Gabo y Mercedes: Una Despedida

Por Reza Allamehzadeh*. LQSomos.

Reviso mis notas de los últimos días y no sé si reunirlas en algún tipo de relato. Al igual que mi madre, mi papá tenía la firme convicción de que nuestra vida familiar debía ser estrictamente privada. De niños nos hicieron cumplir esa regla una y otra vez. Pero ya no somos niños. Niños adultos, quizás, pero no niños (págs. 90-91).

Esta es una nota de Rodrigo García, el hijo mayor de Gabriel García Márquez, para justificar la publicación de sus notas en un libro titulado «Gabo y Mercedes: una despedida». El libro, que él y su editor conocían bien, pronto sería bienvenido por los amantes de Márquez, el novelista contemporáneo más popular del mundo.

En la continuación de la misma nota, el autor comparte su preocupación con el lector sobre la publicación de este libro con más énfasis:

Sé muy bien que cualquier cosa que escriba sobre sus últimos días puede llegar a publicarse fácilmente, sin importar su calidad. En el fondo sé que voy a escribir y a mostrar estos recuerdos de una y otra forma. Si tengo que hacerlo, recurriré incluso a otra cosa que nos decía: “Cuando esté muerto, hagan lo que quieran”.

La misma cita de su padre, que murió hace siete años, debería justificar su decisión más amplia y la de su hermano menor, Gonzalo, de permitir el rodaje de las dos brillantes obras de Márquez, “Noticia de un secuestro” y “Cien años de soledad”, a Amazon Prime y Netflix. Eso sí, al parecer tendrían que esperar hasta la muerte de su madre, Mercedes Barcha, fallecida hace menos de un año, para tener derecho a entregar sus escritos como únicos herederos de las obras populares de su padre.

Hasta donde yo sé, Márquez ha escrito al menos una vez que no estaría de acuerdo con el rodaje de «Cien años de soledad». En la introducción de uno de los talleres de guion en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de Cuba -que se publicó en un libro titulado «La bendita manía de contar” y que ya lo he traducido y publicado en persa-, declaró la razón para no permitir que la novela «Cien años de soledad» se filme, de la siguiente manera:

Yo creo que quien lee una novela es más libre que quien ve una película. El lector de novelas se imagina las cosas como quiere –rostros, ambientes, paisajes…- mientras que el espectador de cine o el televidente no tiene más remedio que aceptar la imagen que le muestra la pantalla, en un tipo de comunicación tan impositiva que no deja margen a las opciones personales. ¿Saben ustedes por qué no permito que “Cien años de soledad” se lleve al cine? Porque quiero respetar la inventiva del lector, su soberano derecho a imaginar la cara de la tía Úrsula o del Coronel como le venga en gana (1).

Antes de volver al libro de Rodrigo García, permítanme decirles también que Rodrigo tiene 61 años, vive en Los Ángeles y es director de cine y televisión. Según un informe sobre el libro publicado en el diario español El País, Rodrigo es productor ejecutivo de “Noticia de un secuestro”, que se filma actualmente en Colombia, y de la versión que prepara Netflix de «Cien años de soledad», que sigue en una fase de preproducción (2).

Una hermosa escritura

El libro tiene 32 capítulos y, a pesar de que a veces la mitad de las páginas se quedan sin escribir, aun así, no superan las cien páginas. Ninguna de las notas tiene fecha y no sigue un orden cronológico determinado.

Pero en este libro se puede ver al autor tratando de utilizar un lenguaje conciso y pegadizo y de dar una estructura narrativa a algunos de los fragmentos dispersos de sus notas. Cita a su padre diciendo: «Si puedes vivir sin escribir, no escribas». Y el autor se considera una de esas personas que no pueden vivir sin escribir.

Por eso confío en que me perdonaría. Otra de sus afirmaciones que me llevaré a la tumba es “no hay nada mejor que algo bien escrito” (pág. 91).

