pudieron tejer -en muchos casos su tradición y su medio de vida- porque el telar de cintura las oprimía la herida y un larguísimo etcétera.

Hoy, décadas después, este genocidio amparado en el régimen esclavista y en la impunidad ¡todavía no está calificado como imprescriptible crimen de lesa humanidad! De hecho, sólo se han juzgado unas escasas decenas de casos y sólo ha habido una condena -por el asesinato quirúrgico de Mamérita Mestanza. ¿Qué dicen ahora los matarifes principales, los funcionarios verdugos, los matasanas? Pues los médicos en general, la Federación Médica Peruana y el Colegio Médico del Perú se lavan las manos, ponen cara de “yo-no-fui” o, todo lo más, se escudan en que las esterilizaciones eran “un mandato legal”.

Perú ni tiene ese registro ni siquiera está juzgando las esterilizaciones como lo que son: un delito de lesa humanidad

Item más, por increíble que parezca, NO hay un registro oficial de las mujeres mutiladas. Y nunca lo habrá completo porque bien se cuidaron los genocidas de quemar los archivos (¡cuán Conquistadores españoles pueden llegar a ser algunos peruanos!) Amnistía Internacional, en su campaña “Contra su voluntad”, lo proclama alto y claro.

Conmovidos por esta catástrofe humanitaria y para hacer frente a su impunidad, debemos informarnos en las obras de Alejandra Ballón Gutiérrez, del CLADEM (Comité de América Latina y el Caribe para la Defensa de los Derechos de la Mujer) y de tantas otras, incluyendo el ensayo recientemente publicado en España de Ainhoa Molina Serra. Y, por supuesto, escuchando prioritariamente a la Asociación de Mujeres Afectadas por las Esterilizaciones Forzadas (AMAEF, nacida en Cuzco 2004)
Claro, siempre nos queda la resistencia perenne de las obras artísticas.

Y siempre nos quedará ¡la calle!. ¡¡¡Vivan Las Libertadoras!!!

PD. Otro de los motivos que me han llevado a este tema es tomarme una (tardía) venganza. Hace casi 20 años, en pleno fujimorato, tuve que escribir un artículo de divulgación sobre un pueblo amazónico muchas de cuyas mujeres también fueron esterilizadas. Como no podía ser menos, incluí unos párrafos sobre este genocidio posmoderno. Los editores, subvencionados para la confección de ese número de esa revista por la Embajada de Perú en España, pusieron el grito en el cielo y me pidieron que los eliminara. Me negué y negociamos; me prometieron que mantendrían el cogollo del caso pero, al final, lo que salió publicado fue sólo esta mísera frase: “[a los indígenas] Los embaucan con orquestinas, banderolas y un plato de arroz para que asistan a la Gran Fiesta de la Salud. Gratis: ligadura de trompas y vasectomía” (en “El pueblo shipibo”, Altaïr nº 1, primavera 1999) Encima, para añadir el escarnio a la traición injuriosa, incluyeron en otra página la versión oficial. Excuso decir que otorgándola más espacio y más visibilidad. Por mi parte, quede hoy restituida la petite histoire. Han pasado muchos años pero la venganza es un plato que se sirve frío, ¿no es así?

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