Carlos Olalla*. LQSomos. Enero 2018

No cumple con ni uno solo de los cánones de belleza impuestos por el patriarcado, además es inteligente, feminista, comprometida, coherente consigo misma, ha cumplido los sesenta y siempre, siempre, siempre dice lo que piensa. Tiene todos los requisitos para que le cierren las puertas de este mundo para el que una mujer así es una peligrosa amenaza al status quo. Sin embargo, está en uno de los momentos más esplendorosos de su carrera como actriz y también con la de productora que inició hace casi diez años.

Es Frances McDormand, reciente ganadora del globo de oro a la mejor actriz por un papel que, desde ya, forma parte de la historia del cine, el de Mildred Hayes, esa madre que, al ver que la policía no investiga el asesinato de su hija adolescente, coloca tres vallas publicitarias que desencadenan todo tipo de reacciones en el pequeño pueblo donde vive. Ver a Frances McDormand en la pantalla es sentir una empatía brutal con una mujer que te transmite todo lo que le pasa sin necesidad de hacer un solo gesto o decir una sola palabra. Su absoluto dominio del tempo interpretativo, ese aparente detener el tiempo con la más absoluta naturalidad está al alcance de muy pocos intérpretes. Es fascinante verla trabajar, encarnar unos personajes con los que, como público, te sientes absolutamente identificado a pesar de que no dejan de sorprenderte con sus reacciones muchas veces totalmente inesperadas. Eso forma parte de la magia que desprende esta actriz capaz de transmitir la verdad más absoluta en la circunstancia más surrealista o disparatada. Un silencio suyo, una mirada y sabes que algo totalmente inesperado va a suceder. Y sucede. ¡Vaya si sucede! Pocos intérpretes a lo largo de la historia han sido capaces de crear esta química con el espectador que, inevitablemente, se ve reflejado en todo lo que le pasa a esta actriz. Y eso es algo que ella lo ha hecho en el cine, en el teatro y en la televisión.

La vida de Frances McDormand es una vida muy singular. Adoptada cuando tenía un año y medio por un pastor de los discípulos de Cristo de origen canadiense, pasó una gran parte de su infancia y adolescencia cambiando de residencia en función de los destinos que le encomendaban a su padre. Desde muy pequeña supo que quería ser actriz: “Cada vez se volvió más claro que actuar era la única cosa que sabía hacer” Su debut en el cine fue protagonizando la primera película de los hermanos Coen en 1984. De hecho está casada con uno de ellos, Joel, desde ese año. Cuando ganó el Oscar por su papel en Fargo, sacó a relucir su ironía cuando, al agradecer el premio, dijo: “Bueno. Está bien, pero creo que ha sido porque me acuesto con el director…” Ese agudo sentido del humor de Frances McDormand también se refleja cuando cuenta que son muchos los actores y actrices que se le acercan para decirle que quieren trabajar con su marido y ella les contesta que también quiere hacerlo y que se pongan en la cola.

El hecho de ser una hija adoptada hizo que, en 1994, también ella adoptara un hijo, Pedro McDormand Coen, de origen paraguayo con quien viven en Nueva York y al que han querido mantener siempre cerca de sus raíces (suele viajar con sus padres a Paraguay para mantener el vínculo con su país de nacimiento) Para ella la relación con su hijo adoptivo es tremendamente estrecha: “En el momento en el que lo hueles por primera vez se produce una reacción de las feromonas entre padre e hijo. Mi hijo olía como un rollito de canela y ese olor entró en mi ser biológico, convirtiéndose en un imperativo que me obliga a mantenerle con vida sobre cualquier cosa, un animal que aparece dentro de ti para protegerlo. Y aunque se conviertan en mujeres u hombres, ese instinto no se detiene nunca”

Consciente de que había desarrollado su carrera descartando personajes más que eligiendo los que ella quería, en 2009 no dudó en comprar los derechos de una novela que le había impactado (Olive Kitteridge), que transformó en una serie de tv para HBO que produjo y protagonizó y con la que ganó infinidad de premios: “Era demasiado vieja, demasiado joven, demasiado gorda, demasiado flaca, demasiado alta, demasiado baja, demasiado rubia, demasiado morena —pero llegado algún punto van a necesitar a la otra. Así que me hice muy buena en interpretar a la otra… Al leer la novela supe de inmediato que eso era lo que yo quería hacer. Al adaptar el papel de Kitteridge a una serie de tv mi concepción de este medio cambió por completo porque entendí las enormes posibilidades que ofrece porque 90 minutos no son suficientes para contar una historia femenina, se necesitan siete u ocho horas y no contar la historia en orden cronológico… Lo realmente apasionante para mí de este proyecto es que me hizo dar cuenta de que, además de actriz, soy una cineasta. No una directora, ni una guionista, pero sí una cineasta. Lo que no me llama es la dirección. Con un director en la familia es suficiente. No soy buena en eso. Yo creo que soy realmente buena como productora”

Frances McDormand es una de las contadas actrices que ha vencido al machismo que domina la profesión que discrimina y margina a la mayoría hasta hacerlas desaparecer cuando cumplen los cuarenta. Lo ha hecho a su manera, sin renunciar jamás a ser ella misma, algo que siempre ha tenido muy claro y que no deja de reivindicar en cuanto se le presenta la menor oportunidad: “Con la edad te ganas el derecho a ser fiel a ti misma” La semana pasada, al recoger el globo de oro en una ceremonia marcada por la protesta de actrices y actores por la discriminación de la mujer, su discurso fue uno de los más reivindicativos de la gala y tuvo un detalle que habla de su calidad humana: fue la única que, al subir a recoger el premio, saludó expresamente a la azafata que lo subía al escenario. Nunca desaprovecha la ocasión para denunciar injusticias y para reivindicar los derechos de la mujer. Preguntada en una ocasión sobre qué creía que necesitaban las mujeres para disminuir las desigualdad que les separa de los hombres fue muy clara: “Dinero, lo demás lo tenemos. Dennos dinero y verán todo lo que nuestro talento puede hacer con él”

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