Y es por eso que Rodrigo, aunque no tiene bastante espacio en sus breves notas, todavía consigue crear piezas hermosas como estas dos notas muy interesantes:

Más tarde esta mañana, aparece un pájaro muerto dentro de la casa. Hace unos años, se cubrió lo que antes era una terraza para hacer un comedor y sala con vista al jardín. Las paredes son de vidrio, así que se presume que el ave entró volando, se desorientó, se estrelló contra el vidrio y cayó muerta en el sofá, más precisamente en el sitio donde mi padre suele sentarse. Su secretaria me informa que los empleados de la casa se han dividido en dos bandos: los que piensan que es un mal augurio y quieren arrojar al pájaro a la basura, y aquellos que piensan que es un buen presagio y quieren enterrarlo entre las flores. Los basuristas han tomado la delantera y el pájaro ya está en una caneca fuera de la cocina. Después de más debates lo dejan en un rincón del jardín, sobre la tierra por ahora, mientras se decide su destino final. Finalmente, será enterrado cerca del loro, en una zona del patio donde además hay un cachorro. La existencia de mascotas siempre se le ocultó a mi padre, que se hubiera horrorizado (pág. 53).

En otra nota, escribe sobre una interesante memoria sobre la muerte de los pájaros en la novela más famosa de Márquez:

Poco después de que la noticia de muerte de mi padre se divulgue, su secretaria recibe un correo electrónico de una amiga con la que no ha hablado desde hace mucho tiempo. La amiga quería saber si nos habíamos dado cuenta de que Úrsula Iguarán, uno de sus personajes más famosos, también murió un Jueves Santo. Incluyó el pasaje de la novela en el correo electrónico, y al leerlo la secretaria de mi papá descubre que, después de la muerte de Úrsula, unas aves desorientadas se estrellaron contra las paredes y cayeron muertas en el suelo. La asistente lo lee en voz alta y piensa, por supuesto, en el ave que murió poco antes ese mismo día. Me mira, tal vez esperando que sea yo lo suficientemente tonto como para aventurar una opinión sobre la coincidencia. Solo sé que me muero de ganas de contarlo (pág. 65).

Vivir, la fuente de contar cuentos

Una tarde en Ciudad de México en 1966, subió a la habitación donde mi madre leía en la cama y le anunció que acababa de escribir la muerte del coronel Aureliano Buendía.
– Maté al coronel -le dijo, desconsolado.
Ella sabía lo que eso significaba para él y permanecieron juntos en silencio con la triste noticia (pág. 47).

Rodrigo se refiere al hecho de que su padre conocía a los personajes de sus historias en su vida personal desde la niñez.

En otro contexto alguna vez dijo:
– Nada interesante me ha pasado después de los ocho años.
Era la edad que tenía cuando dejó la casa de sus abuelos, el pueblo de Aracataca y el mundo que inspiró su obra inicial. Sus primeros libros, admitía, fueron ensayos de prueba para Cien años de soledad. (págs. 29-30).

En esta novela histórica de la literatura mundial, no solo creó el personaje del coronel con los recuerdos que tenía de su abuelo, sino que también dio vida a muchos otros personajes con características de gente que conocía personalmente. Él mismo se refiere a muchos de ellos directamente en su extensa autobiografía, Vivir Para Contarla, y al explicar el título de ese libro, escribe en un prefacio que no tiene más de una oración: «La vida no es lo que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla (3)».

El creador del estilo realismo mágico muestra en este libro que los personajes principales de sus historias vienen de sus conocidos más cercanos, incluso los personajes poco realistas de su gran novela «Cien años de soledad». Lo más interesante de todo son los dos extraños amantes de la novela «El amor en los tiempos del cólera» que no son otros que sus propios padres.

Rodrigo enfatiza el mismo punto en sus notas:

Todo lo que había vivido, presenciado y pensado estaba en sus libros, convertido en ficción o cifrado (pág. 91).

El escritor, quien ha usado sus recuerdos de la infancia tan creativamente, ahora está perdiendo el tesoro de su vida por la enfermedad de Alzheimer.

Decía: “Trabajo con mi memoria. La memoria es mi herramienta y mi materia prima. No puedo trabajar sin ella, ayúdame” (pág. 19).

