Giordano Bruno tenía razón, y fue quemado vivo

Arturo del Villar*. LQS. Junio 2019

Más lúcido que sus compañeros de religión, por ser menos fanático, llegó a la conclusión de que la Tierra gira alrededor del Sol y de que hay innumerables planetas orbitando alrededor de sus respectivas estrellas

Un artículo científico publicado el 18 de junio pasado en la revista Astronomy and Astrophysics se ha comentado en todos los medios de comunicación de masas, aunque no pasa de anunciar una posibilidad no demostrada. Lo que han descubierto conjuntamente 200 astrónomos en distintos observatorios de once países, es que a 12,5 años luz de nuestro sistema solar se encuentra una estrella catalogada como enana roja, a la que llaman Teegarden, y entre los planetas que orbitan a su alrededor hay dos en los que puede existir vida. El motivo de esta suposición se basa en que se hallan a una distancia de la estrella que permite suponer una temperatura templada y la existencia de agua líquida en su superficie.
En realidad, la noticia no es ninguna novedad, puesto que desde el 4 de octubre de 2010 resulta imparable el hallazgo de nuevos planetas extrasolares. Ese día los astrónomos de las universidades de California y Santa Cruz y del Instituto Carnegie anunciaron el descubrimiento de un planeta, conocido como Gliese 581g, que reúne las condiciones imprescindibles para tener vida. Orbita junto a otros cinco planetas alrededor de la estrella Gliese 581, una enana roja situada a veinte años luz de nuestro sistema planetario. Esas enormes distancias siderales hacen imposible comprobar, en la actualidad, si efectivamente existe vida en ellos. Contactar con unos imaginarios habitantes inteligentes que habitaran en ellos resulta ciencia ficción.
De momento lo único demostrado es la existencia de otros planetas fuera de nuestro sistema solar, en los que se dan las circunstancias exigidas para que exista o haya existido vida en ellos. Teniendo en cuenta que hay millones de galaxias en un Universo sin límites, en las que se concentran millones de estrellas, es fácil deducir que debe de haber millones de planetas, y que muchos de ellos reúnen condiciones para la existencia de vida animal e inteligente en alguna de sus facetas.

Giordano Bruno lo anunció

Los astrónomos que van anunciando esos descubrimientos tienen la suerte de no estar sometidos a la autoridad tiránica del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición. Defender la posible existencia en el Universo de planetas en que se hubiera producido alguna vida inteligente de caracteres semejantes a la humana en la Tierra, le costó ser quemado vivo en la hoguera de la Inquisición romana al fraile dominico Giordano Bruno (1548-1600). Encerrado el 23 de mayo de 1592 en Venecia, fue remitido al año siguiente a las mazmorras de la Congregatio Sancti Officii Romanae et Universalis Inquisitionis, la institución más sanguinaria habida en toda la historia de la humanidad, manipulada precisamente por la orden dominica.
Esta orden en la que Bruno cometió el error de profesar había sido fundada por el fanático español Domingo de Guzmán, convertido en santo por la Iglesia para premiar sus horrendos crímenes contra la humanidad. La denominó de los domini canes, en castellano los perros del señor, es decir, de Dios, porque tenía la misión de perseguir ferozmente las que considerasen herejías. De ese nombre deriva el de dominicos con el que son conocidos sus profesos que se portaron efectivamente como perros rabiosos, y por ello el papa Gregorio IX les puso al frente al frente, en 1233, del fatídico tribunal de la Inquisición, la institución más criminal habida en la Tierra.

Bruno fue acusado formalmente de herejía el 27 de enero de 1593 por defender en sus escritos y clases universitarias que la Tierra gira alrededor del Sol, y no al revés, como afirmaba la Iglesia romana, y que el Universo es infinito y en él existe una infinidad de sistemas solares y planetas habitables y probablemente habitados por animales y seres humanos.
Se basaba en observaciones y deducciones astronómicas indemostrables, pero la teoría estaba en contradicción con las defendidas por la Iglesia romana, derivadas de una cerril y falsa interpretación de la Biblia. Bruno era un filósofo y teólogo que meditaba sobre las bases de su religión sin los prejuicios de sus compañeros. No fue un científico, aunque sus deducciones se aplicaran a la ciencia. Escribió indistintamente en latín y en italiano, y dominaba otros idiomas vivos, aparte de los bíblicos hebreo y griego. Cometió el enorme error de profesar en la orden dominica en 1565, la más sectaria e intransigente de todas, y al año siguiente se le abrió ya un primer proceso, que no pasó de advertencia para que modificase sus ideas.

