Urania Berlín*. LQSomos. Febrero 2017

Hacía tiempo (mucho) que no hablaba de música y empezaba a preocuparme. Aunque ahora lo haga y no para demasiado bien, precisamente. Lo mejor del compositor sueco Franz Berwald (1796-1868), contemporáneo de Felix Mendelsshon, se encuentra, a mi entender, en la música de cámara, es decir, cuartetos de cuerda, duetos para violín y piano o quintetos para piano, disfrutables moderadamente en cualquier circunstancia. Menos estimulante es el Berwald sinfónico, que ha sido tachado de pedestre, reiterativo, marmóreo y poco variado, orquestalmente hablando, por parte de determinada crítica especializada. La verdad es que parte de razón hay en el asunto. Estilísticamente, las sinfonías del sueco no son para echar las campanas al vuelo. Un poco de Mendeslsshon por aquí y exiguos retazos de originalidad por allá. Aún así se pueden encontrar momentos dignos de atención en algunos pasajes sinfónicos.

No hay otra premisa a la hora de encarar estas obras para no entrar en la previsible monotonía achacable a las mismas, que ejecutarlas mediante tempos ágiles, impetuosos, a la vez que lo más diáfanos posibles. Y esto es, a grandes rasgos, lo que hicieron el prácticamente desconocido director sueco Ulf Bjorling (1933-1993) y la Royal Philharmonic Orchestra de Londres, en un registro de referencia publicado en el año 1976. Ulf Bjorling profundiza y optimiza el discurso sonoro general de su compatriota para sacar, sino oro musical, sí una adecuada distribución de los planos sonoros y las dinámicas orquestales, otorgando una más que apañada coherencia a unas partituras enfáticas y estructuralmente poco sólidas. Incluso, en las oberturas, dota a las mismas de un moderado hálito romántico (Estrella de Soria), aunque aquí se advierta una página algo alicorta, e igualmente con la descriptiva paisajística, de tonalidades evocadoras, lograda con la otra obertura: Reminiscencias de las montañas noruegas.

En la Sinfonía singuliere que abre el disco Bjorling subrayó todas las virtudes antes señaladas. Perfiles y relieves construidos en base a un matizado aliento melódico y una tímbrica inclusive a veces sugerente pero, ojo, se atisba tediosidad de fondo, todo hay que decirlo. La Sinfonia seriuse es la más floja con diferencia de las cuatro aunque, eso sí, Bjorling la resuelve estupendamente, en particular, con el digno y emotivo Allegro maestoso (movimiento que fue interpretado en el funeral de Berwald), de contrastada intensidad dramática. El Finale de la Seriouse, después del lento motivo introductorio, es pataleante y tirando a chabacano, limitándose el director sueco a cumplir con el guión “berwaldiano”. Sinfonía, ésta última, la más prescindible de las cuatro que compuso el sueco. No obstante, en Berwald, aunque no lo parezca, también hay momentos para un lirismo de la mejor escuela, inspirado (Andante, de la Sinfonia Capricieuse o el Adagio en la Sinfonía en Mi bemol). Los movimientos lentos son, en sus piezas sinfónicas, lo más atrayente del repertorio de Berwald.

Resumiendo, lecturas todas ellas, las de Bjorling, atentas, equilibradas y, dentro de lo que cabe, elocuentes, gracias a la admirable generosidad de director y orquesta en unas obras que no daban para mucho. Los compositores nórdicos (al igual que los ingleses) no han sido, precisamente, “santos” de mi devoción, si exceptuamos algunos trabajos de Edward Grieg o Jean Sibelius (todas sus sinfonías, con excepción de sus poemas sinfónicos, la artificial y henchida 2ª sinfonía o la aséptica 3ª).

En definitiva, Berwald me sigue pareciendo, a excepción de su obra camerística y algún movimiento suelto de sus sinfonías, uno de los compositores menos atrayentes y sosones del período musical que se dio en llamar romántico, con el debe de ser poco o nada interpretado hoy día en las salas de concierto. Con todo prefiero a este Berwald antes que sumergirme, por ejemplo, en los megatostonazos neurótico-hipocondríacos de Mahler, aunque el bohemio esté en las antípodas musicales del sueco (romanticismo tardío y sinfonías de más de una hora).

* Urania en Berlín

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