En varias notas breves, Rodrigo resume lo que ha visto directamente o escuchado de otros, para que el lector pueda sentir el sufrimiento de la enfermedad de Alzheimer de Márquez en los últimos años de su vida. En mi opinión, una de las notas más influyentes sobre la enfermedad de Alzheimer de su padre es eso:

Su secretaria me cuenta que una tarde lo encontró solo, de pie en medio del jardín, mirando a la distancia, perdido en sus pensamientos.
– ¿Qué hace aquí afuera, Don Gabriel?
– Llorar.
– ¿Llorar? Usted no está llorando.
– Sí lloro, pero sin lágrimas. ¿No te das cuenta de que tengo la cabeza vuelta mierda? (pág. 19).

Hay otra nota también que me interesa mencionar:

Cuando mi hermano y yo lo visitamos, nos mira larga y detenidamente, con una desinhibida curiosidad. Nuestros rostros tocan algo distante, pero ya no nos reconoce.
– ¿Quiénes son esas personas en la habitación de al lado? -le pregunta a la empleada del servicio.
– Sus hijos.
– ¿De verdad? ¿Esos hombres? Carajo. Es increíble (pág. 18).

Tres semanas en casa

«Recuerdo que mi padre decía que todos tenemos tres vidas: la pública, la privada y la secreta” (4), escribió Rodrigo García en una de sus notas. En una entrevista con Rodrigo, un presentador de Caracol Radio en Colombia le pregunta qué parte de la vida de Márquez se oculta en el libro, aludiendo a la misma cita. Rodrigo responde que, como todos conocen la vida pública de su padre, trató de no hacerlo. No se acercó a los secretos de su vida, pero trató de escribir lo más posible sobre su vida privada, especialmente en las últimas semanas de su vida cuando estuvo en casa (5).

Gabriel García Márquez, que había estado luchando contra el cáncer linfático durante casi 15 años, se rindió al Alzheimer en menos de dos años. Perder el tesoro de sus recuerdos significaba perder la vida.

Mi padre se quejaba de que una de las cosas que más odiaba de la muerte era el hecho de que sería la única faceta de su vida sobre la que no podría escribir (pág. 91).

Márquez vivió en México durante décadas, especialmente en sus últimos años. Sus médicos en su hospital en la Ciudad de México sugirieron a su esposa, Mercedes, que sería mejor que se lo llevaran a su casa durante las últimas semanas de su vida.

Rodrigo escribe en una nota:

Después de que lo instalan en la cama de hospital, las primeras palabras de mi padre, emitidas en un susurro áspero y difícil de entender, son “Quiero irme a la casa”. Mi madre le explica que está en casa. Mira alrededor con una especie de desilusión, aparentemente sin recordar nada (pág. 23).

Márquez, según su hijo, nunca estuvo acostumbrado a leer sus propios libros después de la publicación, pero durante su enfermedad de Alzheimer los leía con regularidad.

Al final, por primera vez desde su publicación, releyó sus libros y era como si los leyera por primera vez. “¿De dónde carajos salió todo esto?”, me preguntó en una ocasión. Seguía leyéndolos hasta el final, en algún momento reconociéndolos como libros familiares por la cubierta pero con una pobre comprensión de su contenido. A veces cuando cerraba un libro se sorprendía al encontrar su retrato en la contraportada, de modo que volvía a abrir e intentaba volverlo a leer (pág. 47).

La enfermedad de Alzheimer, sin embargo, no le privó de su dulce humor. Les traigo solo un ejemplo de este tipo de notas para reducir el peso del artículo; quizás Rodrigo lo mencionó en su libro por la misma razón.

Una tarde, un médico joven -jefe de internos del hospital, hijo de padre colombiano- pasa a saludarlo. Le pregunta a mi padre cómo se siente y la respuesta es “jodido”. La enfermera informa en su largo resumen que mi padre tiene la piel irritada y que “le han estado cuidado sus genitales” aplicando crema en la zona. Mi padre escucha y pone cara de terror. Pero sonríe y su expresión no miente: está bromeando. Luego, para ser claro, agrega: “Quiere decir mis huevos”. Todos se mueren de risa (pág. 25).

Me llevaría mucho tiempo si quisiera cubrir todas mis notas sobre este libro. Gabriel García Márquez falleció el Jueves Santo de marzo del 2014, en su casa de la capital mexicana y, como era de esperar, desató una ola de dolor y tristeza en todas las partes del mundo.