Las predicciones eran ciertas

Convencido firmemente de la exactitud de sus teorías, se negó a desecharlas, lo que le convirtió en hereje para la fanática Iglesia catolicorromana, un delito que implicaba un pecado merecedor de la muerte en la hoguera. En 1576 fue expresamente acusado de herejía por sus hermanos de religión, lo que le obligó a huir de Italia para salvar su vida y peregrinar en busca de libertad por Suiza, Francia, Inglaterra y Alemania, países en los que se consideraba a salvo de la Inquisición dirigida por sus antiguos compañeros de la orden dominica, que se comportaban con él efectivamente como perros rabiosos.
Pese a su emigración y errancia, escribió numerosos tratados, en latín y en italiano, que la Iglesia incluyó en su Index librorum prohibitorum, con pena de muerte para quienes los leyesen. Además, quemó en la plaza pública cuantos ejemplares cayeron en su poder, aunque no consiguió hacerlos desaparecer completamente y por eso todavía en la actualidad se continúan imprimiendo en todos los idiomas cultos. Existen traducciones castellanas asequibles de algunos de sus libros, publicadas por Siruela, Alianza y RBA, entre otras editoriales. Los avances científicos han confirmado que Bruno tenía razón y la Iglesia romana erraba, por lo que su muerte en la hoguera fue un crimen espantoso de lesa humanidad.
A diferencia de los fanáticos dignatarios eclesiásticos de su tiempo, en realidad de todos los tiempos, ya que la secta catolicorromana es fanática en su esencia, Bruno era un fervoroso creyente en la doctrina enseñada por el cristianismo, pero empleaba su inteligencia para conciliar la ciencia con la religión. Opinaba que la Biblia no debe ser considerada como un tratado de astronomía, ni de geografía, ni de ciencias naturales, ni de biología. Sus deducciones filosóficas le obligaron a rechazar las erróneas teorías científico-religiosas impuestas por la Iglesia romana, según las cuales, nuestro planeta Tierra está fijo en el centro del Universo, que es finito y lo rodea, como expuso en su teoría Claudio Tolomeo en el siglo segundo de la era cristiana, basándose en los conocimientos de la época.

Astronomía teológica

Más lúcido que sus compañeros de religión, por ser menos fanático, llegó a la conclusión de que la Tierra gira alrededor del Sol y de que hay innumerables planetas orbitando alrededor de sus respectivas estrellas, en un Universo infinito, por lo que es factible que exista la vida, incluso vida inteligente como la humana, en muchos de ellos. Explicó que el Universo es una unidad en la que reina el orden, lo que le animó a decir que la materia está animada, y su ánima o alma es la natura naturans, “naturaleza de la esencia”, por otro nombre Dios.
Todo ello resultaba herético para los alarmados domini canes. En conformidad con esa teoría, Bruno creía en la existencia de Dios, pero por su presencia en el Universo, y no por las revelaciones de la Biblia judeocristiana. Rechazó tanto las declaraciones cosmológicas judías sobre la creación del Universo, como las enseñanzas cristianas a partir de la encarnación milagrosa de Jesucristo en el seno de una virgen, porque se oponen a ese orden lógico imperante en el Universo, y por lo mismo han de ser falsas. La letra de la Biblia debe ser interpretada lógicamente, con arreglo a los conocimientos científicos.
Resultaba demasiado incomprensible para los cerriles e indoctos teólogos romanos, que en consecuencia consideraron heréticas esas opiniones. El autor fue detenido por la Inquisición, y encarcelado en sus prisiones romanas el 27 de enero de 1593. Allí fue torturado durante siete años, sin lograr que renegase de sus ideas, por lo que el 8 de febrero de 1600 se le condenó a morir quemado vivo en la hoguera, inculpado de ser un hereje impenitente y contumaz. Según relató un testigo, tuvo la serenidad de decir a sus jueces: “Tembláis más vosotros al dictar esta sentencia que yo al oírla.” Sabía que sus deducciones eran ciertas, y por eso no podía desdecirse de ellas, por fidelidad a la ciencia antes que a una religión falsa.
Sus libros fueron quemados en las plazas públicas de los países sometidos a la dictadura de Roma, con amenaza de hacer lo mismo a quienes conservaran alguno. El 17 de febrero se cumplió la sentencia contra el autor, y Bruno fue quemado vivo en el Campo dei Fiori de Roma. Allí existe ahora un monumento en su memoria, con una estatua realizada por Ettore Ferrari, erigida por suscripción popular internacional en 1889.
Era papa Clemente VIII. El impulsor del proceso condenatorio fue el cardenal Roberto Belarmino, el mismo que llevó dieciséis años después el proceso contra Galileo, por difundir unas ideas cosmológicas semejantes a las de Bruno, pero con mejor suerte para el acusado, ya que accedió a retractarse públicamente de ellas, aunque las mantuvo en su pensamiento. Se dice que al admitir en voz alta ante los inquisidores que la Tierra está fija en el centro del Universo y el Sol gira a su alrededor, murmuró por lo bajo: Eppur, si muove, frase grabada en su tumba, para vergüenza eterna de la Iglesia catolicorromana defensora de errores. De modo que Bruno actuó con más valor que Galileo, hasta dar su vida en defensa de la verdad científica. El ignorante y fanático cardenal Belarmino fue declarado santo en 1930 por la Iglesia catolicorromana, lo que demuestra su persistencia en la defensa de los errores a través de los siglos.