Aunque hay varias notas sobre la gloriosa ceremonia a la que asistieron los actuales presidentes y ex presidentes de Colombia y México, Rodrigo no prestó deliberadamente mucha atención a esas ceremonias. Para él y para su esposa e hijos -quienes llegaron a México desde California- y para su hermano menor, Gonzalo -quien también lo acompañó con su esposa e hijos de París, donde viven-, la ceremonia fue demasiado pesada. Para Mercedes, esposa de Márquez, lo más difícil fue que en un día tan amargo tenía que recibir a figuras artísticas, culturales y políticas de todo el mundo.

Hacia el final de su discurso, por lo demás bastante bueno, el presidente mexicano hace alusión a nosotros como “los hijos y la viuda”. Me retuerzo en la silla, con la certeza de que mi madre no lo verá con buenos ojos. Cuando los jefes de Estado salen, mi hermano se me acerca y dice con ironía: “la viuda”. Nos reímos nerviosamente. Pronto mi madre da su opinión en términos inequívocos, refunfuñando. Amenaza con decirle al primer periodista que se le cruce que planea volver a casarse tan pronto como sea posible. Sus últimas palabras al respecto son: “Yo no soy la viuda. Yo soy yo” (pág. 88).

Con recuerdos como estos, no es extraño que a Mercedes no le gustara en absoluto que su hijo publicara un libro sobre su vida privada.

“No somos figuras públicas”, le gusta recordarnos. Sé que no publicaré estas memorias mientras ella pueda leerlas (pág. 10).

Su madre, Mercedes Barcha, murió en agosto en plena pandemia de coronavirus y ahora, antes del primer aniversario de su fallecimiento, Rodrigo García ha publicado su libro con una foto en la contraportada que tomó a sus padres el día en que su padre recibió el Premio Nobel de Literatura.

Notas:
1.- La Bendita Manía de Contar, Taller de guion de Márquez, Ollero & Ramos editores. Pág. 18.
2.- El País, 18-05-2021. Los últimos días sin recuerdos de Gabriel García Márquez. Camila Osorio.
3.- Vivir para contarla, Gabriel García Márquez, primera edición norteamericana
4.- Pág. 87
5.- Caracol Radio https://www.youtube.com/watch?v=1Iw5Y94QUxM&t=8s
*.- Reza Allamehzad es un cineasta Iráni, crítico de cine y escritor que vive en los Países Bajos. Es conocido principalmente por sus películas sobre refugiados, como The Guests of Hotel Astoria (1988), y el documental Holy Crime (1994), sobre el asesinato de figuras de la oposición en Europa por el régimen islámico en Irán.
Allamehzadeh nació en 1943 en Sari, provincia de Mazandaran, Irán. Estudió dirección cinematográfica en «Academia de Cine y Televisión de Teherán» en 1966-1969. Junto con el cine, escribe y publica libros infantiles, novelas y cuentos. Enseña cursos de cine y televisión en varias universidades, entre ellas la Universidad Hollins de Virginia, la Universidad Metropolitana de Leeds (Reino Unido) y el Centro Internacional de Entrenamiento R / TV en los Países Bajos, donde vive desde 1983.
Allamehzadeh es un activo uno de los defensores del cine kurdo.
Algunas de sus películas son:
The Trap (1973), premiado en el XII Festival Internacional de Cine para Niños y Jóvenes en Gijón, España.
A Few Simple Sentences (1986), premiado con el mejor corto, Stockholm 1986, International Immigrant Film Festival; mejor película para niños, Tomar 1987, Festival Internacional de Cine para Niños y Jóvenes; Mejor Película Infantil, Centro Internacional de Cine para Niños y Jóvenes (CIFEJ), Festival Internacional de Cine de Moscú, 1987.
– Los invitados del Hotel Astoria (1988), largometraje, seleccionados para los festivales de cine de Venecia, Moscú, Montreal y Chicago.
Holy Crime, un controvertido documental sobre el terrorismo de Estado del gobierno islámico de Irán en los países europeos.
Iranian Taboo, un documental sobre la comunidad bahá’í dentro y fuera de Irán.

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