La Iglesia del error

La muerte de Bruno y la condena a Galileo sirvieron para que los científicos de los países sometidos a la Iglesia catolicorromana se asustaran y dejaran de investigar. Por este motivo la ciencia quedó estancada en esas naciones, mientras se desarrollaba en los países de religión reformada, en los que carecía de autoridad la Inquisición romanista. Es el motivo del atraso científico padecido todavía en Italia, España, Portugal, Bélgica, las naciones hispanoamericanas de colonización hispánica y, en menor medida, en la Francia católica, pero enfrentada al poder temporal de Roma con sus ejércitos. En cambio, los países de religión reformada, principalmente Alemania o el Reino Unido, con la antigua colonia británica de los Estados Unidos de América, están en primera línea de la investigación científica (lo que no siempre utilizan para el bien, pero eso es inherente a la raza humana).
Es culpa de la Inquisición, naturalmente, pero también de los monarcas que aprovecharon el terror impuesto por el genocida Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición para librarse de sus opositores. A los reyes católicos europeos les resultaba muy beneficioso mantener a sus vasallos en el miedo a ser acusados de herejía, con su secuela inevitable en la hoguera, para que no se atrevieran a discrepar de sus órdenes.
El tiempo ha demostrado incuestionablemente que la Iglesia catolicorromana es una secta integrista enemiga del saber, porque necesita retener a sus fieles en la ignorancia, para así conservar sus privilegios opresores del pueblo. Nadie, por muy retrógrado intransigente que sea, puede negar hoy que Giordano Bruno estaba en lo cierto y que la Iglesia romana sostenía creencias erróneas contrarias a la realidad confirmada por la ciencia. Si en el Vaticano cupiese la vergüenza, se declararía santo a Giordano Bruno, puesto que murió mártir por defender la verdad frente a los errores postulados por la Iglesia. Pero esto es imposible, dado que la misma Iglesia defiende la suposición de que no puede equivocarse, al estar dirigida por el Espíritu Santo y tener al frente a un dictador absoluto que es infalible, según decretó el Concilio Vaticano I.
No obstante, el papa apodado Juan Pablo II rehabilitó públicamente el 31 de enero de 1992 a Galileo. Hasta ese día la secta catolicorromana y las gentes sometidas a sus dogmas defendieron que la Tierra está fija en el centro de Universo y el Sol y los planetas giran a su alrededor. No se había enterado el colegio cardenalicio con su papa de que el 4 de octubre de 1957 había orbitado la Tierra el primer satélite artificial, el Sputnik 1, construido en la Unión Soviética, ni de que el 12 de abril de 1961 el comandante soviético Yuri Gagarin se había convertido en el primer ser humano que orbitó la Tierra desde el espacio, a bordo de la aeronave espacial Vostok 1. Es uno de los problemas de la Iglesia catolicorromana, que siempre va con retraso frente a la sociedad, por lo que permanece en el error secularmente.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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